viernes, 7 de noviembre de 2008

Disturbios y mariposas




El oficial Lee W. Minikus tiene un día de perros, doce horas patrullando el sur de Los Angeles con cuarenta grados a la sombra han hecho que sus pelotas estén comenzando a fusionarse con sus pantalones, tras recorrer Gardena y Lawndale, hacia las seis de la tarde del 11 de Agosto de 1965, gira el manillar de su motocicleta y decide dirigirse al distrito de Watts, las calles se encuentran tranquilas, casi desiertas, con el sol tardío cayendo a plomo, los chicos malos están aún con la cabeza bajo el grifo, maldiciendo el día en el que se les murió el ventilador.

Watts no es un lugar para pasear de la mano, con un porcentaje de paro acojonante y dogas por doquier, si a un hombre caucásico, heterosexual y temeroso de la ley se le ocurriera darse un garbeo por sus callejones, lo más probable es que saliera de ellos como Dios le trajo al mundo, con una mano delante, otra detrás y un nota de agradecimiento grapada al culo.

“Gracias por venir, vuelve cuando quieras”, o algo parecido.

Lee W. Minikus resopla, aparca un segundo en el arcén y remoja su sesera con un poco de agua, el sol parece darle un pequeño respiro a medida que pasa la tarde, mientras se rehidrata, media docena de paisanos pasan a su lado y le miran con indiferencia, los miembros la "California Highway Patrol" no son especialmente queridos el barrio, con fama de racistas, violentos y chulos, mejor tenerlos delante que detrás, así es la vida.

A la altura de “El Segundo”, el trabajo se acumula para el servidor de la ley, frente a sus narices un tipo negro que responde al nombre de Marquette Frye decide hacer una “S” perfecta de Superman con su vehículo, el poli huele sangre fresca, se frota las manos, los colmillos, saca brillo a su bolígrafo de poner multas, enciende la sirena y se lanza al ataque, la persecución es breve, Marquette esta borracho pero no es gilipollas, desciende del vehículo con torpeza y suspende de largo el breve test de alcoholemia al que es sometido.

No queda otra que ver la celda desde dentro, pura rutina para Lee, también para Frye, un incidente sin importancia que se complica cuando Rena Price, la orgullosa madre del detenido, ve a su retoño esposado y con las orejas gachas.

En ése preciso instante, la tierra se rompe bajo los pies de LA, mamá osa decide tirar por la calle del medio y hacer una demostración práctica al poli de lo que es un buen gancho de derechas, éste tras recibir el hostión, con un importante pitido en los oídos pero sin perder la compostura consigue reducir a la buena mujer que acaba esposada junto a su vástago.

El desastre está servido.

Si el agente Lee piensa que es un día malo, es sólo porque no sabe lo que le queda por delante, una demostración practica de la Teoría del Caos, una mariposa que mueve sus alas en Pekín, y al rato, un huracán que surge en Los Ángeles, un huracán racial, de gentes que al ver como un policía blanco esposa de malos modos a una mujer negra, comienzan a encabronarse de verdad, a los murmullos les siguen los gritos, a los gritos las piedras y en menos de una hora, el tumulto ya está lanzando cócteles molotov.

Por delante quedan seis días duros, el tema se desmadra totalmente, saqueos, asesinatos, tiroteos, una multitud enloquecida que encuentra la solución temporal a sus problemas quemando la casa del vecino.

El resultado asusta, treinta y cuatro muertos, seiscientos edificios arrasados, casi mil heridos y la guardia nacional desplegada repartiendo estopa.

Caos en estado puro.



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