lunes, 28 de diciembre de 2009

El viejo pastor



Manuel camina, busca su propia senda sobre un mar de barro, avanza entre olas de tierra maldiciendo su jodida estampa, pintado de verde y ocre, envuelto en un calabobos maldito, otoñal, liviano, persistente; que se cuela bajo su chubasquero azul, que empapa su piel arrugada, sus huesos viejos y sus articulaciones oxidadas.

Con cada paso, sus piernas se hunden un poco más, luchan con el sendero y suenan por dentro como un cascajo al sentir el pesado abrazo de la madre tierra, aferrada a las botas cual amante despechada; Manuel suda y bufa como un toro en celo, se cuelga de su cayado mientras da tumbos por el camino, mientras se siente extrañamente cansado, desfondado, destemplado, helado como pocas veces antes.

Manuel no tiene muchas luces, nunca estudió, ni conoce más letras que las que componen su nombre, no las necesita para saber a las claras el origen de su enfermedad, es viejo y está viejo, no duerme como antes, ni come como antes, ya no mea del tirón; no hace falta ser un genio o un doctor para saber lo que le dijo su padre una y mil veces, los años son ladrones de guante blanco, roban las fuerzas y el aliento, y no te das cuenta hasta que es demasiado tarde, hasta que tienes una pata en la tumba.

Por fin, llegado a su chozo, el viejo pastor se libra de la lluvia y de la ropa húmeda, entra en calor, come liviano y se prepara un café de puchero, echa un ojo a los cielos, busca las pistas de una mejora, una que permita volver a salir con el ganado antes de que llegue el frío, el de verdad, el que cubre de blanco el valle y congela el río, el que hace que los árboles parezcan de cristal y el tiempo se detenga, el que azuza el hambre de los lobos y se lleva para siempre a los animales más viejos, el que destruye y renueva, general invierno impávido, insensible, el hijo de la gran puta.

Viviendo sin prisa pero sin pausa, el viejo busca en su zurrón la bolsa de tabaco, mete mano y saca un puñado que coloca pacientemente sobre un papelillo, construye un cilindro perfecto con boquilla que se echa a la comisura del labio y prende disfrutando de la primera calada del día.

Paz que no dura mucho, a lo lejos, por las pistas forestales de repente surge un rugido repetido, un petardeo de motor incómodo seguido de media docena de muchachos que montados en extrañas motos de cuatro ruedas, suben y bajan por la ladera, juegan y borran el sendero, derrapan, ríen y beben de latas metálicas que luego arrojan al arroyo, asustan a los perros, al ganado, lo dejan todo lleno de mierda; ji, ji, ja, ja, que divertido, desde lo lejos el viejo los mira, suspira, se caga en sus muertos y pega cuatro voces, se cansa, los ve alejarse tras un rato, haciéndole burla.

Vuelve a su pitillo, por un segundo se permite el lujo de soñar despierto, se imagina bajando hasta el pueblo, cogiendo el autobús y viajando a la capital, llegando a las casas de los intrusos y llamando al timbre, diciendo “hola buenas, será sólo un segundo”, entrando a sus salones, con los pantalones bajados, con los calzones por las rodillas, se imagina cagando, dejando un zurullo calentito, una mierda hermosa sobre su alfombra, un chorizo imponente, se imagina las caras de sus anfitriones al verlo, sus jetos y sus bocas abiertas de par en par, sonríe primero, ríe después, despierta y vuelve al mundo, pena de realidad, aprovecha para mirar al cielo, que los sueños, sueños son; mala pinta tiene el negro horizonte, maldita sea, a ver si en un par de días con suerte escampa y puede volver al tajo.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Amor constante más allá de la muerte.




Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Médulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.


viernes, 18 de diciembre de 2009

La conjura de Venecia



Arrastrando su pierna coja por la cuesta del puente de Rialto, un mendigo extraño camina entre el caos dando tumbos, con la cabeza y las orejas gachas, oculta su rostro disimuladamente, se caga en su maldita estampa y mientras cubre sus vergüenzas con una capa roída, repleta de mierda, lamparones y otras medallas ganadas en los prostíbulos, empuña disimuladamente bajo sus mangas descosidas, una fina y larga daga del mejor acero toledano, por si, llegado el momento no queda otra que despedirse de este mundo cruel ensartando como a un pincho moruno al primer veneciano que le diga que bonitos ojos tienes, cordero.

De reojo, arrastrado por el tumulto, el mendigo mira hacia el Gran Canal, a las aguas repletas de bultos, de espaldas trinchadas flotando boca abajo como boyas, monigotes con el cuello rajado de parte a parte por obra y gracia del Consejo de los Diez, la panda de hijos de perra que han organizado ésta fiesta en Venecia, una en la que todos los súbditos de Felipe III están invitados.

Mierda, se lo debiera haber olido, con el de Osuna, Miedo del Mundo le llaman, practicando el corso en secreto contra las naves Venecianas, aliviándoles el peso de las carteras con una sonrisa en la boca, estaba cantado que antes o después algo así podría ocurrir, ahora es demasiado tarde, ahora la multitud exige sangre, gritan, muerte al intrigante, muerte al Duque de Osuna, muerte al Marques de Bedmar, muerte a ése poeta bastardo que responde al nombre de Quevedo, querían secuestrar al Dux, querían acabar con la Serenísima República, someterla, ahora los esbirros de los conspiradores flotan en el canal, los extranjeros cuelgan por los pies en la piazzetta de San Marcos.

Así, el poeta y espía transmutado a mendigo escurre el bulto, se sabe la guinda para el pastel de carne picada que le están preparando al Dux, si sale de ésta tiempo habrá de componer un soneto, de cantar su aventura y afilar el verbo, de ajustar cuitas, hoy por hoy con poner a buen recaudo su pellejo es suficiente.

Camina, huye sin que se note demasiado, es esas está cuando alguien cree reconocerle, le da el alto.

¿Quien eres?, ¿Dónde vas?

Quevedo, se hace el longuis, responde con el mejor acento veneciano del mundo, huele a vino, huele a mierda, su actuación es perfecta, anula las sospechas de su interlocutor, que arruga el morro, le empuja y le manda al infierno.

Quevedo sonríe, escapa, esa noche quemarán su retrato por no encontrarle a él, mientras, el poeta, lejos ya del peligro, se palpa las entretelas y suspira, después de todo está vivo, de milagro.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Un español en Núremberg



El hombre moreno de ojos grandes y sonrisa inmensa está nervioso, nota como su corazón late a mil por hora y su mano derecha se aferra inconscientemente al estrado, al minúsculo receptáculo de madera desde el que se dispone a resumir cuatro años en el infierno; difícil tarea, prácticamente imposible; el muchacho aclara su garganta y se coloca dos enormes auriculares de metal sobre sus oídos, escucha cómo desde ellos surgen palabras entrecortadas en distintos idiomas, una torre de babel en miniatura que momentáneamente lo distrae; por dentro maldice, no puede ser, no debe perder el hilo de lo que tiene que decir, disimuladamente aparta el artefacto de sus orejas y se centra, atento a los hombres de negro que le miran con indiferencia desde las alturas.

Frente a él, a poca distancia, los chicos malos, se revuelven, a ningún asesino le gusta ver el jeto de su víctima, cercados por una hilera de esfinges con casco blanco made in USA, los dueños y señores del Tercer Reich, ponen cara de hermanitas de la caridad, musitan por lo bajini aquello de “yo no he sido, a mi que me registren” y se colocan de lado esperando que la mierda que hoy sopla en su dirección no les salpique demasiado.

-¿Cuál es su nombre?

-Francisco Boix.

-¿Es usted francés?

-No, soy un refugiado español.

-Repita el siguiente juramento…

Y ahí comienza, Boix jura, habla, cuenta su historia y la de los miles de compatriotas que se dejaron la piel subiendo 186 escalones; el preso 5185 del campo de exterminio de Mathausen dice que es fotógrafo, que como tal comenzó a trabajar revelando las fotos de sus verdugos, las mismas con las que se documentaba, se clasificaba y se protocolizaba la muerte, retratos en blanco y negro, souvenirs de los guardas SS, que Boix de extranjis duplicó y escondió, pruebas del genocidio salvadas de la quema al final de la guerra.

Fotos que muestran las visitas al campo de los que ahora agachan la cabeza, de los que en ése momento se excusan diciendo que no sabían nada, fotos de hombres orgullosos y altivos que se felicitan por su trabajo, que se dan palmaditas en la espalda delante de congéneres reducidos a esqueletos.

Llegado el momento, Boix identifica a Kaltenbrunner, enseña su foto y con sus palabras desliza una soga sobre su cuello, cuando se lo piden, se levanta y señala a Speer, el arquitecto que algunos llaman nazi bueno, le recuerda su visita al infierno, sus sonrisas y sus compadreos con los demonios de papi Adolf, consigue con su dedo acusador que a Speer se le acabe la saliva de repente, que el oxígeno que lo envuelve desaparezca como por arte de magia.

Boix habla, a veces tan rápido que es difícil entenderle, una palabra, una letra por cada amigo muerto, por cada vejación, por cada lágrima, por cada suspiro; al terminar está exhausto, desliza sus ojos hasta el banquillo de los acusados y comprueba que ninguno de ellos le mira a la cara, respira hondo, desea con cada átomo de su cuerpo que ésa valiente panda de hijos de puta se pudra en el infierno.

lunes, 14 de diciembre de 2009

La perfecta alquimista



Cuando la negra puerta del Chrysler se abre, M. se queda sola ante el dragón, pequeña, vulnerable y aterrada, siente durante un segundo el tiempo detenido, suspendido sobre la nada, minúscula fracción de paz antes de la tormenta, antes de que, como un golpe en el rostro, los gritos apagados por el cristal tintado se vuelvan de repente agudos, histéricos, hirientes, penetrantes, taladren sus tímpanos, inunden el espacio reducido del vehículo, produzcan una riada acompañada de mil destellos repetitivos, deslumbrando su mirada, cegando su mundo de cartón piedra.

Es el momento, M. desciende con cuidado, elegante, inerte por dentro, se yergue ante la bestia, ante la multitud reunida para ver el firmamento, estrellas del celuloide en comunión para mayor gloria de sí mismas, saluda levantando la mano lentamente, como intentando resguardarse ante una tormenta de luz que arrecia, que se refleja en la ristra de diamantes engarzados sobre su cuello, que ilumina su traje italiano, su cuerpo para el pecado.

M. escucha su nombre una y mil veces, todo el mundo la llama, todo el mundo la desea, camina hacia la entrada robando corazones, siguiendo un sendero pintado de rojo, sonriendo, reprimiendo sus ganas de salir corriendo, perfecta alquimista, M. transmuta su pena en alegría, posa, se gira y avanza, un pasito más, aguanta sus impulsos, llora por dentro, se acerca hasta la meta, hasta el oscuro teatro repleto de bencedrinas y ego, de sonrisas perfectas y miserias bañadas en oro.

