jueves, 9 de febrero de 2017

Los hombres lagarto.





―Morir sobre la tierra que te vio nacer es un lujo para nosotros ―dice el viejo Carrión, con tono tranquilo, parsimonioso, mientras se ajusta el peto del coselete y protege su sesera con el morrión―simplemente llegar a viejo lo es.
Los hombres miran, escuchan atentos, se santiguan, rezan y se encomiendan al cielo. Asienten. Uno no recorre medio mundo para palmar en la cama, entre sábanas limpias y atendido por una familia doliente, no, uno se apunta a estas cosas para matar infieles, para matar piratas, para espichar haciendo fortuna por Dios, por el Rey y por su puta estampa, por quien toque, pero jodiendo, apuñalando, rajando y destripando, meando cada noche en una selva nueva, descubriendo cada día un nuevo culo del mundo conocido que reclamar para mayor gloria de su majestad. Eso ya lo saben. Son perros viejos, todos ellos, hombres lagartos los llaman los Ronín, mitad pez, mitad reptil, pero qué más da el apodo del tercio, son piqueros, arcabuceros y rodeleros, no más de cuarenta, bajo el mando de un anciano. El anciano con más pelotas de todo Filipinas.
Ellos aparecen. Son muchos, cientos, mil quizás, mejor no contarlos, los samuráis sin señor, los ronin, los ashigaru, los piratas. Un puñado de ellos lucen armaduras muy ornamentadas, largas katanas de filo labrado. Son orgullosos, prendados de la arrogancia que otorga el número. Descienden de sus champanes hasta la playa fluvial del río, hablan con el viejo.
Piden oro.
Parlamentan los wokou de Tay Fusa, quieren plata por irse, para saldar sus deudas, para hacer que tanto expolio de campesinos y pescadores no haya sido en vano, eso o atacan, dinero o sangre, proponen. Somos más, sugieren, así que ya pueden ustedes ir aflojando.
El viejo escucha, se mesa la barba blanca y piensa en su patria, ocre, azul y fría. Seca y áspera castilla. Tierra que huele su vejez y le reclama, le ofrece un huequito en su seno, pero en una tumba a la que nunca volverá, porque ya está demasiado lejos.
―He recorrido medio mundo para esto ―dice Juan Pablo de Carrión al iluso pirata―. Para morir aquí, para que mueras conmigo.
Después sonríe, en las tierras de Felipe II sobra la sangre y falta la plata, se da la vuelta a los suyos y desenvaina la espada.
―Preparen los sacres y la media culebrina ―dice―. Echad sebo a las picas.
Y atacan. Cerca de seiscientos japoneses se lanzan sobre las lanzas intentando hacer brecha, un huequito por el que entrar y degollar a todo lo que viva o colee, pero no pueden, las picas los ensartan, los mantienen a una prudente distancia mientras los arcabuceros los disparan a bocajarro y los rodeleros los apuñalan.
Una y otra vez. Sin prisa, sin pausa, una andanada tras otra empapa de sangre la rivera, tiñe de rojo el rio marrón, nubes de humo y metal caliente, truenos de mentira, plomo, vísceras y gritos, encomiendas a dioses ciegos y honores rotos. Y un bando en desbandada.

Al terminar el día, no queda nada de los piratas. Sólo treinta hombres cansados que lloran a sus muertos y se lamen sus heridas, y un viejo capitán con una tumba lejana, aún vacía, que aún no sabe que ha escrito un pedacito de historia. 

miércoles, 8 de febrero de 2017

Hypno, la nueva droga de diseño de la ciencia ficción




(A continuación reproduzco la charla que mantuve hace algún tiempo con Ana de Beraza durante la presentación de Alma 2.718 con Grieta editorial)

El novelista Javier Font explora la evolución distópica de los fármacos que palian los desequilibrios psíquicos.


