domingo, 28 de diciembre de 2008

El fantasma de D. B. Cooper




El Boeing de la American Northwest cruza el cielo helado dejando tras de si una fina línea inmaculada, imperceptible para las almas que viajan en su interior, atraviesa la manta de nubes bajas aparentemente sin esfuerzo, como un cuchillo que corta mantequilla, como un proyectil plateado que ajeno a la ley de la gravedad decide investigar si es verdad que luce el sol por encima de la tormenta.

Cuando la lucecita del asiento 18C se ilumina, emite un sonido casi infantiloide, la azafata Florence Schaffner acude solícita entre miradas furtivas que estudian su trasero, un hombre de poco mas de cuarenta años la espera con una sonrisa educada, viste elegantemente, con una madreperla embutida en el ojal de la chaqueta de su traje negro, pide un bourbon con soda y disimuladamente desliza entre las manos de la muchacha un trozo de papel doblado.

Flo maldice en su fuero interno, otro tipejo solitario que se quiere colar en su entrepierna, la azafata guarda sin leer el mensaje en su bolsillo y se aleja, no hay mayor desprecio que el menor aprecio, pero cuando el hombre de negro insiste, a la mujer no le queda otra que recorrer el camino inverso por el pasillo del 727.

Tranquilo y sonriente, el viajero moreno con las orejas de soplillo sostiene un pequeño maletín en su regazo, al que señala con la cabeza mientras habla.

-Debieras leer la nota, tengo una bomba.

Es escueto, podría decirlo mas alto pero no más claro, pálida y descompuesta Flo acude a su compañera Tina Mucklow y a su capitán William Scott, las indicaciones de la nota no dejan lugar a dudas, es un secuestro, un trato sencillo, 200000 dólares en billetes de 20 y un par de paracaídas a cambio de no mandar al carajo el avión con sus 94 inocentes pasajeros dentro.

En Seattle saltan todas las alarmas, el FBI busca la guita, los paracaídas y llega a un acuerdo con el secuestrador, tras aterrizar, los pasajeros del vuelo 305 abandonan la nave sin coscarse del asunto, celebrando el bonito día de acción de gracias, sin más contratiempo, el aparato retoma el vuelo enfilando su proa hacia México lindo, volando bajo, despacio y relleno de fajos de billetes.

Hacia la mitad del viaje, el secuestrador apaga el último de sus cigarros y apura su copa, amablemente indica a Tina que se meta en la cabina del piloto y se queda en solitario como dueño y señor del pájaro metálico, minutos después, el avión empieza a vibrar, el capitán Scott observa el color rojo parpadeante del indicador de apertura de la puerta trasera y la temperatura baja bruscamente hasta los 7 grados bajo cero.

Por el interfono los pilotos hablan al individuo.

-¿Hay algo mas que podamos hacer por usted?

-No.

Le llamarán D. B. Cooper, salta al vacío desde 10000 pies de altura y a 195 millas por hora con la cara de Andrew Jackson forrando sus pelotas, la noche y la tormenta le devoran sin contemplaciones, le convierten en un mito, en un fantasma juguetón que se bebe un bourbon, se fuma un pitillo y se inscribe con nombre falso en la historia, riéndose a carcajadas de todo aquel que intenta seguir su rastro.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Una tarde de agosto




El “Palentino” se encuentra lleno hasta las trancas la mañana del día veinticuatro, fuera, el sol tardío de Agosto aún es capaz de apretar las tuercas a los valientes que no buscan las sombras de los soportales de la Calle Mayor, cuando Modesto por fin llega al restaurante, una gotilla recorre juguetona su frente mientras sus tripas rugen azuzadas por el olor a comida, de un vistazo localiza a sus compañeros entre el gentío, al fondo del local, arremolinados en torno a una mesa leen la carta con la seriedad propia de quien estudia unas oposiciones, no es de extrañar, después de todo, son universitarios.

Con dificultad, Modesto se escurre entre una masa casi impenetrable de pajaritas, abanicos, collares de perlas, croquetas, chuletillas y mezclas de aroma a tabaco, perfume y sudor, evita con arte mil y un empujones hasta llegar a su destino, la mesa donde Federico García Lorca le reserva un sitio a su vera.

-Buenas noticias, Federico.

-Dime.

-Parece que Unamuno viene a ver la representación, le gustó tanto “El Burlador” en Santander que ha venido acá para repetir.

Una misma sonrisa recorre las caras y las orejas de los miembros de “La Barraca”, alargan sus brazos y brindan con sus copas de vermouth de grifo, chocan sus vasos enfundados en sus monos azules, dispuestos a comerse el mundo, a cambiar para siempre un país que ajeno a sus esfuerzos camina derecho y con paso firme hacia el desastre.

Mucha mierda.

Comen, ríen y callan, por un momento sueñan que la política no va con ellos, que el obstinado interés de sus compatriotas por matarse entre si es cosa del pasado, que hay un futuro en paz, libre de verdugos, de incultura y de brutalidad ancestral, que la tierra que pisan es inmune al germen de odio.

Sueñan, pero los sueños, sueños son.

La cruel realidad les alcanza como un jarro de agua fría, les despierta indiferente, de repente, las voces de los paisanos se van apagando, reduciendo su volumen hasta convertirse en un murmullo inaudible, las miradas del personal recorren el local de una esquina a otra, como en un partido de tenis cien ojos incómodos buscan a Federico porque por la puerta acaba de entrar Jose Antonio Primo de Rivera con varios falangistas.

El padre de la falange busca mesa y la encuentra a pocos metros de Lorca, se saludan, se miran estoicos y al rato el hijo de dictador y futuro mártir del franquismo escribe una nota que le hace llegar al poeta.

Una sombra invisible devora al granadino mientras lee los garabatos escritos sobre la servilleta, un presagio funesto hiela su corazón y apena su alma, con educación dobla y la guarda en el bolsillo el trozo de papel y continúa comiendo como si nada hubiese ocurrido.

El contenido de la misiva se hubiese perdido como tantas otras cosas entre Viznar y Alfacar de no ser por Modesto Higueras, que en un descuido del poeta vislumbra el contenido:

"Federico, ¿no crees que con tus monos azules y nuestras camisas azules se podría hacer una España mejor?"

El falangista no podía estar más equivocado, terriblemente equivocado.

PD: La anécdota del encuentro entre Jose Antonio y Lorca en la ciudad de Palencia en 1934 la cuenta Ian Gibson en la biografía “Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca”.


viernes, 19 de diciembre de 2008

El Rat Pack




De madrugada, los finos dedos de Judy acarician la pila de discos con una mezcla de suavidad y torpeza, recorren la torre musical de arriba abajo en un par de ocasiones antes de detenerse súbitamente, cuando por fin lo hacen, la actriz sonríe de oreja a oreja como quien acaba de encontrar una perla en mitad del desierto, cuidadosa, extrae el plástico redondo de su funda de cartón y elimina el polvo de su superficie de un soplido, esta pedo, la cuesta encontrar el agujero del vinilo pero al final lo consigue, la aguja del tocadiscos aterriza sobre su objetivo sin mas contratiempos mientras un grito ahogado de satisfacción surge de entre sus labios.

Pasa un ángel, el saxo de Charlie Parker inunda la estancia, hace palidecer las risotadas de Humphrey que se recuesta sobre el respaldo de su silla antes de rellenar su copa, en silencio mira el líquido elemento contenido en la botella, reflexiona sobre los doce años de envejecimiento en barrica de roble que han precedido a este momento, para Humphrey Bogart el whisky es ése viejo amigo escocés que nunca falla, que con precisión matemática logra el objetivo de mostrar al ser humano tal y como es, sin adornos, sólo los borrachos dicen la verdad, los borrachos y los niños.

La música amansa a las fieras, y a los amigos, rodeando a Bogart se encuentran Frank, Sid, Katharine, Spencer y George, el brillo intermitente de Las Vegas aún se refleja sobre sus pupilas, se cuela entre las hileras del humo de la pirámide de cigarrillos mal apagados que terminan de consumirse en el cenicero, el sonido de las máquinas tragaperras aún retumba juguetón sobre sus tímpanos, excitando unos cerebros sobre los que ya empieza a pesar las muchas horas de vigilia.

Un momento trágico se acerca, a traición, la Hepburn bosteza y como un virus contagioso, el acto reflejo se extiende de boca en boca de un extremo a otro de la mesa y de una esquina a otra de la habitación, la hora de la rendición se presenta para una docena de ojos rojizos que piden descanso, los mitos allí presentes han conocido horas mejores.

La noche se acaba, la fiesta también, solo queda retirarse antes de perder el último de los papeles y esperar al nuevo día que en pocas horas asomará por la ventana, va a ser duro, la resaca va a ser de órdago, el dolor de cabeza, intenso, los remordimientos, pasajeros.

En ése momento Lauren Bacall entra por la puerta y observa el percal, su sonrisa infinita da paso a una sonora carcajada, se queda erguida en mirad de la estancia mientras su marido y amigos la miran intrigados desde la oscuridad, ella les señala intentando contener la risa y sin querer da nombre a uno de los grupos de amigos mas selectos de la historia.

-“Parecéis una maldita panda de ratas”.

Todo el mundo querrá formar parte del “Rat Pack” por un simple motivo, nunca un club tendrá tal concentración de estrellas, y aunque alguno las llegue a tener, nunca brillarán tanto.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Los calcetines de Mankell




“… Cuando yo era pequeño, Suecia era un país en el que uno zurcía sus calcetines. Yo aprendí incluso en la escuela como se hacía. Luego, un día de pronto se terminó. Los calcetines rotos se tiraban. Nadie remendaba ya sus viejos calcetines. Toda la sociedad se transformó. Gastar y tirar fue la única regla que abarcaba la verdad de todo el mundo. Seguro que había quienes se empecinaban en remendar sus calcetines. Pero a ésos ni se les veía ni se les oía. Mientras éste cambio se limitó solo a los calcetines, quizás no tuvo mucha importancia. Pero se fue extendiendo, al final se convirtió en una especie de moral, invisible, pero siempre presente. Yo creo que eso cambió nuestro concepto de lo bueno y de lo malo, de lo que se podía y de lo que no se podía hacer a otras personas. Todo se ha vuelto mucho mas duro. Hay cada vez más personas, especialmente jóvenes como tú, que se sienten innecesarias o incluso indeseadas en su propio país. ¿Y como reaccionan? Pues con agresividad y desprecio. Lo más terrible es que, además, creo que estamos sólo al principio de algo que va a empeorar todavía más. Esta creciendo una generación ahora, los que son más jóvenes que tu, que vana a reaccionar con mas violencia aún. Y ellos no tienen el menor recuerdo de que, en realidad, hubo un tiempo en el que uno se remendaba los calcetines. Un tiempo en el que no se usaban y se tiraban ni los calcetines, ni las personas…”


El detective Kurt Wallander durante la investigación de los asesinatos de “La quinta mujer”.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Stalingrado




Klaus y Otto apoyan sus respectivos rifles contra la pared, o lo que queda de ella, los enormes agujeros que la atraviesan convierten en un misterio insondable el hecho de que parte del edificio mantenga su verticalidad, como roedores asustados asoman sus hocicos por los huecos de la metralla desafiando a los francotiradores de papá Stalin, la ocasión lo merece, desde el Univermag la visión de la plaza roja es envidiable, un asiento de primera fila ante el comienzo del fin del mundo.

