lunes, 30 de marzo de 2009

Herido



Sentado sobre la vieja butaca de madera, Jhonny Cash parece un viejo rey olvidado por sus súbditos, monarca de un lugar extraño, dicta leyes que ya nadie escucha, se pierde entre las brumas del tiempo con la mirada ausente mientras agarra su guitarra negra sin fuerza, con unas manos huesudas, maltratadas por los años y la puta artrosis, que arrastran los dedos sobre las cuerdas, que acarician el mástil de su vieja compañera coleccionando notas y recuerdos.

Cada vez que aprieta un traste el dolor llega hasta su cara, curtida en mil batallas ni se inmuta, es un mapa de su existencia, un busto viviente esculpido a base de hostias, de oraciones y de excesos, de bourbon y de largas carreteras sin nombre, de mujeres y caminos polvorientos cuyo destino no importa a nadie.

El hombre de negro canta, emite una voz grave, ajada y digna, brutal, accionada por unos pulmones desfondados, es capaz de secuestrar el aliento del que la escucha, maldice al mundo, a su propia estampa, se confiesa, brinda con sus oyentes y derrama el vino entre temblores, saluda, se ríe y llora por dentro, recuerda a los que no están, a los que ya sólo son sombras en su memoria, frágil contenedor vejado por las anfetaminas, recuerda sus rostros sin cara, hurga en su vida buscando la redención con una Biblia en una mano y un revólver en la otra.

Hiere, quizás por eso la canción se titula “Hurt”, epitafio escrito por otros del que se apropia para siempre, ahí queda eso.

"I hurt myself today
to see if I still feel
I focus on the pain
the only thing that's real
the needle tears a hole
the old familiar sting
try to kill it all away
but I remember everything
what have I become?
my sweetest friend
everyone I know
goes away in the end
and you could have it all
my empire of dirt
I will let you down
I will make you hurt
I wear this crown of thorns
upon my liar's chair
full of broken thoughts
I cannot repair
beneath the stains of time
the feelings disappear
you are someone else
I am still right here
what have I become?
my sweetest friend
everyone I know
goes away in the end
and you could have it all
my empire of dirt
I will let you down
I will make you hurt
if I could start again
a million miles away
I would keep myself
I would find a way.”

jueves, 26 de marzo de 2009

El retrato de Gertrude Stein




Ahí está, fría, pálida, ligeramente inclinada sobre si misma mientras parece escuchar con atención los brochazos del genio, recogiendo los sonidos del pincel contra el lienzo, juntándolos en su cabeza, ignorando en ése momento que su imagen sólo es una excusa para que el pintor, harto de realidad, comience a alterar las reglas de lo que dictan los ojos de los simples mortales.

Gertrude Stein respira hondo, estoica, inmóvil, cansada, observa el paso de las horas mientras el óleo mancha el cuadro de ocre, de blanco y de negro, destruyendo primero y reconstruyendo después, los rasgos de una mujer que siempre sabe estar en el momento adecuado en el lugar adecuado, escritora inconformista, es suficientemente rica como para ser mecenas y suficientemente libre como para admirar el trabajo de un grupo de tipejos pobres como ratas, que están enseñando al mundo a mirar con otros ojos.

La lista es larga, Picasso, Matisse, Derain, Braque, Apollinaire, Gris, todos ellos recibirán apoyo de la judía americana, todos ellos revolotearán alrededor del salón en el 27 de la Rue de Fleurus, pintando, escribiendo, confrontando sus genios, contaminándose unos a otros antes de pasar a la historia.

Cuando Pablo Picasso hace el retrato de la Stein puede pintar con detalle cada milímetro de su rostro de memoria, pero no lo hace, decide someter a su anfitriona a unas largas sesiones de trabajo que aburren soberanamente a la yanki, minutos en los que su cuerpo y su alma se petrifican, segundos interminables que se vuelven densos, viscosos, que se niegan a discurrir con normalidad sobre la esfera del reloj.

La mujer no lo puede evitar, durante ésos días desarrolla en su interior una curiosidad felina por el retrato, una ilusión casi infantil que se viene abajo en el momento en el que el malagueño enseña el resultado.

