martes, 20 de octubre de 2009

Percepciones




Sobre la mesa de Kurt descansa un tesoro, primorosamente envuelto en un paño, escondido en el interior de una carpeta vieja y atado con una cuerda roída; no es un tesoro al uso, no brilla ni engarza piedras preciosas, no lo protegen grandes cajas de caudales ni hombres armados, a primera vista, cualquier incauto podría pasar por alto su valor, incluso confundirlo con una mísera colección de papeles garabateados, emborronados, repletos de palabras ilegibles, inútiles.

Pero resulta que sí es un tesoro y Kurt puede olerlo gracias a su fino olfato, puede percibir su valor entre un millón de escritos, entre el millón de escritos que se amontonan tras él, apilados unos sobre otros en las cochambrosas oficinas de la editorial Rowohlt de la ciudad de Leipzig, el lugar desde el que Kurt observa ahora atento a los dos hombres jóvenes que frente a su mesa, le miran inquietos, como mascando un espeso silencio, incómodo, roto sólo periódicamente por las palabras de alabanza de Max Brod hacia su compañero.

Y es que cuando está nervioso, Max habla demasiado, es casi un mecanismo de defensa, es necesario, si de su amigo Franz dependiera, su obra nunca vería la luz, no alumbraría mas allá de su alma inquieta; se perdería, enterrada, olvidada, calcinada, incapaz de iluminar la tediosa realidad humana, amontonada en el cementerio de los libros olvidados, junto a las cenizas de la biblioteca de Alejandría y las antologías de grandes poemas nunca escritos.

Eso sería intolerable, terrible, mientras Max habla, los ojos del editor buscan a Franz Kafka, el autor, el hombre moreno de ojos inmensos que se ha quedado en un segundo plano, en total silencio, escudado tras su amigo de la misma forma que lo haría un niño tras su hermano mayor, sin demasiado esfuerzo, Kurt casi puede percibir el sufrimiento de Franz, su intenso nerviosismo, su pudor por tener que compartir sus secretos con el mundo, por desnudarse ante él, por renunciar a la privacidad de unas palabras que fueron escritas sólo para sus ojos, como medio para conocerse a sí mismo, como terapia para ordenar su mundo al revés, letras que revelan a un gigante escondido en un cuerpo escuchimizado, frágil, enfermizo, autocrítico en exceso, incapaz de darse cuenta de la genialidad que atesora.

Cuando por fin la reunión termina, Kafka, aliviado, se decide a hacer un comentario, uno sólo, que marcará para siempre los recuerdos del editor, que jamás volverá a oír en boca de nadie.

“Siempre le estaré más agradecido si me devuelve mis manuscritos que si me los publica”.

Genial, cien por cien Kafka.

PD: Al final, aquel libro se editó, una recopilación de textos breves que se reunieron bajo en título “Percepciones”, una de las pocas obras publicadas en vida por Kafka, una maravilla que el que esto escribe humildemente recomienda a todo el mundo.

1 comentario:

Markos dijo...

Cómo no voy a leerlo. Espero que lo tengan en la biblioteca.
Salu2