viernes, 27 de noviembre de 2009

Deshaced ese verso



"Deshaced ese verso,
Quitadle los caireles de la rima,
el metro, la cadencia
y hasta la idea misma.
Aventad las palabras,
y si después queda algo todavía,
eso
será la poesía."


Versos y oraciones del caminante. León Felipe.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

La esperanza y el viejo pintor



El viejo pinta, recuerda, respira hondo dando forma a un suspiro, construye sin esfuerzo una media sonrisa en su cara cuarteada, siente la caricia del pincel y derrota la dictadura del lienzo en blanco, disfrutando con el tacto untuoso del óleo entre sus dedos y el familiar olor de la trementina manchando la estancia, perfumando su piel, su ropa, su memoria, mezclándose con los pigmentos, disolviéndolos, obrando el milagro sobre la paleta, capturando un pedazo de luz en un mundo gris, sordo, bastardo.

Cosas de la vida el viejo aún es capaz de mirar hacia atrás y pintar con esperanza, a pesar de la guerra, a pesar de la sinrazón, a pesar del miedo y la represión, a pesar del exilio, a pesar de haber nacido en una tierra ingrata, inculta, brutal y necia, acostumbrada a maltratar a sus mejores hijos; quien lo diría, a pesar de todo, resulta que el viejo todavía puede pintar cosas bellas.

Es el final del camino, uno repleto de certezas y pinceladas, de vida, de muerte, de color y de genio, punto desde el que sin embargo se atisba el comienzo de otros senderos, lugares por los que, maldita sea la condición humana, tendrán que caminar otros, porque al viejo le abandonan las fuerzas, porque el tiempo se ríe a carcajadas desde la esquina, disfrutando cada vez que se le quiebra el pulso.

Si hay algo que le duele, es no poder pintar después de muerto, por eso quizás aprovecha sus últimas pinceladas, por eso libera el trazo, empasta las líneas, se empapa de luz y de belleza, se olvida de clasicismos y viaja al futuro, desde Burdeos pinta su “lechera” y enlaza sin querer su obra con la de aquellos que llegarán más tarde, con los maestros que con el tiempo vendrán y querrán dibujar el mundo a base de impresiones.

Es el final de su vida y la gloria, la fama y el reconocimiento, dan lo mismo, cero, no importan; mientras retenga aliento en los pulmones, a Goya no le quedará otra que seguir pintando, mientras le quede una pizca de vida en el interior seguirá dejando pedazos de su existencia entre cuatro listones de madera, seguirá encerrando su realidad entre pigmentos, seguirá enseñándole al mundo como pinta un auténtico genio.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Mundo de tinieblas



Sumido en la oscuridad más absoluta, el viejo capitán Lindeman piensa que los seres humanos, en su infinita imbecilidad, a veces dan por seguro demasiadas cosas, cosas sencillas, evidentes, como que el día sigue a la noche o que el aire no puede cortarse con un cuchillo, cosas que hasta un niño sabe, desde bien pequeño, como que el fuego se apaga con agua o que desde el cielo no llueven rocas.

Mira su reloj, sus labios dibujan una mueca seria, arrugada, mierda de artefacto, debe estar adelantado, o no, son casi las siete de la mañana del día veintiocho en el estrecho Sonda, entre Java y Sumatra, y sobre el puente de mando del General Loudon hoy tampoco ha amanecido, ni tiene pinta de que lo haga, mundo de locos, de tinieblas, sólo se atisban pequeñas luces en la costa, en la playa cerca de Telok Metong, son lámparas y candiles medio apagadas por un manto gris mortecino, sostenidas en alto por aquellos que imploran un billete de salida del infierno, como si eso fuera posible, pobres diablos que gritan, aúllan, tañen la campana del embarcadero medio derruido, esperan que alguno de los vapores se la juegue entre las olas y los corales para poder recogerlos, para poder rescatarlos, algo imposible con el mar embravecido, el viejo se siente impotente, maldice, espera, sabe que tiene un asiento de primera fila para el día del fin del mundo.

Lindeman mira a sus hombres, empapados bajo una lluvia de lodo, pintados de gris por la madre naturaleza se mueven aterrorizados bajo una capa viscosa, fluorescente, como si el mismo demonio hubiese escupido sobre el barco, limpian la cubierta y apagan con urgencia los pedazos de lava incandescentes, no dan abasto, miran de reojo mar adentro, hacia el Krakatoa, el lugar que periódicamente ilumina el horizonte de cenizas, fuego sobre el fuego, dominando al agua, donde Vulcano muestra al mundo el poder de su fragua.