La horrible figura que se muestra ante ella parece la de una extraña, con una nariz enorme y unos ojos desiguales, su visión oscura es casi desagradable, hace que la mecenas frunza el ceño, se muerda la lengua y comente enfadada.

-No se parece lo mas mínimo a mi.

El genio ni se inmuta, con total tranquilidad actúa como tal, escucha la queja y contesta.

-No tiene por que preocuparse, al final, usted llegará a ser exactamente así.

martes, 24 de marzo de 2009

A oscuras




A oscuras, privado de la luz y de el derecho a la existencia, la muerte tiene para el condenado un sabor dulce y empalagoso, el de la sangre que se vierte como manantial desde su nariz rota, que se escurre escandalosa por su labio partido, que empapa su camisa, su cuerpo y su alma, que gota a gota pinta de rojo el suelo dejando constancia en la tierra de los últimos pasos dados por un hombre indefenso.

Muerto en vida, el condenado araña fragmentos de realidad con el resto de sus sentidos, escucha una voces lejanas que llegan a él entre algodones, se filtran por sus oídos maltrechos sobreponiéndose a un pitido intenso, inagotable en su caudal, que desde el último de los golpes, inunda su cabeza e impide a su cerebro maltrecho pensar con lucidez.

Ésas voces le hablan, le gritan, le insultan, le escupen, le guían en un mundo oscuro, silencioso, esquizoide y cainita, maldicen y ríen con cada traspiés, disfrutan con cada lágrima vertida, dan rienda suelta al odio, a la envidia, a la brutalidad ancestral que gobierna sus miserables vidas, ajustan viejas cuentas en una guerra de porteras, de cuchicheos que llevan al cadalso, de cunetas, de paseos nocturnos a hombres desarmados y de tiros en la nuca.

De cobardes.

Cuando le colocan contra la pared fría casi puede sentir a los muertos llamándole desde el otro lado de la tapia del cementerio, huele a musgo, a sudor, a rocío y a orín, sus manos, atadas a la espalda duelen, la vieja cuerda de esparto horada unas muñecas que se apoyan contra el paredón buscando un punto de apoyo en la piedra inerte ahora que las piernas comienzan a fallar.

Esto se acaba.

El condenado abandona el miedo para pensar en los suyos, en aquellos que mañana llorarán un desaparecido, les dedica su último aliento antes de que un estruendo le tire al suelo, le golpee el pecho y abra sus carnes, le lance contra la pared y le robe el oxígeno.

Con el fusilamiento, la venda cae desde los ojos del moribundo, sobre la tierra que le acoge y le reclama, sus pupilas dilatadas enfocan por última vez unas caras conocidas, rasgos familiares que sujetan cañones humeantes, hombres malditos que recargan sus armas, apuntan de nuevo y rematan el trabajo.

domingo, 22 de marzo de 2009

1984




“Lo demás era sólo ruido, un cuac-cuac-cuac, y, sin embargo aunque no se podía oír lo que decía, era seguro que se refería a Goldstein acusándolo y exigiendo medidas mas duras contra los criminales del pensamiento y los saboteadores. Sí, era indudable que lanzaba diatribas contra las atrocidades del ejército euroasiático y que alababa al Gran Hermano o a los héroes del frente malabar. Fuera lo que fuese, se podía estar seguro de que todas sus palabras eran ortodoxia pura. Ingsoc ciento por ciento. Al contemplar el rostro sin ojos con la mandíbula en rápido movimiento, tuvo Winston la sensación de que no era un ser humano, sino una especie de muñeco. No hablaba el cerebro de aquel hombre, sino su laringe. Lo que salía de ella consistía en palabras, pero no era un discurso en el verdadero sentido, sino un ruido inconsciente como el cua-cua de un pato.”

1984. George Orwell.

jueves, 19 de marzo de 2009

Fatty, Dashiell y la botella.




