martes, 14 de octubre de 2008

Bombas y futbolines




Noviembre del treinta y seis, a miles de metros de altura, sobre el cielo madrileño, un tipo de nombre extraño y apellido impronunciable sueña con la gloria reservada a los campeones, sobre su pecho, una insignia metálica con una calavera y un tanque decora su impoluto traje caqui, bajo su culo, en las entrañas del avión que pilota, media docena de bombas de a cien kilos por ración esperan impacientes su turno para ser liberadas.

El muchacho ha viajado tan lejos para coger experiencia, hasta ahora sólo ha destruido cruces en el suelo y eso se nota, sus jefes quieren hacer de él todo un maestro de la destrucción, que coja maña en el oficio de matar, así pues, ni corto ni perezoso, pensando en los arrumacos que su teutona prometida le dará cuando regrese cual héroe a la madre patria, desata el infierno sobre ésos minúsculos puntos negros que corren despavoridos bajo sus alas.

El avión da un ligero bandazo cuando suelta su carga, mientras, nuestro ario personaje siente un ligero cosquilleo en el estómago y nota como la carne se le pone de gallina con las primeras explosiones, es su conciencia narcotizada que le felicita por un trabajo bien hecho.

Unos cuantos miles de metros más abajo, un adolescente gallego que apenas lleva un par de años afeitándose la sombra de lo que algún día promete llamarse bigote, escucha un silbido y observa aterrado la acción de la gravedad, no por mucho tiempo, antes de que se de cuenta, una marea de escombros ha cubierto su maltrecho cuerpo, la masa uniforme de ladrillo, hierro y polvo le asfixia, le golpea, le arrastra y le destroza, sin compasión.

Sin embargo el chico tiene suerte, las meigas se confabulan para obrar el milagro, para salvarle el pellejo, está grave pero vivo, le rescatan, le estabilizan y le mandan a Valencia, para curarle, de allí a Barcelona a intentar rehabilitarle del todo.

El asunto lleva su tiempo, huesos y músculos tardan en sanar, necesitan paciencia incluso en un crío, en el hospital donde se recupera hay muchos otros en su misma situación, la guerra sigue lejana mientras los jóvenes inquilinos, aburridos y puteados añoran los días en los que podían jugar al fútbol.

A grandes males grandes remedios, el gallego se estruja la mente, si existe el tenis de mesa, ¿por qué no el fútbol de mesa?, con ayuda de un carpintero amiguete, bajo las indicaciones del chico, tubos, maderos y jugadores van tomando forma, al poco, los jugueteros de mundo están de enhorabuena, con pocos medios pero mucho ingenio acaba de ser parido el primer futbolín de la historia.

Del rubio con la insignia nadie recuerda el nombre, probablemente algún tiempo después su lindo careto cien por cien ario quedara repleto de plomo a manos de algún ruso, inglés o yanki con buena puntería, del gallego con ganas de jugar al fútbol si sabemos el nombre, Alejandro Finisterre, inventor, poeta y editor, amigo en el exilio de León Felipe, que murió en paz con 88 años en tierras zamoranas tras una vida intensamente motivada.