martes, 30 de junio de 2009

El secreto de la vida




En una pequeña habitación blanca, en Cambridge, rodeados de vidrio, tiza y papeles, James y Francis estrujan su sesera intentando recomponer un puzzle, uno muy pequeño, diminuto, que sin embargo tiene grabado sobre sus piezas la solución a un misterio insondable, mapa del tesoro que los ojos de los hombres, en su infinita ceguera, hasta ése día no han sido incapaces de desvelar, la estructura de una pequeña llave helicoidal, frágil y microscópica que custodia, ingenio del tiempo y la evolución, el destino y los secretos del propio ser humano.

El ADN.

Como suele pasar con estas cosas, James y Francis, probablemente no son los tipos más listos del lugar, ni los más respetados, ni acumulan en las paredes de sus despachos docenas de titulaciones y premios, aún no, quizás por su juventud, se parecen mas a dos niños superdotados que juegan con piezas de madera, que dejan volar su imaginación construyendo castillos en el aire, estructuras imposibles, imaginando un modelo y comparándolo con las pocas pistas que la realidad proporciona, modificando progresivamente la llave hasta que encaja en una cerradura invisible, hasta que abre el baúl de Long John Silver.

Así, sobre un modelo de cartón, James Dewey Watson y Francis Crick se dejan obsesionar por la estructura del ácido desoxirribonucleico, como engarzando las perlas de un collar, emparejan los nucleótidos sobre las cadenas fosfatadas, en una doble pista helicoidal donde las bases nitrogenadas, adenina, timina, citosina y guanina, miran al interior, enlazándose entre si fieles a su pareja, transportando la información de lo que somos, de padres a hijos, de generación en generación, en un juego de gatos y ratones que tiene como objetivo esquivar a la misma muerte.

Ahí es nada, el ADN, código con el que se construye la carcasa de genios y asesinos, de dictadores y santos, espada de Damocles sobre nuestras cabezas, tirano que nos salva o nos condena de las más terribles enfermedades, nuestra esencia, el corazón bombeando sangre en el hombre de hojalata.

En Febrero de 1952, James y Francis se reunirán con amigos y colaboradores en el Pub Eagle de Cambridge, tras meses soñando con dobles hélices, compitiendo contra otros laboratorios y contra otras universidades, en los que incluso llegaron a hacerse de estrangis con el trabajo realizado por gente como Rosalind Franklin (con quien por aquel entonces se llevaban a matar y sin cuyos estudios de difracción de Rayos X probablemente no hubiesen podido hacer nada), por fin ése día las pintas correrán a cuenta de los descubridores.

Durante el festejo, alguien se acerca a Francis Crick por la espalda, viéndole eufórico y posiblemente un poco pedo, da una palmada al futuro Nobel y pregunta.

-¿Qué habéis descubierto?

Francis no se corta, contesta con sinceridad.

-El secreto de la vida.

Una respuesta que sin duda pasará a la Historia.

jueves, 25 de junio de 2009

Miserias doradas



Bautizados con sangre indígena, rojo coagulado sobre metal bruñido, los veinte hombres de Gonzalo Jiménez de Quesada llegan a las tierras sagradas del valle de Suamox al atardecer, a la misma hora en la que aparecen los demonios, reflejando sobre sus aceros toledanos los últimos rayos del Dios Sol, extenuados, malnutridos y enfermos de codicia, los hombres a caballo vienen del otro lado del mundo transportando la muerte en su mirada, en el filo inerte de sus armas, sin vacilar, sin esparajismos, ni amenazas, sin sagradas celebraciones, ni bellos tocados de guerra, se lanzan al galope profesionales en esto del matar, aullando, maldiciendo y blasfemando primero, encomendándose poco después a Santos nunca mentados en éstas tierras, por si acaso; haciendo el suelo temblar bajo los cascos de sus monturas, disparando sus palos de trueno entre polvaredas con olor a azufre y grandes cuchillos y picas, capaces de abrir con facilidad pasmosa las carnes, dejando para siempre tras de si un rastro de horror en los rostros de los vasallos del cacique Tundama.

A los pies del gran Templo del Sol, la batalla es breve, con facilidad, los hombres venidos del este cosechan almas para su Dios por la vía rápida, cristianizando a golpe arcabuz, matando por igual a justos y a pecadores, dejando a San Pedro la noble tarea de separar al que lo merezca.

