jueves 3 de diciembre de 2009

Amores perros


En la terraza del café “Deux Magots” hay una mujer de pelo negro y mirada triste, sus manos son finas y alargadas, elegantes y perfectas, bellas, sostienen una pequeña navaja, diminuta, reluciente, refleja la fría luz del invierno sobre el filo, un arma que contrasta sobre el blanco impoluto de los guantes de la joven, asida por unos dedos frágiles pero fuertes, decididos, gobernados por la atenta mirada de dos ojos enormes que desarrollan hipnotizados un ritual estúpido, desquiciado.

Con la mano izquierda extendida como una estrella sobre la mesa de madera, con los dedos separados al máximo unos de otros, el reto es puntear con el extremo del acero afilado, el espacio que queda libre entre la carne, toc, toc, toc, cada vez más deprisa, haciendo saltar al cuchillo entre los dedos, uno, dos… uno, dos, tres… uno, dos, tres, cuatro… siguiendo un orden preciso, rápido, ejecutan un juego malabar pintado de sangre, es inevitable, al acelerar el ritmo, el filo, antes o después falla el objetivo, corta el guante y la piel que descansa debajo, mancha de rojo la superficie de la mesa, genera murmullos entre el grupo de clientes que miran de reojo y señalan con disimulo a la extraña.

Muchos piensan que Dora está loca, puede que tengan algo de razón, de entre todos los allí presentes sólo un hombre se levanta, se acerca impresionado a la mujer, es pequeño, de complexión fuerte, moreno, con un flequillo poco poblado que le cae sobre la frente ocultando por momentos dos ojos inquietos, abiertos como platos; se presenta, le dirige unas palabras en francés con acento español y le ruega que le regale sus guantes ensangrentados, hace que ella abandone su juego idiota, que le conteste sorprendida, al hacerlo, tras la primera mirada, tras el primer encuentro, la mujer del pelo negro y ojos tristes llega a una sencilla conclusión, siente el mundo se puede ir al carajo, está enamorada, hasta las trancas, de forma brutal, sincera e irracional.

Cosas del destino, sus manos heridas y sangrantes no son más que un presagio exacto de su futura relación con el desconocido, de los tiempos que quedan por delante, de la guerra, de la locura, del miedo y de la pérdida, de un amor extraño e intenso, condenado al desastre, a la infidelidad y a la ceniza; antes de ella dicen que Picasso acariciaba la idea de abandonar la pintura, de dedicarse a la poesía, por suerte no lo hizo, por su parte Dora, la mujer de las lágrimas más bellas, muchos años después de ése primer encuentro, después de una vida entera y ya con los recuerdos acumulados entre sus arrugas al hablar del genio, dirá:

“Yo no fui su amante, él sólo fue mi amo”.

martes 1 de diciembre de 2009

El monstruo del armario



Con seis años de vida, Abraham ya no tiene manos de niño, sus dedos han envejecido antes de tiempo, ahora son alargados, huesudos, se ven pálidos desde la penumbra; cuando el pequeño estira sus brazos, los introduce de lleno en el haz de luz que se cuela por la puerta y observa absorto las sombras chinescas que pintan el techo, construye con ellos frágiles animales y monstruos sobre su cama, mariposas, leones y leviatanes, terribles seres efímeros que representan a su antojo una y mil historias, criaturas frágiles después de todo, capaces de morir con un simple soplido sobre una vela o con un sencillo rayo de luz en la mañana.

Encadenado a su propia debilidad, Abraham construye mundos que sólo se encuentran en su cabeza, lugares solapados con una realidad desconocida que según le cuentan, se extiende más allá de las cuatro paredes de su casa; planetas que no ha pisado jamás pero que ha visitado mil veces, tierras extrañas de héroes bondadosos y villanos malditos, pobladas por personajes de fantasía ajenos a las leyes de los hombres, a la dictadura del tiempo y de la condición humana, el mismo tiempo que para él cada día discurre lento, espeso, denso, con el segundero marcando minutos que parecen horas y horas que parecen días enteros.

Tic, tac, el ruido del reloj se mete en su sesera, se mezcla con el llanto de su hermano recién nacido y le desquicia, resopla nervioso, sabe que antes o después el demonio de cara alargada, tez mortecina y bata blanca volverá a por su sangre, debe estar preparado, debe protegerse, con esfuerzo junta todas las energías que quedan en su maltrecho cuerpo y se levanta de la cama, se cuelga la sábana al cuello a modo de capa y convierte su almohada en escudo, estudia su reflejo en el espejo de su madre, su pequeño rostro blanquecino, minúsculo y breve, su cuerpo construido a base de huesos, tendones y poca chicha, que se pone en guardia frente a si mismo, frente al fantasma que se dibuja en el cristal, venderá caro su pellejo, con su espada invisible y su escudo de plumas cortará la cabeza de su enemigo, con su pijama reconvertido en armadura aguantará todos los envites, todos los golpes, todas las mordeduras del vampiro.

