miércoles, 28 de enero de 2009

Las dos mujeres de Jack Calicó




Cuenta la historia que a los hombres de “Calicó” Jack les capturaron con una caraja de espanto, dando tumbos sobre la cubierta de su barco pirata con una mano en el sable y otra en la botella de grog, maldiciendo en idiomas desconocidos con sus lenguas narcotizadas, cantando y aullando como piojos mientras el capitán Barnet les aliviaba el pedo a base de cañonazos y metralla.

Solo dos piratas anduvieron finos en la refriega, suficientemente sobrios como para decidir poner un precio alto a su pellejo, espalda contra espalda y con dos cojones, hasta que la ley les superó en número y les redujo, les cargó de cadenas y les guió a base de patadas en el culo hacia el patíbulo situado en Jamaica.

Sus nombres eran Anne Bony y Mary Read, a sus captores se les debió quedar cara de bobos cuando descubrieron las curvas que escondían sus fieras indumentarias, también a sus propios compañeros, que les creían varones, dado que en teoría y según las leyes de las tibias y las calaveras, enrolar a una mujer como bucanero era el peor de los crímenes, motivo suficiente como para circuncidar a la altura del cuello al imprudente capitán que osara incumplir la norma.

El caso es que el capitán “Calicó” Jack , se pasó las leyes británicas en general y las de la piratería en particular por el forro de los caprichos, y disfrutó de la compañía de sus muy profesionales amadas durante los años que anduvo por el caribe anglosajón aterrorizando a pescadores y buques mercantes, cuando por fin se encontró con la soga acariciando su nuca dijo algo así como:

-Desdichado aquel que encuentre mis innumerables tesoros, dado que no habrá barco alguno que encima pueda cargarlos todos.

A lo que su fiel Anne contestó:

-Si hubieras peleado como un hombre, ahora no tendrías que morir como un perro.

Al final, Anne y Mary no compartieron el mismo destino que los suyos, mientras que estos colgaron como chorizos secándose en fila a la entrada del puerto de “Spanish town” a modo de advertencia, las mujeres “apelaron a su barrigas” afirmando estar embarazadas, lo que anuló la condena a muerte al menos momentáneamente.

La jugada le sirvió de poco a Mary, ya que no sobrevivió a las duras condiciones de la prisión, pero si a su colega, Anne, que en buena medida gracias a la defensa de su padre fue liberada y readmitida en la sociedad, desapareciendo sin dejar rastro, algunos dicen que llegó a vieja, que tuvo hijos y nietos, nadie lo sabe con seguridad, probablemente como en las buenas historias de piratas haya mucho de leyenda y poco de verdad, pero éso es lo que tienen los bucaneros, que nunca te puedes llegar a fiar de ellos del todo.

domingo, 25 de enero de 2009

Dos reyes en un mundo perdido




Ahí están, convertidos en siluetas, impregnados de color sobre la blancura del lienzo, atrapados en el tiempo, imagen estática de una realidad en movimiento, gritan, aúllan, le dicen al planeta tierra que mientras haya champán, absenta y música, todo lo que ocurra fuera de las cuatro mugrientas paredes del Molino Rojo se puede ir al infierno.

Imprevisibles, eléctricos, inconscientes, son el rey y la reina de un mundo que solo aparece al caer el sol, poseedores de una magia capaz de convertir las miserias más terribles en un humo denso, impenetrable, que se extiende rápidamente por todo Montmartre, cegando y nublando la vista del visitante, desencajando su rostro, llevándole borracho de una oscura esquina a un oscuro catre, proporcionando una selecta y absoluta mala compañía a precio de saldo.

Consciente de su rango, monarca en un lugar perdido, Louise “la glotona” se mueve y enseña el culo, captura las miradas vidriosas de los caballeros de negro que la rodean, que la rinden pleitesía, les responde riendo, con una carcajada potente que retumba como una ametralladora en sus oídos, saca la lengua y bota, levanta la pata, propone un paseo por el lado salvaje.