Lindeman por un segundo se siente como Caronte, con el azufre quemándole los pulmones tose, escupe, y a las diez de la mañana se despide del mundo cruel, en el mismo instante en el que al planeta se parte en dos, de repente, el aire espeso se retira y el cielo se ilumina a unas 50 millas de distancia como si el sol naciera de la tierra, en un parto doloroso y sangriento, la onda expansiva le tumba, le golpea y le deja sordo; un estruendo al que sigue un pitido intenso, agudo, clavado en el interior de su sesera, de rodillas el capitán echa una última mirada al mar oscuro sobre el que ha envejecido, ve como se retira dejando a la vista parte de los arrecifes, jodido cabrón, lo hace para dar su último golpe, es el momento, como buen marino decide dar batalla, morir de pie con las botas puestas, con dificultad maniobra el barco que gira entre crujidos, la proa encara al muro de agua que se aproxima, asciende, se desliza montaña arriba y supera el tsunami, la tripulación cierra los ojos, mantiene el alma en un puño, escucha como el mar devora la tierra, tras un rato mira de nuevo al mundo, resopla al unísono, malita sea, están vivos.

jueves, 19 de noviembre de 2009

El poeta y la meada



Con la noche haciendo pardos a todos los gatos, el poeta se escurre entre las calles con un ojo en las esquinas y otro en el gavilán de su espada ropera, ligeramente borracho, acaricia la guarnición de la misma con la punta de sus dedos y camina hacia su hogar dando pasos cortos, desiguales, atento a las sombras, siempre repletas de rufianes y puñaladas traperas, siempre nocturnas y siempre alevosas; resoplando, sintiendo por un segundo el coleto demasiado ajustado, esforzándose por mantener la verticalidad perdida a manos de los años, la cojera y el vino tinto.

Camina, un soneto descansa en la punta de su lengua, afilado y perfecto, inmisericorde, cocinado a fuego lento, en su punto, verbo sometido a los caprichos de un genio, sílabas mágicas que se ordenan, construyendo palabras que según sea el caso, humillan, mortifican, ensalzan o glorifican; ajustan viejas cuitas, se baten en duelo.

Sin prisa pero sin pausa, bajo su capa y su sombrero de ala ancha, atraviesa la plaza de la cebada, iluminada por una luna llena que refleja una luz blanca, mortecina, se cuela entre las maderas del patíbulo y pone los pelos de punta, hace pensar al poeta las probabilidades de acabar pisando ésos tablones, que no son pocas en un país tan cainita, de curas, reyes, validos y cabrones, donde perro siempre come perro, es su plato preferido.

Maldita sea, por un segundo se imagina saludando al personal desde lo alto, siendo el protagonista de la función, el cordero en una fiesta de pastores, teniendo que ver la cara del narigudo en primera fila, observando su sonrisa de oreja a oreja mientras la soga acaricia su pescuezo; es sólo pensarlo y el sudor frío comienza a recorrer su frente, Dios no lo quiera, mientras el de Osuna mantenga la cabeza sobre sus hombros, eso no ocurrirá y si así fuera, mejor no llegar al patíbulo, mejor acabar por la vía rápida con un cuarto de acero del alguacil entre los riñones.

Mierda, con tanto mal presagio, al poeta le han entrado ganas de mear, las dos jarras de vino están buscando la salida, el orificio natural por el que abandonar su maltrecho cuerpo, aguas menores, pero urgentes, al fin y al cabo; aprieta el paso, busca un rincón tranquilo y miembro en mano, relaja el esfínter, suspirando de alivio ante un chorro entrecortado, recordando gratamente los años de juventud en los que aún podía orinar del tirón, atento a su espalda hasta que se percata de la presencia de un gran crucifijo, uno colocado en la pared sobre su agüita amarilla, al lado de un gran cartel que reza:

“Donde hay crucifijos, no se orina”

El poeta resopla, con cuidado menea la punta de su miembro y escurre las últimas gotas, sonríe, con voz grave y socarrona contesta en voz alta.

-Y donde se mea, no se ponen cruces.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Los secretos del fantasma




Cuando el cinco de Diciembre de 1872 el Mary Celeste aparece seiscientas millas a este de las Azores ante los ojos de el capitán Morehouse y su segundo Deveau, estos aún no saben que están viendo un fantasma; no tardarán en darse cuenta, vestido de blanco y negro sobre azul oscuro, pintando el horizonte con un presagio funesto, rasgando el lugar donde la mar y el cielo se confunden, el buque maldito terminará por cruzarse en su camino, con el velamen recogido sobre sus dos palos y el foque arrullado por el viento, cabeceando sobre un Atlántico en calma, desplazándose lentamente sin rumbo, sin nadie a la caña, navegando sin gobierno.