A cada paso, siente como sus tacones golpean firmes el suelo, generan una vibración que asciende por sus piernas perfectas, que se cuela en el lugar en que debieran encontrarse sus tripas, su corazón, y su alma, un hueco difícil de llenar, un vacío inmenso recubierto por una bella carcasa doliente.

El aire se puede acabar a cielo abierto, pero M. cumple, por algo es una profesional de los sueños ajenos, hoy llega a su meta de milagro, hoy su cuerpo ha aguantado el envite, ha derrotado a la bestia, ha evitado vomitar frente al mundo, pintar de realidad la necedad de aquellos que invocan su nombre, mostrar la mierda, mandar a la mierda, huir, recuperar una intimidad perdida, dejar de ser un anhelo y quizás, sólo quizás, volver a sentirse persona.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Jueces, verdugos y afrancesados



Camino del patíbulo, no hay más realidad que la que termina con el último aliento ni más certeza que la muerte, fría e imperturbable, impasible; es imposible luchar contra ella, el tiempo juega a su favor, son compañeros de correrías, amigos del alma; Solano casi puede sentir su presencia al final de la calle, casi puede ver su sombra paseando entre la turba, oscura, tenebrosa, disimulando entre mil caras desconocidas, sonriendo impaciente, afilando su guadaña, esperando su turno, susurrándole en la nuca con su aliento helado, indicándole el caminito hacia ninguna parte.

Llegados a éste punto es difícil morir con dignidad, ésta se pierde volando cuando a uno le inflan la cara a hostias, cuando te patean las costillas con saña; arrastrado, humillado, el General Solano y Ortiz de Rozas es como un Ecce Homo con charreteras y galones, sólo que un poco menos resignado, a cada golpe, a cada escupitajo, a cada bofetada, contesta con un sonoro “hijos de puta”, mientras espera el milagro, mientras mira de reojo bajo sus párpados hinchados, buscando entre la multitud a su guardia personal, a ver si suena la flauta y el bueno de San Martín se presenta con tres docenas de hombres, repartiendo generoso plomo caliente a la multitud enloquecida.

No va a ser posible, toca comulgar con ruedas de molino y atadas al pescuezo, Solano traga saliva, la poca que le queda, está mezclada con sangre, deja un gusto agridulce, siente la boca seca y escupe, al hacerlo pierde un diente, da igual, no lo necesita en el lugar al que se dirige, frunce el ceño, intenta recomponerse, recupera la verticalidad perdida y mira a sus agresores, sus caras desencajadas, son como una jauría, pobre y miserable a la que se le está cayendo el mundo encima, gritan traidor, gritan afrancesado, sus voces rajan sus gargantas, quieren armas, quieren matar, ahora que han capturado a su presa, no van a saciarse, no hasta que los pies del General estén haciendo círculos en el aire.

Debiera haber sido más listo, debiera haberse puesto de perfil, intentar no dialogar con una manada en estampida, darles armas, decir que si a todo, gritar más alto que nadie aquello de muerte al invasor, ponerse un disfraz de patriota, armar un ejército de albañiles, campesinos y carpinteros, mandarlos directos a la trituradora, así hubiese salvado su culo, así nadie le hubiese llamado afrancesado, es curioso, el condenado casi siente lástima por sus verdugos, por los hombres que hoy ven en su rostro un fiel reflejo del mismo demonio, gritan y suspiran por reyes absolutos, por curas miserables, por validos corruptos, panda de idiotas, necios, piensan que con su muerte la guerra estará ganada, piensan que a Napoleón se le puede hacer frente con palos y piedras, con escopetas de caza y cuchillos de carnicero, como si sus húsares y sus mamelucos fueran hermanitas de la caridad, como si no supieran hacer a la perfección su trabajo.

Con su pan se lo coman, cuando por fin, a pocos metros de la soga una mano amiga le cose a puñaladas sus dudas terminan por la vía rápida, lo agradece durante su último segundo sobre la faz de la tierra, mejor eso que colgar como un chorizo, cuando besa el suelo, la multitud aúlla, se siente feliz por haberse erigido juez y verdugo, cosa que a nadie le extraña, así es como funciona un linchamiento, así es como funciona la estupidez del alma humana.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Amores perros


En la terraza del café “Deux Magots” hay una mujer de pelo negro y mirada triste, sus manos son finas y alargadas, elegantes y perfectas, bellas, sostienen una pequeña navaja, diminuta, reluciente, refleja la fría luz del invierno sobre el filo, un arma que contrasta sobre el blanco impoluto de los guantes de la joven, asida por unos dedos frágiles pero fuertes, decididos, gobernados por la atenta mirada de dos ojos enormes que desarrollan hipnotizados un ritual estúpido, desquiciado.

Con la mano izquierda extendida como una estrella sobre la mesa de madera, con los dedos separados al máximo unos de otros, el reto es puntear con el extremo del acero afilado, el espacio que queda libre entre la carne, toc, toc, toc, cada vez más deprisa, haciendo saltar al cuchillo entre los dedos, uno, dos… uno, dos, tres… uno, dos, tres, cuatro… siguiendo un orden preciso, rápido, ejecutan un juego malabar pintado de sangre, es inevitable, al acelerar el ritmo, el filo, antes o después falla el objetivo, corta el guante y la piel que descansa debajo, mancha de rojo la superficie de la mesa, genera murmullos entre el grupo de clientes que miran de reojo y señalan con disimulo a la extraña.

Muchos piensan que Dora está loca, puede que tengan algo de razón, de entre todos los allí presentes sólo un hombre se levanta, se acerca impresionado a la mujer, es pequeño, de complexión fuerte, moreno, con un flequillo poco poblado que le cae sobre la frente ocultando por momentos dos ojos inquietos, abiertos como platos; se presenta, le dirige unas palabras en francés con acento español y le ruega que le regale sus guantes ensangrentados, hace que ella abandone su juego idiota, que le conteste sorprendida, al hacerlo, tras la primera mirada, tras el primer encuentro, la mujer del pelo negro y ojos tristes llega a una sencilla conclusión, siente el mundo se puede ir al carajo, está enamorada, hasta las trancas, de forma brutal, sincera e irracional.

Cosas del destino, sus manos heridas y sangrantes no son más que un presagio exacto de su futura relación con el desconocido, de los tiempos que quedan por delante, de la guerra, de la locura, del miedo y de la pérdida, de un amor extraño e intenso, condenado al desastre, a la infidelidad y a la ceniza; antes de ella dicen que Picasso acariciaba la idea de abandonar la pintura, de dedicarse a la poesía, por suerte no lo hizo, por su parte Dora, la mujer de las lágrimas más bellas, muchos años después de ése primer encuentro, después de una vida entera y ya con los recuerdos acumulados entre sus arrugas al hablar del genio, dirá:

“Yo no fui su amante, él sólo fue mi amo”.

martes, 1 de diciembre de 2009

El monstruo del armario



Con seis años de vida, Abraham ya no tiene manos de niño, sus dedos han envejecido antes de tiempo, ahora son alargados, huesudos, se ven pálidos desde la penumbra; cuando el pequeño estira sus brazos, los introduce de lleno en el haz de luz que se cuela por la puerta y observa absorto las sombras chinescas que pintan el techo, construye con ellos caducos animales y monstruos sobre su cama, mariposas, leones y leviatanes, terribles seres efímeros que representan a su antojo una y mil historias, criaturas frágiles después de todo, capaces de morir con un simple soplido sobre una vela o con un sencillo rayo de luz en la mañana.

Encadenado a su propia debilidad, Abraham construye mundos que sólo se encuentran en su cabeza, lugares solapados con una realidad desconocida que según le cuentan, se extiende más allá de las cuatro paredes de su casa; planetas que no ha pisado jamás pero que ha visitado mil veces, tierras extrañas de héroes bondadosos y villanos malditos, pobladas por personajes de fantasía ajenos a las leyes de los hombres, a la dictadura del tiempo y de la condición humana, el mismo tiempo que para él cada día discurre lento, espeso, denso, con el segundero marcando minutos que parecen horas y horas que parecen días enteros.

Tic, tac, el ruido del reloj se mete en su sesera, se mezcla con el llanto de su hermano recién nacido y le desquicia, resopla nervioso, sabe que antes o después el demonio de cara alargada, tez mortecina y bata blanca volverá a por su sangre, debe estar preparado, debe protegerse, con esfuerzo junta todas las energías que quedan en su maltrecho cuerpo y se levanta de la cama, se cuelga la sábana al cuello a modo de capa y convierte su almohada en escudo, estudia su reflejo en el espejo de su madre, su pequeño rostro blanquecino, minúsculo y breve, su cuerpo construido a base de huesos, tendones y poca chicha, que se pone en guardia frente a si mismo, frente al fantasma que se dibuja en el cristal, venderá caro su pellejo, con su espada invisible y su escudo de plumas cortará la cabeza de su enemigo, con su pijama reconvertido en armadura aguantará todos los envites, todos los golpes, todas las mordeduras del vampiro.

Abraham reparte mandobles imaginarios, por lo menos dos o tres antes de notar como de repente, sus extremidades comienzan a pesar, transmutadas en plomo, antes de sentir pequeñas gotas de un líquido frío descendiendo por su frente, una sensación extraña que le recorre como un calambre la espalda, que acaba en tiritona, que le recomienda volver sobre sus pasos a la cama, el lugar donde se desploma, donde se vuelve sobre si mismo y se jura que le día en el que pueda correr, nadie nunca le podrá alcanzar.

Otra vez será, mañana, quizás, o pasado, un día de estos, hasta entonces, respira hondo y se abandona al sueño, deja que por una vez y sin que sirva de precedente, sea el monstruo del armario el que gane la batalla.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Deshaced ese verso



"Deshaced ese verso,
Quitadle los caireles de la rima,
el metro, la cadencia
y hasta la idea misma.
Aventad las palabras,
y si después queda algo todavía,
eso
será la poesía."


Versos y oraciones del caminante. León Felipe.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

La esperanza y el viejo pintor



El viejo pinta, recuerda, respira hondo dando forma a un suspiro, construye sin esfuerzo una media sonrisa en su cara cuarteada, siente la caricia del pincel y derrota la dictadura del lienzo en blanco, disfrutando con el tacto untuoso del óleo entre sus dedos y el familiar olor de la trementina manchando la estancia, perfumando su piel, su ropa, su memoria, mezclándose con los pigmentos, disolviéndolos, obrando el milagro sobre la paleta, capturando un pedazo de luz en un mundo gris, sordo, bastardo.

Cosas de la vida el viejo aún es capaz de mirar hacia atrás y pintar con esperanza, a pesar de la guerra, a pesar de la sinrazón, a pesar del miedo y la represión, a pesar del exilio, a pesar de haber nacido en una tierra ingrata, inculta, brutal y necia, acostumbrada a maltratar a sus mejores hijos; quien lo diría, a pesar de todo, resulta que el viejo todavía puede pintar cosas bellas.

