viernes, 9 de enero de 2009

El corazón de las tinieblas.




El 18 de Julio de 1890, George Washington Williams se siente extraño frente a la inmensidad de la hoja en blanco sobre la que comienza a redactar su discurso, perdido en el preciso instante en el que la pluma acaricia el papel quebrando su impoluta blancura, impotente frente a la necesidad de resumir el horror en unas pocas frases.

Es el final del viaje, cientos de millas traicioneras lo han traído hasta este punto, el centro de África, el lugar donde la vida surgió, el mismo sitio en el que la codicia, la enfermedad y la maldad se presentan sonrientes en cada recodo del camino, a cada paso dado en su trayecto hasta el mismo corazón de las tinieblas.

Con las cataratas Stanley acompañando sus pensamientos, el jurista, historiador, clérigo y político americano estructura sus ideas en la tierra de sus antepasados, intentando reconstruir con letras la realidad sombría que sus ojos han contemplado, atónitos en su ascenso por el río Congo, las palabras se quedan cortas, la ira ha ido dando paso a la incredulidad y esta a la desesperación.

Poco a poco, esos sentimientos se encauzan, se racionalizan y se plasman en una misiva abierta al rey Leopoldo II, el jefe del tinglado, el hombre que no contento con reinar a los belgas se ha montado un cortijo en el corazón de la selva, el Estado Independiente del Congo, un lugar perfecto para saciar su infinita sed de poder, convenientemente alejado de su mundo, no vaya a ser que la sangre de los inocentes le salpique su monárquica barba, o que sus aullidos de sufrimiento le perturben su excelentísimo sueño.

Pero resulta que lo que tienen los genocidios es que son difíciles de ocultar.

George se revuelve sobre su silla, solo queda confiar en la denuncia, en el poder de la palabra, en la carta que en ése momento se redacta y que con el tiempo se publicará en muchos diarios se condensan una ínfima parte de las atrocidades cometidas por el buen hombre blanco, por ella desfilan los oficiales del ejército belga que aburridos hacen prácticas de tiro con seres humanos, los poblados enteros esclavizados, la costumbre de secuestrar a mujeres y niños para cambiarles por marfil o la fusta de piel de hipopótamo llamada “chicote” que todo colonizador que se precie lleva encima para azotar a los perezosos.

Washington Williams sufre por los hombres de su misma raza, su denuncia será la primera, la que sutilmente resquebraje el hielo y comience a desatar la venda que los muy cristianos habitantes de occidente llevan puesta con gusto, la que haga que nuestras pieles blancas se enrojezcan un poco al conocer las contrapartidas de nuestros modos de vida.

Hace 119 años de su denuncia, las palabras como marfil o caucho han sido sustituidas por otras como coltán o diamantes, los ejércitos coloniales ahora son empresas privadas y guerrillas locales, pero por lo demás, habría que reflexionar si en ese mundo algo más ha cambiado.

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