jueves, 13 de agosto de 2009

Greta y los millones de marcos




Dicen que la culpa es de los judíos, de los ingleses, de los franceses y de los yankis, con sus puñeteras indemnizaciones de guerra y sus oscuros tejemanejes financieros, así debe ser, pero cuando Greta se caga pa sus muertos, no se olvida repartir un poquito de mierda hacia los de los políticos y generales propios, insignes prusianos de pura cepa que ahora corren con el rabo entre las piernas buscando un sitio donde lamerse el cipote, después de haberla liado, maldita sea su estampa, algo tendrán también de culpa en éste desastre, no les bastó con matar al pobre Hans en Verdún, o dejar lerdo al hijo de la pobre Olga, al que se le llevaron contento y sonriente con su uniforme nuevo y lo devolvieron con la mirada perdida y la saliva cayéndose a chorretones por su comisura de los labios, con una chapita metálica reluciente colgándole de la solapa, justo al lado de los lamparones de baba, no les bastó con eso, además también ahora les matan de hambre.

Hay que joderse.

Si Greta pudiera, no dudaría en clavarles la medallita oxidada del hijo de Olga en los huevos, para que cada vez que se sentasen a firmar una guerra tuvieran una punzada de dolor que les recorriera de arriba abajo, hasta los entrañas, así se lo pensarían dos veces antes de hacer la vida imposible al personal.

Pero no puede, bastante tiene con sobrevivir en un mundo de locos, con una mueca de dolor ata los fajos de diez millones de marcos con gomillas que casi valen tanto como los propios billetes, los junta apretándolos bien, para que quepan en la cesta de mimbre con que los transporta y no se caigan fuera, los carga en la cadera, maldice, siente el peso de la hiperinflación sobre los huesos de unos dedos hinchados, que suenan como un cascajo y duelen como si el mismísimo demonio estuviera metiéndo alfileres entre las articulaciones.

Mierda, cada día está peor, vieja para estos trotes, camina hasta la plaza con sus papelitos de colores como una Rockefeller indigente, haciendo descansos, esquivando a las colas de mendigos y vecinos que pacientemente esperan entretener a sus tripas con un cacillo de sopa con más agua que enjundia, frente a las carretas del ejército de salvación, por fin, Greta llega al ultramarinos, apoya la cesta y los fajos de billetes en el suelo y observa con cuidado los precios, su vista ya no es la que era pero advierte que sólo han doblado con respecto a anteayer, una libra de pan seis mil millones de marcos, una libra de carne, treinta y seis mil millones de marcos, con suerte podrá comprar algo para la cena.

Pero Greta ya está vieja, demasiado para darse cuenta del paisano que ha echado el ojo a su cesta de los billetes, cuando se gira, ésta ya no está allí, se ha esfumado, algún cabrón se ha llevado la cesta de mimbre dejando los marcos, que pesan un huevo, Greta suspira, era una buena cesta, seguro que por ella el caco saca por lo menos un par de salchichas.

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