Es el final del camino, uno repleto de certezas y pinceladas, de vida, de muerte, de color y de genio, punto desde el que sin embargo se atisba el comienzo de otros senderos, lugares por los que, maldita sea la condición humana, tendrán que caminar otros, porque al viejo le abandonan las fuerzas, porque el tiempo se ríe a carcajadas desde la esquina, disfrutando cada vez que se le quiebra el pulso.

Si hay algo que le duele, es no poder pintar después de muerto, por eso quizás aprovecha sus últimas pinceladas, por eso libera el trazo, empasta las líneas, se empapa de luz y de belleza, se olvida de clasicismos y viaja al futuro, desde Burdeos pinta su “lechera” y enlaza sin querer su obra con la de aquellos que llegarán más tarde, con los maestros que con el tiempo vendrán y querrán dibujar el mundo a base de impresiones.

Es el final de su vida y la gloria, la fama y el reconocimiento, dan lo mismo, cero, no importan; mientras retenga aliento en los pulmones, a Goya no le quedará otra que seguir pintando, mientras le quede una pizca de vida en el interior seguirá dejando pedazos de su existencia entre cuatro listones de madera, seguirá encerrando su realidad entre pigmentos, seguirá enseñándole al mundo como pinta un auténtico genio.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Mundo de tinieblas



Sumido en la oscuridad más absoluta, el viejo capitán Lindeman piensa que los seres humanos, en su infinita imbecilidad, a veces dan por seguro demasiadas cosas, cosas sencillas, evidentes, como que el día sigue a la noche o que el aire no puede cortarse con un cuchillo, cosas que hasta un niño sabe, desde bien pequeño, como que el fuego se apaga con agua o que desde el cielo no llueven rocas.

Mira su reloj, sus labios dibujan una mueca seria, arrugada, mierda de artefacto, debe estar adelantado, o no, son casi las siete de la mañana del día veintiocho en el estrecho Sonda, entre Java y Sumatra, y sobre el puente de mando del General Loudon hoy tampoco ha amanecido, ni tiene pinta de que lo haga, mundo de locos, de tinieblas, sólo se atisban pequeñas luces en la costa, en la playa cerca de Telok Metong, son lámparas y candiles medio apagadas por un manto gris mortecino, sostenidas en alto por aquellos que imploran un billete de salida del infierno, como si eso fuera posible, pobres diablos que gritan, aúllan, tañen la campana del embarcadero medio derruido, esperan que alguno de los vapores se la juegue entre las olas y los corales para poder recogerlos, para poder rescatarlos, algo imposible con el mar embravecido, el viejo se siente impotente, maldice, espera, sabe que tiene un asiento de primera fila para el día del fin del mundo.

Lindeman mira a sus hombres, empapados bajo una lluvia de lodo, pintados de gris por la madre naturaleza se mueven aterrorizados bajo una capa viscosa, fluorescente, como si el mismo demonio hubiese escupido sobre el barco, limpian la cubierta y apagan con urgencia los pedazos de lava incandescentes, no dan abasto, miran de reojo mar adentro, hacia el Krakatoa, el lugar que periódicamente ilumina el horizonte de cenizas, fuego sobre el fuego, dominando al agua, donde Vulcano muestra al mundo el poder de su fragua.

Lindeman por un segundo se siente como Caronte, con el azufre quemándole los pulmones tose, escupe, y a las diez de la mañana se despide del mundo cruel, en el mismo instante en el que al planeta se parte en dos, de repente, el aire espeso se retira y el cielo se ilumina a unas 50 millas de distancia como si el sol naciera de la tierra, en un parto doloroso y sangriento, la onda expansiva le tumba, le golpea y le deja sordo; un estruendo al que sigue un pitido intenso, agudo, clavado en el interior de su sesera, de rodillas el capitán echa una última mirada al mar oscuro sobre el que ha envejecido, ve como se retira dejando a la vista parte de los arrecifes, jodido cabrón, lo hace para dar su último golpe, es el momento, como buen marino decide dar batalla, morir de pie con las botas puestas, con dificultad maniobra el barco que gira entre crujidos, la proa encara al muro de agua que se aproxima, asciende, se desliza montaña arriba y supera el tsunami, la tripulación cierra los ojos, mantiene el alma en un puño, escucha como el mar devora la tierra, tras un rato mira de nuevo al mundo, resopla al unísono, malita sea, están vivos.

jueves, 19 de noviembre de 2009

El poeta y la meada



Con la noche haciendo pardos a todos los gatos, el poeta se escurre entre las calles con un ojo en las esquinas y otro en el gavilán de su espada ropera, ligeramente borracho, acaricia la guarnición de la misma con la punta de sus dedos y camina hacia su hogar dando pasos cortos, desiguales, atento a las sombras, siempre repletas de rufianes y puñaladas traperas, siempre nocturnas y siempre alevosas; resoplando, sintiendo por un segundo el coleto demasiado ajustado, esforzándose por mantener la verticalidad perdida a manos de los años, la cojera y el vino tinto.

Camina, un soneto descansa en la punta de su lengua, afilado y perfecto, inmisericorde, cocinado a fuego lento, en su punto, verbo sometido a los caprichos de un genio, sílabas mágicas que se ordenan, construyendo palabras que según sea el caso, humillan, mortifican, ensalzan o glorifican; ajustan viejas cuitas, se baten en duelo.

Sin prisa pero sin pausa, bajo su capa y su sombrero de ala ancha, atraviesa la plaza de la cebada, iluminada por una luna llena que refleja una luz blanca, mortecina, se cuela entre las maderas del patíbulo y pone los pelos de punta, hace pensar al poeta las probabilidades de acabar pisando ésos tablones, que no son pocas en un país tan cainita, de curas, reyes, validos y cabrones, donde perro siempre come perro, es su plato preferido.

Maldita sea, por un segundo se imagina saludando al personal desde lo alto, siendo el protagonista de la función, el cordero en una fiesta de pastores, teniendo que ver la cara del narigudo en primera fila, observando su sonrisa de oreja a oreja mientras la soga acaricia su pescuezo; es sólo pensarlo y el sudor frío comienza a recorrer su frente, Dios no lo quiera, mientras el de Osuna mantenga la cabeza sobre sus hombros, eso no ocurrirá y si así fuera, mejor no llegar al patíbulo, mejor acabar por la vía rápida con un cuarto de acero del alguacil entre los riñones.

Mierda, con tanto mal presagio, al poeta le han entrado ganas de mear, las dos jarras de vino están buscando la salida, el orificio natural por el que abandonar su maltrecho cuerpo, aguas menores, pero urgentes, al fin y al cabo; aprieta el paso, busca un rincón tranquilo y miembro en mano, relaja el esfínter, suspirando de alivio ante un chorro entrecortado, recordando gratamente los años de juventud en los que aún podía orinar del tirón, atento a su espalda hasta que se percata de la presencia de un gran crucifijo, uno colocado en la pared sobre su agüita amarilla, al lado de un gran cartel que reza:

“Donde hay crucifijos, no se orina”

El poeta resopla, con cuidado menea la punta de su miembro y escurre las últimas gotas, sonríe, con voz grave y socarrona contesta en voz alta.

-Y donde se mea, no se ponen cruces.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Los secretos del fantasma




Cuando el cinco de Diciembre de 1872 el Mary Celeste aparece seiscientas millas a este de las Azores ante los ojos de el capitán Morehouse y su segundo Deveau, estos aún no saben que están viendo un fantasma; no tardarán en darse cuenta, vestido de blanco y negro sobre azul oscuro, pintando el horizonte con un presagio funesto, rasgando el lugar donde la mar y el cielo se confunden, el buque maldito terminará por cruzarse en su camino, con el velamen recogido sobre sus dos palos y el foque arrullado por el viento, cabeceando sobre un Atlántico en calma, desplazándose lentamente sin rumbo, sin nadie a la caña, navegando sin gobierno.

Si los marinos del Dei Gratia creen haberlo visto todo en la mar, es tan sólo porque no peinan demasiadas canas, cuando queda claro que nadie responde a las señas y que el buque avistado navega a la deriva, no queda otra que hacer de tripas corazón y anudar un cabo en la boca del estómago, echar un bote al agua y con un ojo en el barco fantasma y otro en el cielo, musitar una oración, remar aterrados hacia el Celeste, romper el silencio y sus gargantas con el megáfono y esperar una respuesta, implorar un signo de vida en la nave a punto de ser abordada.

En pocos minutos, el contramaestre Oliver Deveau es el primero en saltar a cubierta, por la proa, aúlla ¡Ah el Celeste! sin tener más respuesta que el eco su propia voz, prudente avanza con la boca seca y el corazón en un puño, camina por el bergantín goleta intentando encontrar una solución ante semejante locura, parándose ante la bitácora destruida, ante las amuras dañadas y los aparejos desordenados, preguntándose como es posible encontrar un buque sin tripulación en mitad de un océano en calma.

Nadie responde, sólo el propio barco cruje y chirría de vez en cuando, como intentando contar su historia, desvelar sus secretos, mientras, el contramaestre nota su corazón corriendo a mil por hora, desatado al ver un hueco en el lugar en el que debiera estar el esquife y buena parte del pasamanos, ausente el único minúsculo bote del buque, parece evidente que éste ha sido abandonado a la carrera, mierda, Oliver intenta tragar saliva, se da cuenta de que ya no le queda demasiada y maldice, decide adentrarse en las entrañas del buque, encontrando la bodega con un metro agua y las bombas de achique en perfecto estado, junto a la carga intacta de mil setecientos barriles de alcohol, todo en su sitio.

Respira, intenta tranquilizarse, ahuyenta las historias de monstruos y fantasmas que como buen marino habitan en su cabeza, cracken de tentáculos inmensos, el holandés errante, el triangulo de las bermudas... ¿Que ha pasado?. ¿Que ha obligado a la tripulación, a los siete hombres, al capitán, a su mujer y su hijo de dos años a abandonar un barco en buen estado y huir hacia la nada, hacia el azul infinito, hacia una muerte casi segura?

Maldita sea, en el camarote del capitán encuentra la ropa en los cajones, perfectamente ordenada, el diario de abordo, con una última fecha el día veinticinco de noviembre, una posición situando al bergantín cuatrocientas millas más al oeste; después el silencio, la nada, sólo una frase misteriosa en la pizarra del contramaestre, “Francis, mi muy querida esposa…”, al leerla, por un momento Olivier siente la necesidad de salir corriendo, de llegar nadando a Gibraltar, si no lo hace, es porque es un profesional, suspira, nota que falta tanto el sextante como el cronometro, percibe en conjunto, la triste realidad, la sensación de que toda la tripulación del Mary Cleeste ha desaparecido sin dejar rastro, tragada por la mar, sin causas, sin motivos aparentes, nunca nadie sabrá porqué, nunca nadie volverá a verlos, tras un rato Oliver sólo es capaz de sacar una única conclusión, estén donde estén, a partir de ése momento, son carne de leyenda

viernes, 13 de noviembre de 2009

Juego de bastardos



Aldrich quiere vivir como en el puto James Bond, cada día, sueña con conducir un Jaguar, con bucear por la mañana en las Bahamas y cenar por la noche en Montecarlo, se imagina paseando por su casino vestido de punta en blanco y poniendo careto de gigoló a las nenas, puliendo treinta de los grandes en champán y putas, viajando en jet privado, sonriendo a la vida y dejando que la vida le sonría e él, enfrentándose a supervillanos para salir victorioso en el último segundo, para salvar al mundo, quedándose con la chica al final de la película.

