viernes, 13 de noviembre de 2009

Juego de bastardos



Aldrich quiere vivir como en el puto James Bond, cada día, sueña con conducir un Jaguar, con bucear por la mañana en las Bahamas y cenar por la noche en Montecarlo, se imagina paseando por su casino vestido de punta en blanco y poniendo careto de gigoló a las nenas, puliendo treinta de los grandes en champán y putas, viajando en jet privado, sonriendo a la vida y dejando que la vida le sonría e él, enfrentándose a supervillanos para salir victorioso en el último segundo, para salvar al mundo, quedándose con la chica al final de la película.

Mierda de mundo cruel, va a ser difícil, la realidad es un poco más cruda, Aldrich trabaja de ocho a tres y más que espía, parece un representante de batidoras, alargado, pálido, con unas enormes gafas de culo de vaso y un bigotito amarillento, cuando se mira al espejo en lugar de bíceps, encuentra alerones de pollo viejo, los trajes de Armani no le caen bien, le sientan como a un cristo dos pistolas, los días y los años pasan, se escurren entre los dedos, encerrado en su oficina no mira otra cosa que papeles, nombres y números, códigos en blanco y negro bajo una luz mortecina.

Mierda de glamour, mierda de espionaje, una vida entera trabajando como analista para la CIA, salvando el culo al mundo libre día si día también, para tener que acabar pidiendo un crédito a la hora de cambiar las cortinas, para llegar a casa y escuchar mil y un reproches.

A grandes males, grandes remedios, frente a la embajada soviética en Washington el 18 de Abril del 85 Aldrich decide conjurar su futuro, frente al viejo edificio repleto de antenas, manda a tomar por culo al imperio; que si el patriotismo es bueno, resulta que la langosta es mejor, Aldrich fuma, pega una última calada al Marlboro que sostiene entre los dientes y se dispone a cruzar la avenida, en su gabardina de bolsillos roídos descansa una carta de presentación, una con tres letras en la dirección de destino, KGB, y en su interior, tres nombres y un número de cuenta.

Aldrich Ames pone cara de topo, saborea el dulce sabor de la traición, una que sembrará de cadáveres la tierra de la hoz y el martillo, angelitos al cielo, poco a poco, las cabezas de los espías delatados a la URSS se irán cortando, chof, chof, unos cien mil dólares el ejemplar, fulanito, menganito, zutanito, pim pam pum, la CIA se quedará progresivamente sin espías en las tierras del este, en un juego de bastardos y mentirosos en el que si te señalan con el dedo, mal asunto; mientras tanto, Ames esta demasiado ocupado contando billetes como para buscar en el lugar en el que debiera encontrarse su conciencia, se descojona por dentro y espera pacientemente el día en el que los chicos de negro le descubran y llamen a su puerta, hasta entonces, saca brillo a la capota de su coche nuevo y vive el momento, que le quiten lo bailado.

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