lunes, 12 de enero de 2009

El primer mestizo




Rodrigo y varios hombres más abandonan la empalizada cercana al río Ulúa con la rabia metida en la entrañas, sedientos de sangre y con ganas de dar gusto a la misericordiosa, lentamente, sin prisas y sin pausas caminan por la ladera dejándola salpicada de difuntos, vengando a los propios, degollando a los ajenos, a cuantos heridos y prisioneros se les pone entre ceja y ceja, que son muchos, casi todos.

La escabechina ha sido dura, los indios del cacique Cicumba han peleado con coraje, con oficio, manteniendo prietas las filas, aguantando estoicos los cañonazos de la culebrina, poniéndoselo difícil a los hombres cuyos aceros relucen ahora bañados en rojo coagulado, los mismos que de repente y para sorpresa del personal se paran asustados entre los despojos del campo de batalla haciéndose de cruces y mentando a medio santoral, apelotonándose en torno a un punto; intrigado, Rodrigo corre y se hace un hueco a codazos entre los soldados, mirando sorprendido al tipo que yace en el suelo.

Moribundo, dando sus últimas bocanadas, Gonzalo Guerrero muerde la tierra americana con la tripa abierta de par en par, sin embargo, el que un día naciera en Palos de la Frontera no viste ni casco, ni coselete, ni se encomienda a la virgen del Rosario en sus últimos momentos, luce barba y tatuajes, bagatelas mayas decoran su cuerpo por docenas, atraviesan su frente, mutilan sus orejas; un tocado de guerra adorna su cabeza, un taparrabos cubre sus vergüenzas, no puede hablar, pero si lo hiciera rogaría al Dios Kukulcán que mandara al infierno a sus antiguos compatriotas.

Rodrigo piensa que un cristiano reconvertido a indio es cosa del diablo, mientras lo hace, el maya andaluz tiene un último recuerdo para sus hijos, para su mujer Zazil Há, para la que ahora es su gente, lejos queda ya el día en el que llegó arrastrándose al Yucatán tras naufragar en los “bajos de las víboras”, veinte años desde que vio como los que hoy son sus hermanos devoraron al capitán Valdivia y le esclavizaron a él mismo, para con el tiempo acabar aceptándole como un hombre libre y un gran luchador.

Demasiado tiempo desde que rechazó el intento de rescate del propio Hernán Cortés, desde que decidió mostrar a su familia de adopción que los supuestos Dioses venidos del océano sangraban y morían como cualquier ser vivo, aunque la barba cubriera su rostro, aunque montaran bestias gigantescas y dispararan palos de fuego, no eran mas que seres humanos; huesos, sangre y entrañas, como todo hijo de vecino.

Eligió su bando y no se arrepiente.

Cuando el capitán Lorenzo de Godoy, se acerca hasta sus hombres, mira fijamente a los ojos del traidor, tras un rato en silencio maldice su estampa.

-Si vivió como indio, que muera como indio.

Rodrigo recibe la orden, prepara su arcabuz, apunta y le vuela el pecho al herido, mecánicamente se da la vuelta y vuelve con el grupo a la empalizada, dispuesto a dejar pudrirse el cadáver del renegado, no lo hará, en un descuido, los guerreros mayas que han sobrevivido a la lucha lo recogen del campo, lo llevan en volandas con respeto y dolor hasta la orilla y lo lanzan al río con la esperanza de que sea transportado hasta la mar, el lugar desde el que un día vino.

3 comentarios:

Hispa dijo...

Muy evocador. A medio camino entre "La Misión" y "Aguirre o la Cólera de Dios", con tintes Revertianos.

Otro gran relato. Gracias de nuevo.

Javi dijo...

"Tintes Revertianos" dices, ya me gustaría a mi escribir la mitad de bien que el tipo este... y tener la mitad de la mitad de sus lectores.

Gracias como siempre Hispa.

David Martinez dijo...

Magnifico relato...! Me da una idea para comenzar una propia