Si los marinos del Dei Gratia creen haberlo visto todo en la mar, es tan sólo porque no peinan demasiadas canas, cuando queda claro que nadie responde a las señas y que el buque avistado navega a la deriva, no queda otra que hacer de tripas corazón y anudar un cabo en la boca del estómago, echar un bote al agua y con un ojo en el barco fantasma y otro en el cielo, musitar una oración, remar aterrados hacia el Celeste, romper el silencio y sus gargantas con el megáfono y esperar una respuesta, implorar un signo de vida en la nave a punto de ser abordada.

En pocos minutos, el contramaestre Oliver Deveau es el primero en saltar a cubierta, por la proa, aúlla ¡Ah el Celeste! sin tener más respuesta que el eco su propia voz, prudente avanza con la boca seca y el corazón en un puño, camina por el bergantín goleta intentando encontrar una solución ante semejante locura, parándose ante la bitácora destruida, ante las amuras dañadas y los aparejos desordenados, preguntándose como es posible encontrar un buque sin tripulación en mitad de un océano en calma.

Nadie responde, sólo el propio barco cruje y chirría de vez en cuando, como intentando contar su historia, desvelar sus secretos, mientras, el contramaestre nota su corazón corriendo a mil por hora, desatado al ver un hueco en el lugar en el que debiera estar el esquife y buena parte del pasamanos, ausente el único minúsculo bote del buque, parece evidente que éste ha sido abandonado a la carrera, mierda, Oliver intenta tragar saliva, se da cuenta de que ya no le queda demasiada y maldice, decide adentrarse en las entrañas del buque, encontrando la bodega con un metro agua y las bombas de achique en perfecto estado, junto a la carga intacta de mil setecientos barriles de alcohol, todo en su sitio.

Respira, intenta tranquilizarse, ahuyenta las historias de monstruos y fantasmas que como buen marino habitan en su cabeza, cracken de tentáculos inmensos, el holandés errante, el triangulo de las bermudas... ¿Que ha pasado?. ¿Que ha obligado a la tripulación, a los siete hombres, al capitán, a su mujer y su hijo de dos años a abandonar un barco en buen estado y huir hacia la nada, hacia el azul infinito, hacia una muerte casi segura?

Maldita sea, en el camarote del capitán encuentra la ropa en los cajones, perfectamente ordenada, el diario de abordo, con una última fecha el día veinticinco de noviembre, una posición situando al bergantín cuatrocientas millas más al oeste; después el silencio, la nada, sólo una frase misteriosa en la pizarra del contramaestre, “Francis, mi muy querida esposa…”, al leerla, por un momento Olivier siente la necesidad de salir corriendo, de llegar nadando a Gibraltar, si no lo hace, es porque es un profesional, suspira, nota que falta tanto el sextante como el cronometro, percibe en conjunto, la triste realidad, la sensación de que toda la tripulación del Mary Cleeste ha desaparecido sin dejar rastro, tragada por la mar, sin causas, sin motivos aparentes, nunca nadie sabrá porqué, nunca nadie volverá a verlos, tras un rato Oliver sólo es capaz de sacar una única conclusión, estén donde estén, a partir de ése momento, son carne de leyenda

viernes, 13 de noviembre de 2009

Juego de bastardos



Aldrich quiere vivir como en el puto James Bond, cada día, sueña con conducir un Jaguar, con bucear por la mañana en las Bahamas y cenar por la noche en Montecarlo, se imagina paseando por su casino vestido de punta en blanco y poniendo careto de gigoló a las nenas, puliendo treinta de los grandes en champán y putas, viajando en jet privado, sonriendo a la vida y dejando que la vida le sonría e él, enfrentándose a supervillanos para salir victorioso en el último segundo, para salvar al mundo, quedándose con la chica al final de la película.

Mierda de mundo cruel, va a ser difícil, la realidad es un poco más cruda, Aldrich trabaja de ocho a tres y más que espía, parece un representante de batidoras, alargado, pálido, con unas enormes gafas de culo de vaso y un bigotito amarillento, cuando se mira al espejo en lugar de bíceps, encuentra alerones de pollo viejo, los trajes de Armani no le caen bien, le sientan como a un cristo dos pistolas, los días y los años pasan, se escurren entre los dedos, encerrado en su oficina no mira otra cosa que papeles, nombres y números, códigos en blanco y negro bajo una luz mortecina.

