miércoles, 12 de agosto de 2009

Triste palabra de poeta




Sentados un frente a otro, mientras avanzan lentamente sobre una España seca y cuarteada, Philip y Federico resisten al sueño, al calor y a las largas horas de viaje, que como en un cuadro de Dalí se deshacen, se deforman y se estiran tediosas, cual chicle sobre los incómodos asientos de madera, caminito de París no hay mucho que hacer salvo charlar, salvo dejarse enredar por las palabras y las ideas, por la visión de la naturaleza de un país ingrato, por el sentido de la vida y de la muerte para dos hombres jóvenes deseosos de comerse el mundo con un par de versos.

El traqueteo del tren acompaña a Federico Garcia Lorca en su huída, en el comienzo de una escapada que le llevará a París, Londres, Nueva York y Cuba, que le insuflará aires nuevos y le alejará de su adorada tierra granadina y de sus amores imposibles, Philip Cummings es un compañero fortuito de viaje, viejo amigo de la residencia de estudiantes, un yanki poeta, que ha tenido la suerte de cruzarse con Lorca en un trayecto que recordará toda la vida.

Los dos poetas charlan, filosofan, se preguntan los motivos del mayor sinsentido de todos, el de la propia vida, las palabras del genio que entonces surgen quedan almacenadas en la frágil memoria del americano, expuestas al maltrato del olvido.

Por suerte no es así, muchos años después de acabado el largo viaje, cuando tras ser devorado por la bestia, el mismo Federico forme parte ya de su adorada Andalucía, de sus sierras y sus arroyos, de sus olivos y de sus naranjos, Philip rebuscará en su memoria y recordará las tristes palabras del mito.

-Federico, ¿Qué es para ti la vida?

-Felipe, la vida es la risa entre un rosario de muertes. Es mirar más allá del rebuznador hombre hasta el amor que reside en el corazón de la gente. Es ser el viento y rizarse en las aguas del arroyo. Es venir de ningún sitio y estar en todas partes rodeado de lágrimas.

No sabemos hasta que punto la fragilidad del recuerdo puede haber mezclado las palabras del poeta con las del propio Philiph, en cualquier caso, ahí queda eso.

PD: La anécdota está sacada de la estupenda biografía de Lorca escrita por Ian Gibson.

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