martes, 8 de septiembre de 2009

Reinaldo, Saladino y los cuernos de Hattin




De rodillas, con la cara inflada a hostias y los labios partidos, Reinaldo de Châtillon saca su lengua seca y lame sus heridas, deshidratado, prueba el fluido que resbala desde su nariz 100% francesa y aprecia su dulzor, sangre coagulada, viscosa, mezclada a partes iguales con tierra santa, seca y blanquecina, que ahora chirría entre sus dientes; quisiera escupir pero no le queda saliva, su garganta arde, maldita sed, maldita sea, maldito sol del desierto, el cruzado piensa que vendería su alma al diablo por un cazo con agua de ciénaga, otra cosa es que el diablo quisiera pagar por algo que hace demasiado que le pertenece.

Cuando llega el momento, a Reinaldo lo levantan a empujones, pasito a pasito, intentando no estampanarse contra el suelo, avanza por un pasillo improvisado entre turbantes, escudos y cimitarras, ojos oscuros que le miran y le desprecian, le maldicen y ruegan a su Dios que el gran Salah al-Din no tenga piedad del cruzado, torpemente, el prisionero camina, arrastra sus pies hasta la gran Jaima donde se le espera.

Allí, frente a Guido de Lusignan, el rey consorte de Jerusalén, Reinaldo entra cabizbajo e hinca sus rodillas de nuevo, derrotado y aterrado, eleva su mirada hasta que se encuentra con la de su rey, ahora prisionero también, que con los ojos fuera de sus órbitas y la cara desencajada casi ni se inmuta ante su presencia.

Reinaldo respira, tiembla, mientras se pregunta si la muerte llegará rápida o lentamente, una voz surge a sus espaldas, de reojo mira una sombra estilizada, una figura de rasgos angulosos y enorme turbante que elegantemente vestida que se sienta a su lado mientras los feroces mamelucos, reculan y hacen una sencilla reverencia, Saladino es más pequeño de lo que Reinaldo espera, más delgado y menos fiero, educado, sereno y frío, no huele a azufre, ni destila sangre por sus colmillos, sus ojos no emiten rayos ni centellas, es extraño, el gran Sultán insigne ganador de la batalla de los cuernos de Hattin hasta parece un tipo pacífico, le mira sereno y queda en silencio como meditando sus palabras.

-Saqueaste caravanas en periodo de paz, capturaste fieles en su camino a la meca y los esclavizaste, lanzaste hombres indefensos desde las murallas de Kerkat y arrasaste sus poblados, has ido dejando un rastro de sangre y destrucción a tu paso, has incumplido cada tratado firmado, cada una de las palabras dadas, has sido pirata y asesino, has faltado a tu honor y al de los tuyos.

El cruzado escucha, asiente, sonríe, es cierto, le importa una mierda, que les jodan, los muertos bien muertos están, por fin contesta:

-No me he comportado de forma diferente a la que se comportan los reyes.

Reinaldo vale su peso en oro, Sultán y prisionero lo saben, los cristianos pagarán lo que sea por su liberación, miles de monedas y piedras preciosas que ayudarán a sanear las cuentas de Saladino, que completarán el armamento de un ejército que ya ahora es temible, una perita en dulce difícil de dejar a un lado.

Por fin el musulmán se levanta, acerca su cara a la de el francés y le estudia lentamente, de arriba a abajo, sin mediar palabra abandona la estancia mientras el noble por un segundo respira aliviado, resopla, quizás después de todo salga de una pieza, no intuye que algo no va bien hasta que una estela de terror aparece fugaz en los ojos de su rey.

La espada del Saladino es bella, tiene incrustaciones de piedras preciosas y un mango finamente ornamentado, de primera calidad, cuando golpea con la empuñadura sobre su hombro, Reinaldo siente como su clavícula se hace astillas, cuando desde el suelo, el cruzado ve el acero curvado elevarse de nuevo, apenas le da tiempo de sentir nada, de gritar nada, de pensar en su vida o arrepentirse por nada.

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