Mierda de glamour, mierda de espionaje, una vida entera trabajando como analista para la CIA, salvando el culo al mundo libre día si día también, para tener que acabar pidiendo un crédito a la hora de cambiar las cortinas, para llegar a casa y escuchar mil y un reproches.

A grandes males, grandes remedios, frente a la embajada soviética en Washington el 18 de Abril del 85 Aldrich decide conjurar su futuro, frente al viejo edificio repleto de antenas, manda a tomar por culo al imperio; que si el patriotismo es bueno, resulta que la langosta es mejor, Aldrich fuma, pega una última calada al Marlboro que sostiene entre los dientes y se dispone a cruzar la avenida, en su gabardina de bolsillos roídos descansa una carta de presentación, una con tres letras en la dirección de destino, KGB, y en su interior, tres nombres y un número de cuenta.

Aldrich Ames pone cara de topo, saborea el dulce sabor de la traición, una que sembrará de cadáveres la tierra de la hoz y el martillo, angelitos al cielo, poco a poco, las cabezas de los espías delatados a la URSS se irán cortando, chof, chof, unos cien mil dólares el ejemplar, fulanito, menganito, zutanito, pim pam pum, la CIA se quedará progresivamente sin espías en las tierras del este, en un juego de bastardos y mentirosos en el que si te señalan con el dedo, mal asunto; mientras tanto, Ames esta demasiado ocupado contando billetes como para buscar en el lugar en el que debiera encontrarse su conciencia, se descojona por dentro y espera pacientemente el día en el que los chicos de negro le descubran y llamen a su puerta, hasta entonces, saca brillo a la capota de su coche nuevo y vive el momento, que le quiten lo bailado.

jueves, 12 de noviembre de 2009

El preciso instante



Resulta que Henri se ha camelado a la cruda realidad, le ha guiñado un ojo y ella, complaciente, se ha rendido a sus pies, le ha enseñado sus entretelas, desnudándose, permitiéndole pintar el mundo con su cámara, construyendo un enorme retablo, uno que se puede mirar desde mil ángulos, collage de momentos, fragmentos de vida grabados en nitrato de plata, obras maestras escondidas y encontradas detrás de cada esquina, detrás de cada muro, detrás de cada ser humano.

Elegante, el fotógrafo camina por París con sus andares desgarbados, sonriente, musitón, desde su muñeca cuelga medio escondida una pequeña cámara marca Leica, balanceándose como un péndulo sobre el suelo mientras él espera, mirando de reojo y haciéndose el longuis, el momento adecuado en el sitio adecuado, el preciso instante en el que el hombre encuadrará y hará clic, quedándose como trofeo con un pedacito de mundo en blanco y negro.

Dicen que la foto perfecta que ves con tus ojos, es la que no capturas con tu cámara, pero Henri tiene un don, el de la intuición, es capaz de parar el tiempo con la punta de sus dedos, de alinear ojos, máquina y corazón en el mismo eje, de congelar las emociones y hacer que el caos pose con la mejor de sus sonrisas, ordenándose por un solo segundo ante él, como si pudiera colarse en el encuadre y colocar cada elemento en su sitio, como un espectador que ve por segunda vez una película y decide parar la proyección en la mejor de las escenas.

En 1932 en la estación de St. Lazare en Paris, Henri Cartier Bresson, de casualidad asoma su cabeza tras la verjas de una obra, en cuestión de segundos saca su Leica y dispara, sin saberlo hace una de ésas fotos que se recordarán durante un siglo, una autentica alegoría involuntaria de los años que están por llegar, del terrible siglo XX, una silueta que salta al vacío, sobre un charco inmenso, sobre un fondo gris y desolado, frente a una tapia con un cartel desvencijado, imagen que deja una incógnita, un futuro incierto, quizás tan incierto como el de el hombre mismo.

martes, 10 de noviembre de 2009

De lágrimas y surcos en la cara


A veces, Martín piensa que su cuerpo y su mente están hechos de arena húmeda, que tienen la misma consistencia, que son como castillos levantados en la playa por un niño perezoso, inútiles, medio derruidos, solitarios, esperan resignados la subida de la marea, desmontándose lentamente, grano a grano, limados por el viento, derrumbados sobre si mismos, anclados al puñetero suelo.

