miércoles, 28 de octubre de 2009

El coco del presidente


Biuku y Eroni están en guerra, quien lo diría, guerra en el paraíso; locura importada por el hombre blanco y sus enemigos de ojos rasgados, desgracia que llegó sobre las cubiertas de los grandes buques metálicos, golpeando su pequeño mundo cristalino como un huracán, destruyéndolo todo, de repente, sin motivo, tiñendo de rojo el gran azul de su infancia.

Biuku y Eroni han elegido bando, o mejor dicho, un bando les ha elegido a ellos, un mal día, alguien llegó a su diminuto poblado, un desconocido de pelo amarillo que les dio armas y les dijo que estaban reclutados para mayor gloria de la democracia, que a partir de ése momento debían hacer lo que él ordenara, cosa curiosa, ellos no saben muy bien que será eso de la democracia, ni falta que hace, no lo necesitan para navegar sobre su cayuco, como siempre han hecho, lenta y silenciosamente, de isla a isla, sólo que ahora con un par de metralletas Thompson bajo las redes y unos ojos que ya no buscan peces, sino barcos japoneses.

Cuando Biuku y Eroni se encuentran con John en Olasana, a punto están de meterle un tiro al yanki entre pecho y espalda, que los blancos desde lejos son iguales y todos los angelitos van al cielo, por suerte para John, no lo hacen, por suerte para él, a los dos nativos les han mandado buscar náufragos, supervivientes del encontronazo en mitad de la noche entre una minúscula torpedera americana y todo un señor acorazado japonés.

Así que ahí están, John y sus diez hombres, después de haber nadado cuatro kilómetros entre tiburones, aún con el susto en el cuerpo, deshidratados, heridos y hambrientos, junto con Biuku y Eroni, en un islote perdido del pacífico, como viejos amigos en un día de playa, tostándose al sol, intentando entenderse con ellos por signos, intentando encontrar la manera de meterse trece tipos en una canoa para dos.

Imposible, los nativos tendrán que ir a buscar ayuda, John gesticula, Biuku le observa, minúsculo y desgarbado, aún con cara de adolescente, no entiende una sola palabra de lo que dice, el teniente se desespera, busca la manera de escribir una nota pero no hay ni papel ni lápiz, resopla, maldice, al final Biuku trepa a lo alto de un cocotero, baja con un coco y se lo ofrece a su superior, el teniente sonríe y sobre el coco, con la punta del cuchillo escribe con cuidado:

"NAURO ISL COMMANDER... NATIVE KNOWS POS'IT...HE CAN PILOT... 11 ALIVE NEED SMALL BOAT... KENNEDY".

Biuku sonríe primero, ríe después, mientras se vuelve a su cayuco con el mensaje en el coco, remarán unas cuarenta millas, volverán con ayuda, cosas de la vida, desconoce que, en ése momento le está salvando el culo John Fitzgerald Kennedy, futuro trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos de América.

viernes, 23 de octubre de 2009

Cristales rotos y pedazos de alma




Los chicos de Röhm tienen una fiesta, una en la que todos los judíos están invitados, mientras se baja de coche, Otto piensa que al final, con un poco de mala suerte, ésos niñatos de mierda de las SA van a conseguir que se le hielen las pelotas, hay que joderse, no queda otra que pasar la noche bajo la luz de la luna, hacer de discreta niñera y dormir en un coche que parece encoger cada minuto, en el que el oxígeno parece consumirse demasiado deprisa, Otto es grande, nunca le han gustado los espacios pequeños, mejor salir del vehículo, al hacerlo el coche se bambolea de lado a lado, chirría de gozo, sintiéndose liberado de los ciento diez kilos de Kriminal inspector, éste se sacude las migas de la gabardina y busca un cigarro en la pitillera, es el último, mierda, sabiendo la que se iba a liar, debiera haber cogido un par de cajetillas extra, a ver donde cojones encuentra tabaco a estas horas de la madrugada.

