domingo, 1 de noviembre de 2009

La miseria del emperador


Jean-Bédel Bokassa no aprecia los contrastes, es una pena, desde su carroza imperial tirada por seis corceles blancos, los colores de su mundo se difuminan, se meten en su sesera y se mezclan sin orden ni concierto, verdes centroafricanos versus dorados napoleónicos, difícil mezcla, no importa, como aturdido por el traqueteo de la comitiva, el primer emperador de África sonríe, saluda a su pueblo sin perder la compostura, como un pastor caritativo que disfruta con los balidos de su rebaño, se deja hipnotizar por el júbilo forzado de los suyos y por un segundo se pregunta si el esfuerzo merecerá la pena, si los fastos de su coronación estarán a la altura de su persona.

A su alrededor, separando los niños desnudos de los mantos de armiño, su guardia personal de coraceros galopa, protege al líder, marca el camino entre la selva que siguen despacito docenas de blancas sanguijuelas VIP venidas del mundo entero, sudando dentro de sus Mercedes con treinta y nueve grados de temperatura y un cien por cien de humedad, frotándose las manos, limándose los colmillos y haciendo de tripas corazón; pronto terminará el paripé, pronto podrán volver por donde han venido, a sus casas en la costa azul y sus pisitos en Manhatan, lejos de éste infierno; allá donde no hace tanto calor y la pobreza no es tan obscena, cargados de souvenirs en forma de algodón, uranio y diamantes, como suele pasar siempre que el hombre blanco visita África.

Mientras dura la fiesta, los invitados aplauden, traman, conspiran, enseñan sus sonrisas prefabricadas, dientes blancos que brillan en la oscuridad, bailan, disfrutan, negocian, “business is business”, beben el mejor champán y comen el mejor caviar, untan paté con cuchillos de plata, y lo devoran como hienas educadas, mirando de reojo a los andrajosos que se agolpan tras las verjas, disfrutando sin complejos de su obscena caradura en mitad de la miseria.

Mientras, Bokassa avanza empuñando su cetro, con sus gruesos dedos acariciando el fino trabajo del orfebre, encamina sus pasos hacia el trono, hacia la gran águila bañada en oro, y ocupa su lugar en el mundo, al lado de su reina, donde se coloca su corona recién traída de París, engarzada con docenas de brillantes que reflejan la luz del sol, que deslumbran en los ojos del los hombres y se cuelan hasta los rincones más oscuros del alma, el nuevo rey observa desde lo alto, mira con desprecio a sus súbditos, escruta las caras de sus más fieles seguidores, sin mucho esfuerzo puede oler el intenso aroma de su codicia, aprieta los dientes, se aferra al trono, se pregunta quién lo intentará primero, quién emulará a Bruto, quién envenenará su comida o apuñalará su espalda.

El primer emperador de África respira hondo, maldice, idea su venganza, suspira sin que nadie lo note, planifica su mundo de lujo y miseria con cuidado, ignorante y brutal levanta una frágil construcción sin cimientos, formada a base de injusticias y sufrimiento humano, un edificio dorado por fuera y podrido por dentro, condenado al derrumbe, que inevitablemente, antes o después colapsará sobre su regia cabeza coronada.

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