Sogamoso es sometida más pronto que tarde, con la oscuridad sobre sus cabezas, los indios huyen salvando sus objetos más preciados, abandonando la ciudad a sus nuevos dueños que, prudentes y escasos en número deciden acampar espalda contra espalda, durmiendo con un ojo abierto, y una mano en la misericordiosa, no vaya a ser que durante el sueño, un contraataque les mande a criar malvas antes de tiempo, justo cuando el oro, la riqueza y la fortuna parecen más que nunca al alcance de la mano.

Así que allí están, veinte hombres, o lo que queda de ellos, cansados, somnolientos, desfondados, con las costillas marcadas en su pecho y una colección de heridas y promesas incumplidas en su sesera, hartos de selva, de hambre, de mosquitos, de malaria, de cagaleras y fiebres infernales, de flechas envenenadas y tumbas en el camino, dispuestos a coger lo que ahora es suyo, que los muertos no sueñan mas sueño que el eterno, ni comen, ni necesitan mas monedas que las que cobra el sepulturero.

Allí están, Miguel Sanchez y Juan Rodriguez, con sus ojos irritados abiertos de par en par en mitad de la noche, inyectados en sangre, incapaces de recordar el último día en que durmieron, neuróticos, excitados, codiciosos, mirando fijamente el gran Templo del Sol como mirarían dos perros de presa a un zorro cojo, babeando, callados, maldiciendo en su fuero interno a la madre que parió a Jimenez de Quesada, por hacerles esperar al alba, para poder dedicarse al noble arte del saqueo.

Con un susurro, apenas rompiendo el silencio, como recitando una letanía, Miguel duerme despierto, pinta sus anhelos de color dorado.

-Los Muiscas cubren de oro a sus caciques... de esmeraldas... de piedras preciosas, dicen que les cargan de tesoros... que los tiran al lago en inmensas ofrendas...

Sin quererlo, mientras habla, el soldado se sitúa a medio camino entre la vigilia y el sueño, distorsionando su discurso, mezclando palabras, inventándoselas, emitiendo gruñidos, sonidos sin sentido en un mar de frases inconexas, un dialecto extraño en el que al final solo se entiende claramente una palabra.
-Eldorado....

Una locura, una dulce locura oculta en lo más profundo de un infierno verde; débiles y desobedientes, los dos hombres sucumben a su codicia, en mitad de la noche, con un par de antorchas y sin ser vistos por el grupo se presentan en el gran templo, hipnotizados por la gran construcción hecha en madera de guyacán, paja y esparto, no tardan en violar de una patada la entrada, apartando de un empujón al anciano sacerdote que armado de razones sale a su encuentro como último legítimo dueño y protector del legado de sus antepasados.

Si es un sueño, los hombres de Quesada no quieren despertar, sobre las tumbas de antiguos caciques olvidados, grandes máscaras funerarias de oro y esmeraldas descansan por los siglos de los siglos, junto con hermosos tocados, bellos vestidos y complejas piezas de orfebrería que parecen tililar como estrellas en el firmamento.
Desquiciados, Miguel y Juan arrojan sus antorchas encendidas a suelo de esparto y casi sufren un orgasmo, con ambas manos despojan de oro a los muertos, se llenan sus bolsillos enloquecidos, olvidándose de las leyes de la física y la combustión, llamas que se extienden en un abrir y cerrar de ojos, que escalan por las paredes y corren ligeras por los techos, devorando anhelos, fortunas y regias calaveras, obligando a los saqueadores a salir por piernas, chamuscados, humillados, dejando atrás la fortuna que por un segundo creyeron acariciar con la punta de sus dedos.

De vuelta al mundo cruel, Miguel y Juan caen de rodillas y vomitan medio asfixiados mientras el infierno se desata, luchando por introducir una bocanada de aire limpio en sus pulmones, sólo pueden deslizar una última mirada a sus espaldas, a lo que pudo ser y no fue, sólo para oír a la perfección unas sonoras carcajadas, de ultratumba, momias que desde eldorado en llamas, les maldicen y les saludan, deseándoles el más cruel de los destinos.

sábado, 20 de junio de 2009

Las letras de ceniza




Hipnotizados, los ojos de Klaus miran abiertos de par en par el brillo de la imbecilidad humana, azules, atónitos y emocionados, son espejo sobre el que se refleja un mundo en descomposición, una gran hoguera que no es más que un preludio evidente del desastre, frente a él, en la Opernplatz, el fuego inmenso se desata, acompañado por un crepitar seco, continuo, agónico, como si antes de ser devorados, los libros que allí se consumen emitieran un último aullido de dolor, una última súplica inútil, inaudible para unos verdugos que se regocijan en su sordera.