El Kripo se rasca la nuca, piensa mientras mira de reojo a su compañero Klaus, que cabecea en el interior del coche, escucha sus ronquidos, sus huesos que crujen al estirarse y un sonoro pedo tras el cual vuelven más ronquidos, va a ser bueno que le de el aire, resopla, se sube los cuellos de la gabardina y decide pasear hasta la Horst-Wessel-Platz, al lío, el lugar donde la multitud ahora parece haberse dispersado, después de los discursitos, los berridos y las soflamas, los niños han decidido irse de caza, a repartir invitaciones para los campos de papi Adolf, pensión completa, a partir huesos y cristales, a llenar el Spree de bultos flotantes, de comida para patos.

Camina, mientras lo hace nota una punzada de dolor que le sube por el nervio ciático, por la pierna hasta el culo, que malo es hacerse viejo, cuarenta primaveras, suficientes como para haber visto cambiar el nombre a la plaza que pisa en tres ocasiones, como para darse cuenta que no hay nada peor que un psicópata vestido de caqui, mirándose en el espejo y creyéndose un cowboy con el revólver al cinto, repleto de balas; Otto no va de uniforme, él no lo necesita para imponer respeto, bien mirado es como una pared con piernas y brazos, una pared que lleva escrito en grande “Kriminalpolizei”.

Cuando se mete la mano el bolsillo, Otto encuentra un papel arrugado, una nota interna con órdenes bien claras, “debido a la muerte del Secretario Vom Rath a manos de un judío en Paris, se ordena a todas las fuerzas de orden público que no intervengan en la represalia organizada por la SA y que colaboren con ellos en la detención de los líderes de la comunidad judía y en la destrucción de sus negocios y sinagogas, siempre que no se pongan en peligro las propiedades de ningún ario de pura cepa”.

Más claro agua, Otto arruga el papelito, lo deja caer junto a la colilla y un cartel arrancado, tirado en el suelo, ultramarinos Löwy, va a necesitar hacer reforma, Otto escupe, arruga la cara mientras sus zapatos pisan cristales rotos y encuentra solución a su adicción, con cuidado, entra por el lugar en el que debiera haber estado la puerta, nota como sus pies se quedan pegados al suelo, empapados en aceite, cerveza y compota de manzana, entre la oscuridad observa a un crío, de no mas de dieciséis años, haciendo la compra, con media docena de botellines de cerveza en una mano y un gran bote de paté en la otra, Otto gruñe, el adolescente de ojos azules y granos en la cara se esfuma, dice pies pa que os quiero, deja caer la mercancía que emite un estruendo al caer, clin, clan, clon, recibe una colleja y sale corriendo, esta permitido destruir, pero no saquear, ésa es la auténtica diferencia entre un pueblo civilizado y una república bananera.

Otto pasa tras el mostrador, hay alguien más en la tienda, un bulto en el suelo que gime y respira con dificultad, alguien tan inconsciente como para intentar proteger su negocio en un mundo gobernado por locos, es la señora Löwy, o lo que queda de ella, pide ayuda, dice que a su marido se lo llevaron, grita, aúlla de desesperación, mientras, Otto, Policía Criminal del distrito centro de Berlín, mantiene su silencio indeciso durante unos minutos, al final, murmura entre dientes un “debierais haberos largado”, escoge su marca de tabaco, coloca un par de monedas sobre el mostrador y mientras se da la vuelta escucha un amargo lamento que se lleva de su corazón, el último pedacito de su alma.

martes, 20 de octubre de 2009

Percepciones




Sobre la mesa de Kurt descansa un tesoro, primorosamente envuelto en un paño, escondido en el interior de una carpeta vieja y atado con una cuerda roída; no es un tesoro al uso, no brilla ni engarza piedras preciosas, no lo protegen grandes cajas de caudales ni hombres armados, a primera vista, cualquier incauto podría pasar por alto su valor, incluso confundirlo con una mísera colección de papeles garabateados, emborronados, repletos de palabras ilegibles, inútiles.