A menos de doscientos metros, un trío de rollizos rusos caminan orgullosos sorteando cadáveres, lo hacen lentamente, altivos, bravucones a pesar de las dos docenas de mirillas que apuntan a sus seseras, visten de punta en blanco, con uniformes nuevos hechos a medida, como tres novios camino del altar, portan una bandera blanca y tocan una corneta, quieren impresionar a los hombres que transmutados en ratas les miran desde las trincheras.

Esta claro a lo que vienen, a exigir la rendición.

Klaus mira de reojo a su compañero, lo hace con unos ojos hundidos, enterrados en unas cuencas en las que ya casi no queda carne, solo cráneo, tiembla, sus dedos alargados buscan la alianza que descansa atada con un cordón a su cuello, se la quita, la besa, la guarda entre su ropa interior, desabrocha sus cartucheras y el casco, los lanza a la esquina.

-Esto se acaba.

Como zombis, los hombres que se pudren a su alrededor comienzan a imitar sus gestos antes de recibir cualquier confirmación, un rumor sordo se extiende sólo con las miradas, el mariscal de campo Paulus, no se ha suicidado, ha aceptado la rendición de “el caldero”, la batalla mas cruenta de la historia ha terminado.

Del otro lado el silencio de las ametralladoras da paso a un tableteo atronador, miles de voces aúllan y disparan al aire, el amasijo de escombros que un día recibió el nombre de Stalingrado vuelve a ser enteramente ruso, lentamente los hombres de ejército rojo se acercan desconfiados a la línea defensiva de los almacenes Univermag, el antiguo centro comercial ha sustituido sus maniquíes de cartón por hombres no menos inertes, poco a poco, los que pueden caminar comienzan a salir con los brazos en alto, otros muchos, se quedan dentro agonizantes.

Klaus y Otto se apoyan el uno en el otro, mantenerse en pie con los dedos congelados no es sencillo, quitan los ropajes a un muerto, los hacen tiras y los colocan a modo de vendas sobre sus botas de verano buscando un poco de calor extra, se anudan los pantalones con un trozo de cable y comparten la última de las raciones de campaña, al salir del sótano un sargento de no más de veinte años los coloca en fila a patadas.

La NKVD camina a su lado, selecciona a los Hiwis (desertores rusos) y a aquellos que no se tienen en pie, antes de que puedan decir esta boca es mía se ven con trescientos gramos de plomo entre las entrañas, a nadie le sorprende, mientras los afortunados supervivientes comienzan su largo peregrinaje hacia Siberia, el hombre cuyo fusil aún humea les hace una promesa al oído.

-Así se verá Berlín, os lo juro.

Ni Klaus, ni Otto vivirán lo suficiente como para ver cumplido el juramento.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Sobre muros y personas




Cuando Conrad Schumann ve como sus compañeros de armas del Nationale Volksarmee extienden el alambre de espino a lo largo de la esquina entre la Ruppinerstrasse y la Bernauerstrasse se siente como si ésa larga soga metálica se estuviera enredando también en su pescuezo, casi puede notar sus finas puntas afiladas reptando sobre su nuca, clavándose bajo su piel, interrumpiendo el flujo normal de oxígeno hasta sus pulmones.

Camina nervioso, con su fusil al hombro y el casco calado hasta las cejas, intentando poner cara de malo y mirando con ojos de odio a todo aquel que osa acercarse hasta la barricada, asustando a los pobres diablos en los que, en el fondo, ve una imagen difusa de si mismo, las órdenes son claras, volarle la tapa de los sesos al traidor que quiera cruzar la calle, a todo aquel listo que intente saltar el muro que en ésos momentos comienza a ser construido.

El muro de la infamia, el muro de Berlín.

Vigila, a los curiosos que desde el otro lado observan atónitos la brecha que irremediablemente se abre en Alemania, a los soldados americanos que con sus dentaduras profident y sus cigarrillos luky strike parecen querer ser todos estrellas de cine, al tipo distraído que saca fotos del desastre.

Los cerdos capitalistas parecen felices después de todo.

Conrad es joven pero no idiota, sabe que lo que es hoy una simple alambrada, mañana será una pared infranqueable, alta como un castillo, capaz de detener el sol, el aire, la lluvia y a los enemigos de la patria que a doscientos metros disfrutan sin reparos de su obscena libertad.

Es lo que tienen las cárceles, que no gustan ni a los carceleros.

-A la mierda.- El soldado Schumann toma una decisión.

Mientras deserta, las caras de aquellos que ama aparecen en su mente una y otra vez, el lastre enorme de lo que deja tras él le duele pero ya no le atornilla al suelo, no hay marcha atrás, no hay posibilidad de arrepentimiento, sus tripas le piden que corra como alma que lleva el diablo, la energía de sus veinte añitos se transmite a sus piernas como una explosión, salta la barricada, contiene el aliento y reza por que ninguno de sus camaradas le tenga en el visor de su rifle.

Libertad.

Doscientos metros como doscientos soles y un tipo hace la foto de su vida.

lunes, 8 de diciembre de 2008

I+D en el siglo séptimo




Cuando el sol despunta al alba, Calínico dirige su mirada inquieta al océano traicionero, a un horizonte aterrador que cual bosque sombrío, oscuro y artificial aparece salpicado de buques negros, siniestros portadores de muerte, cuyas sombras se alargan sobre la superficie acariciando las crestas de las olas, llegando casi hasta la orilla, hasta los mismísimos muros de Constantinopla.

Cinco largos años de asedio, de sangre y guerra santa, árabes y cristianos masacrándose durante un lustro frente a las últimas puertas infranqueables de Bizancio, mirándose de reojo, medias lunas en los barcos, cruces en lo alto de las murallas, estudiándose como dos lobos que se enseñan los dientes entre dentellada y dentellada, perfectamente capaces de morir desangrados, antes que admitir su derrota.

Una partida que está en tablas, los asediadores no tienen fuerza suficiente para entrar, y los asediados no la tienen para salir, un empate técnico que hoy se verá resuelto.

Calínico nota como un nudo se aferra a sus tripas, los años de exilio y sufrimiento se condensan en un destilado puro de odio entre culturas, por fin va a devolvérsela con creces a los tipos que le expulsaron de su hogar, a los mismos que hoy asfixian su mundo y amenazan a su Dios.

Todo ello sin ser capaz de levantar una espada, porque Calínico de Heliópolis no es un hombre de guerra, no sabría como matar a una mosca, él es un tipo culto, un ingeniero, un inventor de cuyo cerebro ha surgido hoy, el artilugio infernal que se cierne imparable sobre los barcos árabes, I+D en el siglo VII.

Cuando los Dromones Bizantinos abandonan la seguridad del puerto y enfilan la proa hacia los numerosos Trirremes Omeyas, éstos se las prometen muy felices, son mayoría, mientras tocan zafarrancho de combate, pocos se percatan de los misteriosos artilugios metálicos que brillan sobre las cubiertas cristianas.

Craso error, los esclavos se aferran a sus remos, comienzan a apalear sardinas con esfuerzo, los barcos viran y los gritos dan paso a órdenes concisas en diferentes idiomas, el ruido metálico de las armas tintinea en la mañana, los contendientes poco a poco ganan velocidad, cortando el agua en direcciones contrarias, buscando su lugar en el paraíso.

No llegan a tocarse un pelo, en el momento en el que los Omeyas se ponen a tiro, los cristianos recurren a un arma que sin duda es fruto de la brujería, los marineros de Constantinopla comienzan a bombear a presión una mezcla de nafta, azufre, cal viva, nitratos y grasa a los tubos metálicos que lucen en sus proas, al final de los cuales una llama explosiona la mezcla, expulsa con fuerza una lengua de fuego que se pega a la carne, que no se apaga con agua y que lo devora todo en cuestion de minutos, buques y marinos arden como teas, los hombres que se lanzan al agua iluminan a los peces en su viaje hasta el fondo.

-¡Hades est itur!

El primer lanzallamas de la historia se convertirá en un mito, el “Fuego Griego” salvará la ciudad, aterrará a los enemigos del imperio Bizantino y frenará la expansión musulmana.

Calínico sonríe al ver las columnas de humo en el horizonte, por hoy puede sentirse satisfecho.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Dragones azules




El bueno de Abbie Hoffman esta puesto hasta las trancas, mientras la Creedence Clearwater Revival se despide de Suzy Q, sus pupilas dilatadas como platos soperos esquivan a la multitud entre el barro, varios dragones azules le persiguen buscando revancha, son jodidamente persistentes, a pesar de que Abbie es rápido como el viento, al final le dan caza como a un conejo.

Es lo que tienen los dragones azules, malvados y rencorosos, siempre están al acecho, siempre dispuestos a tocar las pelotas, una vez que estas en sus garras, no hay escapatoria posible, tan solo sometimiento a sus lisérgicas majestades.

Sus dientes azulados esconden lenguas viperinas, sus ojos inyectados en sangre solo son capaces de trasmitir pavor, mientras Hoffman grita aterrado, una orden es transmitida por los gigantes del cretácico a su cerebro hiperactivo.

-¡Mientras tú lo pasas bien aquí en Woodstock, Sinclair está en la trena, levántate y lucha!

