sábado, 21 de febrero de 2009

El cabo del fin del mundo




Con el mar convertido en un infierno los hombres de la “San Lesmes” se enfrentan al fin del mundo desde su pequeño cascarón, entre montañas de agua helada, calados hasta los huesos y sin embargo con la boca seca, rezan sin aspavientos, con un murmullo apagado, invocando al santoral entero mientras un Dios desquiciado, despiadado e infantil les escupe desde el norte hasta latitudes por las que ningún ser humano ha tenido, hasta ése momento, la osadía de navegar.

La carabela de ochenta toneladas se queja en un lenguaje compuesto a base de crujidos, se escurre entre témpanos de hielo del tamaño de catedrales, guardianes petrificados que sonríen maliciosamente al verles pasar, que parecen esperar un momento de descuido para resucitar y exigir su peaje de almas.

Milagrosamente no lo hacen, quizás por ser los primeros se ganan su respeto, lentamente, la nao avanza guiada por un capitán sombrío, que maldice su condición desde el castillo de popa, que grita a sus hombres intentando hacerse oír en la tempestad, su voz se pierde apagada por los vientos que con el tiempo serán llamados “los cincuenta furiosos”, desesperado, intenta encontrar el paso de Magallanes sin éxito, impotente ve como su embarcación es arrastrada más y más al sur, separada del conjunto de naves compañeras comandadas por García Jofre de Loaísa, temiendo por un momento que la tierra no sea redonda, que de repente el mar se abra bajo sus pies y les engulla en una cascada eterna camino de la nada.

En mitad del caos, frente a él, recortándose en el horizonte surge sin previo aviso una figura oscura, se distingue con dificultad sobre mar negro salpicado de blanco que les rodea, un lugar inerte, helado y arrasado por la continua tempestad, incapaz de albergar vida, el último fragmento del continente, la punta desolada de América, el Cabo donde se juntan dos océanos, pasado el cual los vientos ya no encuentran tierra que azotar.

El Cabo de Hornos, Francisco de Hoces es el primero en doblegarlo, en superar la pesadilla hecha realidad de cualquier marino, sin saberlo encuentra una nueva vía de paso hacia el Pacífico y da su nombre a las aguas que atraviesa, por lo menos hasta que muchos años después un pirata ingles haga honor a su oficio, cambiando el nombre de “Mar de Hoces” por el de “Estrecho de Drake”.

Pero eso será siglos después, tras escapar vivas del Cabo de Hornos a las cuarenta almas de la “San Lesmes” mucho les queda por delante (aunque eso es harina de otro costal) y lo último que les importa es pasar a la historia, que después de todo, como algunos dicen, la posteridad no es mas que un fragmento de bronce con forma de hombre, oxidado al sol y maltratado por las cagadas de las palomas.

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