Pero resulta que sí es un tesoro y Kurt puede olerlo gracias a su fino olfato, puede percibir su valor entre un millón de escritos, entre el millón de escritos que se amontonan tras él, apilados unos sobre otros en las cochambrosas oficinas de la editorial Rowohlt de la ciudad de Leipzig, el lugar desde el que Kurt observa ahora atento a los dos hombres jóvenes que frente a su mesa, le miran inquietos, como mascando un espeso silencio, incómodo, roto sólo periódicamente por las palabras de alabanza de Max Brod hacia su compañero.

Y es que cuando está nervioso, Max habla demasiado, es casi un mecanismo de defensa, es necesario, si de su amigo Franz dependiera, su obra nunca vería la luz, no alumbraría mas allá de su alma inquieta; se perdería, enterrada, olvidada, calcinada, incapaz de iluminar la tediosa realidad humana, amontonada en el cementerio de los libros olvidados, junto a las cenizas de la biblioteca de Alejandría y las antologías de grandes poemas nunca escritos.

Eso sería intolerable, terrible, mientras Max habla, los ojos del editor buscan a Franz Kafka, el autor, el hombre moreno de ojos inmensos que se ha quedado en un segundo plano, en total silencio, escudado tras su amigo de la misma forma que lo haría un niño tras su hermano mayor, sin demasiado esfuerzo, Kurt casi puede percibir el sufrimiento de Franz, su intenso nerviosismo, su pudor por tener que compartir sus secretos con el mundo, por desnudarse ante él, por renunciar a la privacidad de unas palabras que fueron escritas sólo para sus ojos, como medio para conocerse a sí mismo, como terapia para ordenar su mundo al revés, letras que revelan a un gigante escondido en un cuerpo escuchimizado, frágil, enfermizo, autocrítico en exceso, incapaz de darse cuenta de la genialidad que atesora.

Cuando por fin la reunión termina, Kafka, aliviado, se decide a hacer un comentario, uno sólo, que marcará para siempre los recuerdos del editor, que jamás volverá a oír en boca de nadie.

“Siempre le estaré más agradecido si me devuelve mis manuscritos que si me los publica”.

Genial, cien por cien Kafka.

PD: Al final, aquel libro se editó, una recopilación de textos breves que se reunieron bajo en título “Percepciones”, una de las pocas obras publicadas en vida por Kafka, una maravilla que el que esto escribe humildemente recomienda a todo el mundo.

domingo, 18 de octubre de 2009

Recuerden su condición humana, olviden lo demás.




Mientras la sala se llena, el hombre sabio de pelo blanco espera impaciente su turno, sentado con las piernas cruzadas tras la gran mesa de madera, respira hondo y observa inquieto a los individuos que, frente a él, entran ruidosamente en el recinto; los chicos de la prensa mueven sus sillas, las arrastran y las chocan entre si, se saludan, amablemente se reparten algún que otro codazo en su búsqueda incansable del mejor sitio y preparan sus micrófonos, sus grabadoras, sus cámaras y sus plumillas afiladas; disimuladamente, le devuelven la mirada al viejo, de reojo, como quien mira a un bicho raro, casi con una sentencia condenatoria en la boca, como miraría un juez a un caco al que han detenido demasiadas veces.

Los periodistas piensan que quizás, después de todo, los científicos quieran decir algo interesante, algo que no sea un tostón destinado a llenar espacio vacío entre las esquelas y los crucigramas, con un poco de suerte, quizás, le metan caña al gobierno, o a los comunistas, o a los dos a la vez; se equivocan, gran error, cuando por fin Bertrand Russell se levanta, no va a hablar de política, va a hablar de cosas importantes de verdad, se hace un silencio respetuoso en la estancia, en sus manos descansa un papel, un documento con unas palabras de advertencia, el manifiesto Russell-Einstein.

Bertrand Russell no es ningún cantamañanas, sus compañeros en éste viaje, tampoco, entre las once personas que comparten sus palabras hay o habrá diez premios nobel, once viejos íntegros, capaces de mirar al mundo con otros ojos, capaces de llamar a las cosas por su nombre, capaces de gritar en mitad de la infinita, densa y oscura estupidez humana y advertir a sus congéneres, que el camino que han elegido, el sendero que recorre el hombre a paso ligero conduce directamente hacia el precipicio.

