miércoles, 29 de octubre de 2008

La bala que respetó a Józef




El ruido del la pluma contra el papel resuena en los oídos de Józef como un epitafio, mientras la tinta fluye, su corazón late como una ametralladora empujando la sangre por su cuerpo, su respiración ya agitada se acelera, como si en la estancia el oxígeno se hubiera consumido repentinamente, se siente asfixiado, quiere gritar pero no lo hace, una llamada de socorro sólo tiene sentido cuando alguien puede oírla, quiere llorar pero no puede, las lágrimas ya no enderezan el camino, tan solo emborronan la visión del sendero.

Esta solo ante sus actos, solo ante su futuro incierto.

Sobre la mesa, acompañando al tintero, una botella de licor le da el fuelle suficiente como para no detenerse, empapa sus neuronas y le narcotiza lo justito para poder continuar con el plan prefijado, un trago que ya no raspa al pasar por el gaznate y una firma temblorosa son sus últimas acciones antes de cerrar el sobre con las palabras de un hombre que no hace tanto que dejó de ser niño.

Sin poder evitar un ligero temblor en la mano, el joven polaco abre el cajón del escritorio sobre el que se desespera, dentro de éste, al lado de la sucia caja de latón donde tiempo atrás hubo dinero, un viejo revólver oxidado espera envuelto en un paño impoluto, los latidos de las venas sobre los tímpanos del suicida actúan como un diapasón marcando el ritmo, con un suave ruido acompañan la apertura del tambor, la entrada de la munición y el clic del percutor al armarse, el desastre esta servido.

Un millón de imágenes atraviesan sin orden ni concierto la mente del polaco, sus progenitores muertos, sus ansias de aventura, la primera vez que vio el mar y decidió formar parte de los hombres que inconscientes se atreven a desafiarlo, el juego, el contrabando, las pérdidas y las deudas, consecuencia directa de la imperiosa necesidad de comerse el mundo.

Arruinado, marinero novato sin padre ni madre ni perro que le ladre, varado en Marsella tras haberse pulido hasta los hígados en los casinos principescos, es hora de pasar por caja, cierra los ojos, empuña el arma y apoya el cañón contra su pecho.

Un ruido seco alarma al vecindario, Józef aprieta el gatillo, desconoce que la bala que en ése mismo instante sale propulsada hacia su persona es un proyectil mágico, con conciencia, el pedazo de plomo no obedece las leyes de la física, sino a los dioses de la literatura, en ésta ocasión no puede hacer su trabajo, la pérdida sería demasiado grande, penetra en la carne esquivando el corazón y otros órganos vitales, haciendo el mínimo destrozo necesario, entrando y saliendo limpiamente.

Cuando cae al suelo ensangrentado, el polaco aún está vivo, saldrá de esta, seguirá respirando para poder un buen día cambiar su nombre y sus apellidos por aquellos con los que pasará a la historia, Joseph Conrad todavía no ha parido obras como “El corazón de las tinieblas” o “Nostromo”, y por suerte para el mundo, una bala y una mala racha no le impedirán hacerlo.

lunes, 27 de octubre de 2008

Tres ingleses en la costa de los muertos




Como tres fantasmas venidos de otro mundo Gould, Burton y Luxon caminan por la costa de los muertos, exhaustos y heridos, consiguen arrastrarse por los caminos dejando un rastro de sangre sobre el barro, llueve, el agua y el miedo empapan sus huesos, la oscuridad les ciega, envuelve una tierra extraña sobre la que sus cuerpos han sido paridos sin contemplaciones, una mar caprichosa, violenta y asesina ha decidido no engullirlos, por hoy está saciada, 173 almas son suficientes.

Han sido dos horas en el filo, chapoteando sobre montañas de agua, evitando por los pelos rocas afiladas como los dientes del demonio, hundiéndose y reflotándose una y cien veces, sin piedad, escuchando como los gritos de los suyos han ido dando paso a un silencio sepulcral, roto sólo por el batir del océano contra la tierra.