A Abbie siempre le han gustado las causas perdidas, casi tanto como las drogas, y ahora tiene una misión, luchar por la liberación de un colega, un tipo llamado John Sinclair al que le han caído nueve años de prisión en Michigan por pasarles un par de canutos a unos polis de la secreta, iluminado, como un profeta redentor entre la juventud alocada se dirige al escenario donde, los Who acaban de rematar Pinball Wizard.

Tambaleándose sube al escenario del mejor concierto de todos los tiempos, ante una multitud intrigada arrebata el micrófono a Roger Daltrey (cantante de los Who) y comienza a soltar su discurso…

-¡Esto es un pedazo de mierda, mientras John Sinclair se pudre en prisión…!

El festival pasará a la historia como el icono de la cultura hippie, toneladas de paz, sexo y drogas dispuestas a cambiar el mundo, el único problema es que Peter Townshend, guitarrista de los Who, aún no se ha impregnado del amor que lo empapa todo, la visión de Abbie usando su micro perturba su karma hasta tal punto que, al grito de “Que te jodan, sal de mi jodido escenario” decide probar la resistencia de su guitarra sobre la cabeza del espontáneo.

La guitarra se rompe, la cabeza de Hoffman no, el visionario sale disparado y muerde el polvo, no hay lugar para discursitos en Woodstock.

Ni tan siquiera en Woodstock.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Espías y calentones de verano




Mientras John se sirve una copa junto a la piscina, el sol de Julio calienta su nuca, tuesta su calva ajada de antepasados latinos y le invita a pensar que la vida puede ser bella después de todo.

El primer trago le calma, el segundo le narcotiza lo suficiente como para buscar un asiento donde reposar unos huesos que se encuentran peligrosamente cercanos a la cincuentena, se sienta, se relaja, dedica unos minutos a meditar sobre su vida, sobre su suerte, puede dar gracias al cielo por su fortuna, la misma “baraka” que salvó su pellejo en las playas de Normandía, le hizo estar en el momento adecuado en el lugar adecuado, le convirtió en el hombre a seguir, cargo tras cargo, puesto tras puesto, ascendiendo imparablemente hacia las dulces cotas donde el autentico poder reside.

Poder, John ya lo ha catado, lo ha saboreado lentamente con fruición, ha permitido que ésa maravillosa sensación especial recorra sus venas y sus entrañas, acostumbrándose a su presencia, disfrutando cada segundo, ignorando que como una droga, pertenecer al selecto grupo que rige las vidas de los mortales, provoca adicción, deja un hueco en el alma imposible de rellenar, hace que la sola perspectiva de su pérdida sea difícilmente soportable.

John Profumo, Secretario de Estado para la Guerra, no es menos humano que las personas que ríen y coquetean a su alrededor, y su destino, no es menos caprichoso, cuando sus ojos se topan con los de Christine, las largas piernas de la mujer se enroscan a sus tripas dejándole sin resuello.

Que tendrán las chicas malas, el delgado e interminable cuerpo de la hembra hace hervir el agua, las rodillas del poderoso tiemblan como una campanilla, aumenta su pulso cardiaco y por un segundo reflota imparable un instinto primitivo que engorda su entrepierna.

-A tomar por culo.

El hombre casado se levanta, hace una seña a Stephen, el médico osteópata que en sus ratos libres hace de proxeneta para la alta sociedad inglesa, un teléfono, una cita y el desastre esta servido, Profumo no sabe que Christine está pluriempleada, que entre los romeos que llaman a su puerta se encuentra el amigo Yevgeny Ivanov, de nacionalidad rusa y de profesión espía.

El servicio secreto rápidamente se cosca del asunto, los 007 tienen licencia para matar y para chivarse al jefe, John la caga como Amancio, miente, intenta salvar su culo, su matrimonio y su carrera.

Demasiado tarde.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Migrant mother




Cuando Florence Owens se sienta bajo la mugrienta lona que hace las veces de hogar, el hambre ya ha dado paso al agotamiento, consumida y desfondada, con un cuerpo reducido a pellejo y huesos, su aliento se ha petrificado, como una virgen moderna, rígida e impenetrable, mira los helados campos californianos mientras se pregunta como demonios va a dar de comer a su prole.

Siete bocas como siete soles, incansables, piden una ración de alimento que no llega y un lactante que llora en su regazo, hambriento, al que puede intentar engañar dándole un pecho yermo, vacío porque para alimentar primero es necesario tener algo en el estómago.

Sus ojos se pierden en otro tiempo y en otro espacio, antes de que desaparecieran los garbanzos de la mesa, antes de que la inmortal avaricia humana se diera de bruces con una realidad hecha a base de personas que necesitan comer a diario, antes de que los mismos que vendían humo en forma de papelitos decidieran probar el efecto de la gravedad sobre sus cuerpos desde los rascacielos de la gran manzana.

Maldita sea su estampa.

Pintan bastos para Florence y los suyos, las heladas prematuras han arrasado los campos de guisantes, y sin cosecha no hay cosecheros, ni dinero, ni sustento, ni futuro, solo queda subsistir a base de pájaros y forraje en el país mas rico del mundo.

Florence vuelve al planeta tierra, se encuentra una extraña mujer que la fotografía, los “clic” de su cámara no la sorprenden, indiferente, posa sin más, sin gastar un átomo de energía en intentar evitar pasar a la historia como un icono del desastre.

Dorotea Lange empuña su cámara Graflex satisfecha, contratada por el gobierno para documentar fotográficamente la situación de los jornaleros californianos, baila alrededor de su modelo con la pasión de una artista, aún no lo sabe pero acaba de hacer la foto de su vida, aquella que irá irremediablemente unida a su nombre y que la hará pasar a los anales de su oficio.

“Migrant mother” se convertirá en una llamada de auxilio, estimulará la imaginación de Steinbeck durante la escritura de “Las uvas de la ira” y dejará constancia para todos aquellos que lo quieran contemplar, que la miseria está, después de todo, a la vuelta de la esquina, una enseñanza valiosa en estos tiempos convulsos de crisis sub prime y banqueros con agujeros en los calcetines.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Billete de ida y vuelta al infierno




A Else Baker se la llevaron de su casa de Hamburgo a principios del 44; con nocturnidad y alevosía, sin previo aviso y ante la desesperación de sus padres, unos tipos de mirada siniestra y alma degenerada llamaron a la puerta de su hogar y exigieron su inmediata puesta bajo custodia.

Else tenía ocho años y su mayor delito lo escondía en su sangre, herencia insospechada de uno de sus abuelos maternos al que nunca conoció y que sin saberlo la había condenado, como una especie de pecado original, aquella noche supo que una cuarta parte de su frágil cuerpo era gitano, y que ésa simple característica aterraba de forma especial a sus amados líderes, les daba un motivo de peso para extraerla de su núcleo familiar y enviarla a un barracón helado en la lejana Polonia, en un lugar llamado Auschwitz.

Los gritos y la oposición de sus arios padres adoptivos no sirvieron de nada, los demonios se la llevaron, fue engullida por la noche, transportada en un tren de ganado y despojada de nombre, familia, vestimenta y futuro.

Hubiera muerto entre la indiferencia de un mundo esquizoide de no ser por ablandar el corazón de una de las Kapos de su bloque, que la recogió y la adoptó por segunda vez en su vida, convirtiéndola en una especie de mascota que a cambio de sus carantoñas recibía alimento y el calor suficiente para subsistir.

De esta manera se convirtió en testigo involuntario de la inmensa capacidad que tiene el hombre para destruir a sus congéneres, desde la alambrada que separaba a los gitanos de los judíos pudo observar a diario la aterradora sincronización entre los trenes y los crematorios.

Subsistió, incluso cuando su protectora se cansó de ella, incluso cuando, hacia el final de la guerra, la mitad del campo gitano fue arrasado a sangre y fuego por los SS que no querían dejar demasiadas pruebas para los rusos.

Else fue afortunada en su tragedia, tras la matanza de Auschwitz, fue trasladada con otros supervivientes al campo de Ravensbrück, lugar donde una buena mañana de Septiembre de 1944 alguien la escoltó hasta el bloque de administración, allí, como salido de un sueño estaba su padre adoptivo esperándola para llevarla a casa, el viaje de ida y vuelta al infierno había terminado.

Más de medio año después de su secuestro, la pequeña fue devuelta a su madre, gracias a las gestiones de un padre con algo de dinero y contactos que hasta se había afiliado al partido nazi para hacer mas fuerza, camino de vuelta a Hamburgo, en un tren muy diferente al de ida, los dos viajeros se encontraron con un oficial del ejército que se reincorporaba a la lucha, el progenitor adoptivo, indignado tras una breve conversación, aprovechó para enseñar al militar las raquíticas y repletas de llagas piernas de su hija espetando al uniformado una frase demoledora.

-Esto es por lo que lucháis.

PD: La historia está sacada de un estupendo y duro libro de Laurence Rees llamado “Auschwitz” que desentraña docenas de anécdotas de la vida diaria del campo.



miércoles, 19 de noviembre de 2008

Los huesos de Jimmy




Salvatore está nervioso, llega la hora de la verdad, se sienta frente la mesa de la cocina con un Seven Up en una mano y un Colt calibre 45 del ejército en la otra, bebe un trago y respira hondo, nota como un impulso eléctrico recorre sus extremidades, casi puede notar cada uno de los pelos de sus brazos erizándose cual puercoespín, los mira intrigado, mientras lo hace una fuerza incontenible asciende por su esófago, eructa, el estallido de gas es como la tormenta que precede a la calma justo antes de que llegue el huracán, el mafioso se queda en silencio, medita, cuenta cada una de las burbujas del refresco, piensa en lo mucho que le estresa su trabajo.

Cuando Thomas pasa a su lado exclama:

-¿Qué vas a matar, elefantes?

-Puede.

El encargado del asunto arruga el morro, chisca la lengua contra los dientes mientras extrae de su bolsillo un alambre y unos guantes, es hora de dejar un par de cosas claras.

-Tony no quiere escandaleras, ni cagadas, dile a tu hermano que se prepare, Jimmy y el gordo están a punto de llegar.

Está en lo cierto, el Mercury Maroon del setenta y cinco chirría como un animal en celo al tomar la curva camino del matadero, cuando por fin aparece al otro extremo de la calle, los matarifes que vigilan tras la puerta del mismo súbitamente notan como les crecen los colmillos, excitados, la adrenalina los transmuta en animales, dilata sus pupilas, seca sus bocas, tensa cada puñetero músculo de su cuerpo.

