martes, 11 de noviembre de 2008

Las pelotas de Raoul Wallenberg




El chirrido de los frenos alerta a los guardianes que mecánicamente fuman y ríen frente al tren infernal, lo que hasta ése momento ha sido un trabajo fácil, resuelto sin mas complicaciones que un par de culatazos y varios empujones, sin duda tiene toda la pinta de torcerse con la llegada de las furgonetas de la delegación sueca, éstas casi derrapan frente a los hombres de negro, y antes de que estos puedan decir esta boca es mía, de su interior desciende como alma que lleva el diablo un tipo con pinta de no haber roto nunca un plato, que, ignorando las amenazas de los uniformados, comienza a correr en paralelo a los raíles.

La cara del oficial de la cruz flechada que dirige el asunto se pone pálida como un filete de pollo, desencajado y a voz en grito, busca con la mano temblorosa la autoridad extra que le otorga la vieja Luger que descansa en su cintura, de nada sirve, como un rayo, el sueco pasa a su lado sin inmutarse, sin prestar un segundo de atención al hombre que amenaza con tirotearle, indiferente y ágil aquel loco se encarama de un brinco al techo de los vagones en los que cientos de personas aguardan desesperanzados su destino.

Cercano al síncope, el bastardo de la gorra de plato se siente súbitamente pequeñito, como si la voz que sale de su garganta fuera la de un pitufo, como si los proyectiles del artefacto metálico que descansa entre sus dedos fuesen poco mas que petardos, como si el uniforme que viste con orgullo y que a tantos compatriotas ha aterrorizado de repente se hubiese volatilizado dejándole en pelotas.

Con el primer tiro los pájaros de la Estación Este de Budapest levantan el vuelo, con el segundo los carceleros tan sólo consiguen despeinar al intruso, con el tercero, el hombre misterioso, sin dejar de repartir papeles entre las manos que suplican ayuda, se identifica como diplomático sueco.

Raoul Wallenberg señala como compatriotas a un par de docenas de los judíos allí presentes, exigiendo su liberación inmediata, acojonando con su mirada y su valentía a los mismos “cruces flechadas” que minutos antes han disparado un par de metros sobre su cabeza.

Se sale con la suya, unos pocos afortunados cambian Auschwitz por una de las muchas casas que el diplomático ha habilitado como parte de la embajada Sueca, en ellas se hacinan pero subsisten cientos de seres humanos en un lugar que por ser suelo extranjero es intocable, un oasis de cordura en el infierno de un mundo desquiciado.

Mientras Raoul se aleja, los asesinos se sienten un poco más vacíos, ahogan su odio en impotencia, Wallenberg no de siente mucho mejor, sabe que son muchos los trenes que llegan, y pocos los hombres capaces de jugárselo todo por pararlos.

3 comentarios:

Hispa dijo...

Me ha recordado a una escena de La Lista de Schindler, cuando va a los trenes a buscar a su contable y amenaza al oficial con mandarle al frente ruso...

Hispa dijo...

¡Ah! Por supuesto... gran entrada. Gracias. Y gracias también por los meneos.

Javi dijo...

Lo curioso del asunto, es que Schindler salvo a mil y pico personas y es famoso por Spilberg, Wallenberg salvo directamente a diez mil e indirectamente a cientos de miles (se dice que consiguió presionar a los dirigentes nazis hacia el final de la guerra para evitar las últimas deportaciones) y su recompensa con Stalin fué un gulag sovietico.