martes, 9 de junio de 2009

El hogar de los hombres cuerdos




De pie frente a la pared, con la cabeza apoyada sobre la misma, Leónidas está a punto de curarse, sus pupilas dilatadas observan con detenimiento cada milímetro del blanco alicatado, descubren y contabilizan divertidas las motas de suciedad que jalonan los azulejos del baño, las de la esquina hacen mil doscientas veinticuatro, mientras suma, ríe nervioso y se muerde las uñas, se saca la chorra, orina y camina alegre por un mundo monocromático que ha invadido su cerebro, que ha ocupado por la fuerza el lugar donde debieran estar sus recuerdos.

Todos los hombres cuerdos tienen cabida en la casa de los locos, en las psikhushkas, el lugar donde el camino entre la cordura y la enfermedad se recorre varias veces, en distintos sentidos, donde los cerebros se lavan como su fueran calcetines y la NKVD sana la más peligrosa de las enfermedades, la de el sentido crítico.

Leónidas estaba perdido pero le han encontrado, indefenso, ahora se siente como un niño entre una multitud sin rostro, como un naufrago en un mar de leche espesa, donde el tiempo se convierte en una variable dúctil y maleable, donde la memoria es un libro del que se pueden arrancar hojas y reescribirlas, por suerte para él, ahora su cerebro ya no le pertenece, ahora pertenece al partido, al estado, al pueblo.

Y es que puede sentirse agradecido, los padres de la patria supieron detectar a tiempo su “esquizofrenia lentamente progresiva”, supieron ayudarle, gracias a los elctroshocks, al haloperidol y a las palizas su cuerpo maldito se dio cuenta de su craso error y fue abandonando las estúpidas ideas que lo infectaban.

Un proceso lento, pero que nunca falla, progresivo, implacable, de su mente reseteada primero se fueron los ideales, estúpidos conceptos de libertad y democracia, mas tarde la cultura, sinfonías y filósofos dijeron adiós entre chispazos en las sienes, y por último la familia, los seres queridos fueron los que más se anclaron en el recuerdo, pero al final sus rostros se desfiguraron como todo lo demás, fundidos a blanco, olvidados.

Ahora, Leónidas por fin es auténticamente libre, auténticamente feliz, tras la meada, intenta conseguir subirse él solo la cremallera, y casi lo consigue, sus labios se curvan hacia arriba mientras desde su comisura se descuelga un goterón de baba, sin prisa pero sin pausa se da media vuelta y camina con dificultad hacia la puerta, donde un grupo de individuos con bata blanca y gorra de plato le dan un par de palmaditas en la espada, observan su obra y firman un trozo de papel amarillento, están contentos, orgullosos, sin duda puede decirse que han hecho un gran trabajo.

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