martes, 13 de octubre de 2009

El grito del hombre muerto




Hayato es un hombre muerto, camina, respira y siente, pero está muerto, la vida se le escurrió entre los dedos hace demasiado tiempo, tanto que su cerebro es incapaz de recordar el día exacto, el instante en el que la esperanza se esfumó, el momento en el cual dejó de ser un hombre y se convirtió en una sombra, una máquina de huesos y músculos que se mueve de forma silenciosa entre las cavernas, una especie de ente que habla entre susurros y no admite otro futuro que el que le espera al final del camino, el lugar donde los demonios descansan hambrientos, relamiéndose, esperando pacientemente la hora del desayuno.

El hombre muerto de ojos rasgados sabe que su cuerpo es su alimento, mira al noreste, a través de los campos de caña de azúcar, hacia el lugar donde debiera encontrarse el mar, el gigante fundido con el horizonte, el azul infinito que le separa de los suyos, plagado de puntos grises, metálicos, repleto de hombres con los que compartirá su destino, que, como él, también han recorrido miles de kilómetros para cavar su tumba en el paraíso.

Hayato es un hombre valiente, llora una última lágrima por su mujer y su hijo, se pregunta si, al igual que él, ya estarán muertos, después, llora otra por su general, por Yoshitsugu Saito, al que acaban de enterrar bajo la tierra calcinada, al que ayer escucharon por última vez antes de el rito del seppuku, antes de que la hoja de acero abriese sus tripas de izquierda a derecha y la bala disparada por el kaishaku, por su ayudante en el suicidio, le mandara a su definitivo encuentro con sus antepasados.

Respira, recuerda sus palabras, no hay salida, no hay ayuda posible, acorralados, sometidos a una intensa ración diaria de fuego y metralla, han caído uno detrás de otro, poco a poco, como ratas calcinadas en un agujero, sin alimentos, sin munición, para los últimos japoneses de Saipan no queda otra salida que la única honorable, no rendirse, demostrar a los demonios de que pasta está hecho el sol naciente; ordenadamente, siguiendo las órdenes de su capitán se colocan en posición, a la cabeza el coronel Suzuki, desenvaina su katana, después oficiales, soldados y más atrás, aquellos enfermos y heridos que aún se mantienen en pie, que aún pueden arrastrarse hasta el enemigo, Suzuki sonríe, distribuye a los cerca de tres mil hombres al abrigo de la noche y del campo abrasado de caña de azúcar, recuerda la consigna.

“Siete vidas a la patria”, odio reconcentrado, finamente destilado, cada hombre matará siete enemigos antes de morir, es una orden.

Llega el momento, son las cinco de la mañana, Hayato empuña su rifle, hace dos días que se quedó sin balas, cala cuidadosamente la bayoneta, brilla en la oscuridad con los primeros rayos de sol, limpia, impoluta, reluciente, pronto se teñirá de rojo, comienza la marcha, en formación ascienden en paralelo a la antigua línea de ferrocarril, olvidándose de los puestos de observación yankis y enfilando al lugar donde el grueso de la 105 división descansa, Hayato traga saliva, paso ligero, recuerda las palabras del proverbio, vale más una joya quebrada que una baldosa intacta, el corazón se pone a cien, primeros gritos, enfilan campo abierto, mil años de vida al emperador, tenno heika banzai, el demonio se espabila, ruge con fuerza, dispara, ametralladoras pesadas que puntean el cielo en su dirección, levantan fuentes de tierra, destrozan pechos descubiertos, ahogan gargantas, obuses de 105 mm disparados a quemarropa, fragmentan seres humanos, piezas no mas grandes que una placa de identificación, Hayato corre, se deja el alma en el camino, se arroja hacia el fuego y aúlla, banzai, salta los sacos terreros y enfila a tres demonios asustados que disparan sus armas automáticas contra todo lo que ven, desfondado tropieza, se levanta, los demonios le han visto, apuntan en su dirección, banzai, mil años de vida al emperador, mil, por lo menos, otra cosa no sería aceptable.

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