Durante el interrogatorio, Dashiell se pregunta de donde sacará tantas secreciones el gordo, como una fuente eterna, las lágrimas de Fatty manan sin parar desde sus ojos, se mezclan con el sudor de sus sonrosadas mejillas y llegan formando grandes goterones hasta la nariz, el lugar donde se por fin se funden con una mucosidad verde repugnante que sube y baja con cada sollozo como accionada por una polea invisible.

Cada vez que el tipo se sorbe los mocos, el ruido resultante genera náuseas al detective, hace que en lo mas profundo de su ser desee sacarle la verdad a hostias, pero no puede ser, para empezar porque Fatty es el que paga, lo cual quiere decir que Fatty es inocente, independientemente de lo que le hiciera a aquella pobre infeliz.

Dashiell se contiene, cuenta hasta diez antes de hablar, sabe que debe aclarar su mente con respecto al gordo, alejar sus sentimientos, le desprecia y le compadece a partes iguales pero si al pobre diablo le metieran quince años de vellón o le colgasen del palo mas alto de San Quintín, el investigador no perdería ni media hora de sueño, aún así debe ser profesional, debe cumplir con la compañía que le paga y dejar el pabellón alto, ya se sabe, Pinkerton, la más famosa agencia de detectives, nunca duerme.

-Fatty, necesitamos saber la verdad para poder ayudarte, ¿la golpeaste?

Mocos, mocos y más mocos, por fin con una vocecilla de niño cantor contesta con ira.

-No.

-¿La violaste?

-Ya os lo he dicho, no llegué a tocar un pelo a ésa maldita furcia, ya estaba vomitando cuando llegué a la habitación.

Dashiell piensa que no son formas de hablar de una mujer, y mucho menos de una muerta, una pobre alma en pena dispuesta a dejar hacerse cualquier cosa por una propina y una promesa de papel secundario en cualquier película, aprieta los dientes y los puños, esta vez tendrá que contar hasta veinte.

-Dicen que la violaste con una botella, que murió porque la reventaste por dentro.

Aullidos, lloros, por un momento Fatty se atraganta, tose mientras Dashiell lo ve claro, el actor puede ser un putero, o un capullo, pero seguramente sea inocente, lo cierto es que da igual, los chicos de la prensa han olido sangre y no abandonarán hasta dejar seco a la reluciente bola de grasa llorosa que tiene en frente, que hay que vender diarios, de ser el actor más querido de América, a ser el hombre a quien todos quieren insultar, el mayor escándalo de Hollywood, el violador de la botella de champán, ya puede irse olvidando de hacer más películas, en ése momento la Paramount se está limpiando el culo con su contrato y los abogados añaden ceros a su minuta, Fatty Arbuckle huele a muerto en vida.

Su carrera está acabada, sin embargo la del hombre que se encuentra al otro lado de la habitación no ha hecho más que empezar, Dashiell Hammett aún no se ha convertido en el padre de la novela policíaca, pero poco le falta, pronto comenzará a poner negro sobre blanco historias como la de Fatty, repletas de tipos duros, hombres necios y mucha mala suerte, tan reales como la vida misma.

martes, 17 de marzo de 2009

La cocina del infierno




Cuando Fred el holandés y el novato llegan al barrio, a este último se le queda la boca seca, con un nudo en la garganta y el almuerzo atravesado en el estómago, el madero en prácticas se adentra entre la 34 y la 57 de la mano de su compañero, como un niño asustado que intenta jugar con los mayores sin que se note el marrón que escurre desde sus calzoncillos.

Sin prisa pero sin pausa, los dos representantes de una ley que en estas calles no es más que un buen sustituto de papel higiénico, caminan casi en paralelo, con el más joven un paso por detrás, imitando cada gesto y cada movimiento de su superior, con el corazón bombeando una mezcla de sangre y adrenalina a raudales y la mano prudentemente cerca del hierro, sin que se note demasiado pero dispuesto a vaciar el cargador sobre el primer desgraciado que intente tocar un triste pelo de su cabeza.