Thomas traga saliva y apaga apresuradamente el cigarrillo que casi quema la comisura de sus labios, ensaya la mejor de sus sonrisas frente al espejo y aprovecha esos últimos instantes para retocar su maltrecha cabellera engominada, mientras lo hace, Gabriel le mira de reojo, está pegado a la pared, en sus manos descansa un punzón enorme, aferrado con fuerza, y escondido entre sus ropas.

Chuckie y Jimmy Hoffa llaman al timbre, la puerta se abre como la de un castillo Transilvano, es el momento de reír, saludar a los invitados y sonreír de oreja a oreja, cuando la mafia te mata, la última cara que ves es siempre la de tu mejor amigo.

El buen rollo termina cuando el alambre se cierra sobre el grueso cuello del sindicalista, por la espalda, grita, bufa y lucha, pero antes de que pueda dar el primer manotazo, un punzón manejado por manos virtuosas ya le ha hecho cinco sietes en la camisa, la sangre se derrama, el oxígeno se acaba, los ojos del finado miran a sus antiguos compañeros emitiendo una maldición sorda.

El asunto lleva su tiempo, los asesinos buscan resuello, el rojo arterial mancha sus caras y sus extremidades de hienas, jadean, maldicen y segregan espumarajos, la primera parte del encargo está realizada, Jimmy Hoffa, el gran sindicalista que había agarrado y apretado las pelotas de la nación y la mafia, en ése momento no es mas que carne inerte.

-¿Qué hacemos con el muerto?

-Magia.

Salvatore, Gabriel y Thomas son gente de recursos, pasarán cincuenta años y el FBI seguirá buscando los huesos de Jimmy.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Trinity




El armazón metálico se eleva solitario sobre el desierto de “la jornada del muerto”, desnudo y letal, se asemeja a la torre olvidada de una iglesia siniestra e inacabada, sobre cuya cúpula el ser humano ha decidido condensar el infierno en poco más de dos metros cuadrados, el sol aún no ilumina el conjunto desde lo alto, pero promete proyectar una sombra alargada sobre la arena y asfixiar a los hombres de ciencia que inquietos y orgullosos esperan haber descubierto el definitivo camino a la destrucción.

A unos treinta kilómetros de distancia, un tipo delgado y de tez cetrina limpia y se coloca unas gafas protectoras similares a las que usa un soldador, Robert Oppenheimer es el responsable del tinglado, nervioso enciende el enésimo cigarro del día mientras se asegura que los sistemas de medición están correctamente calibrados, tras una espera tensa, da por fin las últimas indicaciones a unos colegas que le miran de reojo con una mezcla de respeto y admiración, el reloj de la cuenta atrás marca veinte minutos que parecerán veinte horas.

Tic, tac.

“The Gadget” ilumina el cielo de Nuevo México al las 05 horas 29 minutos y 45 segundos del 16 de Julio de 1945, generando una onda expansiva que como un Dios colérico recorre ciento sesenta kilómetros anunciando una “mala nueva”, el hombre ha dominado el átomo, los hijos de Adán y Eva pueden estar contentos, ya no dependen de ningún Dios para ser expulsados del paraíso, ahora ya pueden autodestruirse sin ayuda de nadie, son independientes.

A la luz cegadora le sigue una nube inmensa de polvo que con forma de champiñón invade el cielo y un vendaval que azota sin contemplaciones a los allí presentes, las vibraciones rompen cristales y aterran corazones, Norris Bradbury, uno de los padres de la criatura exclama, “Ahora somos todos unos hijos de puta”, la prueba “Trinity” ha sido un éxito.

Oppenheimer se queda un rato en silencio, es un hombre culto, suficientemente inteligente como para entender las implicaciones futuras de lo que allí acaba de suceder, mientras medita, unos versos hindúes atraviesan su mente.

“Si el esplendor de un millar de soles brillasen al unísono en el cielo, sería como el esplendor de la creación...”

"Ahora me he convertido en La Muerte, Destructora de Mundos."

Cuando por fin se decide a hablar, todos esperan una frase grandilocuente que pase a la historia, nada de eso ocurre, mientras el físico repasa los datos, una simple palabra de desliza entre sus labios.

-Funcionó.

martes, 11 de noviembre de 2008

Las pelotas de Raoul Wallenberg




El chirrido de los frenos alerta a los guardianes que mecánicamente fuman y ríen frente al tren infernal, lo que hasta ése momento ha sido un trabajo fácil, resuelto sin mas complicaciones que un par de culatazos y varios empujones, sin duda tiene toda la pinta de torcerse con la llegada de las furgonetas de la delegación sueca, éstas casi derrapan frente a los hombres de negro, y antes de que estos puedan decir esta boca es mía, de su interior desciende como alma que lleva el diablo un tipo con pinta de no haber roto nunca un plato, que, ignorando las amenazas de los uniformados, comienza a correr en paralelo a los raíles.

La cara del oficial de la cruz flechada que dirige el asunto se pone pálida como un filete de pollo, desencajado y a voz en grito, busca con la mano temblorosa la autoridad extra que le otorga la vieja Luger que descansa en su cintura, de nada sirve, como un rayo, el sueco pasa a su lado sin inmutarse, sin prestar un segundo de atención al hombre que amenaza con tirotearle, indiferente y ágil aquel loco se encarama de un brinco al techo de los vagones en los que cientos de personas aguardan desesperanzados su destino.

Cercano al síncope, el bastardo de la gorra de plato se siente súbitamente pequeñito, como si la voz que sale de su garganta fuera la de un pitufo, como si los proyectiles del artefacto metálico que descansa entre sus dedos fuesen poco mas que petardos, como si el uniforme que viste con orgullo y que a tantos compatriotas ha aterrorizado de repente se hubiese volatilizado dejándole en pelotas.

Con el primer tiro los pájaros de la Estación Este de Budapest levantan el vuelo, con el segundo los carceleros tan sólo consiguen despeinar al intruso, con el tercero, el hombre misterioso, sin dejar de repartir papeles entre las manos que suplican ayuda, se identifica como diplomático sueco.

Raoul Wallenberg señala como compatriotas a un par de docenas de los judíos allí presentes, exigiendo su liberación inmediata, acojonando con su mirada y su valentía a los mismos “cruces flechadas” que minutos antes han disparado un par de metros sobre su cabeza.

Se sale con la suya, unos pocos afortunados cambian Auschwitz por una de las muchas casas que el diplomático ha habilitado como parte de la embajada Sueca, en ellas se hacinan pero subsisten cientos de seres humanos en un lugar que por ser suelo extranjero es intocable, un oasis de cordura en el infierno de un mundo desquiciado.

Mientras Raoul se aleja, los asesinos se sienten un poco más vacíos, ahogan su odio en impotencia, Wallenberg no de siente mucho mejor, sabe que son muchos los trenes que llegan, y pocos los hombres capaces de jugárselo todo por pararlos.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Disturbios y mariposas




El oficial Lee W. Minikus tiene un día de perros, doce horas patrullando el sur de Los Angeles con cuarenta grados a la sombra han hecho que sus pelotas estén comenzando a fusionarse con sus pantalones, tras recorrer Gardena y Lawndale, hacia las seis de la tarde del 11 de Agosto de 1965, gira el manillar de su motocicleta y decide dirigirse al distrito de Watts, las calles se encuentran tranquilas, casi desiertas, con el sol tardío cayendo a plomo, los chicos malos están aún con la cabeza bajo el grifo, maldiciendo el día en el que se les murió el ventilador.

Watts no es un lugar para pasear de la mano, con un porcentaje de paro acojonante y dogas por doquier, si a un hombre caucásico, heterosexual y temeroso de la ley se le ocurriera darse un garbeo por sus callejones, lo más probable es que saliera de ellos como Dios le trajo al mundo, con una mano delante, otra detrás y un nota de agradecimiento grapada al culo.

“Gracias por venir, vuelve cuando quieras”, o algo parecido.

Lee W. Minikus resopla, aparca un segundo en el arcén y remoja su sesera con un poco de agua, el sol parece darle un pequeño respiro a medida que pasa la tarde, mientras se rehidrata, media docena de paisanos pasan a su lado y le miran con indiferencia, los miembros la "California Highway Patrol" no son especialmente queridos el barrio, con fama de racistas, violentos y chulos, mejor tenerlos delante que detrás, así es la vida.

A la altura de “El Segundo”, el trabajo se acumula para el servidor de la ley, frente a sus narices un tipo negro que responde al nombre de Marquette Frye decide hacer una “S” perfecta de Superman con su vehículo, el poli huele sangre fresca, se frota las manos, los colmillos, saca brillo a su bolígrafo de poner multas, enciende la sirena y se lanza al ataque, la persecución es breve, Marquette esta borracho pero no es gilipollas, desciende del vehículo con torpeza y suspende de largo el breve test de alcoholemia al que es sometido.

No queda otra que ver la celda desde dentro, pura rutina para Lee, también para Frye, un incidente sin importancia que se complica cuando Rena Price, la orgullosa madre del detenido, ve a su retoño esposado y con las orejas gachas.

En ése preciso instante, la tierra se rompe bajo los pies de LA, mamá osa decide tirar por la calle del medio y hacer una demostración práctica al poli de lo que es un buen gancho de derechas, éste tras recibir el hostión, con un importante pitido en los oídos pero sin perder la compostura consigue reducir a la buena mujer que acaba esposada junto a su vástago.

El desastre está servido.

Si el agente Lee piensa que es un día malo, es sólo porque no sabe lo que le queda por delante, una demostración practica de la Teoría del Caos, una mariposa que mueve sus alas en Pekín, y al rato, un huracán que surge en Los Ángeles, un huracán racial, de gentes que al ver como un policía blanco esposa de malos modos a una mujer negra, comienzan a encabronarse de verdad, a los murmullos les siguen los gritos, a los gritos las piedras y en menos de una hora, el tumulto ya está lanzando cócteles molotov.

Por delante quedan seis días duros, el tema se desmadra totalmente, saqueos, asesinatos, tiroteos, una multitud enloquecida que encuentra la solución temporal a sus problemas quemando la casa del vecino.

El resultado asusta, treinta y cuatro muertos, seiscientos edificios arrasados, casi mil heridos y la guardia nacional desplegada repartiendo estopa.