Las llamas purificadoras se yerguen poderosas sobre la razón humana, se cuelan a través de las pupilas del estudiante contaminando su humor vítreo, redecorando su retina, imprimiendo en su recuerdo una imagen en amarillo, rojo y negro que no olvidará jamás, vergüenza futura, postal trágica que ilustrará un hueco, un vacío inexplicable en las estanterías del conocimiento, llenado apresuradamente con palabras ausentes, sin significado, con discursos que no dicen nada, perversión del verbo, pútrida carcasa gramatical que sostiene un sinsentido, que ante la pila de libros en llamas simplemente se entrena para el día en que no sólo ardan las ideas.

Frenético, Klaus siente el calor en su cara, el rubor en sus mejillas y el odio en su alma, atraído por la enorme hoguera, se mimetiza con la masa, grita y repite como un mantra las palabras de su líder, se deja seducir porque es un chico fácil, porque una mano en alto y una insignia molona en la solapa es la mejor carta de presentación, el poder condensado en un gesto, en una miserable y minúscula pieza de metal que sin embargo es mágica, que al mostrarse abre puertas y tiñe de miedo las miradas los hombres.

Klaus es suficientemente idiota como par confundir el miedo con el respeto, mientras canta y repite consignas, fija su mirada en la lejanía, emocionado observa al pequeño gran hombre subirse a un escenario, cojo y minúsculo es la antítesis racial de ideal que propugna, con una voz nasal, se dirige a la masa causando una pequeña histeria colectiva.

El líder habla, mueve los labios y emite sonidos que versan sobre la esencia de los buenos alemanes, sobre revoluciones, sobre los espíritus malignos que han llenado de basura las bibliotecas de las universidades, sobre nuevos tiempos que emanan purificados desde el fuego.

Mierda.

Klaus se lo cree, se traga el anzuelo hasta el gaznate, gustoso comulga con la nueva religión y por un segundo siente como el corazón escala sobre su pecho, quiere salir a tomar el fresco, con los latidos ametrallando sus sienes, el estudiante recibe de manos de alguien un libro condenado, es “La interpretación de los sueños” de Freud, impaciente, corre, se acerca a la fogata y antes de lanzar la obra del judío exclama orgulloso.

-Contra el desmenuzamiento del alma y el exceso de énfasis en los instintos sexuales. Por la nobleza del alma humana.

Ya está, es como un orgasmo, Klaus canta, baila, es felicitado por sus profesores y ésa misma noche se emborracha, de vuelta a casa, feliz se mete en el catre y duerme como un bebé, sueña con hogueras y mujeres desnudas, con cientos de brazos que le acogen y le aúpan, disfruta hasta que de repente el gentío desaparece y se encuentra sólo con una niña preciosa, de ojos azules y bucles dorados, que llora un río desde sus ojos, y que camina descalza por un Berlín desolado, reducido a cenizas y escombros, donde no hay otra cosa que muerte y destrucción.

Escalofriado, el muchacho se levanta en mitad de la noche con una gota de sudor frío recorriendo sus sienes, aterrado, bebe un poco de agua y da gracias al cielo por despertar de la pesadilla, su insignia del partido brilla en la oscuridad, le reconforta desde el lado oscuro, respira y cierra los párpados, por suerte los sueños, sueños son.

viernes, 19 de junio de 2009

Sobre almas y demonios




Amadeo tiene miedo a la muerte, y quizás precisamente por eso se mata poco a poco, lentamente, camina por un mundo hostil con paso firme hacia el desastre, resquebrajándose, abandonando piezas de si mismo en la cuneta del tiempo, fragmentos cortantes de un alma que se ha pintado de negro, que alterna desquiciada miradas de dulzura y odio, que se droga y narcotiza hasta evadirse, hasta perder el sentido, porque el sentido duele, jode, hiere, desgarra su corazón y sus tripas.

Despacito y con buena letra escribe su epitafio maldito sobre las mesas de las tabernas, recita fragmentos de la divina comedia mientras vende su obra por una botella de licor en los cafés de Montmatre, mientras acosa borracho a los clientes, tambaleándose entre las sillas, haciendo de la miseria su hogar y de la tinieblas su alimento.

