domingo, 18 de octubre de 2009

Recuerden su condición humana, olviden lo demás.




Mientras la sala se llena, el hombre sabio de pelo blanco espera impaciente su turno, sentado con las piernas cruzadas tras la gran mesa de madera, respira hondo y observa inquieto a los individuos que, frente a él, entran ruidosamente en el recinto; los chicos de la prensa mueven sus sillas, las arrastran y las chocan entre si, se saludan, amablemente se reparten algún que otro codazo en su búsqueda incansable del mejor sitio y preparan sus micrófonos, sus grabadoras, sus cámaras y sus plumillas afiladas; disimuladamente, le devuelven la mirada al viejo, de reojo, como quien mira a un bicho raro, casi con una sentencia condenatoria en la boca, como miraría un juez a un caco al que han detenido demasiadas veces.

Los periodistas piensan que quizás, después de todo, los científicos quieran decir algo interesante, algo que no sea un tostón destinado a llenar espacio vacío entre las esquelas y los crucigramas, con un poco de suerte, quizás, le metan caña al gobierno, o a los comunistas, o a los dos a la vez; se equivocan, gran error, cuando por fin Bertrand Russell se levanta, no va a hablar de política, va a hablar de cosas importantes de verdad, se hace un silencio respetuoso en la estancia, en sus manos descansa un papel, un documento con unas palabras de advertencia, el manifiesto Russell-Einstein.

Bertrand Russell no es ningún cantamañanas, sus compañeros en éste viaje, tampoco, entre las once personas que comparten sus palabras hay o habrá diez premios nobel, once viejos íntegros, capaces de mirar al mundo con otros ojos, capaces de llamar a las cosas por su nombre, capaces de gritar en mitad de la infinita, densa y oscura estupidez humana y advertir a sus congéneres, que el camino que han elegido, el sendero que recorre el hombre a paso ligero conduce directamente hacia el precipicio.

El manifiesto es también el testamento de paz de Albert Einstein, firmado dos días antes de su muerte, el viejo sabio ha vivido lo suficiente como para poder unirse al grupo, a aquellos que ante la visión de dos superpotencias deseosas de aniquilarse, han sabido plantarse y decir bien claro y bien alto que no hay opciones, que no hay salida, que si a algún imbécil de Washington o de Moscú le da por apretar el botón rojo, la destrucción mutua está asegurada, no hay victoria posible, no hay medallas de color púrpura, no hay banderas ondeando sobre un cielo azul, tan solo un futuro negro reducido a cenizas.

El 9 de Julio de 1955, es el día elegido para alzar la voz, desde la pequeña sala repleta de periodistas en Caxton Hall, los hombres de ciencia advierten, exorcizan sus propias culpas, sus propios demonios nucleares, proponen tomar un camino nuevo, hablan de futuro, de desarme, de desconectar, retirar y desmantelar, de hacerlo a la vez, este y oeste, de aplicar el menos común de los sentidos a las relaciones humanas.

Tras un rato leyendo claro y alto, el hombre sabio de pelo blanco, Bertrand Russell, el filósofo, el escritor, el matemático y el pacifista, termina su discurso, mira a grupo de plumillas y sentencia, se lo pone fácil, hace un resumen del manifiesto en nueve palabras, dice.. “simplemente, recuerden su condición humana, olviden todo lo demás”.

Pues éso... Amen.

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