Abraham reparte mandobles imaginarios, por lo menos dos o tres antes de notar como de repente, sus extremidades comienzan a pesar, transmutadas en plomo, antes de sentir pequeñas gotas de un líquido frío descendiendo por su frente, una sensación extraña que le recorre como un calambre la espalda, que acaba en tiritona, que le recomienda volver sobre sus pasos a la cama, el lugar donde se desploma, donde se vuelve sobre si mismo y se jura que le día en el que pueda correr, nadie nunca le podrá alcanzar.

Otra vez será, mañana, quizás, o pasado, un día de estos, hasta entonces, respira hondo y se abandona al sueño, deja que por una vez y sin que sirva de precedente, sea el monstruo del armario el que gane la batalla.

viernes 27 de noviembre de 2009

Deshaced ese verso



"Deshaced ese verso,
Quitadle los caireles de la rima,
el metro, la cadencia
y hasta la idea misma.
Aventad las palabras,
y si después queda algo todavía,
eso
será la poesía."


Versos y oraciones del caminante. León Felipe.

miércoles 25 de noviembre de 2009

La esperanza y el viejo pintor



El viejo pinta, recuerda, respira hondo dando forma a un suspiro, construye sin esfuerzo una media sonrisa en su cara cuarteada, siente la caricia del pincel y derrota la dictadura del lienzo en blanco, disfrutando con el tacto untuoso del óleo entre sus dedos y el familiar olor de la trementina manchando la estancia, perfumando su piel, su ropa, su memoria, mezclándose con los pigmentos, disolviéndolos, obrando el milagro sobre la paleta, capturando un pedazo de luz en un mundo gris, sordo, bastardo.

Cosas de la vida el viejo aún es capaz de mirar hacia atrás y pintar con esperanza, a pesar de la guerra, a pesar de la sinrazón, a pesar del miedo y la represión, a pesar del exilio, a pesar de haber nacido en una tierra ingrata, inculta, brutal y necia, acostumbrada a maltratar a sus mejores hijos; quien lo diría, a pesar de todo, resulta que el viejo todavía puede pintar cosas bellas.

Es el final del camino, uno repleto de certezas y pinceladas, de vida, de muerte, de color y de genio, punto desde el que sin embargo se atisba el comienzo de otros senderos, lugares por los que, maldita sea la condición humana, tendrán que caminar otros, porque al viejo le abandonan las fuerzas, porque el tiempo se ríe a carcajadas desde la esquina, disfrutando cada vez que se le quiebra el pulso.

Si hay algo que le duele, es no poder pintar después de muerto, por eso quizás aprovecha sus últimas pinceladas, por eso libera el trazo, empasta las líneas, se empapa de luz y de belleza, se olvida de clasicismos y viaja al futuro, desde Burdeos pinta su “lechera” y enlaza sin querer su obra con la de aquellos que llegarán más tarde, con los maestros que con el tiempo vendrán y querrán dibujar el mundo a base de impresiones.

Es el final de su vida y la gloria, la fama y el reconocimiento, dan lo mismo, cero, no importan; mientras retenga aliento en los pulmones, a Goya no le quedará otra que seguir pintando, mientras le quede una pizca de vida en el interior seguirá dejando pedazos de su existencia entre cuatro listones de madera, seguirá encerrando su realidad entre pigmentos, seguirá enseñándole al mundo como pinta un auténtico genio.

lunes 23 de noviembre de 2009

Mundo de tinieblas



Sumido en la oscuridad más absoluta, el viejo capitán Lindeman piensa que los seres humanos, en su infinita imbecilidad, a veces dan por seguro demasiadas cosas, cosas sencillas, evidentes, como que el día sigue a la noche o que el aire no puede cortarse con un cuchillo, cosas que hasta un niño sabe, desde bien pequeño, como que el fuego se apaga con agua o que desde el cielo no llueven rocas.

