miércoles, 26 de agosto de 2009

El hombre de negro




El hombre de negro ama California, le encanta trabajar frente al Pacífico, adora su clima, su calma, las bellas calles residenciales de Beberly Hills donde todo el mundo es guapo, donde todo el mundo es feliz, sus largas avenidas, anchas, verdes, iguales, es el paraíso donde el sueño americano reside, con sus mansiones estilo español a cinco kilómetros de la costa y sus jodidos triunfadores sonriendo a la vida, luciendo sus blancas piñatas perfectas mientras se tuestan al sol de la tarde, retozando en colchonetas hinchables, flotando en piscinas con forma de riñón con un daikiri entre las manos y una hembra de ésas que quitan el hipo rondando sus braguetas.

Sentado en su Buick Roadster de 1930, el hombre de negro sueña, que es gratis, gira al llegar a Linden Drive y avanza lentamente, frena a la altura del 810, cuando lo hace, el coche de alquiler chirría como un gorrino en celo, pero por suerte la gente está tan obsesionada con su ombligo que nadie se percata de su presencia, mejor, espera y el atardecer se le echa encima, enciende un pitillo, como un niño grande mira al humo espeso mezclarse con el aire caliente, ascender etéreo hasta el cielo azul, desvanecerse poco a poco como sus propios sueños, sabe que sólo necesita un golpe de suerte, estar en el momento adecuado en el lugar adecuado, ser de fiar, hacer ganar pasta y cumplir, siempre cumplir, le pese a quien le pese.

El hombre de negro suda, maldice haber elegido ése color, nota como chorrean goterones sobre sus sienes y piensa que la próxima vez que viaje desde New York tendrá que buscarse ropa de verano, algo ligero, como los trajes de lino que llevan las estrellas de cine, como las americanas que se calza el hijo de puta de Benjamín, que le sientan como un guante, puto cabrón afortunado, hasta entonces no queda otra, hay que joderse, intentar no morir deshidratado mientras uno gana el pan de sus hijos.

Resoplando, el hombre de negro baja del coche, de reojo mira al sol zambullirse en el mar tras las montañas y abre el maletero, se pregunta quien ha sido el imbécil que escondido la herramienta bajo una manta, debe ser el único coche californiano con una manta en maletero, metódico desenvuelve el paquete, con disimulo levanta el cerrojo de la carabina M1 e introduce el cargador de quince cartuchos de punta redonda, mientras lo hace, las mansiones desaparecen y son sustituidas por selva, por playas paradisíacas repletas de japos destripados, chamuscados bajo el dulce olor del lanzallamas al amanecer.

Mierda, por suerte la guerra acabó hace tres años, por suerte él aún mantiene los huevos y la cabeza en su sitio, ahora sólo tiene que luchar en su guerra propia, una que no acaba hasta que el boss lo decide o hasta que te ves con unos zapatos de cemento nadando en el Hudson, perra vida, es el momento, cuando la calle se queda tranquila, el hombre de negro se escabulle, salta una valla y pisa las flores del jardín, elige la mejor posición de tirador y apoya la carabina contra su hombro.

A Benjamín “Bugsy” Siegel nadie tiene los cojones de llamarle Bugsy a la cara, por lo que pueda pasar, sentado frente al porche de su hogar ojea distraído un ejemplar de Los Ángeles Times y se mira la manicura recién hecha con cara de mala leche, la zorra de las tijeras ha dejado un pequeño fragmento de piel en su dedo gordo, como si él tuviera todo el tiempo del mundo para perder en la peluquería, como si su vida no fuera un caos, con la loca de Virgie entrando y saliendo de su vida a voz en grito, o con los cinco millones que debe a la familia, con ésa estúpida idea de construir un puto casino en el desierto, un agujero negro que se ha comido demasiada pasta, demasiada.

Que les jodan, Bugsy Siegel no se arrodilla, no pide disculpas, si tienen algún problema, que se lo digan a la cara.

La carabina M1 dispara proyectiles de unos siete gramos a seiscientos metros por segundo, cuando el hombre de negro aprieta el gatillo, contiene la respiración, siete balas salen seguidas una detrás de otra como siete enanitos buscando a Blancanieves, la primera le salta el ojo a Bugsy, el creador de las Vegas, la segunda y tercera buscan su cráneo, el resto se conforman con sus tripas.

Pim pam pum, siete de siete, el puto amo, por algo siempre llaman al hombre de negro cuando necesitan precisión.

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