Caos en estado puro.



miércoles, 5 de noviembre de 2008

Los últimos latidos de Félix




Lentamente, como levitando, el hombre importante avanza entre rostros sin alma en dirección al estrado, figuras oscuras con ojos de serpiente protegen su caminar, sin disimulo, los escoltas taladran con su mirada, a cada paso, las pálidas caras de los próceres de la patria que como buenos chicos esperan ansiosos su ración de odio.

Cuando Félix Dzerzhinski por fin se coloca frente al auditorio el silencio es sepulcral, casi tanto como la propia presencia del asceta rojo, el aire se ha helado, ha adquirido una tonalidad blanquecina, mortal como las mañanas siberianas, los allí presentes tragan saliva y respiran con cuidado, con el corazón en el interior de un puño que se eleva, firmes como postes y dispuestos a saborear con deleite cada palabra del jefazo.

Por delante, dos horas de discurso y un público entregado, el terror siempre ha garantizado audiencias fieles, y el 20 de Julio de 1926 nadie está a salvo en Rusia, ni tan siquiera en el Comité Central Bolchevique, donde muchos de los que ahora aplauden hasta despellejarse las manos pronto verán el infiero de cerca, en los Gulags del papá Stalin.

Como un santo ateo, el “Félix de hierro” arremete contra los pecadores del pueblo, señalando con el dedo, destilando un odio finamente depurado y meditado, siniestro e insaciable que necesita su cuota de sangre para subsistir, Trotsky, Kamenev y Zinoviev son el objetivo, la oposición unida cuya sola existencia es un insulto para la revolución.

Como un estilete las palabras de Dzerzhinski (padre de las Checas) hieren y cortan, delimitan responsabilidades, apuntalan conciencias, y exigen vidas a cambio del paraíso futuro, el oficio al que en cuerpo y alma se ha dedicado éste ex seminarista hijo de polaco burgués atraído al lado más oscuro de la fuerza, profeta de una religión que no admite profetas, víctima transmutada a verdugo y firme defensor del exterminio del pueblo por el pueblo que por aquel entonces no ha hecho mas que comenzar.

El líder sin embargo está hoy más pálido que de costumbre, su cara afilada parece tener los ojos aún más hundidos en sus cuencas y sus pulmones parecen no dar a basto para alimentar con aire las cuerdas vocales de una voz que de repente, para sorpresa de los adoctrinados, se para.

Odio súbitamente silenciado por la frágil naturaleza humana.

Como aplastado por el peso de los cientos de miles de muertos que carga sobre su espalda, el dirigente siente como se le va la vida y no puede hacer nada por evitarlo, impotente, uno de los hombre más poderosos de la revolución observa como todo el terror que su escuchimizada presencia transmite, se desvanece en cuestión de segundos, los mismos que su corazón tarda en pararse.

Antes de que su cuerpo inerte golpee el suelo, el moribundo, desnudo ante la montaña de dolor, horror y sufrimiento causado a sus semejantes, se ve asaltado por una última y agónica duda.

Es afortunado, no vivirá lo suficiente para intentar contestarla.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Lluvia en la cara




Cuando “Rain in the face” escucha la señal para salir a escena ya esta perfectamente preparado, serio sobre su yegua blanca, aprieta fuertemente las riendas con una mano mientras con la otra ajusta su carcaj a la cintura y el arco a su pecho, elegantemente vestido para una guerra irreal, con su impresionante tocado de plumas de águila y cuervo y su vistoso peto de hueso de búfalo, parece un fantasma de un tiempo no tan lejano, pequeño y curtido por el sol, nadie de la tribu Lakota moverá un solo dedo hasta que él lo diga.

Entre bambalinas, observa a Búfalo Bill hacer el paripé para mayor gloria del hombre blanco, con su cada vez más escasa melena al aire y oportunamente caracterizado con uniforme de general, cuando por fin pisa el escenario la gente brama de emoción, un séptimo de caballería mas falso que el beso de Judas le sigue decidido, los héroes saludan y empuñan sus armas con orgullo, comienza la función.

Es su momento, en segundos, los últimos hijos de las praderas saldrán a escena al galope, disparando sus flechas sin punta y apuntando sus rifles sin balas, como un torbellino maldito de pega rodearán a los rostros pálidos vestidos de azul, quemando pólvora, gritando y aullando, luciendo sin orgullo sus pinturas de guerra, mientras, los supuestos enemigos irán cayendo lentamente entre dramáticos estertores hasta que sólo quede un Búfalo Bill disfrazado de General Custer, que cual mártir del imperio caerá con las botas puestas.

Los niños quedarán boquiabiertos, las mujeres derramarán una lagrimita por la leyenda encarnada y los varones adultos podrán sentirse orgullosos de su patria, “Wild West Show”, un espectáculo impresionante, un dinero bien pagado, entretenimiento en estado puro en una época en la que el cine aún está en pañales.

Pero a “Rain in the Face”, no le quedan ganas de salir guapo en la foto, por un segundo, antes de representar su papel, siente como un escalofrío recorre su columna vertebral, como la sangre comienza a bullir en el interior de sus venas y los pelos de sus brazos se ponen de punta, son las voces de sus antepasados que taladran sus oídos reclamando el orgullo perdido.

Sus dedos buscan instintivamente el cuchillo que reposa envainado en su cintura, sus ojos se cierran y vislumbran en la oscuridad las miradas de los muertos en Little Big Horn, por fin una sonrisa se dibuja en su ajada cara mientras recuerda como con ése mismo filo rebanó el pecho de Custer, cuando la sangre coagulada del mito salpicó como lluvia su cara, el momento en el que los años de afrentas, asesinatos, hambrunas, mentiras y miserias causadas por el hombre blanco quedaron momentáneamente saldadas.

miércoles, 29 de octubre de 2008

La bala que respetó a Józef




El ruido del la pluma contra el papel resuena en los oídos de Józef como un epitafio, mientras la tinta fluye, su corazón late como una ametralladora empujando la sangre por su cuerpo, su respiración ya agitada se acelera, como si en la estancia el oxígeno se hubiera consumido repentinamente, se siente asfixiado, quiere gritar pero no lo hace, una llamada de socorro sólo tiene sentido cuando alguien puede oírla, quiere llorar pero no puede, las lágrimas ya no enderezan el camino, tan solo emborronan la visión del sendero.

Esta solo ante sus actos, solo ante su futuro incierto.

Sobre la mesa, acompañando al tintero, una botella de licor le da el fuelle suficiente como para no detenerse, empapa sus neuronas y le narcotiza lo justito para poder continuar con el plan prefijado, un trago que ya no raspa al pasar por el gaznate y una firma temblorosa son sus últimas acciones antes de cerrar el sobre con las palabras de un hombre que no hace tanto que dejó de ser niño.

Sin poder evitar un ligero temblor en la mano, el joven polaco abre el cajón del escritorio sobre el que se desespera, dentro de éste, al lado de la sucia caja de latón donde tiempo atrás hubo dinero, un viejo revólver oxidado espera envuelto en un paño impoluto, los latidos de las venas sobre los tímpanos del suicida actúan como un diapasón marcando el ritmo, con un suave ruido acompañan la apertura del tambor, la entrada de la munición y el clic del percutor al armarse, el desastre esta servido.

Un millón de imágenes atraviesan sin orden ni concierto la mente del polaco, sus progenitores muertos, sus ansias de aventura, la primera vez que vio el mar y decidió formar parte de los hombres que inconscientes se atreven a desafiarlo, el juego, el contrabando, las pérdidas y las deudas, consecuencia directa de la imperiosa necesidad de comerse el mundo.

Arruinado, marinero novato sin padre ni madre ni perro que le ladre, varado en Marsella tras haberse pulido hasta los hígados en los casinos principescos, es hora de pasar por caja, cierra los ojos, empuña el arma y apoya el cañón contra su pecho.

Un ruido seco alarma al vecindario, Józef aprieta el gatillo, desconoce que la bala que en ése mismo instante sale propulsada hacia su persona es un proyectil mágico, con conciencia, el pedazo de plomo no obedece las leyes de la física, sino a los dioses de la literatura, en ésta ocasión no puede hacer su trabajo, la pérdida sería demasiado grande, penetra en la carne esquivando el corazón y otros órganos vitales, haciendo el mínimo destrozo necesario, entrando y saliendo limpiamente.

Cuando cae al suelo ensangrentado, el polaco aún está vivo, saldrá de esta, seguirá respirando para poder un buen día cambiar su nombre y sus apellidos por aquellos con los que pasará a la historia, Joseph Conrad todavía no ha parido obras como “El corazón de las tinieblas” o “Nostromo”, y por suerte para el mundo, una bala y una mala racha no le impedirán hacerlo.

lunes, 27 de octubre de 2008

Tres ingleses en la costa de los muertos




Como tres fantasmas venidos de otro mundo Gould, Burton y Luxon caminan por la costa de los muertos, exhaustos y heridos, consiguen arrastrarse por los caminos dejando un rastro de sangre sobre el barro, llueve, el agua y el miedo empapan sus huesos, la oscuridad les ciega, envuelve una tierra extraña sobre la que sus cuerpos han sido paridos sin contemplaciones, una mar caprichosa, violenta y asesina ha decidido no engullirlos, por hoy está saciada, 173 almas son suficientes.

Han sido dos horas en el filo, chapoteando sobre montañas de agua, evitando por los pelos rocas afiladas como los dientes del demonio, hundiéndose y reflotándose una y cien veces, sin piedad, escuchando como los gritos de los suyos han ido dando paso a un silencio sepulcral, roto sólo por el batir del océano contra la tierra.

Maldito sea el que puso nombre de ofidio a un barco, el “HMS Serpent” desorientado, sobrecargado y neciamente gobernado había ido a ensartar su tripa en un saliente de la “Punta Boy”, a unos seiscientos metros de la ensenada de Trece donde ahora reptan los afortunados supervivientes, en ése mismo instante la fuerza del atlántico machaca el pequeño crucero, desgajando las planchas de metal blanquecino como si de mantequilla se tratase.

El comandante Leith y su segundo, el Teniente Greville la han cagado soberanamente, por excesiva confianza o un profundo desconocimiento, o quizás por una peligrosa mezcla de ambas cosas, han mandado al infierno a toda su tripulación, pero no vivirán lo suficiente para arrepentirse, sin referencias en el cielo o en la tierra, dejándose los ojos a babor intentando encontrar el brillo salvador del Cabo Vilano, e inexplicablemente sin usar sus sondas, habían ido lamiendo la costa gallega en su camino al trópico, sin esperar que la tierra agreste y dura saliera a su encuentro y les ensartara como un palillo a una aceituna.