Mira su reloj, sus labios dibujan una mueca seria, arrugada, mierda de artefacto, debe estar adelantado, o no, son casi las siete de la mañana del día veintiocho en el estrecho Sonda, entre Java y Sumatra, y sobre el puente de mando del General Loudon hoy tampoco ha amanecido, ni tiene pinta de que lo haga, mundo de locos, de tinieblas, sólo se atisban pequeñas luces en la costa, en la playa cerca de Telok Metong, son lámparas y candiles medio apagadas por un manto gris mortecino, sostenidas en alto por aquellos que imploran un billete de salida del infierno, como si eso fuera posible, pobres diablos que gritan, aúllan, tañen la campana del embarcadero medio derruido, esperan que alguno de los vapores se la juegue entre las olas y los corales para poder recogerlos, para poder rescatarlos, algo imposible con el mar embravecido, el viejo se siente impotente, maldice, espera, sabe que tiene un asiento de primera fila para el día del fin del mundo.

Lindeman mira a sus hombres, empapados bajo una lluvia de lodo, pintados de gris por la madre naturaleza se mueven aterrorizados bajo una capa viscosa, fluorescente, como si el mismo demonio hubiese escupido sobre el barco, limpian la cubierta y apagan con urgencia los pedazos de lava incandescentes, no dan abasto, miran de reojo mar adentro, hacia el Krakatoa, el lugar que periódicamente ilumina el horizonte de cenizas, fuego sobre el fuego, dominando al agua, donde Vulcano muestra al mundo el poder de su fragua.

Lindeman por un segundo se siente como Caronte, con el azufre quemándole los pulmones tose, escupe, y a las diez de la mañana se despide del mundo cruel, en el mismo instante en el que al planeta se parte en dos, de repente, el aire espeso se retira y el cielo se ilumina a unas 50 millas de distancia como si el sol naciera de la tierra, en un parto doloroso y sangriento, la onda expansiva le tumba, le golpea y le deja sordo; un estruendo al que sigue un pitido intenso, agudo, clavado en el interior de su sesera, de rodillas el capitán echa una última mirada al mar oscuro sobre el que ha envejecido, ve como se retira dejando a la vista parte de los arrecifes, jodido cabrón, lo hace para dar su último golpe, es el momento, como buen marino decide dar batalla, morir de pie con las botas puestas, con dificultad maniobra el barco que gira entre crujidos, la proa encara al muro de agua que se aproxima, asciende, se desliza montaña arriba y supera el tsunami, la tripulación cierra los ojos, mantiene el alma en un puño, escucha como el mar devora la tierra, tras un rato mira de nuevo al mundo, resopla al unísono, malita sea, están vivos.

jueves 19 de noviembre de 2009

El poeta y la meada



Con la noche haciendo pardos a todos los gatos, el poeta se escurre entre las calles con un ojo en las esquinas y otro en el gavilán de su espada ropera, ligeramente borracho, acaricia la guarnición de la misma con la punta de sus dedos y camina hacia su hogar dando pasos cortos, desiguales, atento a las sombras, siempre repletas de rufianes y puñaladas traperas, siempre nocturnas y siempre alevosas; resoplando, sintiendo por un segundo el coleto demasiado ajustado, esforzándose por mantener la verticalidad perdida a manos de los años, la cojera y el vino tinto.

Camina, un soneto descansa en la punta de su lengua, afilado y perfecto, inmisericorde, cocinado a fuego lento, en su punto, verbo sometido a los caprichos de un genio, sílabas mágicas que se ordenan, construyendo palabras que según sea el caso, humillan, mortifican, ensalzan o glorifican; ajustan viejas cuitas, se baten en duelo.

Sin prisa pero sin pausa, bajo su capa y su sombrero de ala ancha, atraviesa la plaza de la cebada, iluminada por una luna llena que refleja una luz blanca, mortecina, se cuela entre las maderas del patíbulo y pone los pelos de punta, hace pensar al poeta las probabilidades de acabar pisando ésos tablones, que no son pocas en un país tan cainita, de curas, reyes, validos y cabrones, donde perro siempre come perro, es su plato preferido.

Maldita sea, por un segundo se imagina saludando al personal desde lo alto, siendo el protagonista de la función, el cordero en una fiesta de pastores, teniendo que ver la cara del narigudo en primera fila, observando su sonrisa de oreja a oreja mientras la soga acaricia su pescuezo; es sólo pensarlo y el sudor frío comienza a recorrer su frente, Dios no lo quiera, mientras el de Osuna mantenga la cabeza sobre sus hombros, eso no ocurrirá y si así fuera, mejor no llegar al patíbulo, mejor acabar por la vía rápida con un cuarto de acero del alguacil entre los riñones.