Maldito sea el que puso nombre de ofidio a un barco, el “HMS Serpent” desorientado, sobrecargado y neciamente gobernado había ido a ensartar su tripa en un saliente de la “Punta Boy”, a unos seiscientos metros de la ensenada de Trece donde ahora reptan los afortunados supervivientes, en ése mismo instante la fuerza del atlántico machaca el pequeño crucero, desgajando las planchas de metal blanquecino como si de mantequilla se tratase.

El comandante Leith y su segundo, el Teniente Greville la han cagado soberanamente, por excesiva confianza o un profundo desconocimiento, o quizás por una peligrosa mezcla de ambas cosas, han mandado al infierno a toda su tripulación, pero no vivirán lo suficiente para arrepentirse, sin referencias en el cielo o en la tierra, dejándose los ojos a babor intentando encontrar el brillo salvador del Cabo Vilano, e inexplicablemente sin usar sus sondas, habían ido lamiendo la costa gallega en su camino al trópico, sin esperar que la tierra agreste y dura saliera a su encuentro y les ensartara como un palillo a una aceituna.

No fueron los primeros y no serán los últimos, la “Costa da Morte” no se bautizó así por capricho, uno a uno, en su desesperado intento por escapar de una pieza de la trituradora, los jóvenes marinos van dejando su pellejo en la negrura, para cuando los paisanos de Xaviña y Camariñas espoleados por el cura del pueblo deciden jugársela por rescatar a los “british”, ya es demasiado tarde, el mar sólo escupe cadáveres.

Ciento cuarenta y dos son recogidos y enterrados en lo que a partir de ése día se llamará (no podía ser de otra forma) el cementerio de los ingleses, otros treinta y uno no volverán a tierra firme, pasarán a formar parte de la misma costa que les arrebató la vida.

Del desastre una lección, Gould, Burton y Luxon han mantenido sus huesos a flote en parte por un milagro, en parte por llevar puesto el chaleco salvavidas, un artículo que por indispensable que pueda parecer en semejante coyuntura, no es de uso obligatorio en ésos años finales del siglo XIX.

viernes, 24 de octubre de 2008

Tropezones de alcoba




Ljubo siente como el frío se cuela entre sus ropas y acaricia su nuca, le acompaña mientras recorre la Giesebrechtstrasse, el invierno Berlinés ha llegado sin previo aviso, como comiéndose el otoño de un bocado, escalofriado, se sube el cuello de su gabardina, ajusta el nudo de su bufanda de lana y sin rumbo fijo, pasea calle abajo.

Prende un cigarrillo, observa a sus congéneres, la capital aún tiene pulso, ajena a los tambores de guerra que suenan desde los cuatro puntos cardinales, se estremece cada noche con las fiestas de sus amados líderes, champán francés y trajes de gala, que la sopa fría y el pan duro es sólo para la plebe, para los pringados del imperio.

Camina aparentemente distraído, esquivando a los obreros que trabajan en la calle tendiendo un largo cableado a la altura del número once, torpe, acaba tropezando con éste y casi da con sus huesos en el suelo, sólo la rápida acción del SD Untersturmführer Schwarz evita el hostión, Ljubo Kolchev agradecido sonríe y se presenta, es secretario de prensa de la embajada Rumana, amablemente ofrece un cigarro y un poco de charla a su salvador.

-Las obras públicas son un fastidio, pero necesarias.-El SD se excusa.

Ljubo asiente con simpatía, se gana con facilidad la confianza de su interlocutor, tiene don de gentes, su vida depende de ello, su verdadero nombre es Roger Wilson y su trabajo uno de los más peligrosos que han existido jamás, el de espía.

Mira a los supuestos obreros y por dentro se descojona, con las siglas SD escritas en la cara y los nudillos aun pelados a base de partir caras de infelices, tienen de operarios lo que él de rumano, son la confirmación de las habladurías, el salón Kitty, el famoso puticlub nazi situado en la tercera planta de la casa que está a sus espaldas está mas pinchado que las venas de un yonki, no hay secretillos mas inconfesables que los de las alcobas.