No fueron los primeros y no serán los últimos, la “Costa da Morte” no se bautizó así por capricho, uno a uno, en su desesperado intento por escapar de una pieza de la trituradora, los jóvenes marinos van dejando su pellejo en la negrura, para cuando los paisanos de Xaviña y Camariñas espoleados por el cura del pueblo deciden jugársela por rescatar a los “british”, ya es demasiado tarde, el mar sólo escupe cadáveres.

Ciento cuarenta y dos son recogidos y enterrados en lo que a partir de ése día se llamará (no podía ser de otra forma) el cementerio de los ingleses, otros treinta y uno no volverán a tierra firme, pasarán a formar parte de la misma costa que les arrebató la vida.

Del desastre una lección, Gould, Burton y Luxon han mantenido sus huesos a flote en parte por un milagro, en parte por llevar puesto el chaleco salvavidas, un artículo que por indispensable que pueda parecer en semejante coyuntura, no es de uso obligatorio en ésos años finales del siglo XIX.

viernes, 24 de octubre de 2008

Tropezones de alcoba




Ljubo siente como el frío se cuela entre sus ropas y acaricia su nuca, le acompaña mientras recorre la Giesebrechtstrasse, el invierno Berlinés ha llegado sin previo aviso, como comiéndose el otoño de un bocado, escalofriado, se sube el cuello de su gabardina, ajusta el nudo de su bufanda de lana y sin rumbo fijo, pasea calle abajo.

Prende un cigarrillo, observa a sus congéneres, la capital aún tiene pulso, ajena a los tambores de guerra que suenan desde los cuatro puntos cardinales, se estremece cada noche con las fiestas de sus amados líderes, champán francés y trajes de gala, que la sopa fría y el pan duro es sólo para la plebe, para los pringados del imperio.

Camina aparentemente distraído, esquivando a los obreros que trabajan en la calle tendiendo un largo cableado a la altura del número once, torpe, acaba tropezando con éste y casi da con sus huesos en el suelo, sólo la rápida acción del SD Untersturmführer Schwarz evita el hostión, Ljubo Kolchev agradecido sonríe y se presenta, es secretario de prensa de la embajada Rumana, amablemente ofrece un cigarro y un poco de charla a su salvador.

-Las obras públicas son un fastidio, pero necesarias.-El SD se excusa.

Ljubo asiente con simpatía, se gana con facilidad la confianza de su interlocutor, tiene don de gentes, su vida depende de ello, su verdadero nombre es Roger Wilson y su trabajo uno de los más peligrosos que han existido jamás, el de espía.

Mira a los supuestos obreros y por dentro se descojona, con las siglas SD escritas en la cara y los nudillos aun pelados a base de partir caras de infelices, tienen de operarios lo que él de rumano, son la confirmación de las habladurías, el salón Kitty, el famoso puticlub nazi situado en la tercera planta de la casa que está a sus espaldas está mas pinchado que las venas de un yonki, no hay secretillos mas inconfesables que los de las alcobas.

Cuando Roger se despide de Schwarz, sabe que pronto tendrá una nueva misión, cuando sus jefes en Londres se enteren de las escuchas a los romeos del Tercer Reich, inmediatamente le exigirán convertirse en un cliente asiduo.

Un trabajo duro, todo por la patria.

Wilson no tardará en colocar sus propias escuchas en el prostíbulo, en apenas unos días los gorgoritos amorosos de oficiales, diplomáticos y mandamases del eje no solo se escuchan en los cuarteles de la Oficina Central de Seguridad del Reich, sin además, de propina, en media Inglaterra.

Así, con relajación post coital y los gallumbos por los tobillos, la inteligencia europea acabará grabando a tipos como Galeazzo Ciano, (ministro de exteriores italiano), o al mismísimo Serrano Suñer mientras implicadísimos en la representación de sus respectivas patrias, éstos dan una lección de furia latina a sus aplicadas alumnas teutonas.

martes, 21 de octubre de 2008

Los vientres libres




En 1870 un tipo llamado Román Baldorioty tragó saliva antes de introducirse en la leonera en la que se había convertido el parlamento español, allí entre caras serias, bigotes señoriales y miradas asesinas, el diputado puertorriqueño, recién llegado de ultramar a la convulsa metrópoli, tomó la palabra esperanzado, entre sus exigencias, una que parece imposible que fuera emitida hace tan pocas generaciones, la de la abolición de la esclavitud.

Baldorioty, enjuto y cetrino, encabronado por una supuesta mofa hacia el color oscuro de su piel espetó a sus señorías:

“Los que niegan la libertad del esclavo, los que se complacen en remachar sus cadenas, podrán tener la piel blanca, pero sus conciencias, señores, son más oscuras que las del etíope a quien se niegan a redimir, porque el pigmento del cutis no señala diferencias de nobleza y moralidad entre los hombres” (…) “Oscura es mi tez y yo les aseguro que aquí (señalándose la frente) hay algo que sale con mi verbo a iluminar esas conciencias ennegrecidas”.

Le sacó los colores a más de uno y salió entre aplausos, y es que por aquel entonces, al contrario que en la península, donde fue abolida en 1837, en las colonias de Cuba y Puerto Rico la esclavitud era perfectamente legal; para vergüenza de los políticos patrios, el ser humano aún podía tener dueño al otro lado del Atlántico.

Poco después de aquello, el cuatro de julio de 1870, tras muchas peleas y discursos como el de Román, vio la luz una ley que a pesar de parecer hoy en día totalmente surrealista, supuso un paso importante para las asociaciones abolicionistas, “la ley de vientres libres” fue sacada adelante gracias a Segismundo Moret, y gracias a ella, los hijos de las esclavas negras no se convirtieron automáticamente en una especie de accesorios extra para sus dueños, sino que nacieron libres, bajo la custodia de sus madres y los dueños de éstas, pero libres.

Comenzó a ser obligatorio además que el esclavista diera cobijo y oficio al niño hasta los 18 años, (beneficiándose de su trabajo por la cara durante ése tiempo), edad en la cual, el joven comenzaría a recibir la mitad de la mitad del salario de un hombre libre (hasta los 22) después, la libertad sería completa, a este tinglado lo llamaron “patronato” y a pesar de seguir siendo claramente injusto, duró unos cuantos años mas.

La esclavitud fue derogada definitivamente en 1873 (en Puerto Rico) y en 1886 (en Cuba), una muestra clara de lo extremadamente difícil que es eliminar una injusticia (por enorme que esta sea) mientras que los poderosos sean los principales beneficiarios de la misma.


viernes, 17 de octubre de 2008

Un Nobel con olor a mostaza




Fritz Haber fue un tipo listo, un coco, un genio, una mente clara capaz de ganar el Nobel de Química en 1918, una de ésas personas cuyo trabajo ha hecho que el ser humano pueda pasar de comerse a sus familiares en una caverna a darles la tabarra con un blog sobre historia en ése invento extraño que llamamos Internet, y es que nuestro amigo descubrió la manera de obtener amoniaco, que aunque pueda parecer una pijada, no lo es, ya que éste producto está presente en casi todos los procesos industriales que mantienen nuestras obesas sociedades occidentales (desde el fertilizante con el que alimentan las patatas que engordan nuestros cuerpos, hasta los explosivos con los que algunos deciden invadir países con mucho petróleo).

Un fiera, que además pasó a la historia como la muestra más evidente de que inteligencia y bondad no siempre andan agarraditas de la mano, digo esto porque Fritz además de lo ya contado resultó ser un patriota en tiempos convulsos, alguien que a pesar de considerarse pacifista, fue uno de los orgullosos padres de lo que hoy se conoce como guerra química.

La Iperita, la niña de sus ojos, recibió ése nombre tras su bautismo de fuego en la ciudad belga de Ypres, en la primera guerra mundial, aunque los hombres que la sufrieron también la llamaron gas mostaza, debido al picorcillo que sentían en nariz y boca justo antes de quedar ciegos y repletos de ampollas, tuvo un éxito tan inesperado como inútil ya que a pesar de hacer una autentica escabechina en las tropas inglesas, no consiguió que los frentes se movieran un sólo milímetro.

En aquella batalla murieron cientos de miles de soldados, entre barro, trincheras y alambradas, rondando los diez mil sufrieron las consecuencias del invento del Nobel, una nueva forma de hacer la guerra que lanzó a los aliados a su propia carrera química, éstos usaron al poco compuestos como el fosgeno, el cianuro, el cloro o el arsénico.

De nada sirvió, Fritz el superpatriota al final no parece que fuera un tipo precisamente feliz, su primera mujer acabó pegándose un tiro tras sufrir una fuerte depresión (agravada por su oposición frontal a la guerra) y a él mismo, tras recibir el rango de capitán y una medalla, cuando años mas tarde llegaron los nazis al poder, le largaron a patadas de su propio país por ser judío.

Murió en el exilio, en Basilea, por suerte no tuvo que presenciar con sus ojos como muchos de sus familiares, los que no pudieron huir de la alemania nazi a tiempo, fueron masacrados en su propia tierra, por sus propios compatriotas con Zyclón B un insecticida reconvertido a arma de exterminio que pudo ser obtenido, en los años 20, gracias en gran medida a su propio legado.

martes, 14 de octubre de 2008

Bombas y futbolines




Noviembre del treinta y seis, a miles de metros de altura, sobre el cielo madrileño, un tipo de nombre extraño y apellido impronunciable sueña con la gloria reservada a los campeones, sobre su pecho, una insignia metálica con una calavera y un tanque decora su impoluto traje caqui, bajo su culo, en las entrañas del avión que pilota, media docena de bombas de a cien kilos por ración esperan impacientes su turno para ser liberadas.

El muchacho ha viajado tan lejos para coger experiencia, hasta ahora sólo ha destruido cruces en el suelo y eso se nota, sus jefes quieren hacer de él todo un maestro de la destrucción, que coja maña en el oficio de matar, así pues, ni corto ni perezoso, pensando en los arrumacos que su teutona prometida le dará cuando regrese cual héroe a la madre patria, desata el infierno sobre ésos minúsculos puntos negros que corren despavoridos bajo sus alas.

