lunes, 6 de julio de 2009

Un justo en Sodoma




Joseph se escurrió sin saberlo entre los dedos de la bestia, partió de Varsovia por casualidades del destino poco tiempo antes de que la muerte, vestida con gorra de plato, insignias gamadas y calaveras en la solapa, llamara a las puertas de su hogar, se paseara por las calles de su infancia levantando muros y construyendo guetos, arando campos capaces de transformar a los seres queridos en cenizas y humo, en simples recuerdos de una vida perdida, de un alma desolada.

Joseph perdió lo que más quería, tenía por lo tanto una cuenta pendiente, y quiso combatir el infierno con el infierno, el fuego con el fuego, porque el joven polaco conocía como pocos, los secretos que se guardaban en el interior de la materia, la inmensa capacidad destructiva atesorada en los átomos, pequeñas cajas de Pandora cuyas llaves estaban por aquel entonces casi al alcance de la propia bestia.

No lo podía permitir, la simple posibilidad de que los nazis obtuvieran la bomba le aterraba, era una carrera de locos, una en la que el segundo en cruzar la meta no iba a recibir ninguna medalla de plata, no iba a subir al podio porque su destino era ser enterrado bajo el podio, bien profundo, en tierra calcinada, contaminada con radiación, baldía por siempre jamás.

No quedaba otra, vendando los ojos a su moral, maltratado por las consecuencias de sus actos, puso todo su empeño, todo su conocimiento en un laboratorio de los Álamos, en el proyecto Manhattan, la ciencia al servicio de la destrucción, la mente al servicio de la muerte, la novedosa capacidad de ser humano para autodestruirse total y absolutamente en un petardazo irrepetible, miles de años de evolución para que el Homo no tan Sapiens hiciese puff bajo unos fuegos artificiales de primera.

Y pasó el tiempo, y la bestia, poco a poco fue muriéndose enfangada en su propio odio, atrapada entre dos frentes, sin necesidad de bombas atómicas pero bajo el peso de millones de muertos, daba sus últimos coletazos, las últimas bocanadas, el final estaba cerca.

Así, cada día, Joseph entendía menos el objetivo de su trabajo, inocente, hasta que en una conversación informal escuchó de sus superiores una frase que le cambió la vida, algo así como “ustedes comprenden, desde luego, que el objetivo principal de este proyecto es subyugar a los rusos”.

Pero resulta que hay justos en Sodoma, por lo menos uno después de todo; hombres con ciencia y conciencia, personas que hartas de tanta muerte, de tanta vida desperdiciada, se enfrentan a las consecuencias de sus actos, a las futuras acusaciones de espionaje, de cobardía, de comunismo, de traición y dicen, hasta aquí hemos llegado, váyanse ustedes a la mierda con su bomba H.

Joseph Rotblat no solo fué el único científico que abandonó el proyecto Manhattan, también pasó el resto de su vida aplicando el sentido común a las relaciones humanas, recibió para orgullo de los que se lo otorgaron, el premio Nobel de la paz de 1995.

2 comentarios:

Markos dijo...

Una persona inteligente y coherente con su humanidad.
Lástima que esa coherencia se la coma el dinero, el afán de notoriedad, la ambición y las extorsiones.

Como de costumbre, que bien lo cuentas.

Salu2

Javi dijo...

gracias.