Cuando Roger se despide de Schwarz, sabe que pronto tendrá una nueva misión, cuando sus jefes en Londres se enteren de las escuchas a los romeos del Tercer Reich, inmediatamente le exigirán convertirse en un cliente asiduo.

Un trabajo duro, todo por la patria.

Wilson no tardará en colocar sus propias escuchas en el prostíbulo, en apenas unos días los gorgoritos amorosos de oficiales, diplomáticos y mandamases del eje no solo se escuchan en los cuarteles de la Oficina Central de Seguridad del Reich, sin además, de propina, en media Inglaterra.

Así, con relajación post coital y los gallumbos por los tobillos, la inteligencia europea acabará grabando a tipos como Galeazzo Ciano, (ministro de exteriores italiano), o al mismísimo Serrano Suñer mientras implicadísimos en la representación de sus respectivas patrias, éstos dan una lección de furia latina a sus aplicadas alumnas teutonas.

martes, 21 de octubre de 2008

Los vientres libres




En 1870 un tipo llamado Román Baldorioty tragó saliva antes de introducirse en la leonera en la que se había convertido el parlamento español, allí entre caras serias, bigotes señoriales y miradas asesinas, el diputado puertorriqueño, recién llegado de ultramar a la convulsa metrópoli, tomó la palabra esperanzado, entre sus exigencias, una que parece imposible que fuera emitida hace tan pocas generaciones, la de la abolición de la esclavitud.

Baldorioty, enjuto y cetrino, encabronado por una supuesta mofa hacia el color oscuro de su piel espetó a sus señorías:

“Los que niegan la libertad del esclavo, los que se complacen en remachar sus cadenas, podrán tener la piel blanca, pero sus conciencias, señores, son más oscuras que las del etíope a quien se niegan a redimir, porque el pigmento del cutis no señala diferencias de nobleza y moralidad entre los hombres” (…) “Oscura es mi tez y yo les aseguro que aquí (señalándose la frente) hay algo que sale con mi verbo a iluminar esas conciencias ennegrecidas”.

Le sacó los colores a más de uno y salió entre aplausos, y es que por aquel entonces, al contrario que en la península, donde fue abolida en 1837, en las colonias de Cuba y Puerto Rico la esclavitud era perfectamente legal; para vergüenza de los políticos patrios, el ser humano aún podía tener dueño al otro lado del Atlántico.

Poco después de aquello, el cuatro de julio de 1870, tras muchas peleas y discursos como el de Román, vio la luz una ley que a pesar de parecer hoy en día totalmente surrealista, supuso un paso importante para las asociaciones abolicionistas, “la ley de vientres libres” fue sacada adelante gracias a Segismundo Moret, y gracias a ella, los hijos de las esclavas negras no se convirtieron automáticamente en una especie de accesorios extra para sus dueños, sino que nacieron libres, bajo la custodia de sus madres y los dueños de éstas, pero libres.

Comenzó a ser obligatorio además que el esclavista diera cobijo y oficio al niño hasta los 18 años, (beneficiándose de su trabajo por la cara durante ése tiempo), edad en la cual, el joven comenzaría a recibir la mitad de la mitad del salario de un hombre libre (hasta los 22) después, la libertad sería completa, a este tinglado lo llamaron “patronato” y a pesar de seguir siendo claramente injusto, duró unos cuantos años mas.

La esclavitud fue derogada definitivamente en 1873 (en Puerto Rico) y en 1886 (en Cuba), una muestra clara de lo extremadamente difícil que es eliminar una injusticia (por enorme que esta sea) mientras que los poderosos sean los principales beneficiarios de la misma.


viernes, 17 de octubre de 2008

Un Nobel con olor a mostaza




Fritz Haber fue un tipo listo, un coco, un genio, una mente clara capaz de ganar el Nobel de Química en 1918, una de ésas personas cuyo trabajo ha hecho que el ser humano pueda pasar de comerse a sus familiares en una caverna a darles la tabarra con un blog sobre historia en ése invento extraño que llamamos Internet, y es que nuestro amigo descubrió la manera de obtener amoniaco, que aunque pueda parecer una pijada, no lo es, ya que éste producto está presente en casi todos los procesos industriales que mantienen nuestras obesas sociedades occidentales (desde el fertilizante con el que alimentan las patatas que engordan nuestros cuerpos, hasta los explosivos con los que algunos deciden invadir países con mucho petróleo).

