miércoles, 8 de octubre de 2008

La buena vista del Dr Snow




Hay hombres que parecen mirar al mundo con otros ojos, admirados con el paso de los años la imbecilidad humana les pone seriamente difícil aquello de ser profetas de su tiempo, aquí va la historia de uno de estos tipos, la de un médico inglés con muchas neuronas en la sesera que allá por la mitad de siglo XIX salvó el cuello a cientos de Londinenses.

El Soho era por aquellos años un lugar peligroso, si bien un turista despistado podía perder hasta los calzones en cualquiera de sus oscuras calles, sobre todo corrían serio peligro aquellos que malvivían entre restos de animales, aguas fecales y tugurios superpoblados, el lugar idóneo para que una pequeña bacteria asesina hija de perra llamada “Vibrio Cholerae” hiciera de las suyas.

Y así fue, el treinta y uno de agosto de 1854 saltó la liebre, en menos de tres días el cólera mató a 127 personas en el barrio, de toda clase y condición, niños, adultos, ancianos, gente con recursos y sin ellos, como azotadas por un asesino poco selectivo, prácticamente cada familia lloraba una pérdida, nadie sabía quien podía ser el siguiente, en poco tiempo el pánico se extendió, aquellos que tenían medios para largarse lo hicieron, cerraron sus casas a cal y canto y emigraron asustados, muchos otros, los de siempre, los desarrapados que no tenían donde caerse muertos continuaron expuestos a la enfermedad, sufriendo en sus carnes las consecuencias, para el diez de septiembre ya habían espichado 500 y la epidemia no tenía visos de detenerse.

Menudo percal, el reverendo Henry Whitehead de la iglesia de St Luke no tardó en hablar de providencia divina y castigo de Dios (aunque con el tiempo supo reconocer su error), los sesudos funcionarios estatales se quedaron ciegos a base de buscar partículas aéreas tóxicas e invisibles y mientras, los vecinos del barrio poco pudieron hacer salvo rezar un padrenuestro y enterrar a sus muertos.

En ésas estaban cuando un médico anestesista llamado John Snow tuvo la feliz idea de darse un paseo por el barrio, Snow, al que ya le mosqueaba por aquel entonces que el cólera siempre apareciera en los lugares con aguas insalubres, hizo tres cosas bien sencillas, cogió un mapa del barrio, punteó en él las viviendas de los enfermos, y señaló con aspas los puntos de abastecimiento de agua, ¡tachán tachán!, resultó que la inmensa mayor parte de los afectados vivían en torno a una infecta bomba de agua en Broad Street, tras comprobar que el liquido que allí se despachaba estaba contaminado con heces, ni corto ni perezoso se plantó en dicha fuente y la inutilizó.

La epidemia terminó de la noche a la mañana, Snow se había ganado su estatua en el barrio y un hueco en la historia de la epidemiología.

Como anécdota, simplemente señalar que de entre los 530 mendigos internos en un asilo situado a pocos metros de aquel surtidor maldito, solo enfermaron y palmaron 5, el motivo de tan baja incidencia no fue por una especial resistencia genética de los sintecho, ni por pura suerte, simplemente aquellos borrachuzos no solían beber agua, a ellos les iba mucho mas la cerveza.

Si eso no es un capricho del destino, que venga Dios y lo vea.

2 comentarios:

Hispa dijo...

Buena historia, de las que a a mí me gustan. Me hace reflexionar sobre la conveniencia de seguir escandiando caldos fermentados y no pasarme al agua. Ya lo decía mi padre: "Niño, el agua es mala; mira lo que le hace a los cascos de los barcos, que son de hierro, e imagina lo que podría hacerte a ti".

Javi dijo...

Inteligentes palabras las de tu padre, por aqui hay otro dicho mas sencillo, dice algo así como "el agua pa las ranas"

Saludos