miércoles, 25 de febrero de 2009

Leonardo y las moscas cojoneras




Desde el andamio, los ojos del genio escrutan su obra agazapados tras un mar de pelo revuelto, en silencio, el hombre de la larga melena y la tupida barba observa con precisión como los trazos dibujados sobre el yeso van cargándose de color y de vida, como va creciendo el temple y el óleo sobre la pared antes desierta, tomando forma hombres, miradas y expresiones, retratando el momento exacto de la bíblica traición.

Casi petrificado, solo su lenta respiración indica que esta vivo, sólo el rápido movimiento de sus ojos da pistas sobre el complejo entramado de ideas que bulle en su cabeza, Leonardo pinta lentamente, es capaz de pasarse tres días seguidos en trance, analizando cada brochazo dado sobre “La última cena”, con la paciencia de un matemático pero sin mover un dedo, exasperando al prior del convento Dominico de Santa María de las Gracias, que tras tres años sin refectorio, esta más que harto de la lentitud del genio e incluso ha pedido cuentas al Duque.

El prior espía a Da Vinci, se le acerca por la espalda murmurando entre dientes y maldiciendo sordamente el día en que dejó entrar al tipo de la barba cana, pulula tras él como una mosca cojonera pidiendo explicaciones, metiendo prisa y amenazando con represalias.

Por fin, sin inmutarse y al sentir la presencia del monje en la misma estancia, el maestro rompe su silencio emitiendo una pregunta sin respuesta.

-¿Sabe por que no puedo acabar el cuadro?

Un “no” apagado suena desde la esquina.

-Soy incapaz de encontrar una cara que concentre la vileza de Judas, el hombre que aún habiendo recibido todo de nuestro Señor Jesucristo fue capaz de traicionarle.

-Pero algún rostro habrá de poner.

-Efectivamente y si me sigue metiendo prisa, no tendré más remedio que poner el suyo.

El Dominico calla de repente, la sola idea de donar su rostro al traidor de traidores, le cambia la tonalidad de la piel, le genera un retortijón en las tripas y le hace apretar disimuladamente el ojal del culo, con la voz robada sin duda por algún ángel, traga saliva y ensaya un paso de baile camino de la puerta, se despide a la francesa.

El silencio vuelve al refectorio, la comisura izquierda de los labios de Leonardo se levanta, asunto solucionado.

1 comentario:

Hispa dijo...

Magistral, como siempre.