jueves, 19 de marzo de 2009

Fatty, Dashiell y la botella.




Durante el interrogatorio, Dashiell se pregunta de donde sacará tantas secreciones el gordo, como una fuente eterna, las lágrimas de Fatty manan sin parar desde sus ojos, se mezclan con el sudor de sus sonrosadas mejillas y llegan formando grandes goterones hasta la nariz, el lugar donde se por fin se funden con una mucosidad verde repugnante que sube y baja con cada sollozo como accionada por una polea invisible.

Cada vez que el tipo se sorbe los mocos, el ruido resultante genera náuseas al detective, hace que en lo mas profundo de su ser desee sacarle la verdad a hostias, pero no puede ser, para empezar porque Fatty es el que paga, lo cual quiere decir que Fatty es inocente, independientemente de lo que le hiciera a aquella pobre infeliz.

Dashiell se contiene, cuenta hasta diez antes de hablar, sabe que debe aclarar su mente con respecto al gordo, alejar sus sentimientos, le desprecia y le compadece a partes iguales pero si al pobre diablo le metieran quince años de vellón o le colgasen del palo mas alto de San Quintín, el investigador no perdería ni media hora de sueño, aún así debe ser profesional, debe cumplir con la compañía que le paga y dejar el pabellón alto, ya se sabe, Pinkerton, la más famosa agencia de detectives, nunca duerme.

-Fatty, necesitamos saber la verdad para poder ayudarte, ¿la golpeaste?

Mocos, mocos y más mocos, por fin con una vocecilla de niño cantor contesta con ira.

-No.

-¿La violaste?

-Ya os lo he dicho, no llegué a tocar un pelo a ésa maldita furcia, ya estaba vomitando cuando llegué a la habitación.

Dashiell piensa que no son formas de hablar de una mujer, y mucho menos de una muerta, una pobre alma en pena dispuesta a dejar hacerse cualquier cosa por una propina y una promesa de papel secundario en cualquier película, aprieta los dientes y los puños, esta vez tendrá que contar hasta veinte.

-Dicen que la violaste con una botella, que murió porque la reventaste por dentro.

Aullidos, lloros, por un momento Fatty se atraganta, tose mientras Dashiell lo ve claro, el actor puede ser un putero, o un capullo, pero seguramente sea inocente, lo cierto es que da igual, los chicos de la prensa han olido sangre y no abandonarán hasta dejar seco a la reluciente bola de grasa llorosa que tiene en frente, que hay que vender diarios, de ser el actor más querido de América, a ser el hombre a quien todos quieren insultar, el mayor escándalo de Hollywood, el violador de la botella de champán, ya puede irse olvidando de hacer más películas, en ése momento la Paramount se está limpiando el culo con su contrato y los abogados añaden ceros a su minuta, Fatty Arbuckle huele a muerto en vida.

Su carrera está acabada, sin embargo la del hombre que se encuentra al otro lado de la habitación no ha hecho más que empezar, Dashiell Hammett aún no se ha convertido en el padre de la novela policíaca, pero poco le falta, pronto comenzará a poner negro sobre blanco historias como la de Fatty, repletas de tipos duros, hombres necios y mucha mala suerte, tan reales como la vida misma.

2 comentarios:

Hispa dijo...

Ya, bueno. Supongo que Fatty incluso podría dar gracias a que no le achicharraran en la silla eléctrica como hicieron con los cinco de Hymarket, con Sacco y Vancetti o con los Rossenberg años más tarde.

Eso sí, la triste historia de Fatty es una buena lección para los energúmenos que aparecen siempre en las puertas de los juzgados para increpar a aquellos que aún no han sido condenados y son, por tanto, presuntamente inocentes.

Javi dijo...

c¿Como era aquello?..."Nunca dejes que la verdad te estropee un buen reportaje"... máxima seguida por muchos periodistas de ayer, de hoy y de siempre.

Saludos, y gracias por tu comentario.