domingo, 4 de enero de 2009

Lepanto




Sobre el esquife de “La Marquesa” Miguel de Cervantes yace boca arriba con la mano y el pecho destrozados, atravesado de parte a parte por plomo, envuelto en nubes de pólvora, ve como la sangre abandona su cuerpo lentamente, derramándose entre sus ropas, despidiéndose con una caliente caricia y fluyendo hasta la cubierta donde en un extraño acto de mestizaje se mezcla a partes iguales con la de sus hermanos y enemigos de fe un segundo antes de coagularse.

Desde su condición de moribundo, la visión es inmejorable, cristianos y otomanos dando fiel cumplimiento a la vieja costumbre de degollarse con saña, esta vez sobre la mar, en un lugar alejado de la mano de Dios llamado Lepanto, en un infierno flotante, formado por cientos de galeras que como insectos prehistóricos esperan el mejor momento para aguijonearse, para hincar su espolón sobre el enemigo, para quedarse trabadas en un abrazo mortal mientras sus ocupantes buscan el cuerpo a cuerpo.

Mientras lucha por introducir aire en sus pulmones, el de Alcalá de Henares se pregunta como demonios sigue vivo, a su alrededor los soldados gritan y disparan sus arcabuces, se aferran a las picas, hachas y dagas esperando su momento, ése en el que tras el choque saltarán a la cubierta enemiga y demostrarán porqué los tercios son tan temidos en las distancias cortas, rezan, juran, maldicen, matan y mueren, los galeotes mueven los gigantescos remos con las espadas despellejadas, el sudor recorre sus cabezas rapadas empapando el único mechón de pelo que se les deja intacto, aquel por el cual según su religión serán transportados por su Dios a su cielo, hoy va a tener trabajo extra, la nave boga, el ritmo entre brazada y brazada aumenta y el destino se cierne sobre las almas que aprietan sus dientes antes del impacto.

La proa de la galera corta el agua y busca al infiel, los cañones de "La Marquesa", repletos de metralla hasta la boca revientan el aire un segundo antes del envite, barriendo la masificada cubierta otomana, reduciendo a los hombres a la categoría de carne picada, casi entre sueños Miguel siente el enorme impacto, astillas y soldados salen disparados, caen al agua y buscan el fondo del mar, los galeotes cristianos, la chusma que limpia sus penas apaleando sardinas ven sus cadenas abrirse, libertad por sangre, ése es el trato.

Un enorme aullido precede al abordaje, Cervantes lo escucha lejano mientras la malaria que recorre sus venas le devora poco a poco, mientras las heridas por las que se desangra le arrastran lentamente hacia la oscuridad, enredándose entre sus piernas, secuestrando al ingenioso hidalgo, a Dulcinea, a Sancho.

Pero se zafará, saldrá adelante, sobrevivirá, sanará y se enfrentará a una vida digna de ser contada, sufrirá prisión y castigo, recuperará la libertad y aferrará con la misma fuerza la pluma que la espada y sobre todo, hará que un loco nos susurre al oído los secretos para subsistir en un mundo asquerosamente cuerdo.

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