domingo, 8 de marzo de 2009

Charles y la gran rata gris




La gran rata gris sube desde el sótano cada mañana para poder saludar a Charles, fiel a su cita, recorre el corto tramo de escaleras desde el subsuelo y pasa veloz por entre sus piernas mirándole de reojo, olisqueando incansable entre las montañas de cajas de betún, compartiendo su miserable vida de roedor con la de un crío que aún no ha cumplido los doce años.

La gran rata de la "Warren's boot-blacking factory" es feliz, Charles no, con un gran bote de pegamento en una mano y una pila de etiquetas en la otra, el chico ve como pasan las horas de su existencia sin otra misión que la de colocar unas finas tiras de papel sobre unos tarros de cristal color negro inmaculado, diez horas al día, seis días a la semana, un ser vivo reconvertido en máquina etiquetadora por venticuatro peniques al mes.

Sin demasiado esfuerzo el chico ha llegado a la conclusión de que su vida es una mierda, pero es lo que hay, es lo que toca, su padre tiene una celda por hogar y un par de agujeros en cada mano, los acreedores hacen cola a las puertas del talego para poder romperle las piernas, sorteando con ilusión quien va a dar la primera hostia a un tipo que simplemente nació con alma de rico en un cuerpo de pobre.

Incapaz de gestionar su dinero y alimentar a su prole, el papá de Charles ha tenido una genial idea, mientras se rasca los genitales en su celda, piensa que doce años son demasiados para estar ocioso en un mundo cruel y que después de todo, su hijo ya tendrá tiempo de sobra para educarse y disfrutar de su infancia cuando las ranas críen pelo.

A currar.

Con cada etiqueta colocada, Charles se muere un poco por dentro, con cada día pasado en una sucia esquina de un sucio almacén, el muchacho se convierte en terreno abonado para que anide en su interior el odio y la violencia, contra un mundo que no comprende y que le maltrata, contra unos adultos miserables que bien se podían ir al carajo, exterminados por un meteorito gigante o por un Dios vengativo al que seguramente mirarían asombrados, con las botas perfectamente lustradas, preguntándose que pecado han podido cometer ellos, unos tipos de misa y comunión diaria.

Por suerte eso no ocurre, el pequeño Charles Dickens tiene después de todo algo en su favor, pasión por la lectura, una imaginación tan potente como una bomba atómica y un grupo de amigos que rescatan su mente a diario, Don Quijote, Robinsón Crusoe y algunos otros mas que aún no han sido paridos pero que ya zumban en su cabeza, como Oliver Twist y Ebenezer Scrooge, todos ellos acuden raudos y veloces cada mañana, antes de que la gran rata gris se de su paseo, para darle el oxígeno necesario y transportarle a un mundo en el que los roedores (de cuatro y de dos patas) tienen para siempre prohibida la entrada.

2 comentarios:

rafa dijo...

Enhorabuena por tu blog. Da gusto leer posts de tan alto nivel literario.

Un saludo y sigue asi !!

Javi dijo...

Gracias por la buena critica, me alegra que te guste el chiringuito este.