A su lado Valentín el descoyuntado hace honor a su mote, largo como un día sin pan mueve sus extremidades sin esfuerzo, como si sus carnes alargadas no estuvieran sujetas sobre una carcasa de huesos, adopta posiciones imposibles, baila con un rigor en la cara que solo un notario sabe adoptar, perfectamente serio, impolutamente vestido con su sombrero de copa y su monóculo, se mueve, bebe, ríe y guiña un ojo a Toulouse-Lautrec.

Extraño hogar, familia imposible y desquiciados nombres de guerra, el descoyuntado, la glotona, la loca Jane, Nini piernas al aire, personajes de leyenda encarnados en seres frágiles, compulsivos e infelices, carcomidos por una realidad que cada mañana filtra puntual los rayos de luz bajo la puerta, que destruye sin esfuerzo un mundo sin cimientos, construido en el aire; que muestra los pálidos rostros enfermizos tal como son; que siempre trae bajo el brazo la persistente resaca y el olvidadizo arrepentimiento.

El pequeño pintor observa con cariño a su gente antes de que todo eso ocurra, antes de que la sífilis y la cirrosis estrangulen su genial cuerpo enfermizo; consciente de que la noche siempre pasa factura, mientras apura una mezcla de coñac y absenta que podría tumbar a un burro, toma una decisión, decide proteger a su familia de su cruel e inevitable destino, encerrándolos por su bien y para siempre en el único lugar que resistirá el paso de los años, que será inmune a los excesos y a la miseria humana.

Y allí están, más de un siglo después, en un cartel mil y una veces reproducido y mil y una veces admirado, descojonados de risa y disfrutando de su baile, diciéndole al mundo que al menos por esta vez se puede ir al carajo.


viernes, 23 de enero de 2009

La fiebre mas contagiosa del mundo




El día veinticinco el alba sorprende a los miembros de la cuadrilla de J. W. Marshall entrampados hasta las orejas entre tierra californiana, con sus espinazos doloridos de tanto doblarse y el sudor correteando juguetón por sus pellejos curtidos; si dicen que el trabajo enriquece el espíritu humano, en este caso mas bien lo iguala, lo humaniza, lo nivela; indiferentes a su clase, condición o raza, el grupo trabaja a destajo, la uniforme pátina gris que recubre sus caras habla por si sola, haría difícil distinguir al capataz del último mono de no ser por que el jefe siempre es el que tiene más mala hostia, siempre es el que grita mas y siempre es el que recibe respetuosas calladas por respuesta.

Es lo que hay, privilegios de poner las alubias sobre la mesa.

Al lado de Marshall, una mezcla heterogénea de indios, mexicanos y mormones cavan codo con codo para ensanchar el canal que alimenta el aserradero, unos están de paso y otros llevan la vida entera habitando aquellas tierras, pero todos trabajan por un jornal, por ésa fastidiosa necesidad humana de tener que llevarse algo a la boca día tras día.

James dirige el cotarro, a comisión, cuantos más árboles se sierran, más dinero entra en sus bolsillos y en los del cacique del lugar, un tipo llamado Sutter con el que ha montado a medias el chiringuito; eso significa que son sus perras las que están en juego, aquí no se para, son veinticuatro horas de curro ininterrumpido para asegurarse el fluido de agua que alimenta el molino que a su vez mueve los dientes de las sierras, ni un minuto de descanso, no vaya a ser que haya algún árbol que se quede sin ser talado o algún dólar sin ser honradamente ganado.

Business is business

Cuando los primeros rayos de luz son filtrados por el riachuelo, atraviesan el líquido elemento y rebotan sobre unas piedrecillas que abundan en el lecho del canal artificial recién construido, con la satisfacción de un trabajo bien hecho, uno de los mormones se da cuenta del raro centelleo y sin buscar demasiado recoge tres o cuatro piezas del suelo, las aclara con un poco de agua y se las da a su jefe.

-¿Qué cojones ese esto?

James no es geólogo, pero tampoco gilipollas, rápidamente limpia la mugre de la piedra con su no menos mugrienta manga, la lanza al aire y la recoge con la palma de su mano como intentando evaluar el peso, la aplasta un poco con un canto rodado mientras cuchichea entre dientes palabras que no tienen otro destinatario que él mismo.