Ajo y agua, es la condición de los castillos de arena; mientras camina, Martín vuelve al hogar con su trofeo, al agujero desde el que sale cada mañana, cuando el mono aprieta, a buscarse la micra de cada día, a enfrentarse al mundo cruel, al dios vengativo que desde hace unos años le domina sin piedad.

De reojo, se mira en los escaparates de la gran ciudad, aterrado ante el extraño que sobre ellos se refleja, un fantasma, un suspiro demacrado que deambula sobre el asfalto con su pequeño tesoro maldito en los bolsillos, un ser humano sin sombra reducido a despojo, que pasito a pasito camina directo hacia el precipicio, que se mira a si mismo con desprecio, como hace todo el mundo, si tuviera fuerza se insultaría, si pudiera, maldeciría su jodida estampa con palabras que ya no encuentra en su cerebro confuso.

Suda, siente escalofríos, nota calambrazos en sus músculos reducidos a la mínima expresión, levita, se siente morir por dentro, es imposible aguantarse, antes de llegar a casa, busca un lugar tranquilo donde desplegar el instrumental con el que poder realizar su sacrificio; en los baños de la estación de tren, el rey encuentra su trono alicatado, encerrado tras una puerta verde pintada de tinta y mierda, con primoroso cuidado abre la papela y observa unos segundos la materia de color marrón que descansa en sus manos, sonríe, es su santo grial particular, lo desmenuza con cuidado, lo coloca sobre una cuchara y lo riega con limón, calienta la mezcla con el mechero, con mimo, lo justo, ni mucho, ni poco, mirando atento cada detalle desde sus ojos hundidos, como un alquimista buscando la piedra filosofal, concentrado mientras muerde con sus dientes podridos el extremo del filtro de un cigarrillo y extrae el contenido, el cilindro blanco de textura algodonosa, después, lo pincha sobre el extremo de la aguja y acciona el émbolo, filtra la solución que ahora descansa en la jeringa, en la chuta, dispuesta a enviarle directo al séptimo infierno.

Martín ya no tiene venas, las ha perdido en su viaje a ninguna parte, son sólo un campo de tiro, un conducto bombardeado, repleto de cráteres azules y cicatrices negras, con esfuerzo, usando un condón como torniquete se saca una vena del codo, la perfora y libera las cadenas del monstruo dentro de su ser, hunde su alma y pierde otra batalla, otra más; mientras, se le escurre un lágrima que navega por los surcos de su cara, salta al vacío desde su barbilla afilada; Martín cierra los ojos, funde a negro su mundo gris y sonríe, quizás un buen día cuando despierte, la pesadilla habrá pasado, quizás un buen día cuando despierte, vuelva a sentirse humano.

jueves, 5 de noviembre de 2009

La piel de cemento



Frente al muro, Horst se pregunta como demonios es posible odiar a un objeto inanimado, a un simple y maldito monstruo gris e inerte, a una cicatriz sangrante, a las verjas oxidadas de una jaula, al límite marcado del mundo permitido, a un cartel con letras grandes, rojas y negras, a una valla, a un alambre de espino, a un altavoz, a una torre de vigilancia.

Desde luego que se puede, con toda el alma, al objeto inanimado y a los hijos de perra que lo crearon, a los bastardos que con primoroso cuidado levantaron, ladrillo a ladrillo, el muro de la celda más grande del mundo, el lugar donde la utopía pronto comenzó a oler a muerto, donde del “todo es de todos” se pasó al “todo es de todos, pero más mío”, donde los de siempre, rápidamente se ufanaron en conseguir un buen puesto en el partido, en cambiar el color a sus gorras de plato y comenzar a hacer lo único que ésa gente ha sabido hacer siempre a la perfección, dar por culo al pueblo, para mayor gloria del pueblo.

A Horst ya le duele el suyo, treinta años son suficientes, toda una vida mirando a un maldito trozo de cemento que le debe demasiadas, tantas como el numero de veces que ha soñado con el otro lado, que ha oído hablar a su padre de la familia perdida, que ha mirado a los Vopos en el Checkpoint Charlie y ha sentido la necesidad de contenerse, de no echar a correr entre los sacos terreros para no convertirse en un pato de feria.

Suficiente, Horst sin embargo hoy sonríe, se siente como un David a punto de dar la puntilla a Goliat, no con una honda, si con una maza, con la misma que descansa en su hombro, arma con la que camina por la calle desafiante, acompañado de la gente que conforma su mundo, incrédulo ante lo que ve, dispuesto a tomarse una buena revancha, colectiva, freudiana, nocturna; respira hondo, el aire frío de noviembre rellena sus pulmones, le hace sentirse vivo, le da la energía suficiente como para arrear el primer envite, uno que levanta una ovación y pequeños fragmentos grises, minúsculos, que saltan al aire malditos, que al caer al suelo con cada mazazo, lentamente agrietan el muro de la vergüenza colectiva.