El manifiesto es también el testamento de paz de Albert Einstein, firmado dos días antes de su muerte, el viejo sabio ha vivido lo suficiente como para poder unirse al grupo, a aquellos que ante la visión de dos superpotencias deseosas de aniquilarse, han sabido plantarse y decir bien claro y bien alto que no hay opciones, que no hay salida, que si a algún imbécil de Washington o de Moscú le da por apretar el botón rojo, la destrucción mutua está asegurada, no hay victoria posible, no hay medallas de color púrpura, no hay banderas ondeando sobre un cielo azul, tan solo un futuro negro reducido a cenizas.

El 9 de Julio de 1955, es el día elegido para alzar la voz, desde la pequeña sala repleta de periodistas en Caxton Hall, los hombres de ciencia advierten, exorcizan sus propias culpas, sus propios demonios nucleares, proponen tomar un camino nuevo, hablan de futuro, de desarme, de desconectar, retirar y desmantelar, de hacerlo a la vez, este y oeste, de aplicar el menos común de los sentidos a las relaciones humanas.

Tras un rato leyendo claro y alto, el hombre sabio de pelo blanco, Bertrand Russell, el filósofo, el escritor, el matemático y el pacifista, termina su discurso, mira a grupo de plumillas y sentencia, se lo pone fácil, hace un resumen del manifiesto en nueve palabras, dice.. “simplemente, recuerden su condición humana, olviden todo lo demás”.

Pues éso... Amen.

jueves, 15 de octubre de 2009

¿Como coño se dice huevo frito?




Entre Nevada y Arizona, atravesando el desierto, uno casi se siente un tipo duro, un John Wayne de pega con tarjeta visa en el bolsillo, rodando por carreteras rectas, más largas que un día sin pan, el coche acelera mientras los Deep Purple mandan callar, hush, hush, chitón, que el rockero enamorado cree haber oído la voz de su amada, gran canción, ideal para éste decorado de película, grandes praderas y espejismos en el horizonte, la hostia, mi reino por una Harley, acelera, no demasiado, no sea que el sheriff del condado nos eche el lazo o que el tanque que nos han dado en la empresa de alquiler muera de repente en el arcén, no me gustaría quedarme tirado aquí, sin aire acondicionado en mitad de la nada, con cuarenta grados de temperatura ahí fuera y una coca cola caliente aquí dentro, que diversión, justo al lado de un letrero donde te venden diez acres de secarral a precio de ganga, oferta irresistible, aun así me lo pensaré, sigamos rodando que el viaje es largo, adelanta a aquellos moteros, a aquella tipa con camiseta de leñadora y el pelo cortado a lo cepillo, buenos brazos, tiene pinta de poder cortar un roble de un solo hachazo, aunque pensándolo bien aquí no hay muchos robles, sólo cactus, su compi de barba espesa y pañuelo de pirata también da un poco de miedo, parecen los malos de una película de Steven Seagal, sonríe, no pongas cara de cateto, no hagas muchas fotos, por si acaso, gira la cabeza, a la derecha, un tren de cinco locomotoras, los vagones se pierden en el horizonte, uno detrás de otro en una línea infinita que se mueve lentamente, como una serpiente, camino del medio oeste cargadito hasta los topes de mercancía 100% Made in China, más madera para éste capitalismo resfriado, mejor, que sobre y que no falte, dan ganas de ponerse en paralelo, de coger una pistola de juguete y taparse la cara con un pañuelo, ríndase ante “españolito the kid”, risas, me meo, para, coño que calor, parece que mi agüita amarilla casi se evapora antes de tocar la tierra, los huesos de Jimmy Hoffa deben estar ahí abajo, al lado de mi meada, enterrados entre la serpiente de cascabel y la lata de enchilada oxidada, que bello paisaje, respiro hondo, aire limpio, caliente pero limpio, vuelta al carro, ándale, tira que tengo hambre, en aquel tugurio seguro que algo nos darán, no tienen aire acondicionado pero si sillones con dos dedos de mierda, un billar, una pequeña tienda de ropa de segunda mano comprada por kilos, una barra con paisanos que la estudian de cerca y un ciervo disecado al que le falta un ojo, ¿hay ciervos en el desierto?, no creo, será de importación, seguro, creo que ésta vez prescindiré de pedir mayonesa, los paisanos levantan la vista y nos miran con indiferencia, les entra ganas de fumar un cigarrito, salen a la puerta educados, nos sonríen, llega la oronda Amber, con su pelo a lo Paris Hilton y su cuerpo a lo Mike Tyson, bella, ¿Qué desean?, Huevos, bacon, Dios santo que hambre. ¿Cómo quieren los huevos?, ehh, upps… ¿fritos? ¿Como coño se dice huevo frito?, aquí no creo que haya aceite de oliva… Amber se esfuerza, resulta que la traducción exacta es Sunny side up, el lado soleado hacia arriba, toma ya, curioso, pues eso, al rato llegan, aleluya, con una bud helada los mejores huevos en mucho tiempo, ni Ferrán Adriá, debe ser el desierto que da hambre, a la salida, ¡coño!, la motero prima de Terminator está en la puerta, me cede el paso, educada, amable, sonriente, que malo es eso de prejuzgar oye, si es que Steven Seagal ha hecho mucho daño…