Alma 2.718 es, como el mismo Javier Font afirma, una novela dentro del género de la ”distopía dura y negra, cercana a la Ci/fi clásica y al movimiento ciberpunk”. Pero no es solo eso, es un viaje errático y lúcido hacia el futuro dominado por el hypno, una droga de diseño que prolifera en la sociedad y que llega a atrapar en un mundo paralelo a sus consumidores.
PREGUNTA. ¿Cómo definirías Alma 2.2718?
Es un cesto hecho con muchos mimbres, por una parte reflexiona sobre la fragilidad de la realidad del ser humano y el engaño de los sentidos, y por otra mira hacia ese cruce de caminos donde el hombre y la máquina convergen. Es una novela rápida y divertida, como una matrioska que al abrirse va invitando a la lectura. Y una cosa. Cada incógnita tiene su solución. Palabra de escritor.
P. ¿Y a Otto, el protagonista de la novela?
Alma 2.718 es una novela bastante coral, si bien Otto es quizás ese personaje hacia el que es más fácil sentir cariño y simpatía, primero porque es un tipo sin suerte, que a pesar de vivir en plena caída libre, a pesar de ser un perdedor, tiene la sensibilidad suficiente como para detectar que hay piezas de la vida que no encajan en el puzzle; y segundo, porque cada uno de sus descubrimientos, a medida que avanza la trama hacia esa verdad absoluta y ridícula, lo son a su vez del propio lector.
P. En Alma 2.718 has creado un entramado de personajes atípicos dentro de ambientes futuristas y asfixiantes. ¿Ha sido difícil crear ese mundo? ¿Cuáles han sido tus herramientas?
No diré que ha sido sencillo, pero sí que básicamente exige trabajo, antes he usado el símil del cesto y las mimbres, pero creo que quizás es más propio usar la analogía de la red, porque ser escritor tiene mucho de saber tramar una red sobre la que vas colocando los personajes, cada uno con su camino, su circunstancia y dirección. Para mi forma de escribir, la descripción del ambiente viene más tarde, cuando sabes que el conjunto de la historia se sujeta y no se desmorona en el vacío.
P. Tu novela se podría situar entre la novela negra y la ciencia ficción, ¿por qué ese interés por mezclar ambos género?
Como lector, adoro la novela negra y mi proceso de aprendizaje como escritor tiene mucho que ver con ése género, de hecho, mi primera novela No quedan hombres justos en Sodoma fue exclusivamente negra; como hombre de ciencia que soy (por formación), me fascinan los avances del conocimiento humano. Supongo que esos dos elementos son miscibles en mi sesera.
P. El gusto literario por la distopía por parte de los lectores ha aumentado en los últimos años. ¿A qué crees que es debido? ¿Qué tiene Alma 2.718 de distópico?
Esta pregunta no es fácil. Por una parte vivimos tiempos inciertos, quizás nos estamos empezando a dar cuenta como especie de que somos demasiados sobre este planeta, sobre este punto azul pálido; por otra parte el conocimiento cada vez es más social, más multidisciplinar, está más interconectado, y eso hace que la ciencia esté entrando en una curva de crecimiento exponencial, cada vez interesa más a la gente. La distopía en la novela tiene que ver mucho con el uso siniestro de la tecnología cuando este se usa para dar salida al lado más oscuro del ser humano.
P. Varios personajes de Alma 2.718 se dejan llevar por una sustancia que, por así decirlo, les conduce a mundos ideales, en ese aspecto, no difiere mucho del mundo actual.
No sé hasta qué punto somos conscientes en la sociedad de lo mucho que ya, a día de hoy, dependemos de las drogas, y no estoy hablando sólo de las ilegales, la presencia del hypno no es más que la evolución distópica, del los mil y un fármacos con los que ahora mismo intentamos paliar la tristeza del hombre.
P. Alma 2.718 , en muchas ocasiones, evoca a los cómic de trama negra o brutales de ciencia ficción. ¿Tiene algo de intencionado?
Por supuesto, ahí están “Alita, angel de combate”, “Gosth in the shell” o “Akira”, en algún lugar de mi adolescencia, susurrándome al oído.
P. ¿Qué has querido ofrecer a los lectores con esta novela?
En primer lugar entretenimiento, para mí es esencial como lector que una palabra me lleve a otra, y que independientemente de la trama, o de las aventuras y desventuras de los personajes, tenga la inquietud de seguir leyendo. Eso es lo que busco en mis escritos. Cosa muy complicada. Si además consigo hacer reflexionar un poco sobre la condición humana y el futuro que asoma las orejas por el horizonte, pues miel sobre hojuelas.
P. Y, para finalizar, ¿cuáles son tus próximo proyectos literarios?
Ando peleándome con un cuento/novela corta (ya veremos a dónde nos lleva) también de ciencia ficción pero desde una visión más dura, eliminando el componente negro y ciberpunk y añadiendo una reflexión un poco más extensa sobre la condición humana, sobre la soledad, la muerte, sobre la (a veces) difícil tarea de seguir vivos, libres y lúcidos en un universo al que, seamos sinceros, le importamos un carajo.