Pasado un rato, Horst está empapado, las gotas de sudor escurren hacia el suelo por sus sienes pálidas, el mazo cambia de manos y en el centro de su odiado enemigo lentamente surge un pequeño vacío atravesado por cables de metal, una herida en una piel de cemento que ha puesto al descubierto el esqueleto metálico del monstruo, un hueco por el que apenas caben dos dedos, pero por el que se filtra la luz y el aire del otro lado.

Horst acerca su cara a la grieta, mira excitado como un Voyeur y nota como algo se cuela por el orificio recién abierto, una brisa minúscula casi imperceptible que enfría su rostro empapado, que estimula la punta de las terminaciones nerviosas de su careto y transmite a su cerebro una sensación nueva nunca antes sentida por el berlinés, extraña, dulce, emocionante, intensa, hace que su corazón lata a mil por hora y su piel se erize como la de un puercoespín, es humana, es imprescindible… algunos susurran su nombre a sus oídos, ellos dicen que se llama libertad.

domingo, 1 de noviembre de 2009

La miseria del emperador


Jean-Bédel Bokassa no aprecia los contrastes, es una pena, desde su carroza imperial tirada por seis corceles blancos, los colores de su mundo se difuminan, se meten en su sesera y se mezclan sin orden ni concierto, verdes centroafricanos versus dorados napoleónicos, difícil mezcla, no importa, como aturdido por el traqueteo de la comitiva, el primer emperador de África sonríe, saluda a su pueblo sin perder la compostura, como un pastor caritativo que disfruta con los balidos de su rebaño, se deja hipnotizar por el júbilo forzado de los suyos y por un segundo se pregunta si el esfuerzo merecerá la pena, si los fastos de su coronación estarán a la altura de su persona.

A su alrededor, separando los niños desnudos de los mantos de armiño, su guardia personal de coraceros galopa, protege al líder, marca el camino entre la selva que siguen despacito docenas de blancas sanguijuelas VIP venidas del mundo entero, sudando dentro de sus Mercedes con treinta y nueve grados de temperatura y un cien por cien de humedad, frotándose las manos, limándose los colmillos y haciendo de tripas corazón; pronto terminará el paripé, pronto podrán volver por donde han venido, a sus casas en la costa azul y sus pisitos en Manhatan, lejos de éste infierno; allá donde no hace tanto calor y la pobreza no es tan obscena, cargados de souvenirs en forma de algodón, uranio y diamantes, como suele pasar siempre que el hombre blanco visita África.

Mientras dura la fiesta, los invitados aplauden, traman, conspiran, enseñan sus sonrisas prefabricadas, dientes blancos que brillan en la oscuridad, bailan, disfrutan, negocian, “business is business”, beben el mejor champán y comen el mejor caviar, untan paté con cuchillos de plata, y lo devoran como hienas educadas, mirando de reojo a los andrajosos que se agolpan tras las verjas, disfrutando sin complejos de su obscena caradura en mitad de la miseria.

Mientras, Bokassa avanza empuñando su cetro, con sus gruesos dedos acariciando el fino trabajo del orfebre, encamina sus pasos hacia el trono, hacia la gran águila bañada en oro, y ocupa su lugar en el mundo, al lado de su reina, donde se coloca su corona recién traída de París, engarzada con docenas de brillantes que reflejan la luz del sol, que deslumbran en los ojos del los hombres y se cuelan hasta los rincones más oscuros del alma, el nuevo rey observa desde lo alto, mira con desprecio a sus súbditos, escruta las caras de sus más fieles seguidores, sin mucho esfuerzo puede oler el intenso aroma de su codicia, aprieta los dientes, se aferra al trono, se pregunta quién lo intentará primero, quién emulará a Bruto, quién envenenará su comida o apuñalará su espalda.

El primer emperador de África respira hondo, maldice, idea su venganza, suspira sin que nadie lo note, planifica su mundo de lujo y miseria con cuidado, ignorante y brutal levanta una frágil construcción sin cimientos, formada a base de injusticias y sufrimiento humano, un edificio dorado por fuera y podrido por dentro, condenado al derrumbe, que inevitablemente, antes o después colapsará sobre su regia cabeza coronada.