domingo, 1 de marzo de 2009

El burdel de Auschwitz




Pocos segundos antes de que suene la campana, el hombre extraño que se frota rítmicamente contra Hanna acelera sus embestidas antes de quedarse rígido como un palo, mientras se vacía, su cuerpo alargado y esquelético emite un gemido apagado, convulso, tras el cual sus huesos se desinflan y su carnes se desmoronan sobre la prostituta buscando su olor, su calor, recordando por un segundo, los días en los que puta y cliente aún no eran considerados infrahombres.

Mientras el desconocido se sube los pantalones la mujer nota como dos ojos azules se clavan en su espalda desnuda, a través de las mirillas de la puertas, los guardas ejercen de mirones profesionales, comprueban que todo transcurre con orden germánico y sin prácticas extrañas, sin violencia, dejando los golpes y las vejaciones, los asesinatos y las masacres para los edificios contiguos al bloque veinticuatro, las cámaras de gas que en ése momento funcionan a pleno rendimiento.

Hanna tiene unos minutos de descanso antes de que otro preso venga a hacer buen uso de sus privilegios, sin apenas tiempo para poder asearse, para preguntarle al cielo si hay otra salida que no sea convertirse en ceniza y alcanzar la libertad a través de las chimeneas de los crematorios, para darse cuenta que a pesar de todo puede sentirse afortunada en el infierno.

Su belleza la ha salvado, a ella no han golpeado, no la han rapado ni la han vestido con harapos, no la matan de hambre y la permiten incluso, de vez en cuando, dar un paseo en torno al recinto para estirar las piernas y respirar un aire con olor a muerte.

Dentro de la esquizoide visión de sus captores su función es esencial, son la recompensa para “los capos”, para aquellos presos no judíos que hacen el trabajo sucio, que humillan, maltratan y muelen a palos a sus compañeros de infortunio, delincuentes comunes, tipos sin alma que devoran a sus iguales con tal de alargar un día mas su existencia, que son como el aceite que lubrica el complejo mecanismo de Auschwizt, que aseguran el buen rendimiento de la máquina de matar.

Ellas son el premio, la garantía de que a los “capos” no les de por buscar esclavos sexuales entre sus subordinados, la forma de tenerles contentos mientras azotan a los suyos, mientras extienden un régimen de terror que les hace tan temidos como a los propios SS.

Hanna respira hondo, un día mas de vida, eso es lo que cuenta, cuando el extraño se va, tras la puerta aparece otro animal con los ojos inyectados en deseo, ella se tumba y contiene la última de sus lágrimas, la guarda junto con los buenos recuerdos en un lugar inaccesible, en lo más profundo de su cuerpo.

4 comentarios:

Hispa dijo...

Ssssssssssssssssss....... Estremecedor.

Javi dijo...

Gracias por tu visita y tu comentario Hispa

nika dijo...

Me encanta tu blog. Para que lo sepas... :-)

saludos

Javi dijo...

Gracias