Un fiera, que además pasó a la historia como la muestra más evidente de que inteligencia y bondad no siempre andan agarraditas de la mano, digo esto porque Fritz además de lo ya contado resultó ser un patriota en tiempos convulsos, alguien que a pesar de considerarse pacifista, fue uno de los orgullosos padres de lo que hoy se conoce como guerra química.

La Iperita, la niña de sus ojos, recibió ése nombre tras su bautismo de fuego en la ciudad belga de Ypres, en la primera guerra mundial, aunque los hombres que la sufrieron también la llamaron gas mostaza, debido al picorcillo que sentían en nariz y boca justo antes de quedar ciegos y repletos de ampollas, tuvo un éxito tan inesperado como inútil ya que a pesar de hacer una autentica escabechina en las tropas inglesas, no consiguió que los frentes se movieran un sólo milímetro.

En aquella batalla murieron cientos de miles de soldados, entre barro, trincheras y alambradas, rondando los diez mil sufrieron las consecuencias del invento del Nobel, una nueva forma de hacer la guerra que lanzó a los aliados a su propia carrera química, éstos usaron al poco compuestos como el fosgeno, el cianuro, el cloro o el arsénico.

De nada sirvió, Fritz el superpatriota al final no parece que fuera un tipo precisamente feliz, su primera mujer acabó pegándose un tiro tras sufrir una fuerte depresión (agravada por su oposición frontal a la guerra) y a él mismo, tras recibir el rango de capitán y una medalla, cuando años mas tarde llegaron los nazis al poder, le largaron a patadas de su propio país por ser judío.

Murió en el exilio, en Basilea, por suerte no tuvo que presenciar con sus ojos como muchos de sus familiares, los que no pudieron huir de la alemania nazi a tiempo, fueron masacrados en su propia tierra, por sus propios compatriotas con Zyclón B un insecticida reconvertido a arma de exterminio que pudo ser obtenido, en los años 20, gracias en gran medida a su propio legado.

martes, 14 de octubre de 2008

Bombas y futbolines




Noviembre del treinta y seis, a miles de metros de altura, sobre el cielo madrileño, un tipo de nombre extraño y apellido impronunciable sueña con la gloria reservada a los campeones, sobre su pecho, una insignia metálica con una calavera y un tanque decora su impoluto traje caqui, bajo su culo, en las entrañas del avión que pilota, media docena de bombas de a cien kilos por ración esperan impacientes su turno para ser liberadas.

El muchacho ha viajado tan lejos para coger experiencia, hasta ahora sólo ha destruido cruces en el suelo y eso se nota, sus jefes quieren hacer de él todo un maestro de la destrucción, que coja maña en el oficio de matar, así pues, ni corto ni perezoso, pensando en los arrumacos que su teutona prometida le dará cuando regrese cual héroe a la madre patria, desata el infierno sobre ésos minúsculos puntos negros que corren despavoridos bajo sus alas.

El avión da un ligero bandazo cuando suelta su carga, mientras, nuestro ario personaje siente un ligero cosquilleo en el estómago y nota como la carne se le pone de gallina con las primeras explosiones, es su conciencia narcotizada que le felicita por un trabajo bien hecho.

Unos cuantos miles de metros más abajo, un adolescente gallego que apenas lleva un par de años afeitándose la sombra de lo que algún día promete llamarse bigote, escucha un silbido y observa aterrado la acción de la gravedad, no por mucho tiempo, antes de que se de cuenta, una marea de escombros ha cubierto su maltrecho cuerpo, la masa uniforme de ladrillo, hierro y polvo le asfixia, le golpea, le arrastra y le destroza, sin compasión.

Sin embargo el chico tiene suerte, las meigas se confabulan para obrar el milagro, para salvarle el pellejo, está grave pero vivo, le rescatan, le estabilizan y le mandan a Valencia, para curarle, de allí a Barcelona a intentar rehabilitarle del todo.

