jueves, 19 de noviembre de 2009

El poeta y la meada



Con la noche haciendo pardos a todos los gatos, el poeta se escurre entre las calles con un ojo en las esquinas y otro en el gavilán de su espada ropera, ligeramente borracho, acaricia la guarnición de la misma con la punta de sus dedos y camina hacia su hogar dando pasos cortos, desiguales, atento a las sombras, siempre repletas de rufianes y puñaladas traperas, siempre nocturnas y siempre alevosas; resoplando, sintiendo por un segundo el coleto demasiado ajustado, esforzándose por mantener la verticalidad perdida a manos de los años, la cojera y el vino tinto.

Camina, un soneto descansa en la punta de su lengua, afilado y perfecto, inmisericorde, cocinado a fuego lento, en su punto, verbo sometido a los caprichos de un genio, sílabas mágicas que se ordenan, construyendo palabras que según sea el caso, humillan, mortifican, ensalzan o glorifican; ajustan viejas cuitas, se baten en duelo.

Sin prisa pero sin pausa, bajo su capa y su sombrero de ala ancha, atraviesa la plaza de la cebada, iluminada por una luna llena que refleja una luz blanca, mortecina, se cuela entre las maderas del patíbulo y pone los pelos de punta, hace pensar al poeta las probabilidades de acabar pisando ésos tablones, que no son pocas en un país tan cainita, de curas, reyes, validos y cabrones, donde perro siempre come perro, es su plato preferido.

Maldita sea, por un segundo se imagina saludando al personal desde lo alto, siendo el protagonista de la función, el cordero en una fiesta de pastores, teniendo que ver la cara del narigudo en primera fila, observando su sonrisa de oreja a oreja mientras la soga acaricia su pescuezo; es sólo pensarlo y el sudor frío comienza a recorrer su frente, Dios no lo quiera, mientras el de Osuna mantenga la cabeza sobre sus hombros, eso no ocurrirá y si así fuera, mejor no llegar al patíbulo, mejor acabar por la vía rápida con un cuarto de acero del alguacil entre los riñones.

Mierda, con tanto mal presagio, al poeta le han entrado ganas de mear, las dos jarras de vino están buscando la salida, el orificio natural por el que abandonar su maltrecho cuerpo, aguas menores, pero urgentes, al fin y al cabo; aprieta el paso, busca un rincón tranquilo y miembro en mano, relaja el esfínter, suspirando de alivio ante un chorro entrecortado, recordando gratamente los años de juventud en los que aún podía orinar del tirón, atento a su espalda hasta que se percata de la presencia de un gran crucifijo, uno colocado en la pared sobre su agüita amarilla, al lado de un gran cartel que reza:

“Donde hay crucifijos, no se orina”

El poeta resopla, con cuidado menea la punta de su miembro y escurre las últimas gotas, sonríe, con voz grave y socarrona contesta en voz alta.

-Y donde se mea, no se ponen cruces.

3 comentarios:

Hispa dijo...

No donde se mea, ni donde se estudia.

Javier Font dijo...

Esta te la he dejado a huevo... ehhh!!

Hispa dijo...

Por la cara. Gracias. Y ya que estoy aquí, fe de erratas: "Ni donde se mea...".