Por fin sostiene el metálico hallazgo entre su dedo índice y pulgar, lo levanta y lo observa como si su mirada estuviera hecha de rayos X, como si pudiera leer algo sobre su superficie dorada, la pieza brilla, le sonríe mostrando su mirada mas dulce, le enamora, hace que sus pupilas se dilaten, que se seque su boca y que aparezcan mariposas en su estómago.

Oro.

Tres letras que resplandecen tanto como tres soles, cuarenta ojos y veinte bocas abiertos y abiertas de par en par, con el dorado reflejo grabándose a fuego lento en sus entrañas, en lo mas profundo de su ser, Marshall sabe que en ése mismo instante todo su mundo se ha ido al carajo, pronto los granjeros olvidarán sus granjas, los indios a sus ancestros y los mormones a su Dios.

Oro.

Una palabra mágica, imparable, que viaja entre susurros más rápido que la luz, que genera movimientos en masa de más de trescientas mil personas, que hace subir la temperatura a la mente humana, nublando su juicio, alterando su conciencia, causando la fiebre mas contagiosa de planeta tierra, la fiebre del oro.

martes, 20 de enero de 2009

Palabras mas, palabras menos




"En este día, nos reunimos porque hemos elegido la esperanza sobre el miedo, la unidad de propósitos sobre el conflicto y la discordia. En este día, venimos a proclamar un final para las quejas mezquinas y las falsas promesas, las recriminaciones y los dogmas desgastados que durante demasiado tiempo han estrangulado a nuestros políticos. Seguimos siendo una joven nación, pero como dicen las escrituras, ha llegado el tiempo de dejar de lado la inmadurez. Ha llegado el tiempo de reafirmar nuestro espíritu persistente, de elegir nuestra mejor historia, de llevar adelante ése precioso regalo, ésa noble idea transmitida de generación a generación; la promesa dada por Dios de que todos somos iguales, todos somos libres y todos merecemos la oportunidad de perseguir la más alta medida de felicidad."


Barack Obama, presidente de EEUU, minutos después de jurar su cargo.

lunes, 19 de enero de 2009

El mal mas viejo del mundo




Cuando el viejo Erasístrato camina hasta el interior de la estancia, la luz de la tarde se recorta ya sobre un cuerpo cetrino, ausente, carcasa vacía para un alma desgraciada, es inaudito, los ojos del médico observan atentos como la vida se le escapa a raudales al joven Antíoco, sin motivo aparente, sin lesión o patología que justifique tan rápido deterioro, en silencio, con el pesado caminar de un anciano, el sabio encuentra su sitio natural junto al lecho del moribundo y acerca su oído al pecho que aún lucha por respirar, preocupado, palpa la frente del enfermo con unos dedos frágiles y huesudos, que casi parecen arrastrarse, que abren los parpados del muchacho buscando la solución a un enigma funesto.

Tras el viejo, en la misma oscura estancia, el monarca Seleuco no oculta el dolor en su rostro, su garganta casi se quiebra mientras emite unas palabras gélidas, que como un epitafio, se anteponen al peor de los desenlaces.

-No come, no duerme, no atiende a razones, parece como si se hubiera cansado de vivir.

El dolor de un rey por su príncipe es el de un padre por su hijo, la maldita melancolía ha hecho presa firme, ha secuestrado la mente del joven antes alegre sin pedir rescate por ella, ha conseguido arrastrar al heredero hasta el borde mismo del abismo, las regias palabras ni tan siquiera distraen al médico, ajeno al mundo que le rodea busca ahora las articulaciones del paciente, parándose en sus muñecas mientras cuenta pulsaciones como quien ora en silencio.

Esta claro, Antíoco ha decidido morir de pena, Erasístrato en su fuero interno sabe que la ciencia que atesora no es eficaz en estos casos, cuando su mirada busca la del rey para admitir la derrota, se sorprende con unos ojos como perlas que le taladran desde el otro lado de la habitación, la bella Estratónice hace acto de presencia, llora, la joven reina recién casada con Seleuco es como una efigie perfecta sobre la que discurren lágrimas sin consuelo, permanece de pie junto a su marido mientras observa los últimos días de su hijastro, su sola presencia hace que el corazon de príncipe casi se salga del pecho.

Eureka.

