martes, 16 de junio de 2009

Valfierno y el robo de la gioconda



Eduardo de Valfierno está más tieso que la mojama, canino, camina con su sombrero de bombín y su impecable vestido de raya diplomática por las calles de Paris, con un par de agujeros en los calcetines y una sonrisa amable que esconde bajo los labios una hilera de dientes puntiagudos, de tiburón, que se afilan solos cuando su olfato detecta al kilómetro algún panoli al que aliviar fácilmente la cartera.

Valfierno es Marques por decisión propia y timador por necesidad, que no hay nada como el hambre para agudizar el ingenio y además, en sus manos, misterios de la condición humana, el vil metal tiende a escurrirse con facilidad, se evapora, desaparece y vuela libre como un pájaro, porque después de todo la vida es breve y las piernas en el Molino Rojo son largas, demasiado.

Sentado entre hileras de humo y ligas de color rojo pasión, las curvas le envuelven, se enroscan y le hipnotizan, le acompañan en su soñar despierto mientras planea, con su compañero Yves Chaudrón el golpe perfecto, la obra maestra del pufo que de salir bien les retirará por siempre jamás, haciéndoles hombres felices comedores de perdices, como en un cuento al revés donde, por una vez al pobre lobo le dejan zamparse a caperucita, a la abuela, al leñador y a la madre que parió a la panda, uno detrás de otro, ñam ñam que rico.

A su lado, con cara de cordero en una reunión de pastores, sin saber muy bien con quien se juega los cuartos, se encuentra Vinzenzo Perugia, transalpino de pocas luces y mucho corazón, carpintero del Louvre al que Valfierno ha convencido para que, en un descuido al día siguiente, robe ni mas ni menos que la Mona Lisa, se la meta bajo el mandil de trabajo y se la entregue a él, asegurándole al pobre infeliz que el destino final de la obra no será otro que la Italia de sus amores.

Así pues, lleno de ardor patriótico y embelesado por el vil metal, casi sintiendo su dulce tacto, el futuro ladrón escucha y acepta, reúne poco a poco el valor necesario para birlarle al gran museo su bien más preciado, su cuadro más famoso, el retrato entre retratos.

Lo que no sabe Vincenzo es que no volverá a ver al marqués de chichinabo, porque Valfierno realmente no quiere la Gioconda, a él le vale con que desaparezca una temporada, porque él ya tiene nada menos que siete, siete copias perfectas realizadas por Yves, apalabradas por trescientos mil dólares cada una, a punto de ser enviadas a siete millonarios estúpidos que se creen promotores del robo y están dispuestos a pagar lo que sea por contemplar en privado una risa burlona vista a través de los ojos de un genio.

Y el caso es que contra todo pronóstico, Vincenzo tiene éxito, por algún milagroso azar del destino se las arregla para salir del Louvre sin ser detectado, consigue alegrar su habitación durante dos años con la obra de Leonardo, hasta que un buen día al intentar venderla, se encuentra con una docena de policias redecorando sus costillas en menos que canta un gallo.

Mientras tanto, al otro lado del mundo, el marques de Valfierno recoge los frutos de sus desvelos, duda entre tomarse un mojito en la piscina o un daikiri en la playa y por un segundo lamenta que su plan sea tan jodidamente perfecto, que al final, después de todo, nadie recuerde el verdadero nombre del hombre que urdió el robo de la Gioconda.

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