Modi, el maldito, ama, odia y pinta a sus mujeres a partes iguales, las maltrata, las desnuda, simplifica su cuerpo en líneas infinitas y estilizadas, las regala la eternidad, justo peaje por entregarlas su dolor, como si en su sufrimiento encontrase un bálsamo para sus heridas, chico malo, chicas tontas, hace que le quieran con locura, que inevitablemente elijan entre dos opciones, o huir destrozadas o compartir su mismo oscuro destino.

Derrotado tras luchar contra si mismo, Modi siente hervir su sangre cuando le dicen que Beatrice tiene un nuevo amante, que juntos están celebrando su amor en la fiesta de bienvenida de Braque, junto con Picasso, Ortiz de Zárate, Max Jacob y Marie Vassilieff, lleno de ira, tambaleándose, bufando y acariciando un revólver en el bolsillo de su chaqueta, se presenta el la fiesta sin invitación, grita, aúlla y por un momento esta a punto de hacer correr la sangre.

Pero el pequeño pintor no está en su mejor momento, hoy no habrá representación de ninguna tragedia griega, empujado por Marie Vassilieff tras una breve pelea, Modi acaba rodando escaleras abajo, mordiendo el polvo, besando los adoquines, no es la primera vez, no será la última, maldiciendo su estampa se levanta, se recompone y ríe como sólo saben reír los demonios que lleva dentro.

Arrastrando los pies, se deja guiar una vez más por ellos, pequeños seres rojos con cuernos y rabo, que le espolean y le indican, una vez más, el camino del exceso, pinchando en blando sobre sus entrañas y susurrando en su oído el secreto de la eterna felicidad, tan oscuro como la noche, tan verde como la absenta y tan frágil como el humo del hachís.

Dolorido, pálido y humillado, Modi escucha atentamente y asiente con su cabeza, sin prisa pero sin pausa su alma maldita se pone en movimiento, para pederse por las calles de Paris, con la sana intención de no ser nunca encontrado.

martes, 16 de junio de 2009

Valfierno y el robo de la gioconda



Eduardo de Valfierno está más tieso que la mojama, canino, camina con su sombrero de bombín y su impecable vestido de raya diplomática por las calles de Paris, con un par de agujeros en los calcetines y una sonrisa amable que esconde bajo los labios una hilera de dientes puntiagudos, de tiburón, que se afilan solos cuando su olfato detecta al kilómetro algún panoli al que aliviar fácilmente la cartera.

Valfierno es Marques por decisión propia y timador por necesidad, que no hay nada como el hambre para agudizar el ingenio y además, en sus manos, misterios de la condición humana, el vil metal tiende a escurrirse con facilidad, se evapora, desaparece y vuela libre como un pájaro, porque después de todo la vida es breve y las piernas en el Molino Rojo son largas, demasiado.

Sentado entre hileras de humo y ligas de color rojo pasión, las curvas le envuelven, se enroscan y le hipnotizan, le acompañan en su soñar despierto mientras planea, con su compañero Yves Chaudrón el golpe perfecto, la obra maestra del pufo que de salir bien les retirará por siempre jamás, haciéndoles hombres felices comedores de perdices, como en un cuento al revés donde, por una vez al pobre lobo le dejan zamparse a caperucita, a la abuela, al leñador y a la madre que parió a la panda, uno detrás de otro, ñam ñam que rico.

A su lado, con cara de cordero en una reunión de pastores, sin saber muy bien con quien se juega los cuartos, se encuentra Vinzenzo Perugia, transalpino de pocas luces y mucho corazón, carpintero del Louvre al que Valfierno ha convencido para que, en un descuido al día siguiente, robe ni mas ni menos que la Mona Lisa, se la meta bajo el mandil de trabajo y se la entregue a él, asegurándole al pobre infeliz que el destino final de la obra no será otro que la Italia de sus amores.

Así pues, lleno de ardor patriótico y embelesado por el vil metal, casi sintiendo su dulce tacto, el futuro ladrón escucha y acepta, reúne poco a poco el valor necesario para birlarle al gran museo su bien más preciado, su cuadro más famoso, el retrato entre retratos.

