domingo, 15 de febrero de 2009

La mujer de la voz rota





Janis podría haber seguido pidiendo a Dios un Mercedes, pero al final, harta de esperar y en vista de que el Señor no esta para gilipolleces, se ha comprado un Porsche tuneado, un lienzo con ruedas rendido a la psicodelia sobre cuya chapa descansan flores y mariposas, trazos de vivos colores sacados directamente de un cerebro empapado en LSD que cuando arrancan quemando rueda se convierten en una especie de rayo multicolor, una carcasa ingrávida que por un segundo parece no estar sometida a las leyes de la física.

Con la capota bajada y a ciento cincuenta kilómetros por hora, Janis vive como conduce, el aire convertido en vendaval golpea su cara convenciéndola de que aún sigue viva, levantando y ondeando su larga melena como una bandera, como una medusa moderna que, pérdida la capacidad de petrificar con la mirada, decide hacerlo con la voz, un chorro de sonido roto que cuando te pilla desprevenido te cruje, te deja partido en dos con la boca abierta de par en par y con la baba cayendo lentamente por la comisura de los labios.

Chof, chof.

Sus ojos nerviosos se mueven rápido tras las pequeñas gafas redondas que tiñen el mundo cruel de color de rosa, sus pupilas dilatadas y enrojecidas buscan la salida de la autovía hacia el Landmark Motor Hotel, su hogar en ésa especie de urbe chamuscada por el sol que, misterios de la vida, llamaron Los Ángeles.

El bólido frena con un chirrido, aullando un segundo antes de dejar de rugir, sin pausa, el mito baja rápido al asfalto que se mueve a cámara lenta bajo sus zapatos, camina, sus pasos descoordinados a pesar de todo consiguen transportarla hasta la entrada, hogar dulce hogar, saluda al recepcionista, sonríe, compra un paquete de tabaco y mientras las monedas resbalan por la rendija de la máquina expendedora, un sudor frío comienza a recorrer su piel agujereada.

En su interior algo se rompe en fragmentos pequeños, un ruido de cadenas y grilletes suena en su alma mientras la bestia se despierta con hambre, el mundo se puede ir a la mierda, solo hay una única necesidad, un único objetivo, un único universo gobernado por un tirano imposible de contentar.

La mujer de la voz resquebrajada ríe como una ardilla, se introduce en su habitación acompañada por el dios Morfeo, dispuesta a hacer lo necesario con tal de encontrar artificialmente los segundos de paz que el destino la niega, sentada sobre su cama abre sus carnes y deja pasar la puta heroína que sin piedad, la mata.

Se despide del mundo sin saberlo, con un corte de mangas y sin tiempo para un mísero adiós, viviendo rápido, muriendo joven y dejando un bonito cadáver.

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