viernes, 6 de febrero de 2009

Cicerón y las monedas de tres euros




A oscuras frente a la caja fuerte del embajador británico en Ankara, a Elyeza Bazna (alias Cicerón) se le hace la boca agua, con suavidad, acaricia la fría y pesada puerta metálica que le separa del parné, de la pasta, de las docenas de carpetas que aguardan cargadas de secretos la mirada indiscreta de unos ojos codiciosos, mientras oye los ronquidos de su jefe, el ayudante de cámara reconvertido a espía nazi se siente tranquilo, gira lentamente la ruleta escuchando cada pequeño clic, insertando la serie de números mágicos que son capaces de hacerle inmensamente rico.

Metódico y británico hasta la médula, Sir Hugh Knatchbull-Hugessen descansa como un bebé, resopla cual ballena azul, totalmente seguro de que a él no se la van a colar, que su gente es de plena confianza, que las medidas de seguridad personalmente desarrolladas por todo un Sir, hacen de su despacho un fortín inexpugnable.

Craso error, los traidores siempre tienen pinta de ser buenas personas, cuando la puerta de los secretos se abre, no hace ruido, cuando la pequeña cámara de fotos hace su trabajo lo único que se oye es el acelerado ritmo cardiaco de Elyeza, ahí están, desde las actas de la reunión de Casablanca entre Churchill, Roosevelt y Chiang Kai-Chek , hasta los planes incipientes de la operación Overlord, con sus vistosos sellos en rojo pasión con el lema “For your eyes only”, iniciando su camino en forma de microfilm hacia los ojos de el mismísimo Führer.

Veinte mil libras por rollo, ése es el precio, que la cosa esta muy malita y nadie sabe como va a terminar la guerra, a Elyeza le importa un pito las cuestiones ideológicas, la pureza racial, la construcción del imperio y toda esa bazofia, a él lo mismo le da Hitler que Stalin, rojo que azul, blanco que negro, el único color que le gusta es el de la libra esterlina acariciando su bolsillo, resbalando por sus dedos.

Si los nazis son una panda de cabrones, mala suerte, si se dedican a exterminar a pueblos enteros, que se le va a hacer, la pela es la pela y resulta que el mayordomo no tiene alma de currante, a él lo que le va es el champán, la buena comida y la compañía de bellas hembras de piernas largas y conciencias estrechas.

Lo que no sabe aún el espía, es que quien con niños se acuesta, meado se levanta, cuando al final de todo es descubierto por una agente británica en la embajada alemana no le quedará otra que poner los pies en polvorosa camino de Hispanoamérica, con las trescientas mil libras recaudadas con esmero bajo el brazo y la sana intención de no volver a pegar palo al agua en su vida.

Elyeza conseguirá llegar a su destino y salvar el pescuezo, pero con horror descubrirá que la guita con la que le han pagado es más falsa que una moneda de tres euros, cuando intente moverla por los banco de la zona acabará en prisión por falsificador, el cazador cazado, es lo que tiene hacer tratos con hijos de perra, que a la primera oportunidad te muerden en la entrepierna.

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