-Está maldito.-Brama el rey.

La cara del viejo científico es un mapa surcado por cientos de arrugas, una por cada vida que ha salvado, de repente, en la comisura de su boca despunta una sonrisa, su oxidado brazo derecho deja de atender al chico y levanta descarado un dedo índice acusador que apunta a la nueva reina.

-Es por ella.

-¿Qué?...

-Antíoco no esta maldito, simplemente sufre del mal más viejo del mundo.

-¿Por tu vida, Erasístrato, que mal es ése?

-El mal de amores.

sábado, 17 de enero de 2009

Zazel y los hombres bala




-Rose, lo tengo, nos vamos a hacer de oro.

-¿De oro?

-Si, es el número definitivo, aquel por el que el Gran Circo Farini entrará a formar parte de la historia.

-Si… ya… dime.

-Solo te diré tres palabras… “Bala de cañón humana”, es fantástico.

-Eso son más de tres palabras...

-Que mas da, el caso es que nadie lo ha hecho hasta ahora, lo tengo inventado y patentado, imagínate, un gran cañón largo como el infierno que a mi señal te escupirá cual bala hasta los doce metros de altura, el público te ovacionará.

-¡Doce metros de altura!

-Si, ya se que es poco, cuando perfeccionemos el sistema de poleas y las gomas probablemente alcancemos catorce o quince, es prometedor.

-No sabes como, esto… ¿y de la seguridad que?

-Recogida con la clásica red, tú ya has caído desde más alto, la única diferencia es que esto será una trayectoria parabólica, está todo estudiadídimo.

-¿Estudiadísimo?, ¿por quien?

-Pues por mí y por los carpinteros, Steven estuvo en la mili sirviendo una pieza de artillería, de esto sabe un huevo, el tema está en dar la fuerza justa al impulso, ni poca, ni mucha.

-Nos ha jodido, si es poca me estazo en la arena y si es mucha me como a los payasos.

-En efecto, veo que lo has pillado, pero no te agobies que hemos hecho un huevo de pruebas con sacos de patatas… siempre acertamos.

-Patatas…

-Solo queda darle unos retoques a la explosión, se me ha ocurrido que a la vez que te lanzamos podemos quemar un poco de pólvora para que parezca un cañón de verdad y asustar un poco al respetable.

-¡Pólvora! no tengo ganas de salir ardiendo.

-Exagerada, si se hace bien la llama se ha consumido antes de que pases a través de ella.

-Tu, lo has dicho… si se hace bien, pero, ¿y por que yo?

-Por tu peso, eres pequeña, fibrosa, un hombre no cabe por ahí, además si aumentamos mucho el volumen del proyectil humano es más difícil acertar, se producen más fallos técnicos.

-Ya.

-Mira tengo hasta tu nombre, serás Zazel, es super exótico, los hombres caerán rendidos a tus pies.

-Espero que no sea al revés.

-Te lo repito, no te agobies, está todo estudiadísimo, piénsatelo y me lo dices a la hora de la comida, es una oportunidad que no puedes dejar escapar.

-De acuerdo, lo pensaré, por cierto, ¿que hay para comer?

-Carne y puré de patata, creo, ¿tienes hambre?

-Si te soy sincera, no mucha, nos vemos.

PD: El primer hombre bala fue de hecho una mujer, se llamó Rosa Richter y estuvo en activo catorce años, hasta que un mal disparo la hizo retirarse con la espada rota, ocurrió en 1877.

miércoles, 14 de enero de 2009

¿Donde esta el Bourbon?




-Motor, cámara, acción.

En torno al decorado, media docena de hombres se apelotonan con la plegaria en la punta de la lengua, con la respiración contenida, con los músculos en tensión mientras el run run del carrete captura por sexagésimo primera vez la misma escena.

¡Clac!

La claqueta se cierra, suena como una guillotina sobre sus cabezas.

Toc, toc.

-¿Quien es?

-Soy yo, Sugar.

Mierda, bendito sea Dios, lo ha hecho, ha conseguido decir las tres palabras juntas, Wilder a punto esta de saltar de alegría, de escurrírsele una lágrima por la mejilla, no se lo permite, se contiene, no mueve ni uno de los escasos pelos de su cabeza, no emite un solo sonido que pueda causar cualquier distracción de Marilyn, sus ojos escudriñan como en cámara lenta cada movimiento de la Diosa, del mito embutido en zaparos de tacón.