Mierda de mundo cruel, va a ser difícil, la realidad es un poco más cruda, Aldrich trabaja de ocho a tres y más que espía, parece un representante de batidoras, alargado, pálido, con unas enormes gafas de culo de vaso y un bigotito amarillento, cuando se mira al espejo en lugar de bíceps, encuentra alerones de pollo viejo, los trajes de Armani no le caen bien, le sientan como a un cristo dos pistolas, los días y los años pasan, se escurren entre los dedos, encerrado en su oficina no mira otra cosa que papeles, nombres y números, códigos en blanco y negro bajo una luz mortecina.

Mierda de glamour, mierda de espionaje, una vida entera trabajando como analista para la CIA, salvando el culo al mundo libre día si día también, para tener que acabar pidiendo un crédito a la hora de cambiar las cortinas, para llegar a casa y escuchar mil y un reproches.

A grandes males, grandes remedios, frente a la embajada soviética en Washington el 18 de Abril del 85 Aldrich decide conjurar su futuro, frente al viejo edificio repleto de antenas, manda a tomar por culo al imperio; que si el patriotismo es bueno, resulta que la langosta es mejor, Aldrich fuma, pega una última calada al Marlboro que sostiene entre los dientes y se dispone a cruzar la avenida, en su gabardina de bolsillos roídos descansa una carta de presentación, una con tres letras en la dirección de destino, KGB, y en su interior, tres nombres y un número de cuenta.

Aldrich Ames pone cara de topo, saborea el dulce sabor de la traición, una que sembrará de cadáveres la tierra de la hoz y el martillo, angelitos al cielo, poco a poco, las cabezas de los espías delatados a la URSS se irán cortando, chof, chof, unos cien mil dólares el ejemplar, fulanito, menganito, zutanito, pim pam pum, la CIA se quedará progresivamente sin espías en las tierras del este, en un juego de bastardos y mentirosos en el que si te señalan con el dedo, mal asunto; mientras tanto, Ames esta demasiado ocupado contando billetes como para buscar en el lugar en el que debiera encontrarse su conciencia, se descojona por dentro y espera pacientemente el día en el que los chicos de negro le descubran y llamen a su puerta, hasta entonces, saca brillo a la capota de su coche nuevo y vive el momento, que le quiten lo bailado.

jueves, 12 de noviembre de 2009

El preciso instante



Resulta que Henri se ha camelado a la cruda realidad, le ha guiñado un ojo y ella, complaciente, se ha rendido a sus pies, le ha enseñado sus entretelas, desnudándose, permitiéndole pintar el mundo con su cámara, construyendo un enorme retablo, uno que se puede mirar desde mil ángulos, collage de momentos, fragmentos de vida grabados en nitrato de plata, obras maestras escondidas y encontradas detrás de cada esquina, detrás de cada muro, detrás de cada ser humano.

Elegante, el fotógrafo camina por París con sus andares desgarbados, sonriente, musitón, desde su muñeca cuelga medio escondida una pequeña cámara marca Leica, balanceándose como un péndulo sobre el suelo mientras él espera, mirando de reojo y haciéndose el longuis, el momento adecuado en el sitio adecuado, el preciso instante en el que el hombre encuadrará y hará clic, quedándose como trofeo con un pedacito de mundo en blanco y negro.

Dicen que la foto perfecta que ves con tus ojos, es la que no capturas con tu cámara, pero Henri tiene un don, el de la intuición, es capaz de parar el tiempo con la punta de sus dedos, de alinear ojos, máquina y corazón en el mismo eje, de congelar las emociones y hacer que el caos pose con la mejor de sus sonrisas, ordenándose por un solo segundo ante él, como si pudiera colarse en el encuadre y colocar cada elemento en su sitio, como un espectador que ve por segunda vez una película y decide parar la proyección en la mejor de las escenas.

En 1932 en la estación de St. Lazare en Paris, Henri Cartier Bresson, de casualidad asoma su cabeza tras la verjas de una obra, en cuestión de segundos saca su Leica y dispara, sin saberlo hace una de ésas fotos que se recordarán durante un siglo, una autentica alegoría involuntaria de los años que están por llegar, del terrible siglo XX, una silueta que salta al vacío, sobre un charco inmenso, sobre un fondo gris y desolado, frente a una tapia con un cartel desvencijado, imagen que deja una incógnita, un futuro incierto, quizás tan incierto como el de el hombre mismo.

martes, 10 de noviembre de 2009

De lágrimas y surcos en la cara


A veces, Martín piensa que su cuerpo y su mente están hechos de arena húmeda, que tienen la misma consistencia, que son como castillos levantados en la playa por un niño perezoso, inútiles, medio derruidos, solitarios, esperan resignados la subida de la marea, desmontándose lentamente, grano a grano, limados por el viento, derrumbados sobre si mismos, anclados al puñetero suelo.

Ajo y agua, es la condición de los castillos de arena; mientras camina, Martín vuelve al hogar con su trofeo, al agujero desde el que sale cada mañana, cuando el mono aprieta, a buscarse la micra de cada día, a enfrentarse al mundo cruel, al dios vengativo que desde hace unos años le domina sin piedad.

De reojo, se mira en los escaparates de la gran ciudad, aterrado ante el extraño que sobre ellos se refleja, un fantasma, un suspiro demacrado que deambula sobre el asfalto con su pequeño tesoro maldito en los bolsillos, un ser humano sin sombra reducido a despojo, que pasito a pasito camina directo hacia el precipicio, que se mira a si mismo con desprecio, como hace todo el mundo, si tuviera fuerza se insultaría, si pudiera, maldeciría su jodida estampa con palabras que ya no encuentra en su cerebro confuso.

Suda, siente escalofríos, nota calambrazos en sus músculos reducidos a la mínima expresión, levita, se siente morir por dentro, es imposible aguantarse, antes de llegar a casa, busca un lugar tranquilo donde desplegar el instrumental con el que poder realizar su sacrificio; en los baños de la estación de tren, el rey encuentra su trono alicatado, encerrado tras una puerta verde pintada de tinta y mierda, con primoroso cuidado abre la papela y observa unos segundos la materia de color marrón que descansa en sus manos, sonríe, es su santo grial particular, lo desmenuza con cuidado, lo coloca sobre una cuchara y lo riega con limón, calienta la mezcla con el mechero, con mimo, lo justo, ni mucho, ni poco, mirando atento cada detalle desde sus ojos hundidos, como un alquimista buscando la piedra filosofal, concentrado mientras muerde con sus dientes podridos el extremo del filtro de un cigarrillo y extrae el contenido, el cilindro blanco de textura algodonosa, después, lo pincha sobre el extremo de la aguja y acciona el émbolo, filtra la solución que ahora descansa en la jeringa, en la chuta, dispuesta a enviarle directo al séptimo infierno.

Martín ya no tiene venas, las ha perdido en su viaje a ninguna parte, son sólo un campo de tiro, un conducto bombardeado, repleto de cráteres azules y cicatrices negras, con esfuerzo, usando un condón como torniquete se saca una vena del codo, la perfora y libera las cadenas del monstruo dentro de su ser, hunde su alma y pierde otra batalla, otra más; mientras, se le escurre un lágrima que navega por los surcos de su cara, salta al vacío desde su barbilla afilada; Martín cierra los ojos, funde a negro su mundo gris y sonríe, quizás un buen día cuando despierte, la pesadilla habrá pasado, quizás un buen día cuando despierte, vuelva a sentirse humano.

jueves, 5 de noviembre de 2009

La piel de cemento



Frente al muro, Horst se pregunta como demonios es posible odiar a un objeto inanimado, a un simple y maldito monstruo gris e inerte, a una cicatriz sangrante, a las verjas oxidadas de una jaula, al límite marcado del mundo permitido, a un cartel con letras grandes, rojas y negras, a una valla, a un alambre de espino, a un altavoz, a una torre de vigilancia.

Desde luego que se puede, con toda el alma, al objeto inanimado y a los hijos de perra que lo crearon, a los bastardos que con primoroso cuidado levantaron, ladrillo a ladrillo, el muro de la celda más grande del mundo, el lugar donde la utopía pronto comenzó a oler a muerto, donde del “todo es de todos” se pasó al “todo es de todos, pero más mío”, donde los de siempre, rápidamente se ufanaron en conseguir un buen puesto en el partido, en cambiar el color a sus gorras de plato y comenzar a hacer lo único que ésa gente ha sabido hacer siempre a la perfección, dar por culo al pueblo, para mayor gloria del pueblo.

A Horst ya le duele el suyo, treinta años son suficientes, toda una vida mirando a un maldito trozo de cemento que le debe demasiadas, tantas como el numero de veces que ha soñado con el otro lado, que ha oído hablar a su padre de la familia perdida, que ha mirado a los Vopos en el Checkpoint Charlie y ha sentido la necesidad de contenerse, de no echar a correr entre los sacos terreros para no convertirse en un pato de feria.

Suficiente, Horst sin embargo hoy sonríe, se siente como un David a punto de dar la puntilla a Goliat, no con una honda, si con una maza, con la misma que descansa en su hombro, arma con la que camina por la calle desafiante, acompañado de la gente que conforma su mundo, incrédulo ante lo que ve, dispuesto a tomarse una buena revancha, colectiva, freudiana, nocturna; respira hondo, el aire frío de noviembre rellena sus pulmones, le hace sentirse vivo, le da la energía suficiente como para arrear el primer envite, uno que levanta una ovación y pequeños fragmentos grises, minúsculos, que saltan al aire malditos, que al caer al suelo con cada mazazo, lentamente agrietan el muro de la vergüenza colectiva.

Pasado un rato, Horst está empapado, las gotas de sudor escurren hacia el suelo por sus sienes pálidas, el mazo cambia de manos y en el centro de su odiado enemigo lentamente surge un pequeño vacío atravesado por cables de metal, una herida en una piel de cemento que ha puesto al descubierto el esqueleto metálico del monstruo, un hueco por el que apenas caben dos dedos, pero por el que se filtra la luz y el aire del otro lado.

