viernes, 23 de octubre de 2009

Cristales rotos y pedazos de alma




Los chicos de Röhm tienen una fiesta, una en la que todos los judíos están invitados, mientras se baja de coche, Otto piensa que al final, con un poco de mala suerte, ésos niñatos de mierda de las SA van a conseguir que se le hielen las pelotas, hay que joderse, no queda otra que pasar la noche bajo la luz de la luna, hacer de discreta niñera y dormir en un coche que parece encoger cada minuto, en el que el oxígeno parece consumirse demasiado deprisa, Otto es grande, nunca le han gustado los espacios pequeños, mejor salir del vehículo, al hacerlo el coche se bambolea de lado a lado, chirría de gozo, sintiéndose liberado de los ciento diez kilos de Kriminal inspector, éste se sacude las migas de la gabardina y busca un cigarro en la pitillera, es el último, mierda, sabiendo la que se iba a liar, debiera haber cogido un par de cajetillas extra, a ver donde cojones encuentra tabaco a estas horas de la madrugada.

El Kripo se rasca la nuca, piensa mientras mira de reojo a su compañero Klaus, que cabecea en el interior del coche, escucha sus ronquidos, sus huesos que crujen al estirarse y un sonoro pedo tras el cual vuelven más ronquidos, va a ser bueno que le de el aire, resopla, se sube los cuellos de la gabardina y decide pasear hasta la Horst-Wessel-Platz, al lío, el lugar donde la multitud ahora parece haberse dispersado, después de los discursitos, los berridos y las soflamas, los niños han decidido irse de caza, a repartir invitaciones para los campos de papi Adolf, pensión completa, a partir huesos y cristales, a llenar el Spree de bultos flotantes, de comida para patos.

Camina, mientras lo hace nota una punzada de dolor que le sube por el nervio ciático, por la pierna hasta el culo, que malo es hacerse viejo, cuarenta primaveras, suficientes como para haber visto cambiar el nombre a la plaza que pisa en tres ocasiones, como para darse cuenta que no hay nada peor que un psicópata vestido de caqui, mirándose en el espejo y creyéndose un cowboy con el revólver al cinto, repleto de balas; Otto no va de uniforme, él no lo necesita para imponer respeto, bien mirado es como una pared con piernas y brazos, una pared que lleva escrito en grande “Kriminalpolizei”.

Cuando se mete la mano el bolsillo, Otto encuentra un papel arrugado, una nota interna con órdenes bien claras, “debido a la muerte del Secretario Vom Rath a manos de un judío en Paris, se ordena a todas las fuerzas de orden público que no intervengan en la represalia organizada por la SA y que colaboren con ellos en la detención de los líderes de la comunidad judía y en la destrucción de sus negocios y sinagogas, siempre que no se pongan en peligro las propiedades de ningún ario de pura cepa”.

Más claro agua, Otto arruga el papelito, lo deja caer junto a la colilla y un cartel arrancado, tirado en el suelo, ultramarinos Löwy, va a necesitar hacer reforma, Otto escupe, arruga la cara mientras sus zapatos pisan cristales rotos y encuentra solución a su adicción, con cuidado, entra por el lugar en el que debiera haber estado la puerta, nota como sus pies se quedan pegados al suelo, empapados en aceite, cerveza y compota de manzana, entre la oscuridad observa a un crío, de no mas de dieciséis años, haciendo la compra, con media docena de botellines de cerveza en una mano y un gran bote de paté en la otra, Otto gruñe, el adolescente de ojos azules y granos en la cara se esfuma, dice pies pa que os quiero, deja caer la mercancía que emite un estruendo al caer, clin, clan, clon, recibe una colleja y sale corriendo, esta permitido destruir, pero no saquear, ésa es la auténtica diferencia entre un pueblo civilizado y una república bananera.

Otto pasa tras el mostrador, hay alguien más en la tienda, un bulto en el suelo que gime y respira con dificultad, alguien tan inconsciente como para intentar proteger su negocio en un mundo gobernado por locos, es la señora Löwy, o lo que queda de ella, pide ayuda, dice que a su marido se lo llevaron, grita, aúlla de desesperación, mientras, Otto, Policía Criminal del distrito centro de Berlín, mantiene su silencio indeciso durante unos minutos, al final, murmura entre dientes un “debierais haberos largado”, escoge su marca de tabaco, coloca un par de monedas sobre el mostrador y mientras se da la vuelta escucha un amargo lamento que se lleva de su corazón, el último pedacito de su alma.

5 comentarios:

Hispa dijo...

No han desaparecido; siguen ahí. Ninguna guerra puede acabar con ellos. Cada país tiene sus cien mil criminales que estarían dispuestos a cometer cualquier barbaridad sólo para creerse mejores que los demás, para dejar de ser la mierda del arroyo. Nuestra única esperanza es conseguir que no se reunan bajo el mando de un solo líder, y si es posible, que se maten entre ellos.

Markos dijo...

Escalofriante. Como de costumbre lo cuentas tan bien que es como estar ahí viéndolo.
Salu2

Javier Font dijo...

Gracias, Markos e Hispa por vuestros comentarios

Horacio dijo...

Uhaa!

Horacio dijo...

Uha!