viernes, 17 de octubre de 2008

Un Nobel con olor a mostaza




Fritz Haber fue un tipo listo, un coco, un genio, una mente clara capaz de ganar el Nobel de Química en 1918, una de ésas personas cuyo trabajo ha hecho que el ser humano pueda pasar de comerse a sus familiares en una caverna a darles la tabarra con un blog sobre historia en ése invento extraño que llamamos Internet, y es que nuestro amigo descubrió la manera de obtener amoniaco, que aunque pueda parecer una pijada, no lo es, ya que éste producto está presente en casi todos los procesos industriales que mantienen nuestras obesas sociedades occidentales (desde el fertilizante con el que alimentan las patatas que engordan nuestros cuerpos, hasta los explosivos con los que algunos deciden invadir países con mucho petróleo).

Un fiera, que además pasó a la historia como la muestra más evidente de que inteligencia y bondad no siempre andan agarraditas de la mano, digo esto porque Fritz además de lo ya contado resultó ser un patriota en tiempos convulsos, alguien que a pesar de considerarse pacifista, fue uno de los orgullosos padres de lo que hoy se conoce como guerra química.

La Iperita, la niña de sus ojos, recibió ése nombre tras su bautismo de fuego en la ciudad belga de Ypres, en la primera guerra mundial, aunque los hombres que la sufrieron también la llamaron gas mostaza, debido al picorcillo que sentían en nariz y boca justo antes de quedar ciegos y repletos de ampollas, tuvo un éxito tan inesperado como inútil ya que a pesar de hacer una autentica escabechina en las tropas inglesas, no consiguió que los frentes se movieran un sólo milímetro.

En aquella batalla murieron cientos de miles de soldados, entre barro, trincheras y alambradas, rondando los diez mil sufrieron las consecuencias del invento del Nobel, una nueva forma de hacer la guerra que lanzó a los aliados a su propia carrera química, éstos usaron al poco compuestos como el fosgeno, el cianuro, el cloro o el arsénico.

De nada sirvió, Fritz el superpatriota al final no parece que fuera un tipo precisamente feliz, su primera mujer acabó pegándose un tiro tras sufrir una fuerte depresión (agravada por su oposición frontal a la guerra) y a él mismo, tras recibir el rango de capitán y una medalla, cuando años mas tarde llegaron los nazis al poder, le largaron a patadas de su propio país por ser judío.

Murió en el exilio, en Basilea, por suerte no tuvo que presenciar con sus ojos como muchos de sus familiares, los que no pudieron huir de la alemania nazi a tiempo, fueron masacrados en su propia tierra, por sus propios compatriotas con Zyclón B un insecticida reconvertido a arma de exterminio que pudo ser obtenido, en los años 20, gracias en gran medida a su propio legado.

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