martes, 13 de octubre de 2009

El grito del hombre muerto




Hayato es un hombre muerto, camina, respira y siente, pero está muerto, la vida se le escurrió entre los dedos hace demasiado tiempo, tanto que su cerebro es incapaz de recordar el día exacto, el instante en el que la esperanza se esfumó, el momento en el cual dejó de ser un hombre y se convirtió en una sombra, una máquina de huesos y músculos que se mueve de forma silenciosa entre las cavernas, una especie de ente que habla entre susurros y no admite otro futuro que el que le espera al final del camino, el lugar donde los demonios descansan hambrientos, relamiéndose, esperando pacientemente la hora del desayuno.

El hombre muerto de ojos rasgados sabe que su cuerpo es su alimento, mira al noreste, a través de los campos de caña de azúcar, hacia el lugar donde debiera encontrarse el mar, el gigante fundido con el horizonte, el azul infinito que le separa de los suyos, plagado de puntos grises, metálicos, repleto de hombres con los que compartirá su destino, que, como él, también han recorrido miles de kilómetros para cavar su tumba en el paraíso.

Hayato es un hombre valiente, llora una última lágrima por su mujer y su hijo, se pregunta si, al igual que él, ya estarán muertos, después, llora otra por su general, por Yoshitsugu Saito, al que acaban de enterrar bajo la tierra calcinada, al que ayer escucharon por última vez antes de el rito del seppuku, antes de que la hoja de acero abriese sus tripas de izquierda a derecha y la bala disparada por el kaishaku, por su ayudante en el suicidio, le mandara a su definitivo encuentro con sus antepasados.

Respira, recuerda sus palabras, no hay salida, no hay ayuda posible, acorralados, sometidos a una intensa ración diaria de fuego y metralla, han caído uno detrás de otro, poco a poco, como ratas calcinadas en un agujero, sin alimentos, sin munición, para los últimos japoneses de Saipan no queda otra salida que la única honorable, no rendirse, demostrar a los demonios de que pasta está hecho el sol naciente; ordenadamente, siguiendo las órdenes de su capitán se colocan en posición, a la cabeza el coronel Suzuki, desenvaina su katana, después oficiales, soldados y más atrás, aquellos enfermos y heridos que aún se mantienen en pie, que aún pueden arrastrarse hasta el enemigo, Suzuki sonríe, distribuye a los cerca de tres mil hombres al abrigo de la noche y del campo abrasado de caña de azúcar, recuerda la consigna.

“Siete vidas a la patria”, odio reconcentrado, finamente destilado, cada hombre matará siete enemigos antes de morir, es una orden.