Lo que no sabe Vincenzo es que no volverá a ver al marqués de chichinabo, porque Valfierno realmente no quiere la Gioconda, a él le vale con que desaparezca una temporada, porque él ya tiene nada menos que siete, siete copias perfectas realizadas por Yves, apalabradas por trescientos mil dólares cada una, a punto de ser enviadas a siete millonarios estúpidos que se creen promotores del robo y están dispuestos a pagar lo que sea por contemplar en privado una risa burlona vista a través de los ojos de un genio.

Y el caso es que contra todo pronóstico, Vincenzo tiene éxito, por algún milagroso azar del destino se las arregla para salir del Louvre sin ser detectado, consigue alegrar su habitación durante dos años con la obra de Leonardo, hasta que un buen día al intentar venderla, se encuentra con una docena de policias redecorando sus costillas en menos que canta un gallo.

Mientras tanto, al otro lado del mundo, el marques de Valfierno recoge los frutos de sus desvelos, duda entre tomarse un mojito en la piscina o un daikiri en la playa y por un segundo lamenta que su plan sea tan jodidamente perfecto, que al final, después de todo, nadie recuerde el verdadero nombre del hombre que urdió el robo de la Gioconda.

viernes, 12 de junio de 2009

Ibrahim y las tijeras de Josefa.




Ibrahim es nieto, hijo y padre de guerreros, y bajo su colorido turbante corre sangre orgullosa de sus antepasados, una extirpe que se remonta a los albores del tiempo, esclavos que se ganaron su libertad y respeto a base de partirse la crisma por el Islam, luchando contra el infiel, degollando cruzados y mongoles, protegiendo califas, emires y sultanes, escabechando los mismos cristianos bajo cuya bandera, ironías del destino, ahora le toca servir.

Mientras carga y fija las pistolas a su cintura, mientras desenvaina su cimitarra y coloca el dejerdis sobre su montura aparentemente está tranquilo, es un profesional, veterano de Austerlitz, por el filo de su espada ha fluido la sangre de media docena de países, egipcios, franceses, turcos, austriacos y rusos, con democrática pasión los ha pasado a cuchillo por igual, ha abierto sus carnes y les ha arrebatado la vida, con un ojo en el enemigo y otro en el Corán se ha lanzado a tumba abierta contra las oscuras bocas de los cañones, esquivando balas y metralla, flechas y venablos, con las pirámides a la espalda se ha jugado la vida a cara o cruz , dando mandobles a diestro y siniestro, sufriendo la derrota y la humillación bajo las órdenes de Murad Bey, ante el pequeño dictador que ahora asola Europa, convirtiéndose en mercenario ha cambiado de señor pero no de oficio, de bandera pero no de condición.

Cuando Ibrahim entra en la Plaza de la Cebada, mira de reojo a sus compañeros mamelucos antes de, a voz en grito, encomendarse a su Dios y con determinación clavar sus espuelas sobre su corcel; por un segundo maldice a Murat por hacerle asesinar gente indefensa, por encomendarles un trabajo tan sucio y poco honorable.

Así, la carga enfila la muchedumbre, desde su posición privilegiada, Ibrahím pasa como un rayo de muerte sobre los sediciosos más adelantados, les abre la cabeza, siente las gotas de su sangre salpicar su cara y su guerrera, rojo pasión sobre sedas de oriente, lanza su yegua emitiendo un grito de ultratumba, aullando contra un grupo de hombres que sin embargo no huyen, que se vuelven y le plantan cara, locos inconscientes que desconocen la buena maña que los mamelucos se dan en esto del matar, por un segundo, antes del encontronazo, el egipcio mira a los ojos de sus enemigos y permite que un presagio funesto cruce por su cerebro, arremete contra ellos con fuerza, el golpe es demoledor, espoleada, la yegua de Ibrahim salta y penetra e el gentío al son de huesos rotos, una masa uniforme que absorbe el impacto, que debiera disolverse, que aterrada debiera correr buscando refugio.

Y sin embargo no se mueven, y sin embargo aguantan, como pequeños demonios saltarines, morenos, cejijuntos, con sus patillas arregladas y con sus navajas de reyerta abiertas de par en par se cierran buscando el cuerpo a cuerpo, haciendo un nudo en el estómago de Ibrahim que no deja de dar mandobles mientras ve como las tripas de su fiel yegua besan el suelo, el animal salta y da una ultima coz sin saber que ya está muerto, y junto con el caballero se desploma con estruendo.

