domingo, 5 de julio de 2009

Las almas perdidas




Entre penumbras, arrojando una fina y alargada sombra sobre las sombras de la piedra, el hombre de hábito blanco y capa negra siente como la adrenalina empapa poco a poco cada uno de sus órganos, estimulando su ritmo cardíaco, acelerando su respiración, haciéndole sentir hasta el roce del escapulario sobre su pecho y su espalda, delimitando un contorno de piel y huesos excitados que en el fondo, no son más que un contenedor caduco para una alma oscura, miserable.

Nervioso, el santo varón disfruta como un niño con zapatos nuevos, sus ojos negros, acostumbrados ya a la falta de luz y al tililar de las velas estudian el recinto con las pupilas dilatadas, analizan divertidos el frágil contorno de los hombres desnudos tras las rejas, malditos seres humanos reducidos a categoría de despojo, que le miran desde la antesala del infierno y tiemblan de pavor, haciendo tintinear sus cadenas, produciendo lo que para el Fray es una auténtica y genuina música celestial.

Así, ante la desesperación de los reos, surge desde las profundidades de hábito una mano afilada, con mucho nervio y poca carne, del color de la aceituna, portadora de diez dedos alargados y sucios, coronados a su vez por diez uñas roñosas, más propias de un cernícalo lagartijero que de un servidor del Altísimo, comienza el espectáculo.

Es hora de rescatar almas, sus dedos que se mueven rápido, apuntan al cielo; transmiten una señal a un alguacil que sin dudarlo escupe sobre sus palmas y comienza a darle a la manivela, a la polea, tensando la garrucha, levantando suavemente un cuerpo blanquecino, repleto de llagas, de hereje, reproducción en vivo y al natural de un Ecce Homo que ahora cuelga del techo, como un chorizo, atado por unas muñecas a su vez esposadas a su espada, en una posición que estira y revienta tendones, que disloca articulaciones e invita a la reconciliación con el verdadero y único Dios.

Es su momento, su gran momento, lentamente el dominico acerca su cabeza pelada a la del hereje, colocando unos labios finos y cadavéricos a la altura de los oídos infieles, susurrando por primera vez unas palabras en un tono agudo, que llegan al condenado entre restos de saliva, que laceran sus tímpanos y ofrecen, generosas, una salida rápida al asunto, una que pasa por el fuego purificador.

-Confiesa, libera tu alma perdida.

Huele a sudor, a heridas en carne viva, a orín, a mierda, a lágrimas y a poder, un poder absoluto, irracional que nubla los sentidos y esconde demonios bajo los hábitos, que se justifica en bellas palabras, en textos sagrados, en nobles virtudes.

Lentamente los olores de la inquisición provocan una erección al Fray, que casi siente un orgasmo al sentir la mirada del hombre indefenso, al verle abrir unos ojos blancos, sin vida, mientras le observa buscar entre sus últimos alientos, la fuerza necesaria para contestar a su asesino.

-Libérate del demonio, hijo mio.

Está hecho, llegados a este punto, solo queda una confesión rápida y una visita al auto de fe, con otra bella fogata alegrando los ojos del obispo.

-Confiesa, hijo mio, confiesa y las penas desaparecerán.

El hombre por fin contesta, son sus últimas palabras en este mundo, las elige cuidadosamente.

-El demonio eres tu.

Golpeado por un puño invisible, el dominico se queda KO unos segundos, después, un río de cólera se desborda dentro de los cincuenta quilos de Fray, que torna el color de piel mortecino por uno mucho más rosado, de cerdo, aullando, grita como una hiena a los alguaciles, ordena liberar la garrucha, descoyuntar al hereje; de esta manera la cadena se suelta y deja caer el cuerpo unos metros, volviéndose a tensar antes de que éste toque el suelo, los huesos y las articulaciones chascan, se dislocan mientras un grito apagado, débil y sin fuerza surge desde la garganta del condenado, mientras se muere.

Y sin embargo, cuando los ojos del condenado se apagan, el dolor se va y en su cara aparece una sonrisa orgullosa por su alma perdida, dedicada al inquisidor, que sin hablar le devuelve el susurro al fraile, indicándole con palabras ausentes que vaya al infierno, pero por favor, que nunca elija el de los herejes.

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