jueves, 12 de febrero de 2009

Amaneceres extraños




A cien kilómetros de altura sobre la luna casi parece que, Frank, James y William puedan tocarla con solo extender sus manos, alargando los dedos hasta la superficie maltratada, repasando con las yemas cada uno de sus cráteres, valles y montañas, dibujando sus nombres sobre la arenas olvidadas del mar de la tranquilidad.

No pueden, mientras surcan el cielo a la velocidad del rayo, la especie de lavadora gigante que les transporta brilla en la noche como una estrella fugaz, metálica y frágil, baila con el satélite atraída por una fuerza misteriosa, en un constante equilibrio precario que permite a los viajeros conocer por primera vez la cara oculta, ésa fracción de tierra vedada a las miradas indiscretas de los mortales que por fin se muestra, celosa de sus secretos, como maldiciendo el día en el que los hombres aprendieron a volar.

Son los primeros, no serán los últimos, pero pocos tendrán el privilegio de observar con sus retinas, en vivo y en directo, semejante espectáculo, apretados y fascinados, jugándose el pellejo en el viaje más largo emprendido por un ser humano, allanando el camino para aquellos que, si cabe más afortunados aún, podrán alunizar y reclamar para el hombre y para el imperio, otro pequeño fragmento mas del universo.

Los tres astronautas del Apollo 8 trabajan metódicamente, aprovechan cada uno de los valiosos segundos de cada una de las diez orbitas programadas, dirigen como autómatas las lentes de sus cámaras hacia la superficie que desfila bajo ellos, fotografiando cada detalle y olvidándose del camino recorrido, haciendo camino al andar sin mirar atrás.

De repente, en mitad de una conversación sobre el posible origen volcánico de algún cráter perdido, uno de los hombres eleva su mirada a través de la pequeña ventana con forma de ojo de buey que les separa del vacío y aturdido forma un círculo perfecto con su boca.

-Dios mío, mira que foto tienes allí, la tierra acercándose, es hermoso.

Clic.

Allí está, como en un amanecer extraño, nuestra pequeña roca azul luciendo su belleza en mitad de un universo vacío, fundiendo su silueta llena de vida con el inerte horizonte lunar, recordando al estúpido mono evolucionado que la puebla lo jodidamente pequeño, frágil y delicado que es su mundo errante.

Una foto que vale un viaje, un viaje que; como todos, ayuda a abrir los ojos, el corazón y la mente, que nos hace un poco menos ignorantes, que nos da un nuevo punto de vista sobre el lugar en el que para bien o para mal y vaya usted a saber por que, el ser humano vive y muere sin hacer otra cosa que no sea mirarse al ombligo.

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