sábado, 6 de junio de 2009

De Diosas y corazones rotos




Cuando Margaretha se mueve, los corazones se paran en el Museo Guimet, con cada paso, la extraña mujer anula los sonidos que la envuelven, dinamitándolos con su sola presencia, consciente de su poder, roba la voz a los hombres y los hipnotiza, haciendo que la rodeen, deseándola, devorándola con unos ojos lascivos, grandes como platos, que anhelan cada parte de su cuerpo, que estudian con detenimiento cada centímetro de su piel desnuda, con un nudo en el estómago, sufriendo amagos de infarto cada vez que uno de sus velos acaricia el suelo.

Como en un cuento oriental, Margaretha no tiene un genio escondido en una lámpara, pero si una docena de amantes multimillonarios que la colman de caprichos, que construyen en torno a ella un mundo nuevo, perfecto, dorado, que la permiten huir mientras baila, correr hacia delante sin mirar atrás, dejando en la cuneta un pasado resquebrajado, desestructurado y terrible, donde la miseria, la enfermedad y la muerte acechan detrás de cada esquina, donde el dolor es un elemento demasiado constante del que, a pesar del lujo, es imposible deshacerse del todo.

Harta de un mundo sin purpurina, la mujer se reinventa, presta su cuerpo para que una diosa oriental llamada Mata Hari se encarne y debuta con su “baile exótico” el 13 de Marzo 1905 en el Museo Guimet, ése día, las figuras asiáticas que allí se exponen de repente cobran vida, toman forma de piel y huesos, de curvas, velos y joyas, de ojos impenetrables que en ocasiones se guiñan a algún poderoso afortunado indicando el camino hasta el camerino.

Mata Hari es hija de un sombrerero pero afirma ser una princesa hindú, sacerdotisa de una casta milenaria de reyes y príncipes, vive su mentira con pasión, como un juego, sin ser la mejor bailarina, es la más imitada, sin ser la más joven ni la más bella es el mayor y más oscuro objeto de deseo de la condición masculina.

Lasciva, enamoradiza e inconsciente, un buen día jugará a un juego que no respeta a los perdedores, ni a los mitos, en la locura de la primera gran guerra, será acusada de espía, encarcelada y condenada a muerte, llevada frente al pelotón de fusilamiento, la leyenda contará que fue capaz de lanzar un beso a sus asesinos, y que éstos tuvieron que disparar con los ojos vendados para evitar caer hipnotizados antes de apretar el gatillo.

La realidad será otra muy diferente, porque al final, hasta las diosas sangran cuando las disparan, hasta ellas lloran y se derrumban sobre el barro cuando la brutalidad humana, física y metafóricamente las parte en dos el corazón.

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