jueves, 8 de octubre de 2009

Sin City




El Strip de Las Vegas debiera oler a sudor, a perfume barato, a ambientador industrial, a tabaco y a polvo, el aire de los grandes casinos debiera oler a viejo, a borracho y a desesperación, debiera estar viciado, contaminado por la humanidad enloquecida sobre la que descansa, y sin embargo no huele, está limpio, impoluto, desinfectado, parece como si cada segundo fuera convenientemente aspirado, purificado, enfriado y devuelto a ése lugar mágico donde no existe el tiempo, donde no hay ventanas, ni relojes, ni entra la luz del sol, hogar de vampiros que no chupan sangre, donde el sonido y los destellos te envuelven, te golpean y te sumergen en un estado casi hipnótico, esquizoide.

Ciudad de locos, de bocas abiertas de par en par y cámaras que fotografían cada esquina, cada copia casi perfecta, inmenso gran hermano de cartón piedra, donde los techos están plagados de bultitos negros, surgidos como setas en un sendero, que enfocan, graban, estudian a los clientes, porque en las Vegas siempre hay alguien que mira, que hace trampas, que juega con ventaja, no existe la suerte en la ciudad del pecado.

Es el lugar perfecto para pasar un par de noches, la primera para emborracharse y la segunda para sentir la necesidad de huir corriendo hacia el desierto, junto a los coyotes, buscando un agujero donde respirar, sin neones, sin lucecitas, sin gritos, sin destellos; todo aquello que se ha convertido en el pan nuestro de cada día en éste parque de atracciones para niños grandes, que el viajero patea hoy reconvertido en turista, con sus bermudas y sus chanclas, aplaudiendo como el que más ante la fuente del Bellagio, mientras los chorros de agua ascienden al cielo en mitad del secarral, en la tele echan concursos de cortes de pelo a chihuahuas y en cada esquina los chicanos golpean entre si unas tarjetitas con tías en pelotas, te las deslizan entre los dedos con una facilidad pasmosa, publicidad de los locales donde las strippers muestran sus encantos, papelitos que acaban en el suelo, alfombrando de pezones enhiestos el tórrido asfalto.

El camino que recorre el Strip, da la vuelta al mundo en pocos kilómetros, Nueva York con su estatua o Paris con su torre, en Venecia, los enamorados pueden pedirse en matrimonio en una góndola de pega, en un canal de pega, con un gondolero de pega que canta ¡Oh sole mio! con acento de Tijuana, y sonreír de paso a los dos centenares de japoneses que capturan para siempre tan romántico momento.

Dicen que lo que pasa en Las Vegas se queda en las Vegas, una frase reconvertida en mantra, que repiten con los ojos en blanco cientos de miles de seres humanos cada día de cada año, mientras le dan al botoncito de la máquina, mientras le meten un billete en el tanga a una muchacha de pechos XXL, mientras borrachos como cubas pasean por la calle Fremont con intención de llevarse de recuerdo unos hongos en la entrepierna, es lo que hay, es lo que vende, la ciudad del pecado, la espita del imperio, un lugar que si no existiera algún loco debiera crearlo.

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