El soldado mira a su alrededor, la cosa se complica, el compañero que corre en su auxilio recibe el impacto de una maceta desde las alturas y cae si sentido sobre un jardín de navajas albaceteñas, que le reciben con cariño, Ibrahim tira de pólvora, dispara una vez y otra, y al final se encuentra empuñando su daga frente a un chulapo que le mira con una media sonrisa en la boca, contento de poder dialogar de tu a tu con el mameluco.

Pero Ibrahim es un guerrero, un profesional, revolcado por el suelo sabe jugar a un juego mortal que gana el que antes pinche sobre blando, se defiende con arte, con esfuerzo consigue inmovilizar al muchacho que le ataca, acerca la punta de su daga a su cuello y un minuto antes de clavar el metal sobre la carne casi siente pena por el mozo, por su valor estúpido.

Josefa Rodriguez es costurera, hija de costurera y será madre de costureras, última de una extirpe de mozas que llevan cinco siglos quitando el hipo a los hombres de Madrid, ha pasado los últimos dos años pelando la pava con Manuel Benitez, muchacho de poco mas de veinte años que ahora mismo anda enredado por los suelos con un moro venido de Dios sabe donde, intentando encontrar en su entretelas un hueco para cortarle el pescuezo, topando el aire con cada envite.

Quinientos años de batallas contemplan al guerrero, quinientos años y unas tijeras, que afiladas dejarán de cortar tela para cortar carne, que en manos de Josefa tienen mas peligro que las tropas Austrohúngaras, los húsares de Napoleón y los cañones de Navarone.

Ibrahim antes de morir siente una sombra en su espalda, es lo último que percibe, sin tiempo para encomendarse a nadie, observa como con un grito agudo, dos puntas afiladas se dirigen a sus ojos, hurgan en su sesera, defendiendo a un hombre valiente pero torpe, haciendo el trabajo que, salvo honrosas excepciones, casi todo el ejercito de Carlos IV, con sus cañones, sus banderas y sus uniformes de colorines, no han sabido, no han querido o no han podido hacer.

martes, 9 de junio de 2009

El hogar de los hombres cuerdos




De pie frente a la pared, con la cabeza apoyada sobre la misma, Leónidas está a punto de curarse, sus pupilas dilatadas observan con detenimiento cada milímetro del blanco alicatado, descubren y contabilizan divertidas las motas de suciedad que jalonan los azulejos del baño, las de la esquina hacen mil doscientas veinticuatro, mientras suma, ríe nervioso y se muerde las uñas, se saca la chorra, orina y camina alegre por un mundo monocromático que ha invadido su cerebro, que ha ocupado por la fuerza el lugar donde debieran estar sus recuerdos.

Todos los hombres cuerdos tienen cabida en la casa de los locos, en las psikhushkas, el lugar donde el camino entre la cordura y la enfermedad se recorre varias veces, en distintos sentidos, donde los cerebros se lavan como su fueran calcetines y la NKVD sana la más peligrosa de las enfermedades, la de el sentido crítico.

Leónidas estaba perdido pero le han encontrado, indefenso, ahora se siente como un niño entre una multitud sin rostro, como un naufrago en un mar de leche espesa, donde el tiempo se convierte en una variable dúctil y maleable, donde la memoria es un libro del que se pueden arrancar hojas y reescribirlas, por suerte para él, ahora su cerebro ya no le pertenece, ahora pertenece al partido, al estado, al pueblo.

Y es que puede sentirse agradecido, los padres de la patria supieron detectar a tiempo su “esquizofrenia lentamente progresiva”, supieron ayudarle, gracias a los elctroshocks, al haloperidol y a las palizas su cuerpo maldito se dio cuenta de su craso error y fue abandonando las estúpidas ideas que lo infectaban.

Un proceso lento, pero que nunca falla, progresivo, implacable, de su mente reseteada primero se fueron los ideales, estúpidos conceptos de libertad y democracia, mas tarde la cultura, sinfonías y filósofos dijeron adiós entre chispazos en las sienes, y por último la familia, los seres queridos fueron los que más se anclaron en el recuerdo, pero al final sus rostros se desfiguraron como todo lo demás, fundidos a blanco, olvidados.

