lunes, 19 de enero de 2009

El mal mas viejo del mundo




Cuando el viejo Erasístrato camina hasta el interior de la estancia, la luz de la tarde se recorta ya sobre un cuerpo cetrino, ausente, carcasa vacía para un alma desgraciada, es inaudito, los ojos del médico observan atentos como la vida se le escapa a raudales al joven Antíoco, sin motivo aparente, sin lesión o patología que justifique tan rápido deterioro, en silencio, con el pesado caminar de un anciano, el sabio encuentra su sitio natural junto al lecho del moribundo y acerca su oído al pecho que aún lucha por respirar, preocupado, palpa la frente del enfermo con unos dedos frágiles y huesudos, que casi parecen arrastrarse, que abren los parpados del muchacho buscando la solución a un enigma funesto.

Tras el viejo, en la misma oscura estancia, el monarca Seleuco no oculta el dolor en su rostro, su garganta casi se quiebra mientras emite unas palabras gélidas, que como un epitafio, se anteponen al peor de los desenlaces.

-No come, no duerme, no atiende a razones, parece como si se hubiera cansado de vivir.

El dolor de un rey por su príncipe es el de un padre por su hijo, la maldita melancolía ha hecho presa firme, ha secuestrado la mente del joven antes alegre sin pedir rescate por ella, ha conseguido arrastrar al heredero hasta el borde mismo del abismo, las regias palabras ni tan siquiera distraen al médico, ajeno al mundo que le rodea busca ahora las articulaciones del paciente, parándose en sus muñecas mientras cuenta pulsaciones como quien ora en silencio.

Esta claro, Antíoco ha decidido morir de pena, Erasístrato en su fuero interno sabe que la ciencia que atesora no es eficaz en estos casos, cuando su mirada busca la del rey para admitir la derrota, se sorprende con unos ojos como perlas que le taladran desde el otro lado de la habitación, la bella Estratónice hace acto de presencia, llora, la joven reina recién casada con Seleuco es como una efigie perfecta sobre la que discurren lágrimas sin consuelo, permanece de pie junto a su marido mientras observa los últimos días de su hijastro, su sola presencia hace que el corazon de príncipe casi se salga del pecho.

Eureka.

-Está maldito.-Brama el rey.

La cara del viejo científico es un mapa surcado por cientos de arrugas, una por cada vida que ha salvado, de repente, en la comisura de su boca despunta una sonrisa, su oxidado brazo derecho deja de atender al chico y levanta descarado un dedo índice acusador que apunta a la nueva reina.

-Es por ella.

-¿Qué?...

-Antíoco no esta maldito, simplemente sufre del mal más viejo del mundo.

-¿Por tu vida, Erasístrato, que mal es ése?

-El mal de amores.

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