El asunto lleva su tiempo, huesos y músculos tardan en sanar, necesitan paciencia incluso en un crío, en el hospital donde se recupera hay muchos otros en su misma situación, la guerra sigue lejana mientras los jóvenes inquilinos, aburridos y puteados añoran los días en los que podían jugar al fútbol.

A grandes males grandes remedios, el gallego se estruja la mente, si existe el tenis de mesa, ¿por qué no el fútbol de mesa?, con ayuda de un carpintero amiguete, bajo las indicaciones del chico, tubos, maderos y jugadores van tomando forma, al poco, los jugueteros de mundo están de enhorabuena, con pocos medios pero mucho ingenio acaba de ser parido el primer futbolín de la historia.

Del rubio con la insignia nadie recuerda el nombre, probablemente algún tiempo después su lindo careto cien por cien ario quedara repleto de plomo a manos de algún ruso, inglés o yanki con buena puntería, del gallego con ganas de jugar al fútbol si sabemos el nombre, Alejandro Finisterre, inventor, poeta y editor, amigo en el exilio de León Felipe, que murió en paz con 88 años en tierras zamoranas tras una vida intensamente motivada.

sábado, 11 de octubre de 2008

Raleigh y el dorado




Dicen que Raleigh caminó sosegado hasta el cadalso, con oficio, seriedad, entendiendo la muerte como el último y más costoso gaje del oficio, que quien a hierro mata, a hierro muere y él había matado mucho, demasiado.

Digno en el penoso caminar del condenado, en la nada digna tarea según la cual le separan a uno la cabeza de los hombros y la meten en un cesto, para poder enseñársela a Jacobo I, el maldito rey contra el que había conspirado y cuya ascensión había supuesto el comienzo del fin, el sumidero que se había tragado títulos, tierras y familia.

Arruinado, viejo y ahora arrodillado, frente al verdugo que da los últimos retoques a su hacha tiene unos segundos para hacer un resumen de su vida, para revivir los fragmentos de su existencia por los que será recordado.

Por su mente pasean favores y fervores de la reina virgen, intrigas palaciegas y galanterías que le hicieron rico, poderoso, envidiado y temido, fue por ella, la primera de las Isabel, por quien recorrió medio mundo, colonizando y dando nombre a las tierras de Virginia (llamadas así en honor a la supuesta falta de mácula de la gobernanta), descubriendo nuevos parajes, ensanchando el reino, protegiéndolo de sus enemigos.

Siempre luchando, al italiano, al portugués, al irlandés, al franchute, y sobre todo al español, malditos demonios del sur a los que odiaba y conocía a partes iguales, a los que había arrebatado tesoros y barcos, cuyas ciudades había arrasado y saqueado, y que en venganza no solo le habían matado a compañeros de armas y a su propio hijo, sino que además ahora reclamaban con satisfacción su cabeza.

Enemigos acérrimos con los que había compartido las mismas obsesiones, conquista, riqueza, la búsqueda de “El Dorado”, estúpida ensoñación para crédulos que le había arrastrado hasta remontar el Orinoco, por la que había asumido enfermedad, ruina y deudas imposibles de pagar.

Walter Raleigh, militar, navegante, escritor, poeta, corsario, explorador, amante de reinas vírgenes, saqueador, sonríe un segundo antes de que el hacha haga su trabajo y se despide.

Que le quiten lo bailado.

miércoles, 8 de octubre de 2008

La buena vista del Dr Snow




Hay hombres que parecen mirar al mundo con otros ojos, admirados con el paso de los años la imbecilidad humana les pone seriamente difícil aquello de ser profetas de su tiempo, aquí va la historia de uno de estos tipos, la de un médico inglés con muchas neuronas en la sesera que allá por la mitad de siglo XIX salvó el cuello a cientos de Londinenses.