Horst acerca su cara a la grieta, mira excitado como un Voyeur y nota como algo se cuela por el orificio recién abierto, una brisa minúscula casi imperceptible que enfría su rostro empapado, que estimula la punta de las terminaciones nerviosas de su careto y transmite a su cerebro una sensación nueva nunca antes sentida por el berlinés, extraña, dulce, emocionante, intensa, hace que su corazón lata a mil por hora y su piel se erize como la de un puercoespín, es humana, es imprescindible… algunos susurran su nombre a sus oídos, ellos dicen que se llama libertad.

domingo, 1 de noviembre de 2009

La miseria del emperador


Jean-Bédel Bokassa no aprecia los contrastes, es una pena, desde su carroza imperial tirada por seis corceles blancos, los colores de su mundo se difuminan, se meten en su sesera y se mezclan sin orden ni concierto, verdes centroafricanos versus dorados napoleónicos, difícil mezcla, no importa, como aturdido por el traqueteo de la comitiva, el primer emperador de África sonríe, saluda a su pueblo sin perder la compostura, como un pastor caritativo que disfruta con los balidos de su rebaño, se deja hipnotizar por el júbilo forzado de los suyos y por un segundo se pregunta si el esfuerzo merecerá la pena, si los fastos de su coronación estarán a la altura de su persona.

A su alrededor, separando los niños desnudos de los mantos de armiño, su guardia personal de coraceros galopa, protege al líder, marca el camino entre la selva que siguen despacito docenas de blancas sanguijuelas VIP venidas del mundo entero, sudando dentro de sus Mercedes con treinta y nueve grados de temperatura y un cien por cien de humedad, frotándose las manos, limándose los colmillos y haciendo de tripas corazón; pronto terminará el paripé, pronto podrán volver por donde han venido, a sus casas en la costa azul y sus pisitos en Manhatan, lejos de éste infierno; allá donde no hace tanto calor y la pobreza no es tan obscena, cargados de souvenirs en forma de algodón, uranio y diamantes, como suele pasar siempre que el hombre blanco visita África.

Mientras dura la fiesta, los invitados aplauden, traman, conspiran, enseñan sus sonrisas prefabricadas, dientes blancos que brillan en la oscuridad, bailan, disfrutan, negocian, “business is business”, beben el mejor champán y comen el mejor caviar, untan paté con cuchillos de plata, y lo devoran como hienas educadas, mirando de reojo a los andrajosos que se agolpan tras las verjas, disfrutando sin complejos de su obscena caradura en mitad de la miseria.

Mientras, Bokassa avanza empuñando su cetro, con sus gruesos dedos acariciando el fino trabajo del orfebre, encamina sus pasos hacia el trono, hacia la gran águila bañada en oro, y ocupa su lugar en el mundo, al lado de su reina, donde se coloca su corona recién traída de París, engarzada con docenas de brillantes que reflejan la luz del sol, que deslumbran en los ojos del los hombres y se cuelan hasta los rincones más oscuros del alma, el nuevo rey observa desde lo alto, mira con desprecio a sus súbditos, escruta las caras de sus más fieles seguidores, sin mucho esfuerzo puede oler el intenso aroma de su codicia, aprieta los dientes, se aferra al trono, se pregunta quién lo intentará primero, quién emulará a Bruto, quién envenenará su comida o apuñalará su espalda.

El primer emperador de África respira hondo, maldice, idea su venganza, suspira sin que nadie lo note, planifica su mundo de lujo y miseria con cuidado, ignorante y brutal levanta una frágil construcción sin cimientos, formada a base de injusticias y sufrimiento humano, un edificio dorado por fuera y podrido por dentro, condenado al derrumbe, que inevitablemente, antes o después colapsará sobre su regia cabeza coronada.

miércoles, 28 de octubre de 2009

El coco del presidente


Biuku y Eroni están en guerra, quien lo diría, guerra en el paraíso; locura importada por el hombre blanco y sus enemigos de ojos rasgados, desgracia que llegó sobre las cubiertas de los grandes buques metálicos, golpeando su pequeño mundo cristalino como un huracán, destruyéndolo todo, de repente, sin motivo, tiñendo de rojo el gran azul de su infancia.

Biuku y Eroni han elegido bando, o mejor dicho, un bando les ha elegido a ellos, un mal día, alguien llegó a su diminuto poblado, un desconocido de pelo amarillo que les dio armas y les dijo que estaban reclutados para mayor gloria de la democracia, que a partir de ése momento debían hacer lo que él ordenara, cosa curiosa, ellos no saben muy bien que será eso de la democracia, ni falta que hace, no lo necesitan para navegar sobre su cayuco, como siempre han hecho, lenta y silenciosamente, de isla a isla, sólo que ahora con un par de metralletas Thompson bajo las redes y unos ojos que ya no buscan peces, sino barcos japoneses.

Cuando Biuku y Eroni se encuentran con John en Olasana, a punto están de meterle un tiro al yanki entre pecho y espalda, que los blancos desde lejos son iguales y todos los angelitos van al cielo, por suerte para John, no lo hacen, por suerte para él, a los dos nativos les han mandado buscar náufragos, supervivientes del encontronazo en mitad de la noche entre una minúscula torpedera americana y todo un señor acorazado japonés.

Así que ahí están, John y sus diez hombres, después de haber nadado cuatro kilómetros entre tiburones, aún con el susto en el cuerpo, deshidratados, heridos y hambrientos, junto con Biuku y Eroni, en un islote perdido del pacífico, como viejos amigos en un día de playa, tostándose al sol, intentando entenderse con ellos por signos, intentando encontrar la manera de meterse trece tipos en una canoa para dos.

Imposible, los nativos tendrán que ir a buscar ayuda, John gesticula, Biuku le observa, minúsculo y desgarbado, aún con cara de adolescente, no entiende una sola palabra de lo que dice, el teniente se desespera, busca la manera de escribir una nota pero no hay ni papel ni lápiz, resopla, maldice, al final Biuku trepa a lo alto de un cocotero, baja con un coco y se lo ofrece a su superior, el teniente sonríe y sobre el coco, con la punta del cuchillo escribe con cuidado:

"NAURO ISL COMMANDER... NATIVE KNOWS POS'IT...HE CAN PILOT... 11 ALIVE NEED SMALL BOAT... KENNEDY".

Biuku sonríe primero, ríe después, mientras se vuelve a su cayuco con el mensaje en el coco, remarán unas cuarenta millas, volverán con ayuda, cosas de la vida, desconoce que, en ése momento le está salvando el culo John Fitzgerald Kennedy, futuro trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos de América.

viernes, 23 de octubre de 2009

Cristales rotos y pedazos de alma




Los chicos de Röhm tienen una fiesta, una en la que todos los judíos están invitados, mientras se baja de coche, Otto piensa que al final, con un poco de mala suerte, ésos niñatos de mierda de las SA van a conseguir que se le hielen las pelotas, hay que joderse, no queda otra que pasar la noche bajo la luz de la luna, hacer de discreta niñera y dormir en un coche que parece encoger cada minuto, en el que el oxígeno parece consumirse demasiado deprisa, Otto es grande, nunca le han gustado los espacios pequeños, mejor salir del vehículo, al hacerlo el coche se bambolea de lado a lado, chirría de gozo, sintiéndose liberado de los ciento diez kilos de Kriminal inspector, éste se sacude las migas de la gabardina y busca un cigarro en la pitillera, es el último, mierda, sabiendo la que se iba a liar, debiera haber cogido un par de cajetillas extra, a ver donde cojones encuentra tabaco a estas horas de la madrugada.

El Kripo se rasca la nuca, piensa mientras mira de reojo a su compañero Klaus, que cabecea en el interior del coche, escucha sus ronquidos, sus huesos que crujen al estirarse y un sonoro pedo tras el cual vuelven más ronquidos, va a ser bueno que le de el aire, resopla, se sube los cuellos de la gabardina y decide pasear hasta la Horst-Wessel-Platz, al lío, el lugar donde la multitud ahora parece haberse dispersado, después de los discursitos, los berridos y las soflamas, los niños han decidido irse de caza, a repartir invitaciones para los campos de papi Adolf, pensión completa, a partir huesos y cristales, a llenar el Spree de bultos flotantes, de comida para patos.

Camina, mientras lo hace nota una punzada de dolor que le sube por el nervio ciático, por la pierna hasta el culo, que malo es hacerse viejo, cuarenta primaveras, suficientes como para haber visto cambiar el nombre a la plaza que pisa en tres ocasiones, como para darse cuenta que no hay nada peor que un psicópata vestido de caqui, mirándose en el espejo y creyéndose un cowboy con el revólver al cinto, repleto de balas; Otto no va de uniforme, él no lo necesita para imponer respeto, bien mirado es como una pared con piernas y brazos, una pared que lleva escrito en grande “Kriminalpolizei”.

Cuando se mete la mano el bolsillo, Otto encuentra un papel arrugado, una nota interna con órdenes bien claras, “debido a la muerte del Secretario Vom Rath a manos de un judío en Paris, se ordena a todas las fuerzas de orden público que no intervengan en la represalia organizada por la SA y que colaboren con ellos en la detención de los líderes de la comunidad judía y en la destrucción de sus negocios y sinagogas, siempre que no se pongan en peligro las propiedades de ningún ario de pura cepa”.

Más claro agua, Otto arruga el papelito, lo deja caer junto a la colilla y un cartel arrancado, tirado en el suelo, ultramarinos Löwy, va a necesitar hacer reforma, Otto escupe, arruga la cara mientras sus zapatos pisan cristales rotos y encuentra solución a su adicción, con cuidado, entra por el lugar en el que debiera haber estado la puerta, nota como sus pies se quedan pegados al suelo, empapados en aceite, cerveza y compota de manzana, entre la oscuridad observa a un crío, de no mas de dieciséis años, haciendo la compra, con media docena de botellines de cerveza en una mano y un gran bote de paté en la otra, Otto gruñe, el adolescente de ojos azules y granos en la cara se esfuma, dice pies pa que os quiero, deja caer la mercancía que emite un estruendo al caer, clin, clan, clon, recibe una colleja y sale corriendo, esta permitido destruir, pero no saquear, ésa es la auténtica diferencia entre un pueblo civilizado y una república bananera.

Otto pasa tras el mostrador, hay alguien más en la tienda, un bulto en el suelo que gime y respira con dificultad, alguien tan inconsciente como para intentar proteger su negocio en un mundo gobernado por locos, es la señora Löwy, o lo que queda de ella, pide ayuda, dice que a su marido se lo llevaron, grita, aúlla de desesperación, mientras, Otto, Policía Criminal del distrito centro de Berlín, mantiene su silencio indeciso durante unos minutos, al final, murmura entre dientes un “debierais haberos largado”, escoge su marca de tabaco, coloca un par de monedas sobre el mostrador y mientras se da la vuelta escucha un amargo lamento que se lleva de su corazón, el último pedacito de su alma.

martes, 20 de octubre de 2009

Percepciones




Sobre la mesa de Kurt descansa un tesoro, primorosamente envuelto en un paño, escondido en el interior de una carpeta vieja y atado con una cuerda roída; no es un tesoro al uso, no brilla ni engarza piedras preciosas, no lo protegen grandes cajas de caudales ni hombres armados, a primera vista, cualquier incauto podría pasar por alto su valor, incluso confundirlo con una mísera colección de papeles garabateados, emborronados, repletos de palabras ilegibles, inútiles.