Camina, se contonea, con cada golpe de cadera podría derretir un polo, se planta frente al mueble de atrezzo y abre los cajones buscando algo, en el interior de los mismos se encuentra escrita en letras grandes la frase que toca, solo tiene que leer, sonreír azorada y decir “¿Dónde está el bourbon?”, es el momento, los ojos infinitos de la rubia buscan a sus compañeros, ahora o nunca…

-¿Dónde está…que?

Pasa un ángel, roba el bourbon, distrae a Norma Jeane, su mente vuela a las nubes reservadas a las criaturas celestiales mientras un silencio prolongado invalida la toma número sesenta y uno, Wilder no sabe si llorar o reír, Lemmon y Curtis piensan seriamente en el asesinato o en su defecto salir corriendo de los estudios sin volver la vista atrás.

-¡Corten!

Es lo que hay, la Monroe tiene el día cruzado, que las Diosas en el fondo no son infalibles, las miradas la taladran con una mezcla peligrosa de odio, deseo y desesperación, ella, ajena a mundo que pisa se gira y retoma su marca en el suelo.

Vamos a por la toma número sesenta y dos.

Cosas del séptimo arte, tras “Con faldas y a lo loco”, Billy Wilder dirá de ella: “Existen más libros sobre Marilyn que sobre la segunda guerra mundial, y ciertamente hay una semejanza entre los dos, fue un infierno, pero valió la pena”.

lunes, 12 de enero de 2009

El primer mestizo




Rodrigo y varios hombres más abandonan la empalizada cercana al río Ulúa con la rabia metida en la entrañas, sedientos de sangre y con ganas de dar gusto a la misericordiosa, lentamente, sin prisas y sin pausas caminan por la ladera dejándola salpicada de difuntos, vengando a los propios, degollando a los ajenos, a cuantos heridos y prisioneros se les pone entre ceja y ceja, que son muchos, casi todos.

La escabechina ha sido dura, los indios del cacique Cicumba han peleado con coraje, con oficio, manteniendo prietas las filas, aguantando estoicos los cañonazos de la culebrina, poniéndoselo difícil a los hombres cuyos aceros relucen ahora bañados en rojo coagulado, los mismos que de repente y para sorpresa del personal se paran asustados entre los despojos del campo de batalla haciéndose de cruces y mentando a medio santoral, apelotonándose en torno a un punto; intrigado, Rodrigo corre y se hace un hueco a codazos entre los soldados, mirando sorprendido al tipo que yace en el suelo.

Moribundo, dando sus últimas bocanadas, Gonzalo Guerrero muerde la tierra americana con la tripa abierta de par en par, sin embargo, el que un día naciera en Palos de la Frontera no viste ni casco, ni coselete, ni se encomienda a la virgen del Rosario en sus últimos momentos, luce barba y tatuajes, bagatelas mayas decoran su cuerpo por docenas, atraviesan su frente, mutilan sus orejas; un tocado de guerra adorna su cabeza, un taparrabos cubre sus vergüenzas, no puede hablar, pero si lo hiciera rogaría al Dios Kukulcán que mandara al infierno a sus antiguos compatriotas.

Rodrigo piensa que un cristiano reconvertido a indio es cosa del diablo, mientras lo hace, el maya andaluz tiene un último recuerdo para sus hijos, para su mujer Zazil Há, para la que ahora es su gente, lejos queda ya el día en el que llegó arrastrándose al Yucatán tras naufragar en los “bajos de las víboras”, veinte años desde que vio como los que hoy son sus hermanos devoraron al capitán Valdivia y le esclavizaron a él mismo, para con el tiempo acabar aceptándole como un hombre libre y un gran luchador.

Demasiado tiempo desde que rechazó el intento de rescate del propio Hernán Cortés, desde que decidió mostrar a su familia de adopción que los supuestos Dioses venidos del océano sangraban y morían como cualquier ser vivo, aunque la barba cubriera su rostro, aunque montaran bestias gigantescas y dispararan palos de fuego, no eran mas que seres humanos; huesos, sangre y entrañas, como todo hijo de vecino.

