martes, 10 de febrero de 2009

Sigmund y la dama blanca




En el laboratorio, frente a la vieja encimera de granito que sostiene una jungla de cristal, el hombre de ciencia sopesa las últimas consecuencias de su acción, con cara pétrea y gesto preocupado pega una última calada a su puro, dejando después la colilla quemarse sobre el cenicero, bebe un trago de agua, cierra los ojos y respira hondo, se desabrocha la bata blanca, la chaqueta y la camisa, a pecho descubierto se coloca el frío fonendoscopio sobre si mismo y mide con paciencia sus propias constantes vitales antes del experimento, la respiración y ritmo cardiaco son casi normales, solo ligeramente afectados por el inevitable nerviosismo del investigador hoy transmutado en cobaya.

Mientras arrastra la pluma por el cuaderno el silencio es total, casi puede oír sus propios latidos, casi puede sentir la sangre correteando por sus arterias, la tibia luz de la incipiente primavera Austriaca se cuela ente los cristales sucios de la ventana, esquiva una atmósfera densa, teñida de gris por el humo del habano y al final ilumina el rostro emocionado de un joven cuya ansia de conocimiento es superior al respeto por su propia vida.

Enérgicamente como quien bebe un trago de Schnapps, Sigmund ingiere la solución cristalina, ligeramente viscosa que descansa en el vaso de precipitados, el equivalente a quinientos miligramos de un polvo blanco purificado a partir de una planta del género Erythroxylum que algunos han bautizado con el nombre de cocaína.

El efecto no es inmediato, pero si claramente perceptible, pronto, el cansancio causado por las noches con poco sueño y los días con mucho trabajo desaparece progresivamente como por arte de magia, sacudido del cuerpo del investigador por una docena de manotazos invisibles, que activan y estimulan sus neuronas, que aparentemente abren su mente y pisan el acelerador de sus entrañas, se siente mejor, capaz de comerse el mundo, eufórico ante una droga que sin duda supondrá el final de muchos males.

No tardará en aumentar la dosis, buscando los límites tóxicos de la panacea, anotando meticulosamente chutes y efectos, sobre si mismo y sobre otras personas, alabando sus bondades en artículos científicos y prescribiendo su uso como tratamiento para la caquexia, la depresión, la impotencia o incluso como fármaco substituto de la morfina en los adictos a la droga del dios de los sueños.

Los genios también la cagan, en aquellos días de abril Freud aún no podía imaginar el uso lúdico de la droga, el terrible infierno disfrazado de mil y un placeres que esconde el jodido polvillo blanquecino, la sonrisa helada de la dama blanca, que promete felicidad inmediata a cambio de quedarse con todo, a cambio de una vida de esclavitud y soledad.

La dama blanca engañó al genio, no es pues extraño que tantos otros cayeran detrás de él.

PD: En la foto, una receta de coca prescrita por Freud

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