El avión da un ligero bandazo cuando suelta su carga, mientras, nuestro ario personaje siente un ligero cosquilleo en el estómago y nota como la carne se le pone de gallina con las primeras explosiones, es su conciencia narcotizada que le felicita por un trabajo bien hecho.

Unos cuantos miles de metros más abajo, un adolescente gallego que apenas lleva un par de años afeitándose la sombra de lo que algún día promete llamarse bigote, escucha un silbido y observa aterrado la acción de la gravedad, no por mucho tiempo, antes de que se de cuenta, una marea de escombros ha cubierto su maltrecho cuerpo, la masa uniforme de ladrillo, hierro y polvo le asfixia, le golpea, le arrastra y le destroza, sin compasión.

Sin embargo el chico tiene suerte, las meigas se confabulan para obrar el milagro, para salvarle el pellejo, está grave pero vivo, le rescatan, le estabilizan y le mandan a Valencia, para curarle, de allí a Barcelona a intentar rehabilitarle del todo.

El asunto lleva su tiempo, huesos y músculos tardan en sanar, necesitan paciencia incluso en un crío, en el hospital donde se recupera hay muchos otros en su misma situación, la guerra sigue lejana mientras los jóvenes inquilinos, aburridos y puteados añoran los días en los que podían jugar al fútbol.

A grandes males grandes remedios, el gallego se estruja la mente, si existe el tenis de mesa, ¿por qué no el fútbol de mesa?, con ayuda de un carpintero amiguete, bajo las indicaciones del chico, tubos, maderos y jugadores van tomando forma, al poco, los jugueteros de mundo están de enhorabuena, con pocos medios pero mucho ingenio acaba de ser parido el primer futbolín de la historia.

Del rubio con la insignia nadie recuerda el nombre, probablemente algún tiempo después su lindo careto cien por cien ario quedara repleto de plomo a manos de algún ruso, inglés o yanki con buena puntería, del gallego con ganas de jugar al fútbol si sabemos el nombre, Alejandro Finisterre, inventor, poeta y editor, amigo en el exilio de León Felipe, que murió en paz con 88 años en tierras zamoranas tras una vida intensamente motivada.

sábado, 11 de octubre de 2008

Raleigh y el dorado




Dicen que Raleigh caminó sosegado hasta el cadalso, con oficio, seriedad, entendiendo la muerte como el último y más costoso gaje del oficio, que quien a hierro mata, a hierro muere y él había matado mucho, demasiado.

Digno en el penoso caminar del condenado, en la nada digna tarea según la cual le separan a uno la cabeza de los hombros y la meten en un cesto, para poder enseñársela a Jacobo I, el maldito rey contra el que había conspirado y cuya ascensión había supuesto el comienzo del fin, el sumidero que se había tragado títulos, tierras y familia.

Arruinado, viejo y ahora arrodillado, frente al verdugo que da los últimos retoques a su hacha tiene unos segundos para hacer un resumen de su vida, para revivir los fragmentos de su existencia por los que será recordado.

Por su mente pasean favores y fervores de la reina virgen, intrigas palaciegas y galanterías que le hicieron rico, poderoso, envidiado y temido, fue por ella, la primera de las Isabel, por quien recorrió medio mundo, colonizando y dando nombre a las tierras de Virginia (llamadas así en honor a la supuesta falta de mácula de la gobernanta), descubriendo nuevos parajes, ensanchando el reino, protegiéndolo de sus enemigos.

Siempre luchando, al italiano, al portugués, al irlandés, al franchute, y sobre todo al español, malditos demonios del sur a los que odiaba y conocía a partes iguales, a los que había arrebatado tesoros y barcos, cuyas ciudades había arrasado y saqueado, y que en venganza no solo le habían matado a compañeros de armas y a su propio hijo, sino que además ahora reclamaban con satisfacción su cabeza.

Enemigos acérrimos con los que había compartido las mismas obsesiones, conquista, riqueza, la búsqueda de “El Dorado”, estúpida ensoñación para crédulos que le había arrastrado hasta remontar el Orinoco, por la que había asumido enfermedad, ruina y deudas imposibles de pagar.

Walter Raleigh, militar, navegante, escritor, poeta, corsario, explorador, amante de reinas vírgenes, saqueador, sonríe un segundo antes de que el hacha haga su trabajo y se despide.

Que le quiten lo bailado.

miércoles, 8 de octubre de 2008

La buena vista del Dr Snow




Hay hombres que parecen mirar al mundo con otros ojos, admirados con el paso de los años la imbecilidad humana les pone seriamente difícil aquello de ser profetas de su tiempo, aquí va la historia de uno de estos tipos, la de un médico inglés con muchas neuronas en la sesera que allá por la mitad de siglo XIX salvó el cuello a cientos de Londinenses.

El Soho era por aquellos años un lugar peligroso, si bien un turista despistado podía perder hasta los calzones en cualquiera de sus oscuras calles, sobre todo corrían serio peligro aquellos que malvivían entre restos de animales, aguas fecales y tugurios superpoblados, el lugar idóneo para que una pequeña bacteria asesina hija de perra llamada “Vibrio Cholerae” hiciera de las suyas.

Y así fue, el treinta y uno de agosto de 1854 saltó la liebre, en menos de tres días el cólera mató a 127 personas en el barrio, de toda clase y condición, niños, adultos, ancianos, gente con recursos y sin ellos, como azotadas por un asesino poco selectivo, prácticamente cada familia lloraba una pérdida, nadie sabía quien podía ser el siguiente, en poco tiempo el pánico se extendió, aquellos que tenían medios para largarse lo hicieron, cerraron sus casas a cal y canto y emigraron asustados, muchos otros, los de siempre, los desarrapados que no tenían donde caerse muertos continuaron expuestos a la enfermedad, sufriendo en sus carnes las consecuencias, para el diez de septiembre ya habían espichado 500 y la epidemia no tenía visos de detenerse.

Menudo percal, el reverendo Henry Whitehead de la iglesia de St Luke no tardó en hablar de providencia divina y castigo de Dios (aunque con el tiempo supo reconocer su error), los sesudos funcionarios estatales se quedaron ciegos a base de buscar partículas aéreas tóxicas e invisibles y mientras, los vecinos del barrio poco pudieron hacer salvo rezar un padrenuestro y enterrar a sus muertos.

En ésas estaban cuando un médico anestesista llamado John Snow tuvo la feliz idea de darse un paseo por el barrio, Snow, al que ya le mosqueaba por aquel entonces que el cólera siempre apareciera en los lugares con aguas insalubres, hizo tres cosas bien sencillas, cogió un mapa del barrio, punteó en él las viviendas de los enfermos, y señaló con aspas los puntos de abastecimiento de agua, ¡tachán tachán!, resultó que la inmensa mayor parte de los afectados vivían en torno a una infecta bomba de agua en Broad Street, tras comprobar que el liquido que allí se despachaba estaba contaminado con heces, ni corto ni perezoso se plantó en dicha fuente y la inutilizó.

La epidemia terminó de la noche a la mañana, Snow se había ganado su estatua en el barrio y un hueco en la historia de la epidemiología.

Como anécdota, simplemente señalar que de entre los 530 mendigos internos en un asilo situado a pocos metros de aquel surtidor maldito, solo enfermaron y palmaron 5, el motivo de tan baja incidencia no fue por una especial resistencia genética de los sintecho, ni por pura suerte, simplemente aquellos borrachuzos no solían beber agua, a ellos les iba mucho mas la cerveza.

Si eso no es un capricho del destino, que venga Dios y lo vea.

domingo, 5 de octubre de 2008

Mil años y no aprendemos




Dice la leyenda, que antes de partir decidido a la batalla, Don Diego López de Haro, quinto señor de Vizcaya, recibió de su hijo una petición clara “Que no me llamen hijo de traidor”, le espetó a su padre su retoño Lope, a lo que el padre, espoleado por la adrenalina y su reciente fracaso matrimonial contestó “Antes te llamarán hijo de puta que hijo de traidor”, dicho lo cual reunió a su fuerza de choque y sin mas miramientos, la lanzó al galope y en vanguardia contra los ciento veinte mil moros que aguardaban cimitarras en ristre en las tierras de las Navas de Tolosa.

Supongo que eso da una ligera idea de la clase de tipos sobre los que recayó el peso de la reconquista, brutos como arados, aquel día de 1212 dibujaron una cruz sobre las tierras peninsulares, cristianizando como sólo ellos sabían, por la vía rápida.

A su alrededor, en la lucha, miles de hombres de toda clase y condición pasándose a cuchillo, paisanos reclutados en los concejos castellanos, voluntarios portugueses, órdenes militares profesionales, nobles, reyes de tres reinos, árabes, beréberes, almohades y andalusíes, unidos estos en torno a su Califa Muhammad Al-Nasir (Miramamolín para los cristianos).

Míticos luchadores como los “imesebelen”, fanáticos que luchaban siempre hasta la muerte, encadenados al suelo para no poder huir, caballeros de la orden del temple con su eterno halo de misterio, cruzados dispuestos a ganarse su parcelita en el paraíso a cualquier precio… doscientas mil almas cada cual con su motivación, en una lucha igualada que empapó de sangre las tierras del sur.

Un sindiós que se decide del lado cristiano por los pelos, gracias a la carga conjunta de tres reyes, Alfonso VIII de Castilla, Sancho VII de Navarra y Pedro II de Aragón, al mando de una caballería pesada que no deja títere con cabeza, a la que la acaba costando andar porque las patas de los corceles se tropiezan con los cadáveres amontonados.

Sin piedad, sin negociación, sin diálogo de civilizaciones ni rendición que valga, lanceando por la espalda al moro que huye, pasando a sangre y fuego las villas andaluzas en las que los desgraciados perdedores se refugian, un mensaje claro bañado en sangre, reconquista.

Noventa y dos mil muertos, de los cuales noventa mil son musulmanes, páramos enteros en los que cientos de años después los labradores seguirán refundiendo los restos metálicos de espadas, cascos y puntas de flecha para fabricar aperos de labranza, un precio alto, una muestra más de la imbecilidad humana, incapaz de solventar sus diferencias sin darse de bofetadas.

Mil años y no aprendemos.

viernes, 3 de octubre de 2008

Crecepelos Faraónicos




En 1862 en la ciudad egipcia de Tebas, a un saqueador de tumbas de nombre olvidado le tocó el gordo de la lotería, el premio fue un sarcófago con momia incluida que sostenía entre las piernas un papiro de casi veinte metros de largo por treinta centímetros de ancho en perfecto estado, una joya enrollada que escapó de las garras del olvido para acabar cogiendo polvo en el cajón de algún espabilado anticuario.