Eligió su bando y no se arrepiente.

Cuando el capitán Lorenzo de Godoy, se acerca hasta sus hombres, mira fijamente a los ojos del traidor, tras un rato en silencio maldice su estampa.

-Si vivió como indio, que muera como indio.

Rodrigo recibe la orden, prepara su arcabuz, apunta y le vuela el pecho al herido, mecánicamente se da la vuelta y vuelve con el grupo a la empalizada, dispuesto a dejar pudrirse el cadáver del renegado, no lo hará, en un descuido, los guerreros mayas que han sobrevivido a la lucha lo recogen del campo, lo llevan en volandas con respeto y dolor hasta la orilla y lo lanzan al río con la esperanza de que sea transportado hasta la mar, el lugar desde el que un día vino.

sábado, 10 de enero de 2009

Holden y las comedias románticas




"Lo mas gracioso es que tenía al lado una señora que no dejó de llorar en todo el tiempo. Cuanto más cursi se ponía la película, mas lagrimones echaba. Pensarán que lloraba porque era muy buena persona, pero yo estaba sentado al lado suyo y les digo que no. Iba con un niño que se pasó las dos horas diciendo que tenía que ir al baño, y ella no le hizo ni caso. Solo se volvía para decirle que a ver si se callaba y se estaba quieto de una vez. Lo que es ésa, tenía el corazón de una hiena. Todos los que lloran como cosacos con ésa imbecilidad de películas suelen ser luego unos cabrones de mucho cuidado. De verdad."


viernes, 9 de enero de 2009

El corazón de las tinieblas.




El 18 de Julio de 1890, George Washington Williams se siente extraño frente a la inmensidad de la hoja en blanco sobre la que comienza a redactar su discurso, perdido en el preciso instante en el que la pluma acaricia el papel quebrando su impoluta blancura, impotente frente a la necesidad de resumir el horror en unas pocas frases.

Es el final del viaje, cientos de millas traicioneras lo han traído hasta este punto, el centro de África, el lugar donde la vida surgió, el mismo sitio en el que la codicia, la enfermedad y la maldad se presentan sonrientes en cada recodo del camino, a cada paso dado en su trayecto hasta el mismo corazón de las tinieblas.

Con las cataratas Stanley acompañando sus pensamientos, el jurista, historiador, clérigo y político americano estructura sus ideas en la tierra de sus antepasados, intentando reconstruir con letras la realidad sombría que sus ojos han contemplado, atónitos en su ascenso por el río Congo, las palabras se quedan cortas, la ira ha ido dando paso a la incredulidad y esta a la desesperación.

Poco a poco, esos sentimientos se encauzan, se racionalizan y se plasman en una misiva abierta al rey Leopoldo II, el jefe del tinglado, el hombre que no contento con reinar a los belgas se ha montado un cortijo en el corazón de la selva, el Estado Independiente del Congo, un lugar perfecto para saciar su infinita sed de poder, convenientemente alejado de su mundo, no vaya a ser que la sangre de los inocentes le salpique su monárquica barba, o que sus aullidos de sufrimiento le perturben su excelentísimo sueño.

Pero resulta que lo que tienen los genocidios es que son difíciles de ocultar.

George se revuelve sobre su silla, solo queda confiar en la denuncia, en el poder de la palabra, en la carta que en ése momento se redacta y que con el tiempo se publicará en muchos diarios se condensan una ínfima parte de las atrocidades cometidas por el buen hombre blanco, por ella desfilan los oficiales del ejército belga que aburridos hacen prácticas de tiro con seres humanos, los poblados enteros esclavizados, la costumbre de secuestrar a mujeres y niños para cambiarles por marfil o la fusta de piel de hipopótamo llamada “chicote” que todo colonizador que se precie lleva encima para azotar a los perezosos.

Washington Williams sufre por los hombres de su misma raza, su denuncia será la primera, la que sutilmente resquebraje el hielo y comience a desatar la venda que los muy cristianos habitantes de occidente llevan puesta con gusto, la que haga que nuestras pieles blancas se enrojezcan un poco al conocer las contrapartidas de nuestros modos de vida.

