jueves, 5 de noviembre de 2009

La piel de cemento



Frente al muro, Horst se pregunta como demonios es posible odiar a un objeto inanimado, a un simple y maldito monstruo gris e inerte, a una cicatriz sangrante, a las verjas oxidadas de una jaula, al límite marcado del mundo permitido, a un cartel con letras grandes, rojas y negras, a una valla, a un alambre de espino, a un altavoz, a una torre de vigilancia.

Desde luego que se puede, con toda el alma, al objeto inanimado y a los hijos de perra que lo crearon, a los bastardos que con primoroso cuidado levantaron, ladrillo a ladrillo, el muro de la celda más grande del mundo, el lugar donde la utopía pronto comenzó a oler a muerto, donde del “todo es de todos” se pasó al “todo es de todos, pero más mío”, donde los de siempre, rápidamente se ufanaron en conseguir un buen puesto en el partido, en cambiar el color a sus gorras de plato y comenzar a hacer lo único que ésa gente ha sabido hacer siempre a la perfección, dar por culo al pueblo, para mayor gloria del pueblo.

A Horst ya le duele el suyo, treinta años son suficientes, toda una vida mirando a un maldito trozo de cemento que le debe demasiadas, tantas como el numero de veces que ha soñado con el otro lado, que ha oído hablar a su padre de la familia perdida, que ha mirado a los Vopos en el Checkpoint Charlie y ha sentido la necesidad de contenerse, de no echar a correr entre los sacos terreros para no convertirse en un pato de feria.

Suficiente, Horst sin embargo hoy sonríe, se siente como un David a punto de dar la puntilla a Goliat, no con una honda, si con una maza, con la misma que descansa en su hombro, arma con la que camina por la calle desafiante, acompañado de la gente que conforma su mundo, incrédulo ante lo que ve, dispuesto a tomarse una buena revancha, colectiva, freudiana, nocturna; respira hondo, el aire frío de noviembre rellena sus pulmones, le hace sentirse vivo, le da la energía suficiente como para arrear el primer envite, uno que levanta una ovación y pequeños fragmentos grises, minúsculos, que saltan al aire malditos, que al caer al suelo con cada mazazo, lentamente agrietan el muro de la vergüenza colectiva.

Pasado un rato, Horst está empapado, las gotas de sudor escurren hacia el suelo por sus sienes pálidas, el mazo cambia de manos y en el centro de su odiado enemigo lentamente surge un pequeño vacío atravesado por cables de metal, una herida en una piel de cemento que ha puesto al descubierto el esqueleto metálico del monstruo, un hueco por el que apenas caben dos dedos, pero por el que se filtra la luz y el aire del otro lado.

Horst acerca su cara a la grieta, mira excitado como un Voyeur y nota como algo se cuela por el orificio recién abierto, una brisa minúscula casi imperceptible que enfría su rostro empapado, que estimula la punta de las terminaciones nerviosas de su careto y transmite a su cerebro una sensación nueva nunca antes sentida por el berlinés, extraña, dulce, emocionante, intensa, hace que su corazón lata a mil por hora y su piel se erize como la de un puercoespín, es humana, es imprescindible… algunos susurran su nombre a sus oídos, ellos dicen que se llama libertad.

5 comentarios:

Hispa dijo...

Te haré una confidencia: aquel día de noviembre, mientras mirábamos la tele como gilipollas, mi padre me advirtió que viviríamos para lamentar la caída del muro.

No es que le tuviera simpatía a los regímenes comunistas, pero su desaparición nos ha dejado a todos con el culo al aire frente a los poderosos capitalistas.

Javier Font dijo...

Esta vez no estoy de acuerdo contigo, cuando un sistema se basa en la injusticia o en la falta de libertad, (llamese como se quiera, capitalismo, comunismo, stalinismo o fascismo) acaba cayendo por su propio peso, porque le fallan los cimientos, es más, si esta democracia en la que vivimos termina siendo injusta o carente de libertad, también caerá, estoy convencido.

Saludos Hispa, gracias por tu reflexión.

Hispa dijo...

No, no me malinterpretes. Sólo digo que antes existía un "equilibrio de poder" entre un sistema económico y otro. No digo que ni uno ni otro fueran justos, pero mientras el comunismo existió en el Este, los trabajadores del Oeste obteníamos los mayores avances en mejoras salariales. Ahora que ese equilibrio se ha roto, el mercado laboral se está "coreizando", es decir, y con perdón por el palabro, que cada vez estamos perdiendo más ventajas laborales y creando un mercado de trabajo parecido al del sudeste asiático.

Desde luego, es una percepción personal basada en mi experiencia, que no tiene porqué ser la correcta.

Javier Font dijo...

Entendido, y sinceramente no se que contestar, está claro que el estado del bienestar está boqueando como un pez fuera del estanque y seguro que nos daremos con un canto en los dientes si llegados a viejos ( tu antes, ehh :)) nuestras pensiones siguen ahí, pero no tengo claro los culpables... ¿politicos,trabajadores empresarios, sindicatos, potencias industriales...? Supongo que aqui vale lo de "entre todos le mataron y él solito se murió"

Markos dijo...

Yo me quedo con el sentimiento del que anhela la libertad y la alcanza. Luego ya se dará cuenta de que no es tan rosa como se la habían pintado. Pero ese momento es estupendo.

Salu2