Ahora, Leónidas por fin es auténticamente libre, auténticamente feliz, tras la meada, intenta conseguir subirse él solo la cremallera, y casi lo consigue, sus labios se curvan hacia arriba mientras desde su comisura se descuelga un goterón de baba, sin prisa pero sin pausa se da media vuelta y camina con dificultad hacia la puerta, donde un grupo de individuos con bata blanca y gorra de plato le dan un par de palmaditas en la espada, observan su obra y firman un trozo de papel amarillento, están contentos, orgullosos, sin duda puede decirse que han hecho un gran trabajo.

sábado, 6 de junio de 2009

De Diosas y corazones rotos




Cuando Margaretha se mueve, los corazones se paran en el Museo Guimet, con cada paso, la extraña mujer anula los sonidos que la envuelven, dinamitándolos con su sola presencia, consciente de su poder, roba la voz a los hombres y los hipnotiza, haciendo que la rodeen, deseándola, devorándola con unos ojos lascivos, grandes como platos, que anhelan cada parte de su cuerpo, que estudian con detenimiento cada centímetro de su piel desnuda, con un nudo en el estómago, sufriendo amagos de infarto cada vez que uno de sus velos acaricia el suelo.

Como en un cuento oriental, Margaretha no tiene un genio escondido en una lámpara, pero si una docena de amantes multimillonarios que la colman de caprichos, que construyen en torno a ella un mundo nuevo, perfecto, dorado, que la permiten huir mientras baila, correr hacia delante sin mirar atrás, dejando en la cuneta un pasado resquebrajado, desestructurado y terrible, donde la miseria, la enfermedad y la muerte acechan detrás de cada esquina, donde el dolor es un elemento demasiado constante del que, a pesar del lujo, es imposible deshacerse del todo.

Harta de un mundo sin purpurina, la mujer se reinventa, presta su cuerpo para que una diosa oriental llamada Mata Hari se encarne y debuta con su “baile exótico” el 13 de Marzo 1905 en el Museo Guimet, ése día, las figuras asiáticas que allí se exponen de repente cobran vida, toman forma de piel y huesos, de curvas, velos y joyas, de ojos impenetrables que en ocasiones se guiñan a algún poderoso afortunado indicando el camino hasta el camerino.

Mata Hari es hija de un sombrerero pero afirma ser una princesa hindú, sacerdotisa de una casta milenaria de reyes y príncipes, vive su mentira con pasión, como un juego, sin ser la mejor bailarina, es la más imitada, sin ser la más joven ni la más bella es el mayor y más oscuro objeto de deseo de la condición masculina.

Lasciva, enamoradiza e inconsciente, un buen día jugará a un juego que no respeta a los perdedores, ni a los mitos, en la locura de la primera gran guerra, será acusada de espía, encarcelada y condenada a muerte, llevada frente al pelotón de fusilamiento, la leyenda contará que fue capaz de lanzar un beso a sus asesinos, y que éstos tuvieron que disparar con los ojos vendados para evitar caer hipnotizados antes de apretar el gatillo.

La realidad será otra muy diferente, porque al final, hasta las diosas sangran cuando las disparan, hasta ellas lloran y se derrumban sobre el barro cuando la brutalidad humana, física y metafóricamente las parte en dos el corazón.

miércoles, 3 de junio de 2009

La buena mierda




Cuando el Dr John R Brinkley encuentra al cabrero Stittsworth, algo no funciona correctamente en la entrepierna de Stittsworth, un trozo de carne muerta cuelga sin remedio, un apéndice laxo y cabizbajo incapaz de mirar al cielo, origen de las penas de un hombre de campo que camina por el mundo con cara de amargura, que observa con envidia el furor sexual de sus animalicos, criaturas de Dios que ante la brevedad de sus vidas se dedican al fornicio desatado entre balidos de felicidad.

Por suerte para el granjero, el doctor Brinkley no es un doctor cualquiera, quizás porque entre otras cosas no tiene título oficial, más tieso que la mojama, el galeno es un genio incomprendido, un estudioso de la prestigiosa Universidad Médica Ecléctica de Kansas que por quinientos pavos ha colgado un bello trozo de papel ribeteado en la pared de su clínica.

Tras por lo menos diez minutos de intensa actividad mental, nuestro amigo John no tarda en encontrar la solución a los problemas de Stittsworth, una genialidad única, que consiste en cortarle los testículos a una cabra y bisturí mediante, insertarlos al pastor en el interior de su bolsa escrotal; el puto amo, la gallina de los huevos de oro, la pica en Flandes, la solución discreta y definitiva a la mayor pesadilla del auténtico macho americano.

Pronto, para desgracia de las pobres cabras y gracias a la radio que el propio Brinkley regenta, la noticia de su nuevo método se extiende como el fuego sobre la pólvora.

