domingo, 25 de enero de 2009

Dos reyes en un mundo perdido




Ahí están, convertidos en siluetas, impregnados de color sobre la blancura del lienzo, atrapados en el tiempo, imagen estática de una realidad en movimiento, gritan, aúllan, le dicen al planeta tierra que mientras haya champán, absenta y música, todo lo que ocurra fuera de las cuatro mugrientas paredes del Molino Rojo se puede ir al infierno.

Imprevisibles, eléctricos, inconscientes, son el rey y la reina de un mundo que solo aparece al caer el sol, poseedores de una magia capaz de convertir las miserias más terribles en un humo denso, impenetrable, que se extiende rápidamente por todo Montmartre, cegando y nublando la vista del visitante, desencajando su rostro, llevándole borracho de una oscura esquina a un oscuro catre, proporcionando una selecta y absoluta mala compañía a precio de saldo.

Consciente de su rango, monarca en un lugar perdido, Louise “la glotona” se mueve y enseña el culo, captura las miradas vidriosas de los caballeros de negro que la rodean, que la rinden pleitesía, les responde riendo, con una carcajada potente que retumba como una ametralladora en sus oídos, saca la lengua y bota, levanta la pata, propone un paseo por el lado salvaje.

A su lado Valentín el descoyuntado hace honor a su mote, largo como un día sin pan mueve sus extremidades sin esfuerzo, como si sus carnes alargadas no estuvieran sujetas sobre una carcasa de huesos, adopta posiciones imposibles, baila con un rigor en la cara que solo un notario sabe adoptar, perfectamente serio, impolutamente vestido con su sombrero de copa y su monóculo, se mueve, bebe, ríe y guiña un ojo a Toulouse-Lautrec.

Extraño hogar, familia imposible y desquiciados nombres de guerra, el descoyuntado, la glotona, la loca Jane, Nini piernas al aire, personajes de leyenda encarnados en seres frágiles, compulsivos e infelices, carcomidos por una realidad que cada mañana filtra puntual los rayos de luz bajo la puerta, que destruye sin esfuerzo un mundo sin cimientos, construido en el aire; que muestra los pálidos rostros enfermizos tal como son; que siempre trae bajo el brazo la persistente resaca y el olvidadizo arrepentimiento.

El pequeño pintor observa con cariño a su gente antes de que todo eso ocurra, antes de que la sífilis y la cirrosis estrangulen su genial cuerpo enfermizo; consciente de que la noche siempre pasa factura, mientras apura una mezcla de coñac y absenta que podría tumbar a un burro, toma una decisión, decide proteger a su familia de su cruel e inevitable destino, encerrándolos por su bien y para siempre en el único lugar que resistirá el paso de los años, que será inmune a los excesos y a la miseria humana.

Y allí están, más de un siglo después, en un cartel mil y una veces reproducido y mil y una veces admirado, descojonados de risa y disfrutando de su baile, diciéndole al mundo que al menos por esta vez se puede ir al carajo.


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