El holandés sin embargo camina relajado, tiene mas conchas que un galápago y éstas casi chirrían con cada paso, las luce con orgullo mientras mira de reojo a su compañero de vez en cuando con una media sonrisa en la boca, consciente de que si tuviera que empuñar su arma, antes de que pudiera acariciar el mango, probablemente notaría el frío cañón metálico de la pistola introducido en su propio culo, cosas del barrio.

Fred conoce el lenguaje no hablado de ésas calles, se basa en los silencios, en las miradas, en el conocimiento exacto del papel que cada uno juega en esta sórdida función, el viejo holandés sabe que cuando las bandas se matan, nada lo impide y que para que todo se mantenga mas o menos en su sitio, el cadáver ya debe estar frío cuando ellos lleguen, el muerto al hoyo y el vivo al bollo, la única ley que se respeta en las riveras del Hudson.

Para cuando llegan a “la casa de las llamas”, el muerto ya esta tieso y en pelotas, que todo es aprovechable, mientras levantan parte del asunto, el novato cambia el color a su cara golpeado por la mezcla de olores de los vivos y de los muertos, aromas de la sangre coagulada del difunto, de las vísceras y la carne macerada de los mataderos cercanos, del orín y las heces rebosantes de las alcantarillas, de la mezcla a alcohol, sudor y mierda, efluvios habituales entre mendigos y borrachos, del perfume barato de las putas que ríen estridentemente desde las ventanas del burdel.

Por fin, el novato habla mientras intenta no vomitar, a duras penas calma la náusea y le pregunta a Fred, intrigado por el curioso nombre del puticlub.

-¿Por qué lo llaman la casa de las llamas?

Fred gira la cabeza y le guiña el ojo a una lumi sin dientes, reservorio vivo de todas las enfermedades de transmisión sexual del planeta, un prodigio de la ciencia, mientras ésta le devuelve al aire un beso envenenado, el holandés contesta.

-Porque si no pagas te meten fuego.

El novato se desespera, duda de que algún día se pueda acostumbrar a semejante lugar salido de la pesadilla de un demente.

-Esto es el infierno.

-No te equivoques, en el infierno la temperatura es cálida, esto es la cocina del infierno.

lunes, 16 de marzo de 2009

Clarke y sus leyes




Cuando Arthur C Clarke revisa en 1973 su obra, tras repasar y releer viejos escritos para una nueva edición de su ensayo “Perfiles del futuro”, decide sintetizar buena parte de su conocimiento en tres verdades como puños que rápidamente adquieren rango de ley.

Estas son:

Primera ley de Clarke: Cuando un anciano y distinguido científico afirma que algo es posible, probablemente está en lo correcto. Cuando afirma que algo es imposible, probablemente está equivocado.

Segunda ley de Clarke: La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse hacia lo imposible.

Tercera ley de Clarke: Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

Tras lo cual, dicen que el viejo divulgador sonrió y con una buena dosis de ironía británica dijo algo así como “Si tres leyes fueron suficientes para Newton, creo que modestamente debo parar aquí”.

jueves, 12 de marzo de 2009

Creced y multiplicaos.




Sobre la tierra horadada, el tiempo parece haberse detenido en los campos de Francia, tras las alambradas, los sacos terreros y el barro, las mismas figuras apagadas se mueven en un baile siniestro, los hombres corren, saltan y mueren, donan sus vidas inútilmente por conquistar unos metros de tierra encharcada, roja, sembrada de metal y de carne inerte, que cambia de manos con cada atardecer.

Como una fotografía sepia en movimiento, las mismas imágenes se repiten cada mañana, un círculo vicioso y esquizoide en el que lo único que cambia son los rostros asustados de aquellos que con el sonido del silbato salen a campo abierto a sortearse las balas del enemigo, a respirar su gas mostaza, a dejarse la piel enredada en el alambre de espino.

Es curioso, mientras los hombres deciden dedicar su tiempo en la tierra a despedazarse, desde el aire un asesino mucho mas democrático les observa, planifica su dictadura en silencio, a gustito entre tanta masa de carne temblorosa, un pequeño bastardo microscópico salta de cuerpo en cuerpo, contamina el oxígeno y mata mas y mejor que cualquier extraño invento humano.