Pero resulta que sí es un tesoro y Kurt puede olerlo gracias a su fino olfato, puede percibir su valor entre un millón de escritos, entre el millón de escritos que se amontonan tras él, apilados unos sobre otros en las cochambrosas oficinas de la editorial Rowohlt de la ciudad de Leipzig, el lugar desde el que Kurt observa ahora atento a los dos hombres jóvenes que frente a su mesa, le miran inquietos, como mascando un espeso silencio, incómodo, roto sólo periódicamente por las palabras de alabanza de Max Brod hacia su compañero.

Y es que cuando está nervioso, Max habla demasiado, es casi un mecanismo de defensa, es necesario, si de su amigo Franz dependiera, su obra nunca vería la luz, no alumbraría mas allá de su alma inquieta; se perdería, enterrada, olvidada, calcinada, incapaz de iluminar la tediosa realidad humana, amontonada en el cementerio de los libros olvidados, junto a las cenizas de la biblioteca de Alejandría y las antologías de grandes poemas nunca escritos.

Eso sería intolerable, terrible, mientras Max habla, los ojos del editor buscan a Franz Kafka, el autor, el hombre moreno de ojos inmensos que se ha quedado en un segundo plano, en total silencio, escudado tras su amigo de la misma forma que lo haría un niño tras su hermano mayor, sin demasiado esfuerzo, Kurt casi puede percibir el sufrimiento de Franz, su intenso nerviosismo, su pudor por tener que compartir sus secretos con el mundo, por desnudarse ante él, por renunciar a la privacidad de unas palabras que fueron escritas sólo para sus ojos, como medio para conocerse a sí mismo, como terapia para ordenar su mundo al revés, letras que revelan a un gigante escondido en un cuerpo escuchimizado, frágil, enfermizo, autocrítico en exceso, incapaz de darse cuenta de la genialidad que atesora.

Cuando por fin la reunión termina, Kafka, aliviado, se decide a hacer un comentario, uno sólo, que marcará para siempre los recuerdos del editor, que jamás volverá a oír en boca de nadie.

“Siempre le estaré más agradecido si me devuelve mis manuscritos que si me los publica”.

Genial, cien por cien Kafka.

PD: Al final, aquel libro se editó, una recopilación de textos breves que se reunieron bajo en título “Percepciones”, una de las pocas obras publicadas en vida por Kafka, una maravilla que el que esto escribe humildemente recomienda a todo el mundo.

domingo, 18 de octubre de 2009

Recuerden su condición humana, olviden lo demás.




Mientras la sala se llena, el hombre sabio de pelo blanco espera impaciente su turno, sentado con las piernas cruzadas tras la gran mesa de madera, respira hondo y observa inquieto a los individuos que, frente a él, entran ruidosamente en el recinto; los chicos de la prensa mueven sus sillas, las arrastran y las chocan entre si, se saludan, amablemente se reparten algún que otro codazo en su búsqueda incansable del mejor sitio y preparan sus micrófonos, sus grabadoras, sus cámaras y sus plumillas afiladas; disimuladamente, le devuelven la mirada al viejo, de reojo, como quien mira a un bicho raro, casi con una sentencia condenatoria en la boca, como miraría un juez a un caco al que han detenido demasiadas veces.

Los periodistas piensan que quizás, después de todo, los científicos quieran decir algo interesante, algo que no sea un tostón destinado a llenar espacio vacío entre las esquelas y los crucigramas, con un poco de suerte, quizás, le metan caña al gobierno, o a los comunistas, o a los dos a la vez; se equivocan, gran error, cuando por fin Bertrand Russell se levanta, no va a hablar de política, va a hablar de cosas importantes de verdad, se hace un silencio respetuoso en la estancia, en sus manos descansa un papel, un documento con unas palabras de advertencia, el manifiesto Russell-Einstein.

Bertrand Russell no es ningún cantamañanas, sus compañeros en éste viaje, tampoco, entre las once personas que comparten sus palabras hay o habrá diez premios nobel, once viejos íntegros, capaces de mirar al mundo con otros ojos, capaces de llamar a las cosas por su nombre, capaces de gritar en mitad de la infinita, densa y oscura estupidez humana y advertir a sus congéneres, que el camino que han elegido, el sendero que recorre el hombre a paso ligero conduce directamente hacia el precipicio.

El manifiesto es también el testamento de paz de Albert Einstein, firmado dos días antes de su muerte, el viejo sabio ha vivido lo suficiente como para poder unirse al grupo, a aquellos que ante la visión de dos superpotencias deseosas de aniquilarse, han sabido plantarse y decir bien claro y bien alto que no hay opciones, que no hay salida, que si a algún imbécil de Washington o de Moscú le da por apretar el botón rojo, la destrucción mutua está asegurada, no hay victoria posible, no hay medallas de color púrpura, no hay banderas ondeando sobre un cielo azul, tan solo un futuro negro reducido a cenizas.

El 9 de Julio de 1955, es el día elegido para alzar la voz, desde la pequeña sala repleta de periodistas en Caxton Hall, los hombres de ciencia advierten, exorcizan sus propias culpas, sus propios demonios nucleares, proponen tomar un camino nuevo, hablan de futuro, de desarme, de desconectar, retirar y desmantelar, de hacerlo a la vez, este y oeste, de aplicar el menos común de los sentidos a las relaciones humanas.

Tras un rato leyendo claro y alto, el hombre sabio de pelo blanco, Bertrand Russell, el filósofo, el escritor, el matemático y el pacifista, termina su discurso, mira a grupo de plumillas y sentencia, se lo pone fácil, hace un resumen del manifiesto en nueve palabras, dice.. “simplemente, recuerden su condición humana, olviden todo lo demás”.

Pues éso... Amen.

jueves, 15 de octubre de 2009

¿Como coño se dice huevo frito?




Entre Nevada y Arizona, atravesando el desierto, uno casi se siente un tipo duro, un John Wayne de pega con tarjeta visa en el bolsillo, rodando por carreteras rectas, más largas que un día sin pan, el coche acelera mientras los Deep Purple mandan callar, hush, hush, chitón, que el rockero enamorado cree haber oído la voz de su amada, gran canción, ideal para éste decorado de película, grandes praderas y espejismos en el horizonte, la hostia, mi reino por una Harley, acelera, no demasiado, no sea que el sheriff del condado nos eche el lazo o que el tanque que nos han dado en la empresa de alquiler muera de repente en el arcén, no me gustaría quedarme tirado aquí, sin aire acondicionado en mitad de la nada, con cuarenta grados de temperatura ahí fuera y una coca cola caliente aquí dentro, que diversión, justo al lado de un letrero donde te venden diez acres de secarral a precio de ganga, oferta irresistible, aun así me lo pensaré, sigamos rodando que el viaje es largo, adelanta a aquellos moteros, a aquella tipa con camiseta de leñadora y el pelo cortado a lo cepillo, buenos brazos, tiene pinta de poder cortar un roble de un solo hachazo, aunque pensándolo bien aquí no hay muchos robles, sólo cactus, su compi de barba espesa y pañuelo de pirata también da un poco de miedo, parecen los malos de una película de Steven Seagal, sonríe, no pongas cara de cateto, no hagas muchas fotos, por si acaso, gira la cabeza, a la derecha, un tren de cinco locomotoras, los vagones se pierden en el horizonte, uno detrás de otro en una línea infinita que se mueve lentamente, como una serpiente, camino del medio oeste cargadito hasta los topes de mercancía 100% Made in China, más madera para éste capitalismo resfriado, mejor, que sobre y que no falte, dan ganas de ponerse en paralelo, de coger una pistola de juguete y taparse la cara con un pañuelo, ríndase ante “españolito the kid”, risas, me meo, para, coño que calor, parece que mi agüita amarilla casi se evapora antes de tocar la tierra, los huesos de Jimmy Hoffa deben estar ahí abajo, al lado de mi meada, enterrados entre la serpiente de cascabel y la lata de enchilada oxidada, que bello paisaje, respiro hondo, aire limpio, caliente pero limpio, vuelta al carro, ándale, tira que tengo hambre, en aquel tugurio seguro que algo nos darán, no tienen aire acondicionado pero si sillones con dos dedos de mierda, un billar, una pequeña tienda de ropa de segunda mano comprada por kilos, una barra con paisanos que la estudian de cerca y un ciervo disecado al que le falta un ojo, ¿hay ciervos en el desierto?, no creo, será de importación, seguro, creo que ésta vez prescindiré de pedir mayonesa, los paisanos levantan la vista y nos miran con indiferencia, les entra ganas de fumar un cigarrito, salen a la puerta educados, nos sonríen, llega la oronda Amber, con su pelo a lo Paris Hilton y su cuerpo a lo Mike Tyson, bella, ¿Qué desean?, Huevos, bacon, Dios santo que hambre. ¿Cómo quieren los huevos?, ehh, upps… ¿fritos? ¿Como coño se dice huevo frito?, aquí no creo que haya aceite de oliva… Amber se esfuerza, resulta que la traducción exacta es Sunny side up, el lado soleado hacia arriba, toma ya, curioso, pues eso, al rato llegan, aleluya, con una bud helada los mejores huevos en mucho tiempo, ni Ferrán Adriá, debe ser el desierto que da hambre, a la salida, ¡coño!, la motero prima de Terminator está en la puerta, me cede el paso, educada, amable, sonriente, que malo es eso de prejuzgar oye, si es que Steven Seagal ha hecho mucho daño…

martes, 13 de octubre de 2009

El grito del hombre muerto




Hayato es un hombre muerto, camina, respira y siente, pero está muerto, la vida se le escurrió entre los dedos hace demasiado tiempo, tanto que su cerebro es incapaz de recordar el día exacto, el instante en el que la esperanza se esfumó, el momento en el cual dejó de ser un hombre y se convirtió en una sombra, una máquina de huesos y músculos que se mueve de forma silenciosa entre las cavernas, una especie de ente que habla entre susurros y no admite otro futuro que el que le espera al final del camino, el lugar donde los demonios descansan hambrientos, relamiéndose, esperando pacientemente la hora del desayuno.

El hombre muerto de ojos rasgados sabe que su cuerpo es su alimento, mira al noreste, a través de los campos de caña de azúcar, hacia el lugar donde debiera encontrarse el mar, el gigante fundido con el horizonte, el azul infinito que le separa de los suyos, plagado de puntos grises, metálicos, repleto de hombres con los que compartirá su destino, que, como él, también han recorrido miles de kilómetros para cavar su tumba en el paraíso.

Hayato es un hombre valiente, llora una última lágrima por su mujer y su hijo, se pregunta si, al igual que él, ya estarán muertos, después, llora otra por su general, por Yoshitsugu Saito, al que acaban de enterrar bajo la tierra calcinada, al que ayer escucharon por última vez antes de el rito del seppuku, antes de que la hoja de acero abriese sus tripas de izquierda a derecha y la bala disparada por el kaishaku, por su ayudante en el suicidio, le mandara a su definitivo encuentro con sus antepasados.