Allí, perdido de la mano de Horus anduvo el legajo durante algún tiempo hasta que un egiptólogo llamado Georg Ebers, con buen ojo y mejor mano para rescatar antigüedades de mercado negro, se topó con el mismo y movió los hilos para conseguir el pastón que el expoliador reclamaba, al final el alemán no sólo se llevó el papiro bajo el brazo de vuelta a la Universidad de Leipzig y sino que además le dio su nombre al que resultó ser el primer tratado de medicina de la historia.

Y es que, a parte de valor arqueológico, el escrito no tiene desperdicio, da una idea bastante clara de las eternas penas, achaques y obsesiones que han pasado de padres a hijos durante los últimos cuatro mil años, y de las ocurrencias que el hombre ha tenido para aliviar tanto puteo, desde el clásico potingue de Aloe Vera que aún hoy sigue de moda hasta el brujo, curandero y sanador de turno que invoca con los ojos dados la vuelta a los Dioses para curar una almorrana.

Caraduras aparte, es interesante echar un vistazo a los remedios, que por el humo se sabe donde está el fuego, a los clásicos potingues contra el estreñimiento, la diarrea, los parásitos intestinales, la tos productiva o la irritación de los párpados, le siguen otros que se me antojan indispensables, como el tratamiento para las mordeduras humanas y de cocodrilo (no se cual puede ser peor), los esenciales supositorios para refrescar el ano (no quiero imaginar los motivos que pueden llevar a alguien a buscar ése remedio) o mi preferido, el sacrosanto y eterno crecepelo.

No puedo por menos que, aún con el riego de incumplir alguna faraónica ley de protección de patentes, transcribir aquí el más antiguo remedio contra la calvicie, a los que les claree el cartón puede serles útil.

“Mézclese a partes iguales grasa de león, de hipopótamo, de cocodrilo, de gato, y de serpiente, remuévase hasta conseguir homogeneidad en la mezcla y aplíquese con alegría sobre la cabeza del calvo y espere, si tiene dificultades para conseguir los productos pregunte en su botica o en su zoológico mas cercano”

Miles de años de sabiduría nos contemplan, el éxito está casi asegurado, pero si no funciona, ya se sabe, a pedir cuentas al faraón”.

martes, 30 de septiembre de 2008

Por quince milloncejos todo tuyo




¿Cuánto costaría hoy comprar el 23% del territorio de EEUU?, no lo se, mi cabeza se declara inútil para hacer el cálculo, pero recién comenzado el siglo XIX, el señor Napoleón Bonaparte, acostumbrado a decidir sobre el destino de países enteros sin despeinarse su poco poblado tupé, le puso precio al territorio entonces inexplorado situado al oeste del Mississippi (unos dos millones de kilómetros cuadrados) por el módico precio de quince millones de dólares, una ganga.

El pequeño emperador, que le había birlado el territorio a España por la cara un par de años antes, (tras apretarle ligeramente los caprichos a Godoy en el tratado de San Ildefonso) se había dado cuenta que las américas quedaban demasiado lejos y eran demasiado extensas, imposibles de defender ante su sacrosanto enemigo inglés, además, cuando a los gabachos les largaron a bofetadas de Haití, el sueño de un imperio franchute americano se quedó definitivamente en agua de borrajas.

Así que ni corto ni perezoso, más atento a las conquistas europeas que planeaba, se fijó en el joven país que surgía en el Oeste, y decidió hacer de la necesidad virtud y sacar tajada del asunto, ¡bueno, bonito y barato!, ¡por quince milloncejos todo tuyo, nene!, ¡desde Canadá hasta el golfo de México y desde el Mississippi hasta sabe Dios donde, duplica el tamaño de tu país en sólo dos días!… cosas de la historia.

Y el caso es que los yankis no tenían pensado comprar tanto, a cuadros se debieron de quedar los enviados de Jefferson cuando recién llegados a Paris con la intención de hacer una compra más modesta, (a ellos les valía con Nueva Orleáns) se encontraron con el dos por uno.

Muchos pensaron en USA que era un robo, aquella cifra exigía al nuevo país endeudarse hasta las trancas en un tiempo en el que las fronteras no eran precisamente sagradas, pero al final tuvieron visión de futuro y accedieron, pidieron la pasta a los banqueros ingleses y éstos se la concedieron, a pesar de que la compra de Louisiana y Nueva Orleáns claramente perjudicaba los intereses de su graciosa majestad, pero ya se sabe “business is business”, a los prestamistas poco pareció importarles que con la operación se sentaran las bases para el nacimiento de una nueva potencia naval, Napoleón desde su trono se frotaba las manos.

Al final, como no, la guerra, el que sería el último encontronazo entre los británicos y sus antiguos súbditos, un conflicto que acabó en tablas, con dos pueblos cansados de matarse entre ellos y un imperio recién parido que miraba al mundo con ojos golosones.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Charlatanes Magnéticos




Un reloj parado acierta la hora dos veces al día, a la memoria me viene este dicho al escuchar la historia del médico y charlatán Franz Mesmer, tipo que se hizo famoso en el Paris prerrevolucionario del siglo XVIII con una serie de ocurrencias dignas del mejor chamán africano, emigrado desde Viena cuando la cabeza de Luis XVI aún era peinada por su dueño, el alemán se dedicó a patrocinar experimentos que poco o nada tenían que ver con la medicina clásica, y que según sus entregados seguidores eran perfectamente capaces de curar las enfermedades de ser humano.

“Magnetismo animal” llamó a su teoría y aunque tenga nombre de película porno, es más bien un proceso según el cual, la vida transcurre como un fluido magnético por canales eléctricos del organismo, cuando éstos se bloquean se produce la enfermedad, pero mediante un tipo con mucho “magnetismo” ésos flujos se pueden restaurar y sanar al enfermo.

Toma ya…

Mesmer demostró tener un especial magnetismo, pero sobre todo para los dineros ajenos, si cuando empezó con sus extrañas teorías ya era rico (de jovencito pegó el braguetazo con una viuda adinerada, e incluso fue mecenas de Mozart) cuando montó el chiringuito Parisiense pronto comenzó a no saber que hacer con tanta pasta.

Una de sus más logradas experiencias fue la de dar de beber agua mezclada con hierro a sus pacientes y someterles a campos magnéticos, haciendo semejante idiotez lograba “mareas magnéticas” en el interior de sus incautos conejillos de indias que además, para más cojones decían encontrarse mucho mejor tras la experiencia, con los riñones y el hígado al jerez, pero felices y contentos.

Sin embargo a todo cerdo le llega su San Martín, y al padre del mesermismo se le acabó el chollo cuando al mismísimo rey, intrigado por la fama del galeno, se le ocurrió la feliz idea de enfrentar al sanador con científicos de verdad, juntó a varios médicos de la academia real de ciencias, a personajes como Lavoisier (padre de la química moderna), Benjamín Franklin (que por aquel entonces era embajador de EEUU en Francia), o Joseph Ignace Guillotin (de apellido inconfundible) y los puso a currar en las ideas del amigo Franz.

El resultado fue demoledor, "la nullité du magnétisme", ni fluido magnético ni hostias, Mesmer recogió sus bártulos y desapareció, pero sus ideas las continuaron varios de sus seguidores hasta el punto que, con los años, un médico inglés llamado James Braid, habiendo acudido como observador a una sesión de magnetismo con la intención de denunciar el fraude, se dio cuenta de que algunos de los pacientes allí presentes estaban tan sugestionados que parecían entrar en un estado alterado de la conciencia a medio camino entre la vigilia y el sueño, el hipnotismo moderno había nacido, método que a parte de atraer a feriantes y magos como moscas a la miel, también ha sido muy usado por gente seria en campos como la psiquiatría o la psicología.

Lo dicho, hasta un reloj roto acierta la hora dos veces al día.

jueves, 25 de septiembre de 2008

La calle de la pared




Si hay un lugar en el mundo en el que el sacrosanto dólar se siente a gustito ése es Wall Street, la calle del muro, el lugar en el que los colonos holandeses de Nueva Ámsterdam, allá por 1653, decidieron un buen día sustituir las defensas básicas de la colonia (poco mas que estacas en el suelo) por una muralla de cuatro metros de altura, ideal para protegerse de los ataques de los indios y los británicos, y de paso evitar que los esclavos africanos que trabajaban a destajo para la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales decidieran darse el piro.

Pierre Minuit se llamaba el tipo que hizo la gestión, entre otras, ya que entre sus hazañas también se encuentra la de haber comprado la isla de Manhattan a los indios Lenapes por unos 60 florines (24 dólares actuales), el ídolo de cualquier especulador de bolsa tan solo se aprovechó de la ausencia del concepto de propiedad privada en unos oriundos que eran nómadas, y se la traía al pairo los papeles firmados ante un individuo paliducho con cara de felicidad llegado de el otro lado de océano.

New York, New York, al ombligo del mundo le quedaba mucho para ser lo que es hoy, los británicos conquistaron y renombraron la ciudad en 1664, desmontaron el muro en 1699, y cien años después salieron por piernas de sus dominios trasatlánticos, mientras la pérfida Albión aún se lamía sus heridas, el Dios dinero plantó su semillita en la calle de la pared, concretamente al lado de un plátano de sombra, allá por 1792, siglo y medio después de los tratos de Minuit, veinticuatro primitivos “brokers” hartos de las comisiones que les imponían terceros en sus negocietes se juntaron en la calle, bajo el árbol que daba sombra al número 68 y llegaron a un acuerdo.

Los acuerdos del plátano de sombra se llamaron, en virtud de los cuales, aquellos tipos, se comprometían a venderse sólo entre ellos, y con unas comisiones fijadas de antemano, un club privado en el que pronto todo el mundo quiso tener un asiento, acababa de nacer el New York Stock Exchange.

No me es difícil imaginar las caras que hubiesen puesto aquellos 24 comerciantes del siglo XVIII si aquél 17 de mayo algún visionario gurú de la economía les hubiese asegurado que en apenas doscientos años el chiringuito que ponían en marcha movería en transacciones 21 billones de dólares al año.

Probablemente le hubiesen quemado en la hoguera, por brujo.