-¡Póngase usted unos huevos nuevos por tan solo setecientos cincuenta retratos en verde de George Washington, sea feliz a un módico precio!

Maestro de charlatanes, ídolo de publicistas, las cuñas radiofónicas de Doc Brinkley, se olvidan de señalar algunas pequeñas molestias y efectos secundarios de la intervención, a saber, tumoraciones, edemas, infecciones, pérdida del órgano intervenido, sepsis y muerte, nada que la virgen de Lourdes no pueda arreglar.

Así, el matasanos encuentra su maná particular, la manera de hacerse rico sin esfuerzo, que de la cárcel se sale, pero de la miseria no, extendiendo su método a la cura de otras veintisiete patologías que van desde la infertilidad hasta el cáncer.

Y sin embargo la felicidad del médico tiene fecha de caducidad, motivado sin duda por una envidia malsana, unos malditos doctores oficiales capitaneados por un tal Fishbein, con sus batas blancas, sus títulos de verdad y sus remilgadas visiones del I+D, un buen día le cerrarán el chiringuito, le prohibirán el ejercicio médico y casi le meterán entre rejas.

No importa, después de la tormenta siempre viene la calma y la gente como el Doctor John R Brinkley es como la buena mierda, que siempre se las arregla para salir a flote.

lunes, 1 de junio de 2009

Los ovarios de Lucie




Cuando el furgón acelera, vibra y chirría como un gran gorrino metálico camino del matadero, el viejo Citroën está en las últimas pero tira millas, parece ir dejando un rastro tras de si, de tornillos y aceite, fragmentos de carrocería de un vehículo reconvertido en coctelera sobre cuyo asiento del copiloto Lucie, sin embargo, medita tranquila mientras baja la ventanilla, mientras deja entrar un pequeño vendaval helado que revuelve su pelo y enfría las pequeñas gotas de sudor que corren por su cuello.

La procesión va por dentro, sin prisa pero sin pausa, la mujer monta la metralleta Sten que reposa en su regazo, cuidadosamente se asegura de que esté bien engrasada, de que no haya la más mínima mota de polvo en el cargador que obstaculice el correcto fluir de las balas, la ración de muerte y plomo con la que va a recuperar lo que es suyo, le pese a quien le pese.

Actúa mecánicamente, siguiendo unos pasos bien aprendidos, cien veces ensayados, grabados a fuego en su memoria, mientras lo hace sin embargo su imaginación vuela, se libera de lo que tiene entre manos y recuerda los viejos tiempos, los buenos tiempos en los que las profesoras de historia embarazadas no empuñaban otra cosa que no fuera un trozo de tiza.

Mundo de locos, cuando el Citroën adelanta al camión de transporte de la Gestapo que circula frente a ellos, el conductor de éste ve a una guapa muchacha que le saluda, que le hace señas entre sonrisas, aminora y baja la ventanilla, le dice “que bonitos ojos tienes cordera”; un minuto antes de ver un brillo metálico entre sus manos piensa que es su día de suerte, un segundo antes de morir piensa que esa noche no va a dormir solo.

La ráfaga le destroza, por un extraño milagro, la Sten, que falla mas que una escopeta de feria, consigue proyectar media docena de balas sobre la jeta del asombrado “deutsche”, extender sus sesos sobre el salpicadero, al desplomarse sobre el volante, el camión-celda alemán pega un bandazo, a punto está de volcar pero al final se detiene, mansamente sobre la cuneta, tres guardas se bajan mareados y dando gritos, con intención de tirar de hierro como buenos soldados nacionalsocialistas, no les dejan, antes de que digan “este Fürher es mío”, Lucie y los suyos les cosen a balazos, les rematan en el suelo con la saña del que salda viejas deudas, viejas cuitas, sacan del transporte a su gente, entre otros a Raymond, el marido de la historiadora al que una bala amiga le ha entrado por el carrillo y le ha salido por la oreja, a pesar de todo sobrevivirá, salvará el culo antes de su ejecución inminente, como el resto de prisioneros que iban camino del paredón.

Lucie recupera lo que es suyo, nadie podría impedirlo, ni Hitler, ni Klaus Barbie, ni la puta que les parió a todos, recoge del suelo a Raymond, le salva la vida, le cura, huye con él camino del exilio, buscando un lugar donde les dejen vivir en paz, con dos ovarios.