Llega el momento, son las cinco de la mañana, Hayato empuña su rifle, hace dos días que se quedó sin balas, cala cuidadosamente la bayoneta, brilla en la oscuridad con los primeros rayos de sol, limpia, impoluta, reluciente, pronto se teñirá de rojo, comienza la marcha, en formación ascienden en paralelo a la antigua línea de ferrocarril, olvidándose de los puestos de observación yankis y enfilando al lugar donde el grueso de la 105 división descansa, Hayato traga saliva, paso ligero, recuerda las palabras del proverbio, vale más una joya quebrada que una baldosa intacta, el corazón se pone a cien, primeros gritos, enfilan campo abierto, mil años de vida al emperador, tenno heika banzai, el demonio se espabila, ruge con fuerza, dispara, ametralladoras pesadas que puntean el cielo en su dirección, levantan fuentes de tierra, destrozan pechos descubiertos, ahogan gargantas, obuses de 105 mm disparados a quemarropa, fragmentan seres humanos, piezas no mas grandes que una placa de identificación, Hayato corre, se deja el alma en el camino, se arroja hacia el fuego y aúlla, banzai, salta los sacos terreros y enfila a tres demonios asustados que disparan sus armas automáticas contra todo lo que ven, desfondado tropieza, se levanta, los demonios le han visto, apuntan en su dirección, banzai, mil años de vida al emperador, mil, por lo menos, otra cosa no sería aceptable.

jueves, 8 de octubre de 2009

Sin City




El Strip de Las Vegas debiera oler a sudor, a perfume barato, a ambientador industrial, a tabaco y a polvo, el aire de los grandes casinos debiera oler a viejo, a borracho y a desesperación, debiera estar viciado, contaminado por la humanidad enloquecida sobre la que descansa, y sin embargo no huele, está limpio, impoluto, desinfectado, parece como si cada segundo fuera convenientemente aspirado, purificado, enfriado y devuelto a ése lugar mágico donde no existe el tiempo, donde no hay ventanas, ni relojes, ni entra la luz del sol, hogar de vampiros que no chupan sangre, donde el sonido y los destellos te envuelven, te golpean y te sumergen en un estado casi hipnótico, esquizoide.

Ciudad de locos, de bocas abiertas de par en par y cámaras que fotografían cada esquina, cada copia casi perfecta, inmenso gran hermano de cartón piedra, donde los techos están plagados de bultitos negros, surgidos como setas en un sendero, que enfocan, graban, estudian a los clientes, porque en las Vegas siempre hay alguien que mira, que hace trampas, que juega con ventaja, no existe la suerte en la ciudad del pecado.

Es el lugar perfecto para pasar un par de noches, la primera para emborracharse y la segunda para sentir la necesidad de huir corriendo hacia el desierto, junto a los coyotes, buscando un agujero donde respirar, sin neones, sin lucecitas, sin gritos, sin destellos; todo aquello que se ha convertido en el pan nuestro de cada día en éste parque de atracciones para niños grandes, que el viajero patea hoy reconvertido en turista, con sus bermudas y sus chanclas, aplaudiendo como el que más ante la fuente del Bellagio, mientras los chorros de agua ascienden al cielo en mitad del secarral, en la tele echan concursos de cortes de pelo a chihuahuas y en cada esquina los chicanos golpean entre si unas tarjetitas con tías en pelotas, te las deslizan entre los dedos con una facilidad pasmosa, publicidad de los locales donde las strippers muestran sus encantos, papelitos que acaban en el suelo, alfombrando de pezones enhiestos el tórrido asfalto.

El camino que recorre el Strip, da la vuelta al mundo en pocos kilómetros, Nueva York con su estatua o Paris con su torre, en Venecia, los enamorados pueden pedirse en matrimonio en una góndola de pega, en un canal de pega, con un gondolero de pega que canta ¡Oh sole mio! con acento de Tijuana, y sonreír de paso a los dos centenares de japoneses que capturan para siempre tan romántico momento.

