jueves, 1 de enero de 2009

Constelaciones




La tierra tiembla bajo sus pies, es un hecho, se resquebraja lentamente, inerte, seca, transmite sobre su superficie ecos lejanos de destrucción, las explosiones, los alaridos, los lloros y los gritos, se apagan con la distancia pero mantienen su mensaje indeleble, se transforman en murmullos y rumores que se cuentan de oreja a oreja en voz baja, susurros entre hombres y mujeres con semblantes helados y corazones encogidos.

Joan Miró extiende sus manos de genio acariciando la arena de la costa Normanda, casi puede sentir los pasos del demonio nazi venido del este, insaciable, imparable, derribando fronteras y personas, apoderándose de un mundo que no ha sabido pararle a tiempo, sin embargo, Joan está extrañamente tranquilo, como un boxeador rendido a su destino un segundo antes del KO, se pregunta como será eso de besar la lona, si será posible pintar en una tierra tan gris.

Tras la puesta de sol en el pueblecito francés de Varengeville-sur-mer, observa frente a él una mar bien diferente al mediterráneo de su infancia, oscura, negra e impenetrable, funde su horizonte con el de un cielo repleto de estrellas, puntos de luz que rellenan un vacío insondable, el de la noche y el de los hombres que pululan bajo su manto.

Desde el otro lado del canal suenan también tambores de guerra, el mundo se ha vuelto loco, la llama que ya calcinó su hogar durante la guerra civil no ha hecho más que comenzar a extenderse por Europa acorralándole por segunda vez.

Solo queda intentar escapar de nuevo, el exilio del exilio, el exilio interior.

Solo queda pintar, huir con cada trazo, arrastrar el óleo y la témpera sobre el papel en trazos firmes, precisos, como palabras de un poema escritas en un idioma desconocido pero que todo el mundo entiende, eslabones de una cadena, partes de una naturaleza vista con otros ojos, los ojos del artista que como un filtro mágico tienen la osadía de modificar lo que no le gusta, de levantar una ilusión de libertad en medio de una realidad metálica, fría y desoladora.

A Miró el mundo se le queda pequeño, el universo que pinta se lo lleva a cuestas, como un caracol inquieto, hacia la tierra calcinada que aún tiembla de pánico al recordar lo que dos hermanos cegados por el odio pueden hacerse a si mismos, mientras Paris cae, él vuelve sobre sus pasos, hasta Mallorca, el sitio donde sin hacer mucho ruido reconstruye su mundo, empezando la casa por lo que hay encima del tejado, por el cielo, por las constelaciones que solo él sabe retratar.

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