Respira, recuerda sus palabras, no hay salida, no hay ayuda posible, acorralados, sometidos a una intensa ración diaria de fuego y metralla, han caído uno detrás de otro, poco a poco, como ratas calcinadas en un agujero, sin alimentos, sin munición, para los últimos japoneses de Saipan no queda otra salida que la única honorable, no rendirse, demostrar a los demonios de que pasta está hecho el sol naciente; ordenadamente, siguiendo las órdenes de su capitán se colocan en posición, a la cabeza el coronel Suzuki, desenvaina su katana, después oficiales, soldados y más atrás, aquellos enfermos y heridos que aún se mantienen en pie, que aún pueden arrastrarse hasta el enemigo, Suzuki sonríe, distribuye a los cerca de tres mil hombres al abrigo de la noche y del campo abrasado de caña de azúcar, recuerda la consigna.

“Siete vidas a la patria”, odio reconcentrado, finamente destilado, cada hombre matará siete enemigos antes de morir, es una orden.

Llega el momento, son las cinco de la mañana, Hayato empuña su rifle, hace dos días que se quedó sin balas, cala cuidadosamente la bayoneta, brilla en la oscuridad con los primeros rayos de sol, limpia, impoluta, reluciente, pronto se teñirá de rojo, comienza la marcha, en formación ascienden en paralelo a la antigua línea de ferrocarril, olvidándose de los puestos de observación yankis y enfilando al lugar donde el grueso de la 105 división descansa, Hayato traga saliva, paso ligero, recuerda las palabras del proverbio, vale más una joya quebrada que una baldosa intacta, el corazón se pone a cien, primeros gritos, enfilan campo abierto, mil años de vida al emperador, tenno heika banzai, el demonio se espabila, ruge con fuerza, dispara, ametralladoras pesadas que puntean el cielo en su dirección, levantan fuentes de tierra, destrozan pechos descubiertos, ahogan gargantas, obuses de 105 mm disparados a quemarropa, fragmentan seres humanos, piezas no mas grandes que una placa de identificación, Hayato corre, se deja el alma en el camino, se arroja hacia el fuego y aúlla, banzai, salta los sacos terreros y enfila a tres demonios asustados que disparan sus armas automáticas contra todo lo que ven, desfondado tropieza, se levanta, los demonios le han visto, apuntan en su dirección, banzai, mil años de vida al emperador, mil, por lo menos, otra cosa no sería aceptable.

jueves, 8 de octubre de 2009

Sin City




El Strip de Las Vegas debiera oler a sudor, a perfume barato, a ambientador industrial, a tabaco y a polvo, el aire de los grandes casinos debiera oler a viejo, a borracho y a desesperación, debiera estar viciado, contaminado por la humanidad enloquecida sobre la que descansa, y sin embargo no huele, está limpio, impoluto, desinfectado, parece como si cada segundo fuera convenientemente aspirado, purificado, enfriado y devuelto a ése lugar mágico donde no existe el tiempo, donde no hay ventanas, ni relojes, ni entra la luz del sol, hogar de vampiros que no chupan sangre, donde el sonido y los destellos te envuelven, te golpean y te sumergen en un estado casi hipnótico, esquizoide.

Ciudad de locos, de bocas abiertas de par en par y cámaras que fotografían cada esquina, cada copia casi perfecta, inmenso gran hermano de cartón piedra, donde los techos están plagados de bultitos negros, surgidos como setas en un sendero, que enfocan, graban, estudian a los clientes, porque en las Vegas siempre hay alguien que mira, que hace trampas, que juega con ventaja, no existe la suerte en la ciudad del pecado.

Es el lugar perfecto para pasar un par de noches, la primera para emborracharse y la segunda para sentir la necesidad de huir corriendo hacia el desierto, junto a los coyotes, buscando un agujero donde respirar, sin neones, sin lucecitas, sin gritos, sin destellos; todo aquello que se ha convertido en el pan nuestro de cada día en éste parque de atracciones para niños grandes, que el viajero patea hoy reconvertido en turista, con sus bermudas y sus chanclas, aplaudiendo como el que más ante la fuente del Bellagio, mientras los chorros de agua ascienden al cielo en mitad del secarral, en la tele echan concursos de cortes de pelo a chihuahuas y en cada esquina los chicanos golpean entre si unas tarjetitas con tías en pelotas, te las deslizan entre los dedos con una facilidad pasmosa, publicidad de los locales donde las strippers muestran sus encantos, papelitos que acaban en el suelo, alfombrando de pezones enhiestos el tórrido asfalto.

El camino que recorre el Strip, da la vuelta al mundo en pocos kilómetros, Nueva York con su estatua o Paris con su torre, en Venecia, los enamorados pueden pedirse en matrimonio en una góndola de pega, en un canal de pega, con un gondolero de pega que canta ¡Oh sole mio! con acento de Tijuana, y sonreír de paso a los dos centenares de japoneses que capturan para siempre tan romántico momento.

Dicen que lo que pasa en Las Vegas se queda en las Vegas, una frase reconvertida en mantra, que repiten con los ojos en blanco cientos de miles de seres humanos cada día de cada año, mientras le dan al botoncito de la máquina, mientras le meten un billete en el tanga a una muchacha de pechos XXL, mientras borrachos como cubas pasean por la calle Fremont con intención de llevarse de recuerdo unos hongos en la entrepierna, es lo que hay, es lo que vende, la ciudad del pecado, la espita del imperio, un lugar que si no existiera algún loco debiera crearlo.

miércoles, 7 de octubre de 2009

La ciencia española no necesita tijeras




Resulta que no hay euritos, se acabó la fiesta, la pasta, la guita, el parné, nos lo gastamos todo, mala suerte, hemos dejado la caja pelada, la casa patas arriba y las letras del banco en números rojos, menudo fiestón, joder que resaca, de las malas, ayer nos debieron meter garrafón en algún lado, en el garito aquel… ¿Cómo se llamaba? Ah si, disco-pub “Ladrillo”, debe ser eso, ahora nos toca silbar mirando al cielo como un inocente angelito, decir con la boca pequeña y por lo bajini aquello de yo no he sido, a mi que me registren, el problema es estructural, poner cara de circunstancias y pedir a la multitud que no cunda el pánico, que si le duele la hipoteca y el paro que se jalen un par de paracetamoles, de gramo, que las penas con drogas son menos.

Ahora nos toca reestructurar, recortar, maquillar el asunto, ya se sabe, sombra aquí, sombra allá, sablear al personal y sobre todo establecer una serie de prioridades, aquellas que nos identifican como país, como auténticos demócratas, veamos, el coche oficial con secretaria personal es imprescindible, que un político, sea regional, local o universal siempre ha de ir cómodo a las reuniones, descansado en asientos de cuero y centradito para poder solventar con energía las cuitas del personal; de las dietas ni hablamos, ya es bastante duro el servicio público como para tirar de sueldo propio!, ¡ni que viviéramos en una república bananera!.

Lo de los cargos concedidos a dedo, es también asunto sagrado, tabú de los gordos, ¿Qué iban a hacer el primo Manolito, el cuñado Joselito y el sobrino Zutanito sin su puesto de libre designación?, ¿apuntarse al paro?, ¿que iba a hacer nuestra muy eficiente administración sin sus sabios consejos, sin su detallados planes de desarrollo, sin sus eficacísimas subvenciones a la ONG “Familiares de políticos sin fronteras”?, probablemente desmoronarse como un castillo de naipes en un huracán, sumirnos en el caos, el desastre, la anarquía.

Uff, está difícil, como sigamos recortando en sanidad , los cirujanos va a tener que coser las heridas con tiritas de Mickey Mouse; como hagamos lo propio con la policía y los bomberos, van a tener que perseguir a los cacos en patinete y apagar los incendios a escupitajos, mierda, ¿de la televisión y otros espectáculos? ni hablamos, ni de coña, si hay algo realmente esencial para un auténtico español de mediana edad, es poder ver a Anita Obregón y a Ortega Cano dando brincos en Mira Quien Baila, ¡que elegancia!, ¡que saber estar!, cuanta cultura transmitida en uno solo de sus pasos de Rap, que cobren lo que quieran, treinta mil, cuarenta mil euros por programa, lo que sea, sin su hipnóticos movimientos, lo mismo a los jubilados de éste país les daba por mirar sus despensas medio vacías y salir a la calle a quemar contenedores y cajeros, a repartir bastonazos con sus cachabas y comenzar a limpiarse el culo con nuestros votos, los que necesitamos para seguir en nuestra poltrona.

Aterra sólo pensarlo, no queda otra, habrá que quitarle la pasta a los empollones ésos de batas blancas y gafas de culo de vaso, ésos del I+D, total, ¿para que?, si desde la fregona y el chupa-chups aquí nadie ha inventado nada, que para eso ya están los yankis y los alemanes, y si se quejan, ¿que nos van a hacer?, ¿protestar en sus blogs de mierda?, que les den, ¿cuanto les quitamos?, ¿el diez por ciento?, mejor el quince, que se jodan, no vaya a ser que no nos de para el sueldo de Anita, además, ¿no era bióloga?, con un poco de suerte hasta lo justificamos como ayuda a la ciencia, desde luego, a grandes males grandes remedios, los gestores de este país, simplemente somos la hostia.

domingo, 4 de octubre de 2009

Vida de perros




J no tiene más de dieciséis años y ya no espera otra cosa del mundo aparte de que siga girando con pasmosa regularidad, tumbado sobre la hierba de el parque de Buenavista, dominando Haight Ashbury con la mirada, desde su castillo de tierra y hojas, como un rey sin corona, siente que, hasta donde alcanza la vista de alguna manera es suyo, le pertenece, es su hogar, son sus dominios, un lugar donde las hormigas corretean sobre su cuello, donde el cielo es azul y donde el sol luce en lo alto, inalcanzable, benefactor, calentando su careto demacrado sin pedir nada a cambio, llegados a éste punto, sabe que en un día de suerte no debe pedir mucho más, tan solo quizás que alguno de los turistas con cara de lerdos que cruzan frente a él se tire el moco y le suelte un par de pavos y algún cigarrillo con el que acompañar el par de cogollos de marihuana que desde hace dos días guarda como un tesoro cerca de sus huevos, envueltos en una bolsita de plástico a salvo de compañeros de calle y de registros inoportunos, esperando el momento perfecto para celebrar que hoy es hoy, con un globo grande y bonito que le aleje de la cruda realidad, de éste mundo ingrato donde nadie está dispuesto a hacer nada por nadie si no es a cambio de un papel verde con la foto dibujada de un muerto, el autentico motor del ser humano sobre el planeta tierra.