El Soho era por aquellos años un lugar peligroso, si bien un turista despistado podía perder hasta los calzones en cualquiera de sus oscuras calles, sobre todo corrían serio peligro aquellos que malvivían entre restos de animales, aguas fecales y tugurios superpoblados, el lugar idóneo para que una pequeña bacteria asesina hija de perra llamada “Vibrio Cholerae” hiciera de las suyas.

Y así fue, el treinta y uno de agosto de 1854 saltó la liebre, en menos de tres días el cólera mató a 127 personas en el barrio, de toda clase y condición, niños, adultos, ancianos, gente con recursos y sin ellos, como azotadas por un asesino poco selectivo, prácticamente cada familia lloraba una pérdida, nadie sabía quien podía ser el siguiente, en poco tiempo el pánico se extendió, aquellos que tenían medios para largarse lo hicieron, cerraron sus casas a cal y canto y emigraron asustados, muchos otros, los de siempre, los desarrapados que no tenían donde caerse muertos continuaron expuestos a la enfermedad, sufriendo en sus carnes las consecuencias, para el diez de septiembre ya habían espichado 500 y la epidemia no tenía visos de detenerse.

Menudo percal, el reverendo Henry Whitehead de la iglesia de St Luke no tardó en hablar de providencia divina y castigo de Dios (aunque con el tiempo supo reconocer su error), los sesudos funcionarios estatales se quedaron ciegos a base de buscar partículas aéreas tóxicas e invisibles y mientras, los vecinos del barrio poco pudieron hacer salvo rezar un padrenuestro y enterrar a sus muertos.

En ésas estaban cuando un médico anestesista llamado John Snow tuvo la feliz idea de darse un paseo por el barrio, Snow, al que ya le mosqueaba por aquel entonces que el cólera siempre apareciera en los lugares con aguas insalubres, hizo tres cosas bien sencillas, cogió un mapa del barrio, punteó en él las viviendas de los enfermos, y señaló con aspas los puntos de abastecimiento de agua, ¡tachán tachán!, resultó que la inmensa mayor parte de los afectados vivían en torno a una infecta bomba de agua en Broad Street, tras comprobar que el liquido que allí se despachaba estaba contaminado con heces, ni corto ni perezoso se plantó en dicha fuente y la inutilizó.

La epidemia terminó de la noche a la mañana, Snow se había ganado su estatua en el barrio y un hueco en la historia de la epidemiología.

Como anécdota, simplemente señalar que de entre los 530 mendigos internos en un asilo situado a pocos metros de aquel surtidor maldito, solo enfermaron y palmaron 5, el motivo de tan baja incidencia no fue por una especial resistencia genética de los sintecho, ni por pura suerte, simplemente aquellos borrachuzos no solían beber agua, a ellos les iba mucho mas la cerveza.

Si eso no es un capricho del destino, que venga Dios y lo vea.

domingo, 5 de octubre de 2008

Mil años y no aprendemos




Dice la leyenda, que antes de partir decidido a la batalla, Don Diego López de Haro, quinto señor de Vizcaya, recibió de su hijo una petición clara “Que no me llamen hijo de traidor”, le espetó a su padre su retoño Lope, a lo que el padre, espoleado por la adrenalina y su reciente fracaso matrimonial contestó “Antes te llamarán hijo de puta que hijo de traidor”, dicho lo cual reunió a su fuerza de choque y sin mas miramientos, la lanzó al galope y en vanguardia contra los ciento veinte mil moros que aguardaban cimitarras en ristre en las tierras de las Navas de Tolosa.

Supongo que eso da una ligera idea de la clase de tipos sobre los que recayó el peso de la reconquista, brutos como arados, aquel día de 1212 dibujaron una cruz sobre las tierras peninsulares, cristianizando como sólo ellos sabían, por la vía rápida.

A su alrededor, en la lucha, miles de hombres de toda clase y condición pasándose a cuchillo, paisanos reclutados en los concejos castellanos, voluntarios portugueses, órdenes militares profesionales, nobles, reyes de tres reinos, árabes, beréberes, almohades y andalusíes, unidos estos en torno a su Califa Muhammad Al-Nasir (Miramamolín para los cristianos).