Si el deber de un soldado es matar a su enemigo, el deber de un virus es prevalecer, escrito a fuego en sus genes la gripe española porta una maldición bíblica, una orden ineludible, crecer, multiplicarse, sobrevivir.

Entre cincuenta y cien millones de seres humanos son enviados a criar malvas, a llenar el mundo de flores, sin acritud, sin discriminar por razón de sexo, raza o condición, que después de todo “allegados son iguales, los que viven por sus manos que los ricos”, como una máquina de matar bien engrasada de la madre naturaleza, el H1N1 tiene la capacidad de volver loco al sistema defensivo, de estimularle hasta el punto en el que, preso si mismo, el organismo se autodestruye en su lucha contra el invasor.

Las trincheras sólo son una etapa del viaje, un paso más en un paseo por el mundo en el que no se queda un rincón sin infectar, pronto, en las ciudades y los pueblos cunde el pánico, aquellos que estornudan en público son detenidos, los muertos comienzan a acumularse en sus casas sin que nadie los recoja, los almacenes se convierten en hospitales y los tranvías en coches fúnebres.

El ser humano se acojona, pero es un hueso duro de roer que se rige por las mismas pautas que cualquier virus, crece, se multiplica, sobrevive, cuando la pandemia se va como ha venido, el hombre respira aliviado, por fin puede volver a masacrase sin interrupciones.

martes, 10 de marzo de 2009

Los pilares de la creación




En precario equilibrio sobre un mundo del que parece querer escapar, el gran tubo metálico de extrañas alas rompe un silencio inaudible por el hombre, genera un suave zumbido eléctrico mientras, como un gigante perezoso, mueve con paciencia sus lentes y clava sus ojos artificiales en una lejana parte del vacío.

Sus pupilas de cristal enfocan, giran sobre si mismas en un baile preciso, milimétrico, acarician la imagen escurridiza de la nebulosa mientras ésta toma forma, mientras se define en el visor del Hubble un minuto antes ser capturada para siempre.

El clic del autómata captura un fantasma, la imagen espectral de un mundo pasado, de un tiempo dormido, existente solo en la memoria del universo, cuando la imagen se traduce a ceros y unos y se trasmite a la tierra, los astrónomos frente a los que se muestra coqueta se quedan atónitos, con la boca tan abierta como la de un adolescente en una playa nudista, perplejos ante tanta belleza, sienten que la roca azul que les acoge se acaba de hacer un poco mas pequeña.

Los pilares de la creación.

Difícilmente pueden encontrar un nombre mas apropiado para una foto, columnas etéreas que parecen sostener el cielo, que como si tuvieran vida propia, quizás la tengan después de todo, se expanden hacia arriba, creciendo hasta la extenuación, hasta derrumbarse agotadas sobre si mismas en el preciso momento en el que nace una estrella.

Un pedazo de cielo, un lugar que ya no existe, imagen anciana de un mundo ya destruido, barrido del universo hace seis mil años con violencia, con las maneras habituales un Dios poco sutil, capaz de crear y destruir mundos a golpe de supernovas.

Como emisario de un lugar extinto, la imagen de la nebulosa del águila se niega a admitir el desastre, continúa su eterno peregrinar por los confines del vacío, incapaz de mirar atrás, incapaz de entender su condición de espectro, asombrando a aquellos que, azares del destino, se encuentran en el momento preciso, en el lugar exacto para poder disfrutar de su belleza.

domingo, 8 de marzo de 2009

Charles y la gran rata gris




La gran rata gris sube desde el sótano cada mañana para poder saludar a Charles, fiel a su cita, recorre el corto tramo de escaleras desde el subsuelo y pasa veloz por entre sus piernas mirándole de reojo, olisqueando incansable entre las montañas de cajas de betún, compartiendo su miserable vida de roedor con la de un crío que aún no ha cumplido los doce años.