sábado, 28 de enero de 2017

El hombre extraviado




 El hombre sin recuerdos ahora sabe que la memoria está hecha de cenizas, inútil materia prima, frágil e inerte, con la que ha construido caducos parapetos en su cabeza, murallas cuarteadas incapaces de detener el huracán; desnudo, helado, empapado; sin esfuerzo llega a la conclusión de que el olvido es como un niño travieso, como una amante despechada, como un pintor de retratos que sólo usa el color blanco, que construye realistas lienzos monocromáticos fieles al reflejo perfecto de la nada, copia exacta de su mundo transparente, maestro obcecado que siempre enseña una única lección, biógrafo que ha escrito su vida con un lápiz de carpintero, que ha arrastrado después el extremo de sus dedos sobre las líneas de grafito, atento ante los nombres en descomposición, verbos y adverbios heridos de muerte, difuminados, rotos en cachitos pequeños, sílabas, letras y trazos sin sentido; el hombre sin recuerdos ahora sabe que todo lo que sabe no es nada y extravía su existencia mientras escucha el silencio de sus propias palabras.

lunes, 23 de enero de 2017

Las palabras nunca dichas





En ocasiones, hay charlas que no mantienes, frases que deben ser dichas y escuchadas pero que sin embargo, no sé muy bien porqué, quedan en un baúl junto con el resto de las palabras nunca pronunciadas, de los diálogos nunca sostenidos; a veces hay personas desconocidas a las que sientes que les debes algo, gente que por puro azar se cruzan en este mundo contigo, tipos a los que, por falta de tiempo, por cansancio, vergüenza, egoísmo o simplemente por no ser el momento adecuado en el lugar adecuado, ves llegar y marchar sin abrir la boca, enmudecido, sustituyendo la conversación necesaria por un gesto triste, un labio mordido y quizás un me cago en mi puta estampa dicho por lo bajini hacia el cuello de tu camisa, donde nadie puede escucharlo.

Hace unos días, este universo entrópico puso frente a mí, en mi lugar de trabajo, a un muchacho muy joven, delgado, alargado como un día sin pan, y de gesto cansado, que, acompañado de un hombre mayor, probablemente era su padre, se presentó con un libro bajo el brazo.

Hola, soy escritor me dijo, enseñándome un ejemplar grueso, con una portada de esas que prometen dragones, orcos y mazmorras en el interior. ¿Quieres comprarlo?

Tras la sorpresa inicial, y la pena siguiente, un millón de frases surgieron en mi cabeza, frases que hablaban sobre la dictadura de la página en blanco, sobre los personajes que viven y mueren sólo en tu cabeza, y sobre la desesperación que llega después, tras la tinta que nadie nunca lee, tras la tinta que nadie nunca escucha.

Frases que trataban de este oficio y de los extraños mecanismos que hacen al escritor vivir cuadrando el círculo, vivir subiendo eternamente una montaña.

Tristemente sustituí esas frases con un simple no. Dos letras amargas, fáciles de pronunciar y de escuchar, pero densas y tóxicas como el plomo.

Quizás tendría que haber hablado, tendría que haber aconsejado, advertido al muchacho sobre lo que hay, sobre lo que le espera, haberle comprado y preguntado por su obra, por su sueño, por cuanta pasta le habían sacado los piratas de parche en el ojo y sonrisa afilada por llenar su casa con palabras impresas que él ya se sabe de memoria.

Quizás tendría que haberle hablado también de los decentes, de aquellos que saben escuchar, que saben leer y saben aconsejar, justos en Sodoma, difíciles de encontrar pero que esperan ocultos en la red a ser descubiertos sólo con un poco de suerte, sólo con un poco de paciencia.

A veces uno habla cuando debe callar y calla cuando debe hablar. Sirva esta entrada para disculparme con aquel muchacho desconocido.