Dicen que lo que pasa en Las Vegas se queda en las Vegas, una frase reconvertida en mantra, que repiten con los ojos en blanco cientos de miles de seres humanos cada día de cada año, mientras le dan al botoncito de la máquina, mientras le meten un billete en el tanga a una muchacha de pechos XXL, mientras borrachos como cubas pasean por la calle Fremont con intención de llevarse de recuerdo unos hongos en la entrepierna, es lo que hay, es lo que vende, la ciudad del pecado, la espita del imperio, un lugar que si no existiera algún loco debiera crearlo.

miércoles, 7 de octubre de 2009

La ciencia española no necesita tijeras




Resulta que no hay euritos, se acabó la fiesta, la pasta, la guita, el parné, nos lo gastamos todo, mala suerte, hemos dejado la caja pelada, la casa patas arriba y las letras del banco en números rojos, menudo fiestón, joder que resaca, de las malas, ayer nos debieron meter garrafón en algún lado, en el garito aquel… ¿Cómo se llamaba? Ah si, disco-pub “Ladrillo”, debe ser eso, ahora nos toca silbar mirando al cielo como un inocente angelito, decir con la boca pequeña y por lo bajini aquello de yo no he sido, a mi que me registren, el problema es estructural, poner cara de circunstancias y pedir a la multitud que no cunda el pánico, que si le duele la hipoteca y el paro que se jalen un par de paracetamoles, de gramo, que las penas con drogas son menos.

Ahora nos toca reestructurar, recortar, maquillar el asunto, ya se sabe, sombra aquí, sombra allá, sablear al personal y sobre todo establecer una serie de prioridades, aquellas que nos identifican como país, como auténticos demócratas, veamos, el coche oficial con secretaria personal es imprescindible, que un político, sea regional, local o universal siempre ha de ir cómodo a las reuniones, descansado en asientos de cuero y centradito para poder solventar con energía las cuitas del personal; de las dietas ni hablamos, ya es bastante duro el servicio público como para tirar de sueldo propio!, ¡ni que viviéramos en una república bananera!.

Lo de los cargos concedidos a dedo, es también asunto sagrado, tabú de los gordos, ¿Qué iban a hacer el primo Manolito, el cuñado Joselito y el sobrino Zutanito sin su puesto de libre designación?, ¿apuntarse al paro?, ¿que iba a hacer nuestra muy eficiente administración sin sus sabios consejos, sin su detallados planes de desarrollo, sin sus eficacísimas subvenciones a la ONG “Familiares de políticos sin fronteras”?, probablemente desmoronarse como un castillo de naipes en un huracán, sumirnos en el caos, el desastre, la anarquía.

Uff, está difícil, como sigamos recortando en sanidad , los cirujanos va a tener que coser las heridas con tiritas de Mickey Mouse; como hagamos lo propio con la policía y los bomberos, van a tener que perseguir a los cacos en patinete y apagar los incendios a escupitajos, mierda, ¿de la televisión y otros espectáculos? ni hablamos, ni de coña, si hay algo realmente esencial para un auténtico español de mediana edad, es poder ver a Anita Obregón y a Ortega Cano dando brincos en Mira Quien Baila, ¡que elegancia!, ¡que saber estar!, cuanta cultura transmitida en uno solo de sus pasos de Rap, que cobren lo que quieran, treinta mil, cuarenta mil euros por programa, lo que sea, sin su hipnóticos movimientos, lo mismo a los jubilados de éste país les daba por mirar sus despensas medio vacías y salir a la calle a quemar contenedores y cajeros, a repartir bastonazos con sus cachabas y comenzar a limpiarse el culo con nuestros votos, los que necesitamos para seguir en nuestra poltrona.

Aterra sólo pensarlo, no queda otra, habrá que quitarle la pasta a los empollones ésos de batas blancas y gafas de culo de vaso, ésos del I+D, total, ¿para que?, si desde la fregona y el chupa-chups aquí nadie ha inventado nada, que para eso ya están los yankis y los alemanes, y si se quejan, ¿que nos van a hacer?, ¿protestar en sus blogs de mierda?, que les den, ¿cuanto les quitamos?, ¿el diez por ciento?, mejor el quince, que se jodan, no vaya a ser que no nos de para el sueldo de Anita, además, ¿no era bióloga?, con un poco de suerte hasta lo justificamos como ayuda a la ciencia, desde luego, a grandes males grandes remedios, los gestores de este país, simplemente somos la hostia.