La gran rata de la "Warren's boot-blacking factory" es feliz, Charles no, con un gran bote de pegamento en una mano y una pila de etiquetas en la otra, el chico ve como pasan las horas de su existencia sin otra misión que la de colocar unas finas tiras de papel sobre unos tarros de cristal color negro inmaculado, diez horas al día, seis días a la semana, un ser vivo reconvertido en máquina etiquetadora por venticuatro peniques al mes.

Sin demasiado esfuerzo el chico ha llegado a la conclusión de que su vida es una mierda, pero es lo que hay, es lo que toca, su padre tiene una celda por hogar y un par de agujeros en cada mano, los acreedores hacen cola a las puertas del talego para poder romperle las piernas, sorteando con ilusión quien va a dar la primera hostia a un tipo que simplemente nació con alma de rico en un cuerpo de pobre.

Incapaz de gestionar su dinero y alimentar a su prole, el papá de Charles ha tenido una genial idea, mientras se rasca los genitales en su celda, piensa que doce años son demasiados para estar ocioso en un mundo cruel y que después de todo, su hijo ya tendrá tiempo de sobra para educarse y disfrutar de su infancia cuando las ranas críen pelo.

A currar.

Con cada etiqueta colocada, Charles se muere un poco por dentro, con cada día pasado en una sucia esquina de un sucio almacén, el muchacho se convierte en terreno abonado para que anide en su interior el odio y la violencia, contra un mundo que no comprende y que le maltrata, contra unos adultos miserables que bien se podían ir al carajo, exterminados por un meteorito gigante o por un Dios vengativo al que seguramente mirarían asombrados, con las botas perfectamente lustradas, preguntándose que pecado han podido cometer ellos, unos tipos de misa y comunión diaria.

Por suerte eso no ocurre, el pequeño Charles Dickens tiene después de todo algo en su favor, pasión por la lectura, una imaginación tan potente como una bomba atómica y un grupo de amigos que rescatan su mente a diario, Don Quijote, Robinsón Crusoe y algunos otros mas que aún no han sido paridos pero que ya zumban en su cabeza, como Oliver Twist y Ebenezer Scrooge, todos ellos acuden raudos y veloces cada mañana, antes de que la gran rata gris se de su paseo, para darle el oxígeno necesario y transportarle a un mundo en el que los roedores (de cuatro y de dos patas) tienen para siempre prohibida la entrada.

miércoles, 4 de marzo de 2009

A Johnny no le cogerán vivo.




A Johnny no le cogerán vivo, oculto tras la persiana de su armería, con una Biblia en una mano y un colt 45 de mango nacarado en la otra, sus dos ojos nerviosos asoman por entre las rendijas de la persianas mirando la calle, el exterior de la tienda que a pesar de todo aún parece tranquilo, con decenas de estúpidos viandantes caminando felices sin saber que hoy es el día del fin del mundo.

Bebe café, la tercera taza en diez minutos, sabe que tendrá que mantenerse despierto, sabe que cuando la oleada extraterrestre llegue a su tienda, al primer marciano que se le ocurra poner un pie o un tentáculo en su propiedad privada se lo llevará por delante, por sus santos cojones y que salga el sol por Antequera, si las naves están atacando New Jersey, no tardarán en llegar a la gran manzana y allí se encontrarán con Johnny, con la horma de su zapato, con la muerte encarnada, por suerte es un tipo de mundo, informado, que escucha regularmente la radio, no le pillarán en un renuncio, no se achantará, mejor morir de pie que vivir de rodillas.

Parapetado tras el mostrador de su tienda, mueve veloz el dial de su radio buscando un poco de información extra, es extraño, sólo la CBS está retransmitiendo el desastre, el resto de cadenas sigue con sus programaciones habituales, panda de estúpidos, seguro que están pagados por el gobierno para que no cunda el pánico, para hacer que la gente espere mansamente su final.

En silencio, escucha como la voz metálica del periodista transmite nerviosa los acontecimientos, primero han caído unos meteoritos, una lluvia incesante de fuego tras la que han aparecido unas extrañas naves que han dejado claras sus intenciones a las primeras de cambio, disparando a los humanos con rayos capaces de desintegrar la carne pero no la ropa.