Hace 119 años de su denuncia, las palabras como marfil o caucho han sido sustituidas por otras como coltán o diamantes, los ejércitos coloniales ahora son empresas privadas y guerrillas locales, pero por lo demás, habría que reflexionar si en ese mundo algo más ha cambiado.

jueves, 8 de enero de 2009

Un genio, una lengua y un icono




Con setenta y dos primaveras metidas entre pecho y espalda, no debe quedar otra que dedicar por lo menos un par de minutos a echar la vista atrás y asustarse, a recapitular, a intentar comprender como demonios puede pasar el tiempo tan rápido, como lo hace el muy jodido para escurrirse entre los dedos de ésa manera, casi tres cuartas partes de siglo en un plis plas, en un abrir y cerrar de ojos, en un instante no mucho mas lento que un pestañeo de adolescente enamorada, que el lapso de tiempo entre el relámpago y el trueno.

Una vida escudriñando el universo, mirando de reojo a los hombres, intentando iluminarles el camino en la noche más cerrada, eligiendo una difícil tarea con el más estúpido de los alumnos, y un cuerpo que, mierda de condición humana, ya no da mucho mas de si, que va pediendo agilidad lenta pero inexorablemente en una carrera cuyo final esta mas claro que el agua.

Es lo que hay, en esas debe estar Albert cuando abandona su fiesta de cumpleaños en Princeton, el homenaje que amigos y colegas de la universidad han dado al hombre que por si mismo ya es una institución, una celebridad.

Mientras camina tranquilo calle abajo en busca de su coche unas ráfagas de flashes le deslumbran, le rodean y le acosan, le distraen violentamente de sus pensamientos sin permiso y sin piedad, un grupo de periodistas y fotógrafos ejercitan el noble arte del puteo frente al genio.

-Una sonrisita…

Einstein probablemente siente deseos de mandarles a tomar por donde la espalda pierde su digno nombre, pero se contiene, educadamente les pide que no hagan mas fotos mientras se sube al coche flanqueado por el Dr Frank Aydelotte y su esposa, como un chico bueno se sienta con los brazos cruzados y mira encabronado al exterior.

El resto es historia, icono de la cultura popular, con intención de estropear la foto saca la lengua en el preciso instante que un tal Arthur Sasse le da al clic del aparatejo, el fotógrafo puede retirarse, no se verá en otra igual, el momento adecuado en el sitio adecuado, una imagen que vale una jubilación.

Dicen que Einstein, pasado el cabreo se reirá con la foto, recortará su cabeza y la usara incluso como tarjeta de visita para los amigos, y es que por lo visto, los genios también saben hacer burla.

domingo, 4 de enero de 2009

Lepanto




Sobre el esquife de “La Marquesa” Miguel de Cervantes yace boca arriba con la mano y el pecho destrozados, atravesado de parte a parte por plomo, envuelto en nubes de pólvora, ve como la sangre abandona su cuerpo lentamente, derramándose entre sus ropas, despidiéndose con una caliente caricia y fluyendo hasta la cubierta donde en un extraño acto de mestizaje se mezcla a partes iguales con la de sus hermanos y enemigos de fe un segundo antes de coagularse.

Desde su condición de moribundo, la visión es inmejorable, cristianos y otomanos dando fiel cumplimiento a la vieja costumbre de degollarse con saña, esta vez sobre la mar, en un lugar alejado de la mano de Dios llamado Lepanto, en un infierno flotante, formado por cientos de galeras que como insectos prehistóricos esperan el mejor momento para aguijonearse, para hincar su espolón sobre el enemigo, para quedarse trabadas en un abrazo mortal mientras sus ocupantes buscan el cuerpo a cuerpo.

Mientras lucha por introducir aire en sus pulmones, el de Alcalá de Henares se pregunta como demonios sigue vivo, a su alrededor los soldados gritan y disparan sus arcabuces, se aferran a las picas, hachas y dagas esperando su momento, ése en el que tras el choque saltarán a la cubierta enemiga y demostrarán porqué los tercios son tan temidos en las distancias cortas, rezan, juran, maldicen, matan y mueren, los galeotes mueven los gigantescos remos con las espadas despellejadas, el sudor recorre sus cabezas rapadas empapando el único mechón de pelo que se les deja intacto, aquel por el cual según su religión serán transportados por su Dios a su cielo, hoy va a tener trabajo extra, la nave boga, el ritmo entre brazada y brazada aumenta y el destino se cierne sobre las almas que aprietan sus dientes antes del impacto.