domingo, 4 de octubre de 2009

Vida de perros




J no tiene más de dieciséis años y ya no espera otra cosa del mundo aparte de que siga girando con pasmosa regularidad, tumbado sobre la hierba de el parque de Buenavista, dominando Haight Ashbury con la mirada, desde su castillo de tierra y hojas, como un rey sin corona, siente que, hasta donde alcanza la vista de alguna manera es suyo, le pertenece, es su hogar, son sus dominios, un lugar donde las hormigas corretean sobre su cuello, donde el cielo es azul y donde el sol luce en lo alto, inalcanzable, benefactor, calentando su careto demacrado sin pedir nada a cambio, llegados a éste punto, sabe que en un día de suerte no debe pedir mucho más, tan solo quizás que alguno de los turistas con cara de lerdos que cruzan frente a él se tire el moco y le suelte un par de pavos y algún cigarrillo con el que acompañar el par de cogollos de marihuana que desde hace dos días guarda como un tesoro cerca de sus huevos, envueltos en una bolsita de plástico a salvo de compañeros de calle y de registros inoportunos, esperando el momento perfecto para celebrar que hoy es hoy, con un globo grande y bonito que le aleje de la cruda realidad, de éste mundo ingrato donde nadie está dispuesto a hacer nada por nadie si no es a cambio de un papel verde con la foto dibujada de un muerto, el autentico motor del ser humano sobre el planeta tierra.

J se levanta y recoge el saco de dormir en el que vive, lo dobla primorosamente sobre si mismo dándolo forma de cilindro, enganchándolo a la parte superior de su mochila, por su edad, cualquiera que le vea podría confundirlo con un boy scout de no ser por la capa de dos dedos de mierda que recubre su cara imberbe, de no ser por los piojos y el olor ácido que le envuelve, de no ser por sus pantalones vaqueros rotos y por su melena pegajosa, sonríe, se echa la bolsa al hombro, su patrimonio en treinta litros de capacidad, desciende por la colina y lanza un beso burlón a la patrulla del SFPD que le mira atentamente y aminora la marcha del coche al pasar a su lado, tose, escupe, se rasca, vuelve a sonreír y pide un par de cuartos de dólar al tipo que asciende paseando a los perros desde Castro St, nota el desprecio en su mirada, lazy boy le llaman, a él y a los suyos, los chicos perezosos, que si no trabajan es porque no quieren, que si duermen en la calle y pasan frío es porque les da la gana, porque en el lugar donde reside el sueño americano no hay mayor pecado que el ser un vago, no hay mayor crimen que el no convertirse en un hombre hecho a si mismo, no hay mayor fracaso que no hacer crecer y multiplicar los billetes de tu cartera, los ceros en tu cuenta.

Como si no hubieran otros factores en la ecuación, como si el hecho de que a uno le puteen desde el minuto cero de su existencia no influya en las decisiones adoptadas, mejor las ratas y las pulgas que un padre borracho y violento, mejor las estrellas de techo que una somanta de puñetazos antes del anochecer, mejor un infierno en libertad que un infierno en cautividad.

Mientras desciende a paso ligero, J piensa en el tipo de los perros, dos Yorkshire enanos limpios como la patena, con sus vestidos de encaje, su pelo recién lavado y cepillado, llevados en brazos por su dueño, no sea que se lastimen sus bonitas pezuñas, J dibuja una mueca en su cara, jodidos perros, seguro que duermen caliente, seguro que comen caliente, seguro que si enferman, alguien acudirá rápido a atenderlos.

Mierda de chuchos, no saben lo que es una auténtica vida de perros.

Pd: Hogar dulce hogar, comida de verdad, atún con tomate y potaje de patatas con almejas, Dios existe, inventó la tortilla de patata, y lo hizo en España, lugar en el que me encuentro después de 15 días de viaje, muchas historias en la cabeza y treinta mil kilómetros bajo mi culo, espero que éso suponga recuperar la frecuencia normal de publicaciones, saludos.