miércoles, 24 de diciembre de 2008

Una tarde de agosto




El “Palentino” se encuentra lleno hasta las trancas la mañana del día veinticuatro, fuera, el sol tardío de Agosto aún es capaz de apretar las tuercas a los valientes que no buscan las sombras de los soportales de la Calle Mayor, cuando Modesto por fin llega al restaurante, una gotilla recorre juguetona su frente mientras sus tripas rugen azuzadas por el olor a comida, de un vistazo localiza a sus compañeros entre el gentío, al fondo del local, arremolinados en torno a una mesa leen la carta con la seriedad propia de quien estudia unas oposiciones, no es de extrañar, después de todo, son universitarios.

Con dificultad, Modesto se escurre entre una masa casi impenetrable de pajaritas, abanicos, collares de perlas, croquetas, chuletillas y mezclas de aroma a tabaco, perfume y sudor, evita con arte mil y un empujones hasta llegar a su destino, la mesa donde Federico García Lorca le reserva un sitio a su vera.

-Buenas noticias, Federico.

-Dime.

-Parece que Unamuno viene a ver la representación, le gustó tanto “El Burlador” en Santander que ha venido acá para repetir.

Una misma sonrisa recorre las caras y las orejas de los miembros de “La Barraca”, alargan sus brazos y brindan con sus copas de vermouth de grifo, chocan sus vasos enfundados en sus monos azules, dispuestos a comerse el mundo, a cambiar para siempre un país que ajeno a sus esfuerzos camina derecho y con paso firme hacia el desastre.

Mucha mierda.

Comen, ríen y callan, por un momento sueñan que la política no va con ellos, que el obstinado interés de sus compatriotas por matarse entre si es cosa del pasado, que hay un futuro en paz, libre de verdugos, de incultura y de brutalidad ancestral, que la tierra que pisan es inmune al germen de odio.

Sueñan, pero los sueños, sueños son.

La cruel realidad les alcanza como un jarro de agua fría, les despierta indiferente, de repente, las voces de los paisanos se van apagando, reduciendo su volumen hasta convertirse en un murmullo inaudible, las miradas del personal recorren el local de una esquina a otra, como en un partido de tenis cien ojos incómodos buscan a Federico porque por la puerta acaba de entrar Jose Antonio Primo de Rivera con varios falangistas.

El padre de la falange busca mesa y la encuentra a pocos metros de Lorca, se saludan, se miran estoicos y al rato el hijo de dictador y futuro mártir del franquismo escribe una nota que le hace llegar al poeta.

Una sombra invisible devora al granadino mientras lee los garabatos escritos sobre la servilleta, un presagio funesto hiela su corazón y apena su alma, con educación dobla y la guarda en el bolsillo el trozo de papel y continúa comiendo como si nada hubiese ocurrido.

El contenido de la misiva se hubiese perdido como tantas otras cosas entre Viznar y Alfacar de no ser por Modesto Higueras, que en un descuido del poeta vislumbra el contenido:

"Federico, ¿no crees que con tus monos azules y nuestras camisas azules se podría hacer una España mejor?"

El falangista no podía estar más equivocado, terriblemente equivocado.

PD: La anécdota del encuentro entre Jose Antonio y Lorca en la ciudad de Palencia en 1934 la cuenta Ian Gibson en la biografía “Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca”.


2 comentarios:

Hispa dijo...

En su cerril interpretación de la política, Primo de Rivera confundía el mono de trabajo de La Barraca -símbolo de identificación con los trabajadores y que convertía a los actores de esta compañía en "trabajadores de la cultura"- con sus "camisas azules", que identificaba a sus portadores como fascistas peligrosos y potencialmente armados.

Por cierto, Falange Española, que pronto se convertiría en el partído único del franquismo, no obtuvo más que un miserable 0,7% de votos en las elecciones de 1936, lo que da una idea bastante clara de lo que la gente opinaba de ellos. Estaban peor mirados de lo que ahora lo está Batasuna, por poner un asqueroso ejemplo.

Gran entrada, como siempre. Saludos.

Javi dijo...

Gracias por tus certeros comentarios Hispa.

Saludos.