J se levanta y recoge el saco de dormir en el que vive, lo dobla primorosamente sobre si mismo dándolo forma de cilindro, enganchándolo a la parte superior de su mochila, por su edad, cualquiera que le vea podría confundirlo con un boy scout de no ser por la capa de dos dedos de mierda que recubre su cara imberbe, de no ser por los piojos y el olor ácido que le envuelve, de no ser por sus pantalones vaqueros rotos y por su melena pegajosa, sonríe, se echa la bolsa al hombro, su patrimonio en treinta litros de capacidad, desciende por la colina y lanza un beso burlón a la patrulla del SFPD que le mira atentamente y aminora la marcha del coche al pasar a su lado, tose, escupe, se rasca, vuelve a sonreír y pide un par de cuartos de dólar al tipo que asciende paseando a los perros desde Castro St, nota el desprecio en su mirada, lazy boy le llaman, a él y a los suyos, los chicos perezosos, que si no trabajan es porque no quieren, que si duermen en la calle y pasan frío es porque les da la gana, porque en el lugar donde reside el sueño americano no hay mayor pecado que el ser un vago, no hay mayor crimen que el no convertirse en un hombre hecho a si mismo, no hay mayor fracaso que no hacer crecer y multiplicar los billetes de tu cartera, los ceros en tu cuenta.

Como si no hubieran otros factores en la ecuación, como si el hecho de que a uno le puteen desde el minuto cero de su existencia no influya en las decisiones adoptadas, mejor las ratas y las pulgas que un padre borracho y violento, mejor las estrellas de techo que una somanta de puñetazos antes del anochecer, mejor un infierno en libertad que un infierno en cautividad.

Mientras desciende a paso ligero, J piensa en el tipo de los perros, dos Yorkshire enanos limpios como la patena, con sus vestidos de encaje, su pelo recién lavado y cepillado, llevados en brazos por su dueño, no sea que se lastimen sus bonitas pezuñas, J dibuja una mueca en su cara, jodidos perros, seguro que duermen caliente, seguro que comen caliente, seguro que si enferman, alguien acudirá rápido a atenderlos.

Mierda de chuchos, no saben lo que es una auténtica vida de perros.

Pd: Hogar dulce hogar, comida de verdad, atún con tomate y potaje de patatas con almejas, Dios existe, inventó la tortilla de patata, y lo hizo en España, lugar en el que me encuentro después de 15 días de viaje, muchas historias en la cabeza y treinta mil kilómetros bajo mi culo, espero que éso suponga recuperar la frecuencia normal de publicaciones, saludos.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Bienvenido al imperio




Visto desde el aire, por la noche, el valle del silicio, parece un microchip gigante, con miles de lucecitas brillando en la noche unas cerca de otras, minúsculas y lejanas, todas juntas son como el alma de Internet, el lugar donde los niñatos con su cara de adolescentes repleta de granos paren sus ideas geniales y cambian el mundo, haciéndose ricos de paso.

Mirando por la ventanilla del avión, con mucho sueño acumulado en el cuerpo, la frente apoyada en el frío cristal y cara de ecce homo, el viajero da las gracias al cielo que atraviesa por llegar a San Francisco, mientras el avión enfila la pista, se frota los ojos y se pregunta si está vivo, si el niño que lleva dieciocho horas llorando en el asiento de atrás tiene alma de barítono y si ésto de ir persiguiendo al sol hacia el oeste es bueno para la salud.

Por fin, tras el meneo de las ruedas contra el suelo, un chirrido y un frenazo detienen la aeronave , llega el momento de la despedida, adiós niño bonito, adiós, con los pies y las piernas hinchados, el viajero intenta alcanzar el pasillo, sintiendo un extraño hormigueo en la punta de sus dedos ahora reconvertidos en morcillas de Burgos se mueve lento, apijotado, como si las azafatas hubieran decidido darle una manita de bofetadas, por fin sale, welcome to USA, buenos días oficial Diaz, que bueno que viniste, ponga los dedítos en este escaner que le vamos a hacer una foto, por aquello de si decide convertirse en inmigrante ilegal, sonría, mejor que salga guapo en la foto, por si las moscas, aquí tiene su tarjetita verde, no la pierda, no quisiera tener que esposarle, bienvenido al imperio.

El viajero continúa su camino y por un segundo entiende al Papa, al de antes, con la costumbre ésa de besar el suelo, no lo hace porque hay quien le viene a buscar, besos, abrazos, parabienes, salgamos al coche, mi reino por un sofá; de camino al hogar, carreteras de seis carriles y enormes pick ups con chapitas que dicen “apoyad a nuestras tropas”, banderitas, banderitas, muchas banderitas, mira a la derecha, allí comenzó Facebook, mira a la izquierda allí en Cupertino está la empresa de la manzanita y en Mountain View el sacrosanto google que almacena estas palabras.

Uff!!!, vaya concentración, sobredosis dos punto cero, aunque llegados a este punto, al viajero la única tecnología que desea ver es una con cuatro patas y un colchón, que mañana será otro día, que hay mucho, mucho viaje por delante.


PD: EEUU es un país de contrastes, en Mountain View, Google ofrece wi-fi gratuito al pueblo entero, pero en otros lugares viven en la edad de piedra o lo cobran a cojón de mico, que diría mi abuela, así que no se cuando podré actualizar el blog, seguiré escribiendo todo lo que pueda y donde pueda.

lunes, 14 de septiembre de 2009

viernes, 11 de septiembre de 2009

Primer aniversario




Un año, una vela en una tarta imaginaria, una muesca gorda en una pared de cualquier prisión, un hueco vacío justo donde debiera de estar el calendario, una vuelta completa alrededor del sol, una primavera, un verano, un otoño y un invierno, 12 meses, 365 días, 8760 horas, 525600 minutos, 31536000 segundos, una cara de enfado en un niño a la puerta de un colegio, un final apoteósico en el ultimo capítulo de la última temporada de Lost, una decena de buenos libros, otra decena de tostones, un millón más de parados en las colas del INEM, un par de ceros más en la cuenta de un banquero, un amigo que se va, otro que vuelve, una docena de canas más, unos miles de pelos menos, una arruga, una gripe, unos zapatos nuevos, unas centenas de colillas, tantas como días perfectos para dejar de fumar, un carnet de gimnasio cogiendo polvo en el fondo de un cajón, un montón de buenos propósitos, un blog...

Cumplir un primer aniversario no es fácil en este mundo de locos, hacerlo sin habérselo pasado bien es sencillamente imposible, hoy hace exactamente un año el que ésto escribe trasladó a éste alojamiento la bitácora que ustedes leen ahorita mismo, desde entonces por aquí se han paseado las historias dormidas de pintores, putas, marineros, mafiosos, militares, heroínas, dictadores, actrices, asesinos, caraduras, santos, reinas, timadores, escritores, músicos.... pasaron también muchos amigos, algunos de ellos incluso se convirtieron en lectores, no demasiados, que el buen gusto no es cosa de multitudes, dos o tres spameros, un único troll y media docena de despistados buscando, no me pregunten porque, fotos de mujeres desnudas, craso error; han sido 145 entradas, 40 asiduos, unas diez mil visitas y un tipo que se lo ha pasado en grande recopilando historias y novelando los relatos que con mayor o menor fortuna han sido publicados más abajo, ése mismo tipo espera poder seguir haciéndolo, siempre que el cuerpo y la mente aguanten, por lo menos otro año más.

Y ustedes que lo vean. Habrá sorpresas, seguro.

Saludos.

martes, 8 de septiembre de 2009

Reinaldo, Saladino y los cuernos de Hattin




De rodillas, con la cara inflada a hostias y los labios partidos, Reinaldo de Châtillon saca su lengua seca y lame sus heridas, deshidratado, prueba el fluido que resbala desde su nariz 100% francesa y aprecia su dulzor, sangre coagulada, viscosa, mezclada a partes iguales con tierra santa, seca y blanquecina, que ahora chirría entre sus dientes; quisiera escupir pero no le queda saliva, su garganta arde, maldita sed, maldita sea, maldito sol del desierto, el cruzado piensa que vendería su alma al diablo por un cazo con agua de ciénaga, otra cosa es que el diablo quisiera pagar por algo que hace demasiado que le pertenece.

Cuando llega el momento, a Reinaldo lo levantan a empujones, pasito a pasito, intentando no estampanarse contra el suelo, avanza por un pasillo improvisado entre turbantes, escudos y cimitarras, ojos oscuros que le miran y le desprecian, le maldicen y ruegan a su Dios que el gran Salah al-Din no tenga piedad del cruzado, torpemente, el prisionero camina, arrastra sus pies hasta la gran Jaima donde se le espera.

Allí, frente a Guido de Lusignan, el rey consorte de Jerusalén, Reinaldo entra cabizbajo e hinca sus rodillas de nuevo, derrotado y aterrado, eleva su mirada hasta que se encuentra con la de su rey, ahora prisionero también, que con los ojos fuera de sus órbitas y la cara desencajada casi ni se inmuta ante su presencia.

Reinaldo respira, tiembla, mientras se pregunta si la muerte llegará rápida o lentamente, una voz surge a sus espaldas, de reojo mira una sombra estilizada, una figura de rasgos angulosos y enorme turbante que elegantemente vestida que se sienta a su lado mientras los feroces mamelucos, reculan y hacen una sencilla reverencia, Saladino es más pequeño de lo que Reinaldo espera, más delgado y menos fiero, educado, sereno y frío, no huele a azufre, ni destila sangre por sus colmillos, sus ojos no emiten rayos ni centellas, es extraño, el gran Sultán insigne ganador de la batalla de los cuernos de Hattin hasta parece un tipo pacífico, le mira sereno y queda en silencio como meditando sus palabras.

-Saqueaste caravanas en periodo de paz, capturaste fieles en su camino a la meca y los esclavizaste, lanzaste hombres indefensos desde las murallas de Kerkat y arrasaste sus poblados, has ido dejando un rastro de sangre y destrucción a tu paso, has incumplido cada tratado firmado, cada una de las palabras dadas, has sido pirata y asesino, has faltado a tu honor y al de los tuyos.

El cruzado escucha, asiente, sonríe, es cierto, le importa una mierda, que les jodan, los muertos bien muertos están, por fin contesta:

-No me he comportado de forma diferente a la que se comportan los reyes.

Reinaldo vale su peso en oro, Sultán y prisionero lo saben, los cristianos pagarán lo que sea por su liberación, miles de monedas y piedras preciosas que ayudarán a sanear las cuentas de Saladino, que completarán el armamento de un ejército que ya ahora es temible, una perita en dulce difícil de dejar a un lado.

Por fin el musulmán se levanta, acerca su cara a la de el francés y le estudia lentamente, de arriba a abajo, sin mediar palabra abandona la estancia mientras el noble por un segundo respira aliviado, resopla, quizás después de todo salga de una pieza, no intuye que algo no va bien hasta que una estela de terror aparece fugaz en los ojos de su rey.

La espada del Saladino es bella, tiene incrustaciones de piedras preciosas y un mango finamente ornamentado, de primera calidad, cuando golpea con la empuñadura sobre su hombro, Reinaldo siente como su clavícula se hace astillas, cuando desde el suelo, el cruzado ve el acero curvado elevarse de nuevo, apenas le da tiempo de sentir nada, de gritar nada, de pensar en su vida o arrepentirse por nada.