jueves, 8 de enero de 2009

Un genio, una lengua y un icono




Con setenta y dos primaveras metidas entre pecho y espalda, no debe quedar otra que dedicar por lo menos un par de minutos a echar la vista atrás y asustarse, a recapitular, a intentar comprender como demonios puede pasar el tiempo tan rápido, como lo hace el muy jodido para escurrirse entre los dedos de ésa manera, casi tres cuartas partes de siglo en un plis plas, en un abrir y cerrar de ojos, en un instante no mucho mas lento que un pestañeo de adolescente enamorada, que el lapso de tiempo entre el relámpago y el trueno.

Una vida escudriñando el universo, mirando de reojo a los hombres, intentando iluminarles el camino en la noche más cerrada, eligiendo una difícil tarea con el más estúpido de los alumnos, y un cuerpo que, mierda de condición humana, ya no da mucho mas de si, que va pediendo agilidad lenta pero inexorablemente en una carrera cuyo final esta mas claro que el agua.

Es lo que hay, en esas debe estar Albert cuando abandona su fiesta de cumpleaños en Princeton, el homenaje que amigos y colegas de la universidad han dado al hombre que por si mismo ya es una institución, una celebridad.

Mientras camina tranquilo calle abajo en busca de su coche unas ráfagas de flashes le deslumbran, le rodean y le acosan, le distraen violentamente de sus pensamientos sin permiso y sin piedad, un grupo de periodistas y fotógrafos ejercitan el noble arte del puteo frente al genio.

-Una sonrisita…

Einstein probablemente siente deseos de mandarles a tomar por donde la espalda pierde su digno nombre, pero se contiene, educadamente les pide que no hagan mas fotos mientras se sube al coche flanqueado por el Dr Frank Aydelotte y su esposa, como un chico bueno se sienta con los brazos cruzados y mira encabronado al exterior.

El resto es historia, icono de la cultura popular, con intención de estropear la foto saca la lengua en el preciso instante que un tal Arthur Sasse le da al clic del aparatejo, el fotógrafo puede retirarse, no se verá en otra igual, el momento adecuado en el sitio adecuado, una imagen que vale una jubilación.

Dicen que Einstein, pasado el cabreo se reirá con la foto, recortará su cabeza y la usara incluso como tarjeta de visita para los amigos, y es que por lo visto, los genios también saben hacer burla.

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