Maldita sea, Johnny lo sabía, desde aquella noche en la que, borracho, estampanó su camioneta contra un poste de telégrafos, sabía que existían, verdes, alargados y con acento mexicano, sabía que vendrían a tomar posesión del planeta tierra, a apoderarse de su bella armería, a hacerse dueños de todo aquello que ama.

Malditos sean aquellos que le llamaron loco, esquizofrénico dijeron, borracho dijeron, ahora ya no se puede hacer nada salvo morir con las botas puestas, el tipo de la radio sigue con su letanía, ahora habla de un vapor verdoso que lo atrapa y que lo asfixia, tose, muere en directo mientras Johnny se pone una vieja máscara antigas de la gran guerra con la que su primo luchó en Verdún, amartilla su Colt y pega un trago de matarratas casero, nota como le quema en su camino hacia el estómago.

A tomar por culo, es tiempo de matar bichos verdes, es tiempo de vender bien caro el pellejo.

En esto que, la retrasmisión se corta, un tal Orson Welles dice algo de una representación, de una obra teatral basada en un libro de un tal H G Wells, resulta que todo no es mas que una pantomima, una broma muy pesada.

Mierda, Johnny duda por un segundo, casi pica el anzuelo, otra vez los del gobierno tocando las pelotas, intentando hacer ver que no pasa nada, pero Johnny sabe que él es mas listo, sabe que a él, no le cogerán vivo.

domingo, 1 de marzo de 2009

El burdel de Auschwitz




Pocos segundos antes de que suene la campana, el hombre extraño que se frota rítmicamente contra Hanna acelera sus embestidas antes de quedarse rígido como un palo, mientras se vacía, su cuerpo alargado y esquelético emite un gemido apagado, convulso, tras el cual sus huesos se desinflan y su carnes se desmoronan sobre la prostituta buscando su olor, su calor, recordando por un segundo, los días en los que puta y cliente aún no eran considerados infrahombres.

Mientras el desconocido se sube los pantalones la mujer nota como dos ojos azules se clavan en su espalda desnuda, a través de las mirillas de la puertas, los guardas ejercen de mirones profesionales, comprueban que todo transcurre con orden germánico y sin prácticas extrañas, sin violencia, dejando los golpes y las vejaciones, los asesinatos y las masacres para los edificios contiguos al bloque veinticuatro, las cámaras de gas que en ése momento funcionan a pleno rendimiento.

Hanna tiene unos minutos de descanso antes de que otro preso venga a hacer buen uso de sus privilegios, sin apenas tiempo para poder asearse, para preguntarle al cielo si hay otra salida que no sea convertirse en ceniza y alcanzar la libertad a través de las chimeneas de los crematorios, para darse cuenta que a pesar de todo puede sentirse afortunada en el infierno.

Su belleza la ha salvado, a ella no han golpeado, no la han rapado ni la han vestido con harapos, no la matan de hambre y la permiten incluso, de vez en cuando, dar un paseo en torno al recinto para estirar las piernas y respirar un aire con olor a muerte.

Dentro de la esquizoide visión de sus captores su función es esencial, son la recompensa para “los capos”, para aquellos presos no judíos que hacen el trabajo sucio, que humillan, maltratan y muelen a palos a sus compañeros de infortunio, delincuentes comunes, tipos sin alma que devoran a sus iguales con tal de alargar un día mas su existencia, que son como el aceite que lubrica el complejo mecanismo de Auschwizt, que aseguran el buen rendimiento de la máquina de matar.

Ellas son el premio, la garantía de que a los “capos” no les de por buscar esclavos sexuales entre sus subordinados, la forma de tenerles contentos mientras azotan a los suyos, mientras extienden un régimen de terror que les hace tan temidos como a los propios SS.

Hanna respira hondo, un día mas de vida, eso es lo que cuenta, cuando el extraño se va, tras la puerta aparece otro animal con los ojos inyectados en deseo, ella se tumba y contiene la última de sus lágrimas, la guarda junto con los buenos recuerdos en un lugar inaccesible, en lo más profundo de su cuerpo.