La proa de la galera corta el agua y busca al infiel, los cañones de "La Marquesa", repletos de metralla hasta la boca revientan el aire un segundo antes del envite, barriendo la masificada cubierta otomana, reduciendo a los hombres a la categoría de carne picada, casi entre sueños Miguel siente el enorme impacto, astillas y soldados salen disparados, caen al agua y buscan el fondo del mar, los galeotes cristianos, la chusma que limpia sus penas apaleando sardinas ven sus cadenas abrirse, libertad por sangre, ése es el trato.

Un enorme aullido precede al abordaje, Cervantes lo escucha lejano mientras la malaria que recorre sus venas le devora poco a poco, mientras las heridas por las que se desangra le arrastran lentamente hacia la oscuridad, enredándose entre sus piernas, secuestrando al ingenioso hidalgo, a Dulcinea, a Sancho.

Pero se zafará, saldrá adelante, sobrevivirá, sanará y se enfrentará a una vida digna de ser contada, sufrirá prisión y castigo, recuperará la libertad y aferrará con la misma fuerza la pluma que la espada y sobre todo, hará que un loco nos susurre al oído los secretos para subsistir en un mundo asquerosamente cuerdo.

jueves, 1 de enero de 2009

Constelaciones




La tierra tiembla bajo sus pies, es un hecho, se resquebraja lentamente, inerte, seca, transmite sobre su superficie ecos lejanos de destrucción, las explosiones, los alaridos, los lloros y los gritos, se apagan con la distancia pero mantienen su mensaje indeleble, se transforman en murmullos y rumores que se cuentan de oreja a oreja en voz baja, susurros entre hombres y mujeres con semblantes helados y corazones encogidos.

Joan Miró extiende sus manos de genio acariciando la arena de la costa Normanda, casi puede sentir los pasos del demonio nazi venido del este, insaciable, imparable, derribando fronteras y personas, apoderándose de un mundo que no ha sabido pararle a tiempo, sin embargo, Joan está extrañamente tranquilo, como un boxeador rendido a su destino un segundo antes del KO, se pregunta como será eso de besar la lona, si será posible pintar en una tierra tan gris.

Tras la puesta de sol en el pueblecito francés de Varengeville-sur-mer, observa frente a él una mar bien diferente al mediterráneo de su infancia, oscura, negra e impenetrable, funde su horizonte con el de un cielo repleto de estrellas, puntos de luz que rellenan un vacío insondable, el de la noche y el de los hombres que pululan bajo su manto.

Desde el otro lado del canal suenan también tambores de guerra, el mundo se ha vuelto loco, la llama que ya calcinó su hogar durante la guerra civil no ha hecho más que comenzar a extenderse por Europa acorralándole por segunda vez.

Solo queda intentar escapar de nuevo, el exilio del exilio, el exilio interior.

Solo queda pintar, huir con cada trazo, arrastrar el óleo y la témpera sobre el papel en trazos firmes, precisos, como palabras de un poema escritas en un idioma desconocido pero que todo el mundo entiende, eslabones de una cadena, partes de una naturaleza vista con otros ojos, los ojos del artista que como un filtro mágico tienen la osadía de modificar lo que no le gusta, de levantar una ilusión de libertad en medio de una realidad metálica, fría y desoladora.

A Miró el mundo se le queda pequeño, el universo que pinta se lo lleva a cuestas, como un caracol inquieto, hacia la tierra calcinada que aún tiembla de pánico al recordar lo que dos hermanos cegados por el odio pueden hacerse a si mismos, mientras Paris cae, él vuelve sobre sus pasos, hasta Mallorca, el sitio donde sin hacer mucho ruido reconstruye su mundo, empezando la casa por lo que hay encima del tejado, por el cielo, por las constelaciones que solo él sabe retratar.