viernes, 12 de septiembre de 2008

Cócteles y dictadores




¿Que tendrán los dictadores que siempre les parecen pequeños sus dominios?, ¿que misteriosos y pestilentes procesos gobernarán sus podridas cabezas?, supongo que ése es un tema digno de estudio, alguien, un organismo internacional o una ONG (cerebros sin fronteras, o algo por el estilo) debiera dedicarse a recoger los sesos de los cabrones de la humanidad, cuando palman, bien en la horca, bien masacrados por sus sufridos súbditos o bien en la cama acribillados por tubos y respiradores, debiera ser obligatorio que una cuadrilla de asépticos neurólogos, con su serrucho y su frasco de formol, pudieran coger la masa gris del finado y llevársela bajo el brazo, para estudiarla con calma, a lo mejor así se podría llegar a entender lo incomprensible.

En 1939, Stalin dio buen ejemplo de ello, después de repartirse Polonia junto con su amigo Adolf, (si es que los extremos en el fondo se adoran), se encaprichó de la tierra de los finlandeses decidiendo mandar a 450000 hombres al país vecino para, básicamente, quedarse con todo.

Creían los rusos que aquello iba ser como coser y cantar, pero les salió rana, los finlandeses, y su gran amigo el general invierno, resultaron ser un hueso difícil de roer incluso para los bien aclimatados vecinos del este, con una proporción de uno para tres, plantaron cara sacándoles los colores a los mandos estalinistas, entre los que reinaba una peligrosa mezcla de incompetencia y orgullo.

Fruto de aquel sindios, nació uno de los cócteles mas famosos de la historia, el Molotov, bautizado así por los finlandeses en honor al diplomático ruso Viacheslav Molotov, un cara dura que mientras sus cañones rugían en el ártico, tuvo la poca decencia de declarar al mundo que “el ejército ruso no esta bombardeando Finlandia, tan solo está enviando alimentos”, a lo que los finlandeses respondieron con sorna que “Ya que Molotov pone la comida, nosotros pondremos los cócteles”.

La guerra de invierno le salió cara a Stalin, 127000 muertos nada menos, y aunque al final Finlandia perdió el 10 % de su territorio, el ejército rojo mostró a las claras su debilidad, hasta tal punto que tras el fiasco, Stalin recuperó a buena parte de los oficiales previamente purgados por no ser entusiastas comunistas, e intento modernizar sus medios, demasiado tarde, porque desde el sur unos tipos rubios con los ojos azules y gorras de plato con calaveras miraban y atentamente tomaban nota, decidiendo no esperar a 1945 para invadir la URSS.

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