Mierda, con tanto mal presagio, al poeta le han entrado ganas de mear, las dos jarras de vino están buscando la salida, el orificio natural por el que abandonar su maltrecho cuerpo, aguas menores, pero urgentes, al fin y al cabo; aprieta el paso, busca un rincón tranquilo y miembro en mano, relaja el esfínter, suspirando de alivio ante un chorro entrecortado, recordando gratamente los años de juventud en los que aún podía orinar del tirón, atento a su espalda hasta que se percata de la presencia de un gran crucifijo, uno colocado en la pared sobre su agüita amarilla, al lado de un gran cartel que reza:

“Donde hay crucifijos, no se orina”

El poeta resopla, con cuidado menea la punta de su miembro y escurre las últimas gotas, sonríe, con voz grave y socarrona contesta en voz alta.

-Y donde se mea, no se ponen cruces.

lunes 16 de noviembre de 2009

Los secretos del fantasma




Cuando el cinco de Diciembre de 1872 el Mary Celeste aparece seiscientas millas a este de las Azores ante los ojos de el capitán Morehouse y su segundo Deveau, estos aún no saben que están viendo un fantasma; no tardarán en darse cuenta, vestido de blanco y negro sobre azul oscuro, pintando el horizonte con un presagio funesto, rasgando el lugar donde la mar y el cielo se confunden, el buque maldito terminará por cruzarse en su camino, con el velamen recogido sobre sus dos palos y el foque arrullado por el viento, cabeceando sobre un Atlántico en calma, desplazándose lentamente sin rumbo, sin nadie a la caña, navegando sin gobierno.

Si los marinos del Dei Gratia creen haberlo visto todo en la mar, es tan sólo porque no peinan demasiadas canas, cuando queda claro que nadie responde a las señas y que el buque avistado navega a la deriva, no queda otra que hacer de tripas corazón y anudar un cabo en la boca del estómago, echar un bote al agua y con un ojo en el barco fantasma y otro en el cielo, musitar una oración, remar aterrados hacia el Celeste, romper el silencio y sus gargantas con el megáfono y esperar una respuesta, implorar un signo de vida en la nave a punto de ser abordada.

En pocos minutos, el contramaestre Oliver Deveau es el primero en saltar a cubierta, por la proa, aúlla ¡Ah el Celeste! sin tener más respuesta que el eco su propia voz, prudente avanza con la boca seca y el corazón en un puño, camina por el bergantín goleta intentando encontrar una solución ante semejante locura, parándose ante la bitácora destruida, ante las amuras dañadas y los aparejos desordenados, preguntándose como es posible encontrar un buque sin tripulación en mitad de un océano en calma.

Nadie responde, sólo el propio barco cruje y chirría de vez en cuando, como intentando contar su historia, desvelar sus secretos, mientras, el contramaestre nota su corazón corriendo a mil por hora, desatado al ver un hueco en el lugar en el que debiera estar el esquife y buena parte del pasamanos, ausente el único minúsculo bote del buque, parece evidente que éste ha sido abandonado a la carrera, mierda, Oliver intenta tragar saliva, se da cuenta de que ya no le queda demasiada y maldice, decide adentrarse en las entrañas del buque, encontrando la bodega con un metro agua y las bombas de achique en perfecto estado, junto a la carga intacta de mil setecientos barriles de alcohol, todo en su sitio.

Respira, intenta tranquilizarse, ahuyenta las historias de monstruos y fantasmas que como buen marino habitan en su cabeza, cracken de tentáculos inmensos, el holandés errante, el triangulo de las bermudas... ¿Que ha pasado?. ¿Que ha obligado a la tripulación, a los siete hombres, al capitán, a su mujer y su hijo de dos años a abandonar un barco en buen estado y huir hacia la nada, hacia el azul infinito, hacia una muerte casi segura?

Maldita sea, en el camarote del capitán encuentra la ropa en los cajones, perfectamente ordenada, el diario de abordo, con una última fecha el día veinticinco de noviembre, una posición situando al bergantín cuatrocientas millas más al oeste; después el silencio, la nada, sólo una frase misteriosa en la pizarra del contramaestre, “Francis, mi muy querida esposa…”, al leerla, por un momento Olivier siente la necesidad de salir corriendo, de llegar nadando a Gibraltar, si no lo hace, es porque es un profesional, suspira, nota que falta tanto el sextante como el cronometro, percibe en conjunto, la triste realidad, la sensación de que toda la tripulación del Mary Cleeste ha desaparecido sin dejar rastro, tragada por la mar, sin causas, sin motivos aparentes, nunca nadie sabrá porqué, nunca nadie volverá a verlos, tras un rato Oliver sólo es capaz de sacar una única conclusión, estén donde estén, a partir de ése momento, son carne de leyenda