Míticos luchadores como los “imesebelen”, fanáticos que luchaban siempre hasta la muerte, encadenados al suelo para no poder huir, caballeros de la orden del temple con su eterno halo de misterio, cruzados dispuestos a ganarse su parcelita en el paraíso a cualquier precio… doscientas mil almas cada cual con su motivación, en una lucha igualada que empapó de sangre las tierras del sur.

Un sindiós que se decide del lado cristiano por los pelos, gracias a la carga conjunta de tres reyes, Alfonso VIII de Castilla, Sancho VII de Navarra y Pedro II de Aragón, al mando de una caballería pesada que no deja títere con cabeza, a la que la acaba costando andar porque las patas de los corceles se tropiezan con los cadáveres amontonados.

Sin piedad, sin negociación, sin diálogo de civilizaciones ni rendición que valga, lanceando por la espalda al moro que huye, pasando a sangre y fuego las villas andaluzas en las que los desgraciados perdedores se refugian, un mensaje claro bañado en sangre, reconquista.

Noventa y dos mil muertos, de los cuales noventa mil son musulmanes, páramos enteros en los que cientos de años después los labradores seguirán refundiendo los restos metálicos de espadas, cascos y puntas de flecha para fabricar aperos de labranza, un precio alto, una muestra más de la imbecilidad humana, incapaz de solventar sus diferencias sin darse de bofetadas.

Mil años y no aprendemos.

viernes, 3 de octubre de 2008

Crecepelos Faraónicos




En 1862 en la ciudad egipcia de Tebas, a un saqueador de tumbas de nombre olvidado le tocó el gordo de la lotería, el premio fue un sarcófago con momia incluida que sostenía entre las piernas un papiro de casi veinte metros de largo por treinta centímetros de ancho en perfecto estado, una joya enrollada que escapó de las garras del olvido para acabar cogiendo polvo en el cajón de algún espabilado anticuario.

Allí, perdido de la mano de Horus anduvo el legajo durante algún tiempo hasta que un egiptólogo llamado Georg Ebers, con buen ojo y mejor mano para rescatar antigüedades de mercado negro, se topó con el mismo y movió los hilos para conseguir el pastón que el expoliador reclamaba, al final el alemán no sólo se llevó el papiro bajo el brazo de vuelta a la Universidad de Leipzig y sino que además le dio su nombre al que resultó ser el primer tratado de medicina de la historia.

Y es que, a parte de valor arqueológico, el escrito no tiene desperdicio, da una idea bastante clara de las eternas penas, achaques y obsesiones que han pasado de padres a hijos durante los últimos cuatro mil años, y de las ocurrencias que el hombre ha tenido para aliviar tanto puteo, desde el clásico potingue de Aloe Vera que aún hoy sigue de moda hasta el brujo, curandero y sanador de turno que invoca con los ojos dados la vuelta a los Dioses para curar una almorrana.

Caraduras aparte, es interesante echar un vistazo a los remedios, que por el humo se sabe donde está el fuego, a los clásicos potingues contra el estreñimiento, la diarrea, los parásitos intestinales, la tos productiva o la irritación de los párpados, le siguen otros que se me antojan indispensables, como el tratamiento para las mordeduras humanas y de cocodrilo (no se cual puede ser peor), los esenciales supositorios para refrescar el ano (no quiero imaginar los motivos que pueden llevar a alguien a buscar ése remedio) o mi preferido, el sacrosanto y eterno crecepelo.

No puedo por menos que, aún con el riego de incumplir alguna faraónica ley de protección de patentes, transcribir aquí el más antiguo remedio contra la calvicie, a los que les claree el cartón puede serles útil.

“Mézclese a partes iguales grasa de león, de hipopótamo, de cocodrilo, de gato, y de serpiente, remuévase hasta conseguir homogeneidad en la mezcla y aplíquese con alegría sobre la cabeza del calvo y espere, si tiene dificultades para conseguir los productos pregunte en su botica o en su zoológico mas cercano”

Miles de años de sabiduría nos contemplan, el éxito está casi asegurado, pero si no funciona, ya se sabe, a pedir cuentas al faraón”.